POEMAS DEL PERUANO NILTON SANTIAGO. PINTURAS DE IVÁN FERNÁNDEZ-DÁVILA

 

 

1 El poeta peruano Nilton Santiago (Estocolmo)

 El poeta peruano Nilton Santiago (Estocolmo)

Crear en Salamanca tiene el placer de publicar cinco poemas del Nilton Santiago (Lima, Perú, 1979). Reside en Barcelona hace varios años. En poesía ha publicado El libro de los espejos (2º Premio Copé de Poesía 2003), La oscuridad de los gatos era nuestra oscuridad (Premio Internacional de Poesía Joven Fundación Centro de Poesía José Hierro, Madrid 2012), El equipaje del ángel (XXVII Premio Tiflos de Poesía, Visor Libros 2014) y Las musas se han ido de copas,  con el que obtuvo el XV Premio Casa de América de Poesía Americana (Visor Libros, 2015). Finalmente, Para retrasar los relojes de arena (Vallejo & Co., 2015) es su primer libro de crónicas. Merecedor del accésit del Premio Adonáis de Poesía 2014, parte de su obra ha sido recogida en la antología A otro perro con este hueso (Editorial Casa de Poesía, Costa Rica 2016). De esta antología se seleccionaron los poemas que ahora aparecen en nuestra revista.

 

 

1B

 

 

2 Mujer en el sofa

 Mujer en el sofa

 

CUENTALÁGRIMAS

 

La palabra amor acaba de llegar esta mañana

con el periódico en la boca,

se ve que ayer se olvidó de tomarse su medicación para desalar tus lágrimas

y se ha pasado la noche haciéndote de taxista,

cierto, no hace falta darle cuerda al invierno

para saber que en las librerías nadie lee poesía para pingüinos

y que nosotros no hacemos más que influir sobre la luna

cada vez que un par de garzas se la llevan del cielo, porque con tu luz basta.

¡Demonios! ya veo que este es otro poema de amor

que quiere sacarme las castañas del fuego,

hacerme cosquillas para dejar de ponerte a raya

pero tú, negada para el buen humor

no quieres ni escuchar que también los orangutanes

van a elegir cuál de ellos es el más tonto llorando entre los árboles

para que sueñes con él y dejes de meterte conmigo.

 

Sabes bien que pasarte las noches apostándote un par de besos a los naipes,

no es una razón de peso para no quedar conmigo,

tampoco las lágrimas de las ballenas son tan apreciadas

en las lonjas de Beijín como para que me cuentes tantos cuentos chinos.

 

Tienes todo el peso de la razón de la que nunca se equivoca,

ya lo sé, nadie me ha puesto un revolver en la nuca

para morirme por tus huesos, pero eso no quiere decir

que estés convencida de que mi corazón

es un coche mal aparcado frente a un hospital de besos con catarro.

No tengo nada más que venderte, apenas puedo ofrecerte

un cubo de mis mejores intenciones 3 o 4 bromas de manual

o quizás dar una vuelta de 80 días alrededor de mi cama.

Ya estamos, sé que para ti la poesía es arrojar un poco de maíz

entre una pandilla de palomas alquímicas

de esas que, según tú, se tragan tus mensajes de amor

sin nunca llegar a decírmelos, aunque no te lo crees ni tú.

 

Ahora que no quieres saber de mí,

ya no es un trabajo rentable

borrar palabras esdrújulas con palabras de amor sobresdrújulas,

ponerle un marcapasos a la palabra melancolía

o fabricar toda la noche un cuentalágrimas para ruiseñores,

así que olvídate de que existo,

como la buena suerte

se ha olvidado de traerme la correspondencia hace años

a pesar de que sigo pagando puntualmente por sus servicios.

 

Hoy en día no hay mejor consuelo que saber

que en el año 1962 hubo una epidemia de risa en Tanzania

que duró -ni más ni menos- que un año

y que en la época victoriana

había gente que se llamaba Sanitario, Diablo, Tejón o Aspecto Cruel.

 

Y sí, todos lo sabemos,

el pez no sabe quién es hasta que no muerde el anzuelo.

 

3 Comedia Existencial

 Comedia Existencial

 

 

 

TAMBIÉN LA POESÍA ES UN MISTERIO ESTROPEADO

 

Acabas de llegar a casa con la mirada perdida,

todos sabemos que has pasado la noche aspirando el cielo

y liando a los controladores aéreos

con esa forma de pasarte al otro lado de las nubes al desmaquillarte,

y yo aquí esperándote para nada

como un pobre embarcadero que espera las lágrimas de las merluzas al amanecer.

