POEMAS Y PRESENTACIÓN DE ‘EN EL HUECO DE TU MANO’, DE PEDRO ENRÍQUEZ. COMENTARIO DE JUAN CARLOS MARTÍN COBANO

 

 

Juan Carlos Martín y Pedro Enríquez en el Cebusal de la Universidad de Salamanca

 

 

Crear en Salamanca se complace publicar la presentación que, del libro ‘En el hueco de tu mano’ hizo, en el Centro de Estudios Brasileños de la Universidad de Salamanca, Juan Carlos Martín Cobano (Carmona, 1967), es filólogo, editor, librero, traductor y misionero (no necesariamente en ese orden) de origen andaluz y formación catalano-aragonesa. Ha impartido talleres y dictado conferencias en distintos países con la Asociación Latinoamericana de Escritores Cristianos (ALEC), es asiduo del encuentro Los Poetas y Dios (Toral de los Guzmanes, León), del Encuentro Cristiano de Literatura (Salamanca) y del Encuentro de Poetas Iberoamericanos (Salamanca). Fundó una librería y una pequeña editorial, Setelee, pero se gana la vida como freelance para distintas editoriales estadounidenses. Hasta enero de 2018 fue secretario general de Alianza de Escritores y Comunicadores Evangélicos (ADECE) y en la actualidad es secretario general de TIBERÍADES, Red Iberoamericana de Poetas y Críticos Literarios Cristianos. Poemas y textos suyos se encuentran publicados en las antologías ‘Los frutos del árbol’ (2015), ‘Explicación de la derrota’ (2017), ‘Por ocho centurias’ (2018), ‘Eunice, cien veces cien’ (2019) y ‘Llama de Amor Viva’ (2019).

 

Esta presentación estuvo enmarcada dentro del XXII Encuentro de Poetas Iberoamericanos y se celebró el pasado 15 de octubre.

 

 

 

‘EN EL HUECO DE TU MANO’, DE PEDRO ENRÍQUEZ

 

Pedro Enríquez (Granada, España). Poeta, narrador y editor español, académico de la Academia de Buenas Letras de Granada. Ha publicado 21 títulos y algunos de sus poemas han sido traducidos a más de una docena de idiomas. Su último libroes Poesía para desafinados (Ediciones  Puerto, Puerto Rico,  2017).  Director  y  organizador  de  múltiples actos culturales. Asesor Cultural del Centro UNESCO de Andalucía (España). Presidente de la Filial España del Consejo Americano de Todas las Sangres (Lima, Perú). Presidente de la Asociación Cultural «Granada13artes». Condecorado con la Orden José María Arguedas en el Grado de Maestro, por el Consejo Nacional e Internacional Todas las Sangres, en Cusco, Perú. Gran Premio Internacional en la decimocuarta edición de la Feria Internacional del Libro de Puerto Rico. Recibió el Premio Internacional de Poesía Dama de Baza 2017.

 

El libro que presentamos esta tarde, En el hueco de tu mano, es un claro de ejemplo que podría incorporarse a la lista de autores contracorriente que esbozamos en la presentación de ayer (Como el beso de un ángel, de Carlos Bonilla). Impresiona el nivel de profundidad que alcanza Pedro Enríquez en su lectura de la Biblia, con menciones claras, como la de su título y de los textos del profeta Isaías que marcan su división en tres partes, y alusiones con distintos grados de explicitación, como la estatua de sal, los cerdos junto al precipicio, el acto de sacudirse las sandalias o el milagro de la conversión del agua en vino. Encontramos también a San Juan de la Cruz como una corriente subterránea, un acuífero vital que aflora en algunos momentos, como cuando dice:

 

Escribo en el libro de la certeza:
Soy,
más allá de la ciencia”

 

 y nos recuerda su “toda ciencia trascendiendo”.

 

La Biblia, el pensamiento cristiano, la herencia de los místicos están más presentes que la religión como tal, que apenas se deja ver, aunque no carente de importancia, hacia el final, cuando, en la recompensa de la búsqueda, puede decir:

 

… en la sombra de los candelabros,
en la mesa del pan y del vino
[…] Estás aquí,
entregado y victorioso,
andadura navegante del misterio
en la piedra dormida,
en el agua de la pila bautismal,
naciente en manantial del lago pequeño.

