‘MANUEL CARLOS PALOMEQUE: DERECHO, LITERATURA Y VIDA’. CONFERENCIA DE LUIS ENRIQUE DE LA VILLA. PINTURAS DE MIGUEL ELÍAS

 

 

 

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Carlos Palomeque y el retrato realizado por Miguel Elías

 

Crear en Salamanca tiene el privilegio de publicar, por vez primera, la conferencia ofrecida en Salamanca por el maestro Luis Enrique de la Villa Gil. Fue el pasado 25 de noviembre y en el Aula Miguel de Unamuno del Edificio Histórico, dentro del seminario titulado “La obra jurídica del profesor Manuel Carlos Palomeque”.  De la Villa (Madrid, 1935), es catedrático Emérito de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social por la Universidad Autónoma de Madrid. Abogado, socio de Roca Junyent. Presidente Honorario de la Asociación Española de Derecho del Trabajo y Seguridad Social. Está considerado como uno de los grandes juristas españoles, a la cabeza del catálogo internacional de los laboralistas. En su dimensión universitaria, ha sido Decano y Rector y es el maestro directo de doce catedráticos y de otros tantos profesores titulares de la disciplina. En su larga trayectoria profesional, ha obtenido numerosas distinciones y premios nacionales e internacionales, de los que gusta destacar la medalla de oro al mérito en el trabajo y el doctorado honoris causa por la Universidad de Salamanca. Ha ofrecido unas mil intervenciones orales como conferenciante, ponente, comunicante, etc. en España y en un total de catorce países de Europa y América.  Y es autor de unas ochocientas publicaciones en materias laborales y sociales, destacando entre ellas, libros que van desde ‘La extinción del contrato de trabajo’ (1960)  hasta ‘Manual de Introducción al Derecho’ (2009), pasando por ‘El trabajo a domicilio (1966), ‘La participación de los trabajadores en la empresa’ (1980), ‘Materiales para el estudio del sindicato’ (1981). – ‘Panorama de las relaciones laborales en España’ (1983), ‘Los grandes pactos, acuerdos y convenios colectivos a partir de la transición democrática’ (1987), ‘La formación histórica del Derecho español del trabajo’ (2004), ‘Derecho del Trabajo y Seguridad Social. 50 Estudios’ (2006) o ‘Esquemas de Derecho del Trabajo’ (2007).

 

Todas las pinturas son de magistral Miguel Elías, profesor de la Usal. El retrato de Carlos Palomeque, realizado en técnica Sumi-E, se hizo sobre el papel del libro ‘El festín de la vida’, como soporte. También se incluyen las dos imágenes que ilustran la revista  ‘Trabajo y Derecho’, realizadas por Elías a petición del profesor Palomeque, director de la misma.

 

 

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Portada de la revista Trabajo y Derecho

 

 

LA CONTRIBUCIÓN DE MANUEL CARLOS PALOMEQUE LÓPEZ A LA CONSTRUCCIÓN DEL DERECHO DEL TRABAJO ESPAÑOL

 

 

 

al caer mi vida (un trocito insignificante de mi vida),

sobre la vida de los demás, deja una hendidura

Odysseus Elytis, (1911-1996),

Diario de un abril invisible

(2 de mayo de 1984).

 

 

Señora presidenta de la sesión de clausura, colegas y amigos, señoras, señores, queridísimo Carlos.

 

Es un gran honor tener reservado el privilegio de comentar, desde una tribuna tan solemne, la trayectoria de Manuel Carlos Palomeque López en los cuarenta años de camino compartido. Seguro estoy de que ha influido en ello el generoso respeto del equipo de laboralistas de la Universidad de Salamanca por la ancianidad, cuyo mérito exhibo como determinante. Y que acepto conmovido por el homenajeado y por esta secular institución, la de Unamuno, la suya y también la mía desde que, en 2009, me honrara incluyéndome en la selecta nómina de sus doctores honoris causa, distinción que sitúo como la más valiosa de las que he acumulado en los últimos cincuenta y cinco años.

 

Esta mañana hemos enriquecido nuestra admiración por Carlos con el discurso, riguroso en el fondo e impecable en la forma, de su entrañable María Emilia Casas (1950), compañera de personalidad y obra deslumbrantes. Con sus palabras bastaría para hacer de este 25 de noviembre de 2016, una fecha memorable, de manera que este discurso que inicio bien caída la tarde, ha de tomarse como un simple complemento, acrecido en su modestia por el marco en el que se pronuncia, esta histórica aula de Unamuno Tercero, según el orden dinástico sugerido por el poeta portugués Adolfo Correia da Rocha (1907-1995) -más conocido como Miquel Torga- tras de Mío Cid Primero y Don Quijote Segundo.