Siempre has sabido que tener un perro llamado Rimbaud

puede que vaya en contra de la moral de las universitarias,

pero aun así te empecinas en llamar a las cosas

como las cosas no quieren ser llamadas (como “amor” a los “restos del amor”)

especialmente ahora, que Rimbaud debe dormir como una libélula

que acaba de presenciar la muerte de su corazón, pero como dices,

“a nadie le importa la poesía”,

pero yo te respondo (como quien no quiere la cosa)

y te digo que para los Celtas el cielo se halla en la copa de los árboles

y tú hoy has llegado desde el más alto de los cipreses,

así que al menos la poesía ha servido para sacarte esa sonrisa

que te acabas de limpiar con una servilleta,

aunque quizás sea mejor enterarte de que el mar ha decidido jubilarse

y mudarse a tu pintalabios para estar más cerca del amanecer.

 

Siempre los mismos temas en poesía, siempre tu mirada ahuyentando a la luna

o convirtiéndola en esa bola de papel de aluminio

en la que acabas de calentar mi corazón, para nada.

 

Aún no ha terminado de amanecer y el diario entre tus bragas -por el suelo-

nos susurra que el Tío Sam no puede quitarse de encima a los islamistas

después de haberles financiado hasta el corte de barba,

también leemos que Lukanikos, el perro protestante griego,

ha muerto porque las estrellas se han puesto en huelga

y necesitan que alguien le ladre al jefe, es decir, al pastor barbudo,

y que el Gobierno de Caracas dice que su expresidente

llora desde lo alto de un árbol reencarnado en un pájaro.

 

Simplemente el mundo -como tu corazón-  es un misterio estropeado.

A nadie le importa que una nueva ecologista haya sido asesinada en el Amazonas,

a nadie le importa el por qué Tiririca, un payaso brasileño,

ha salido reelegido diputado con 1 millón de votos,

y nadie sabe que por ti me convertiría en liberal

y te leería a Adam Smith al oído cada noche

(y a toda la Escuela de Chicago si hace falta)

pero ya lo intuyes, sí supongo que ya lo sabes,

soy como aquellas gallinas que tienen las llaves de su propia jaula

y salgo a cacarear cuando los granjeros y las estrellas duermen,

aunque, claro, me dirás que ya te lo han dicho hasta el cansancio:

para una gallina, el ser o no ser depende de cacarear bien

y yo, para qué engañarte, lo hago fatal.

 

Para mí, que soy tan torpe como un camello ligando con una osa polar en un iglú, 

el ser o no ser depende de que me mires,

de ver tu mirada metiendo en embrollos a un amanecer infinito.

No creo que no te des cuenta de que me tienes muy pillado,

pero ah poesía, amor cruel,

ya sabemos que eres tan tonta 

que hasta tus peores torpezas te salen bien.

 

Y sí, es cierto, si el mundo es un pañuelo,

nosotros somos (definitivamente) los mocos.

 

 

4 Céline

 Céline

 

 

LA CENIZAS DE ULISES

 

 

Ahora lo sabemos, tu país era la sonrisa de Ulises,

la frontera más allá de la frontera,

donde las vacas y los cangrejos escapan de algún Chagall

y donde los autobuses, como hospicios para dramaturgos,

son misteriosos escarabajos atrapados en las autovías.

Sí, nuestro país es una nena de veintipocos que aún piensa que los chicos

creen en el matrimonio,

en esa luz que se parece demasiado al sexo de los ángeles.

Deberíamos dejar de hablar de nosotros,

del New York Times envolviendo los anónimos recuerdos de los campos de guerra,

como si fuesen pescado fresco,

allí donde los cascos azules caen como moscas

(total, por la cuenta que les trae a los banqueros y a los gorriones)

Por esos lares, los honorarios de las estrellas

son los mismos que el de los pájaros que brotaban de tu sonrisa

cuando éramos pequeños y los árboles recogían los frutos graves de la noche,

la frágil materia de las aves migratorias

(que también era la nuestra y la de las enfermeras de guerra)

 

Hoy he vuelto a casa, a la frontera más allá de la frontera

y tengo que decirte que los árboles son apenas un puñado de otoño

brotando de las chimeneas de los autobuses

(los árboles, que para nosotros eran mucho más que los sindicalistas de los bosques)

que Chagall está en paro,

que las columnas de rebeldes han firmado una tregua

con los murciélagos de traje y corbata

y que ya nadie me conoce, a pesar de que he preguntado por ti.