 

  Lectura de Pedro Enríquez en el Instituto Fray Luis de León (foto de Jacqueline Alencar)

 

 Pero volvamos a lo explícito, leamos a Isaías con nuestro poeta. Justo antes de la primera parte, “Libera lo invisible”, tenemos la pregunta del profeta que da título al libro:

«¿Quién midió las aguas en el hueco de su mano, con
su palmo tomó la medida de los cielos, con un tercio
de medida calculó el polvo de la tierra, pesó los montes
con su la báscula, y las colinas con la balanza?» [Isaías, 40: 12].

 

Cuando el lector desprevenido lee la expresión “En el hueco de su mano”, se desplaza sin darse cuenta a un escenario de confort, de acogimiento amable, de cariño y seguridad. Sin embargo, Isaías no habla aquí de esas cualidades, sino de una mera medida de capacidad; de magnitudes, amigos; de la pequeñez de lo más inmenso y temible, que en aquellos tiempos estaba representado por el mar. Lo más inmenso de nosotros es diminuto y, sobre todo, es contenible, si admitimos nuestra necesidad subjetiva y nuestra intuición objetiva (sic, oxímoron deliberado) de un Creador distinto de nosotros, pero no eternamente distante. Si además fuéramos al contexto de esta cita del profeta, veríamos que no habla únicamente de la grandeza de Dios, sino sobre todo de su carácter incomparable. Todo conocimiento o relación con él debe desmarcarse absoluta y radicalmente de las nociones que hemos adquirido a través de los ídolos, es decir, de las soluciones humanas, tangibles, creadas por otros hombres, quizá nosotros mismos, para asumir papeles sagrados a nuestro antojo y proveer respuestas a nuestra medida. El que puede tener todos los océanos en el hueco de su mano no tiene nada que ver con los dioses que el hombre crea, que no se encuentran tras un proceso de búsqueda, sino de fabricación. Y no es eso lo que incita a nuestro poeta. Siente la inmensidad del espíritu propio, ese hueco infinito que, como nos dijo Pascal, tiene el tamaño, y me atrevería a decir que la forma, de Dios.

 

El segundo texto de Isaías, justo antes de comenzar la segunda parte, dice:

 

«He aquí, hago algo nuevo, ahora acontece; ¿no lo
percibís? Aun en los desiertos haré camino

y ríos en el yermo»  [Isaías, 43: 19].

 

Se trata de un versículo con promesa para el camino y el desierto, que es lo que encontramos en esta división del poemario, titulada “El anillo del viajero”.

 

La tercera mención al profeta, que no sé si nos fortalece tras la segunda parte o nos prepara para la tercera, también brinda unas palabras reconfortantes, de esperanza para seguir:

 

«No desmayes.».

[Isaías, 41: 10]

 

Lectura de Pedro Enríquez en el Teatro Liceo (foto de José Amador Martín)

 

Efectivamente, se establece una clara división triple, por no decir trina, en la obra, que debe entenderse con la guía de sus títulos. El primero es “Libera lo invisible”, que nos da una pista sobre los descubrimientos del poeta en cuanto a la fe, el conocimiento de lo trascendente y el contacto con el Nombre, la Luz, el Creador.

 

Si bien Isaías afirma que Dios puede recoger todas las aguas en el hueco de su mano, nuestra experiencia al intentar agarrar el agua, por minúscula que sea su medida, es muy diferente. En el poema “El eco de los sueños” (III) termina:

 

Es otro el nombre de las cosas,
la cesta del agua,
el Verbo,
la certeza,
la búsqueda,
el motivo de las palabras,
el ángel de la verdad,
el eco de los sueños.

 

 Ni Sísifo cambiaría su tarea por la de usar “la cesta del agua”, pero ahí lo tenemos, lo inasible, junto con todo lo que nos da “la certeza” de su presencia. Destaca “el nombre … el Verbo … el motivo de las palabras”. Si aplicamos una sencilla herramienta de lexicometría a este libro (y disculpen la herejía), encontramos que una de las pocas palabras que aparece más de una docena de veces en todo el poemario es “nombre”. A veces lo escribe con minúscula y a veces con mayúscula y, cuando concurren ambas en un poema, forman parte de la misma oración, como contraste necesario, pero como par indivisible:

 

Conjugo el verbo amar
y tu Nombre desvanece
todas las formas comunes
de los nombres. (p. 33)
Sobre mi nombre
escribo tu Nombre,
la Luz en la luz. [p. 39]

 

 De hecho, la única palabra que supera a “nombre” en la concordancia del libro es “luz”, que acompaña más de una vez al nombre o a su campo semántico:

 