 

 

 

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LA VIDA Y LOS RESULTADOS DE LA VIDA

 

 

 

Los colegas –buenos amigos- que han organizado este Seminario, me encomiendan un análisis de la contribución de Carlos Palomeque a la construcción del Derecho del Trabajo. Suponen, desde luego, que mi conocimiento de su obra es profundo, y que el de su persona, es aún mayor. Pero no suponen, en cambio, porque lo saben, que ninguno de esos conocimientos es comparable a mi amistad entrañable con el homenajeado, al que no podría considerarle discípulo  -si acaso maestro- pero sí hermano menor en la aventura del Derecho del Trabajo. Si yo he sido, generacional y casualmente, un hermano mayor de Carlos, pienso, parafraseando los versos del nobel con los que abro el texto escrito de este discurso, que… al caer mi vida –un trocito insignificante de mi vida- sobre la vida de Carlos, habré dejado en ella una hendidura, y viceversa desde luego.

A riesgo de decepcionar seré, en estos pocos minutos que tengo por delante, coherente con una convicción arraigada: lo que trasciende de la vida de una persona, en tanto vive, no es lo que hace sino lo que es. A veces coinciden ambos aspectos, pero no necesariamente. Todos reconocemos a grandes artistas que son, en lo personal, perfectos imbéciles, y a afamados personajes que resultan intratables y aún peligrosos para sus familiares más próximos. Fácil es encontrar opiniones coincidentes, por ejemplo la de Goethe (1749-1832), para quien lo relevante es la vida misma y no su resultado.

 

Carlos ha contribuido a la construcción del Derecho del trabajo haciendo su particular Derecho del trabajo, como, con mayor o menor fortuna, hemos hecho, o hacemos todos, los que, de entre nosotros, contamos con la habilitación pública y el generoso reconocimiento privado de quienes nos tratan, de quienes presencian como conseguimos que baile nuestra respectiva marioneta procurando que no se vean todos los hilos que la dirigen, para que la función no pierda su hechizo. Esos esfuerzos individuales, con más frecuencia entrecruzados que coordinados, son los que contribuyen a que lo que conocemos como Derecho del Trabajo haya ido siendo cada vez más grande, no solo subjetiva y objetivamente, sino institucional y dogmáticamente. Lamentamos que la crisis económica de los últimos años haya dado algunos pasos hacia atrás, pero incluso así, valorado como conjunto, en la totalidad de los derechos y de las garantías, sociales y laborales, no creo que puedan señalarse quince años seguidos de mayor auge que el que tiene ahora nuestra disciplina o, si se practica el arte del regateo, el que había alcanzado a la altura del año 2010. Somos ambiciosos y queremos mayor protección para quienes trabajan por cuenta ajena, pero basta con la lectura de algunas últimas sentencias del Tribunal de Justicia de la Unión Europea para concluir que las declaraciones universales y regionales tienen ahora un efecto vinculante nunca antes conocido. Pero dejo de lado este asunto, en exceso personal y, acaso discutible, y vuelvo al esfuerzo constructor de Carlos. De Carlos, digo bien, y no de la disciplina en la que tanto ha sobresalido desde tiempos remotos, de manera que no debe tildarse de prolusión de la misma este siguiente conjunto de palabras enhebradas.

 

Quizá a alguno le sorprenda mi afirmación de que los dos libros más imprescindibles de Carlos no son, propiamente hablando, libros de Derecho del Trabajo. El primero se publica en el año 2004 con el título de El festín de la vida, editado en Salamanca, por Trilce ediciones, en su colección Fray Luis de León y auspiciado por Caja Duero. La edición corrió al cuidado de Alfredo Pérez Alencart (1962), el prólogo lo redactó Víctor García de la Concha (1934) y las ilustraciones se debieron al sorprendente lapicero de Miguel Elías Sánchez (1963). Se citará, en adelante, como Festín.

 

El segundo libro se publica en el año 2012 con el título de Embriagarse con tinta, editado en Granada por la editorial Comares –valientemente sostenida por nuestro colega José Luis Monereo (1956), aquí presente-, con prólogo de Antonio Colinas (1946) y alguna ilustración del magnífico pintor y dibujante Miguel Elías Sánchez (1963). Se citará, en adelante, como Tinta.

 

Nos podemos preguntar qué es lo que se encuentra en estos libros que no esté ya en otros grandes textos de Carlos, como su Derecho del Trabajo e Ideología, con sus siete ediciones (1980-2011), o su Derecho Sindical español, con sus cinco ediciones (1986-1994), o su Derecho del Trabajo, a medias con su discípulo Álvarez de la Rosa (1942), con el asombroso número de veinticuatro ediciones (1993-2016), o, incluso, el libro que inició nuestra relación fraterna, nacido cuarenta años atrás, un mismo libro editado sucesivamente como dos libros distintos, por editoriales distintas, con títulos y carátulas distintas, para sortear, por risible que hoy parezca, problemas de censura política, el que apenas conocisteis como Lecciones de Derecho del Trabajo, edición auto secuestrada por el Departamento que lo acogió en sus prensas (1977), y si en cambio como Introducción a la Economía del Trabajo, edición de la literaria Debate (entre 1977 y 1982).