Déjame contarte que la clase media ha sido embotellada y arrojada por el retrete,

que nuestro amigo, el pescador, el que hablaba el dialecto

de las estrellas de mar,

ha dejado de beber, de colocarse y de hacer chistes sobre los conservadores,

y ahora lo ves deambular repitiendo una y otra vez

aquellas palabras de Céline:

“El amor es el infinito puesto al alcance de los caniches” y lo entiendo,

me pongo la chaqueta y, qué demonios, voy por cigarrillos

y una botella de ginebra.

Le hago otro flaco favor a mi soledad.

 

 

5 Diógenes

Diógenes

 

 

TAMBIÉN EL CORAZÓN DE BORIS VIAN ERA UNA ROSA ENFERMA

 

 

También el corazón de Boris Vian era una rosa enferma.

Venia cada noche a nuestras largas sobremesas, porque nos conocía muy bien

como el cuchillo de eviscerar conoce el intersticio de luz

en el vientre del pescado,

también Vian conocía la teología de los peces

y de los centauros y de las bicicletas, porque fue él

quien le dejó la moneda a Rimbaud cuando se le cayó su primer diente de leche.

Es cierto, Boris, quién conoce su corazón está enfermo

pero también el que arroja su tristeza en la boca del pescado,

como una moneda de hielo dentro de una valija de fuego,

o los que tienen el oscuro oficio de sacrificar a los caballos heridos.

Sí Boris, tuvimos amigos y heridas y amigos heridos,

quizá ahora pueblen los jardines que crecen

en esos mismos corazones que se negaban a bombear la sangre de los que fuimos

sí también tuvimos padres

y un nombre que preferimos olvidar a cada instante.

Ahora que te conozco bien, ya no compartimos nada

y si nos encontramos algún día en el mercado o quizás en la parada de bus,

es casi un milagro, eso que compartimos ahora que estamos juntos

y que ya no necesitamos el uno del otro

porque después del segundo suicido o del tercero,

es mejor acostúmbranos al oficio de sacrificar a los pobres caballos heridos,

a las rosas enfermas.

 

 

 

 

6

 

 

 

TODOS LOS INFINITOS CREPÚSCULOS

 

Este no es un poema para impedir la salida del sol

ni otro ajuste de cuentas con los pájaros,

sino un largo minuto de silencio para reconocernos tras la lluvia,

palabras como árboles remando a la deriva en un poema de Mark Strand.

Sé que has dejado de fumar,

de culpar a la lavadora por nuestra falta de amor

por los electrodomésticos

pero vamos —soy cobarde— muy cobarde, como un fuego que acaba

y no quiero hacer de este poema

un encuentro con los que ya hemos dejado de ser

otra evidencia de nuestra falta de solidaridad con los peces.

Luego llegaban los lunes, pesados como una barriga a punto de dar a luz.

En ese entonces,  antes de salir a trabajar, solías despedirte de mis huesos

alimentarte con lo que quedaba de mi cuerpo,

plateada e inclemente, abrías la garganta con sus paredes de terciopelo

y me comías a cucharadas,

la lluvia te alumbraba —me decías—mientras encendías el televisor y desaparecías,

como un árbol acusado de soñar con una rosa inexistente.

No, no sabías cocinar ni tenías los pechos de Jayne Mansfield

tampoco tenías televisor, no leías a nadie,

no te gustaba Bach,

es más, gran parte de ti aún espera nacer dentro de tu madre,

mientras tanto,

ella te confunde con una espiral de ceniza que nace de su ombligo,

y que jamás cesa, como una primavera encubierta.

 

Respecto a mí, pues eso, a veces creo, más bien,

que soy ese animal que pasa la noche en ese refugio de carne y hueso

cuya única llave no es otra que la soledad

o un disco en llamas de Dizzy Gillespie

ardiendo en todos y cada uno de nuestros infinitos crepúsculos.

 

 

 

7 Homenaje a Sérvulo Gutiérrez

Homenaje a Sérvulo Gutiérrez

 

 

8 Otra imagen de Nilton Santiago (Londres)

Otra imagen de Nilton Santiago (Londres)

 

Las pinturas son del destacado artista peruano Iván Fernández-Dávila (Lima, 1983), cuya última exposición individual fue el pasado mes de octubre y en el  Colegio de España de París.

 

9 Fernández-Dávila ante uno de sus cuadros

Fernández-Dávila ante uno de sus cuadros

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