Vocabulario sin diccionarios,
universo infinito en luz.
Los nombres del sin nombre. (p. 43)

 

  Pedro Enríquez y los demás poetas en la recepción del Alcalde de Salamanca (foto de Jacqueline Alencar)


Para lo inasible no cabe la pretensión de definir asideros. El poeta debe prescindir de los límites para conocer aquello que escapa a todo límite. Por eso una de las ideas más repetidas, vinculada a su intento de explicar la fe, es la de vuelo (véase el poema “La fe insiste en el vuelo”), derribo de paredes, abandono, liberación. Este es un libro en el que cuesta encontrar verbos, es un libro de presencia y contemplación, y quizá aliviado por la influencia de las lenguas que prescinden de los verbos copulativos o tácitos,  “libera” es uno de los poquísimos verbos que se repite. Por ejemplo, en “Designios”:

 

donde la sed es origen.
Derrumbo el muro
de las lamentaciones,
un alud libera las almas
errantes del ahora.
Inundo mi ser carnal
de astrales cantos de la tierra.
Me abandono a Tus designios.

 

 La segunda parte, “El anillo del viajero”, es la única que parece reflejar algo de movimiento. La búsqueda no parecía necesitar de viaje, pero aquí lo tenemos, necesariamente por el desierto, lo que da pie al granadino para aportar un aire árabe que también impregna nuestra mística, tanto por la influencia cultural de al Ándalus como por el trasfondo semita que comparte con la Biblia, como puede apreciarse en el valor del desierto para enmarcar esta búsqueda. No solo viaja por el desierto, sino también por lugares y épocas concretos, algo que no encontramos en la primera parte. Aquí se sitúa en escenarios localizables en el espacio y el tiempo, incluso con menciones muy acotadas a la actualidad. Por supuesto, en algún momento aparece Lorca, recordando el amor que se fue y no vino, así como el deseo de abrir las puertas del balcón al alma.

 

Para mí, esta parte es un tanto desconcertante. Termina con un poema, “Objetos perdidos”, que parece ofrecer esperanza, pero resulta que es un “contestador automático”. Menos mal que al pasar la página encontramos el “No desmayes” de Isaías, que da paso a la tercera parte. Su nombre es revelador: “Oración tres”. Cabe deducir, pues, que “Libera lo invisible” y “El anillo del viajero” eran las oraciones primera y segunda.

 

Es, con diferencia, la sección más breve, pero a la vez la más intensa, la de las respuestas. Termina con

 

“Allá donde habita lo invisible
… Estás aquí
… Siento tu voz
… Estás y eres,
ausencia de vacío,
infinito de sirenas
y pasos de islas,
caudal de Ti mismo,
asombro de la ciencia
y del espíritu.
Maúlla un gato en la puerta.
Salgo a los pasos
entregado a tus designios.

 

 

  Pedro Enríquez con Stefania Di Leo en el Colegio Fonseca de la Usal. Atrás Laura García de Lucas

(foto de Jacqueline Alencar)

 

 

 Este último verso de “En el hueco de su mano” es casi idéntico a uno de los primeros del libro: “Me abandono a Tus designios”, de modo que la fe, abandono, liberación, sigue siendo la clave. También permanece la búsqueda, pues el primer poema de esta tercera parte, portador de respuestas, termina cada una de sus estrofas con un “¿y después?” y culmina con:

 

¿Y después?

La zarza ardiente y mi alma errante.

 

Es decir, la presencia del gran YO SOY, el Eterno presente pero inasible, y la continuación de la búsqueda.

 

Dejo para el autor la mención a los artistas que participan con sus dibujos en este libro, uno de los cuales nos regala un bello epílogo como “Punto de inflexión”. Y dejo para mis tareas el resto de apuntes, incontables, que he tomado casi inconscientemente durante mi lectura de esta refrescante obra. Animo a los lectores de poesía a profundizar en sus posibles referencias a la cábala, a estudiar con detalle el concepto de nombre, del Logos bíblico, a seguir cada pregunta de “dónde”, la idea del otro, de la mirada (ojos, iris…), en fin, a sacar, siguiendo el símil bíblico, tesoros nuevos y viejos.

Gracias, Pedro Enríquez, por tu poesía y por hacernos un sitito en ese hueco.

 

Juan Carlos Martín Cobano

 

Tere Cortés y Juan Carlos Martín por la calle Compañía, camino al Centro de Estudios Brasileños (foto de Jacqueline Alencar)

 

 Enríquez, Cortés y Martín Coban

 

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