 

Bien, la diferencia está en que en todos estos libros hay resultados, brillantes desde luego, en tanto que en Festín y en Tinta hay vida. Y, aún más. En los textos de la disciplina los resultados que elogiamos se comparten con otros similares de precedentes, simultáneos o subsiguientes esfuerzos, con los que forman la red de la doctrina laboralista española. Pero, en cambio, en Festín y en Tinta se encuentra lo que no se puede encontrar en rincón alguno del universo respecto de Carlos y de su circunstancia, de ahí su valor supremo y mi recomendación de que ninguno de los presentes se prive del placer de su lectura.

 

 Yo mismo, con ocasión de celebrar el vigésimo quinto aniversario de Carlos con la cátedra, en el año 2004, distinguía entonces entre el Hombre y el Científico, hablaba del Carlos honesto, solvente y bondadoso, cuyo alma… conserva la ternura blanca de la leche materna, una cita lírica del salmantino Pedro Garfias (1901-1967), para resaltar de seguido el personal estilo académico de Carlos, su compromiso político, su aportación polémica, su extensa e intensa influencia doctrinal. Pero quienes me conocen saben que evito repetirme y hoy, aquí y ahora, cuando tantos compañeros de altísimo nivel han desmenuzado hasta las migajas el pensamiento jurídico de Carlos y su influencia en la construcción del Derecho del Trabajo, me impongo como tarea la de penetrar levemente en la vida de Carlos, en aquello que le hace un gran hombre, pues solo los grandes hombres tienen capacidad de influencia en los demás y son capaces de convertirse en el centro del círculo que su propio compas dibuja para que los influidos queden dentro de él.

 

La envidiable posición de Carlos en la sociedad y en la Universidad no se debe a su obra jurídico-laboral, sino a la edificación de su personalidad, a su continuado esfuerzo vital, a su sentido artístico de la vida, a su inquietud por buscar y encontrar respuesta a cualquiera de los maravillosos frutos que solo unos cuantos privilegiados acaban por degustar, a veces desde el escepticismo y siempre con ironía. Por la alta calidad de sus escritos especializados cualquiera está obligado a reconocer que Carlos es un extraordinario laboralista; por la peripecia de su vida, nadie que bucee en ella le podrá regatear con fundamento su condición de hombre excepcional. Esta es la perspectiva desde la que voy a moverme, en esta fiesta jubilatoria, palabra tan odiada que ni siquiera tiene presencia en su propio programa. Un temor infundado, pues pronto pasará Carlos a integrar el ejército de los falsos jubilados y, entonces, al igual que el sol en el soneto de Shakespeare (1564-1616) … será diariamente nuevo, siendo viejo.

 

Decía que voy a hablar más de Carlos persona que de Carlos laboralista, y de Carlos artista más que de Carlos científico  -si es que cabe separación rígida- lo que me obliga a cambiar el formato del discurso, que pasa a ser desde ahora una lectura ordenada de lo que nuestro joven jubilado piensa y dice de sí mismo, de los demás y de los enigmas de la vida desde su misma vida, abrochado todo ello desde mi particular enfoque. Seguir hablando, y no leer, cual acostumbro, no solo constituiría un reto difícil de afrontar para mi gastada, aunque aún utilizable memoria, sino que impediría reproducir literalmente, sin alterar una sola letra, la palabra escrita de Carlos, que es la que merece la pena conocer.

 

Por último, antes de pasar a esa lectura o lección, unas palabras del por qué he puesto encima de la mesa una menina de bronce. Esta ocurrencia quiere representar la complicidad artística entre nosotros dos, en torno a la genial figura de Velázquez (1599-1660). Objetivamente, simboliza la imposibilidad de encontrar a las cosas una única interpretación, como ocurre con su enigmática obra maestra, un cuadro de 1656 que se catalogó sucesivamente como Retrato de la emperatriz, La familia de Felipe IV y, solo desde el XIX, Las Meninas. Una pintura única, de tal dificultad técnica que la fantasía de Goya (1746-1828) fracasó en el intento de reproducirla satisfactoriamente, de modo que él mismo excluyó de sus colecciones de aguafuertes el realizado sobre las meninas. Y, todavía, hace un guiño a nuestra decidida inclinación a proteger a los trabajadores, pues meninas eran las sirvientes, generalmente nobles, de los personajes reales, en este caso de la infanta Margarita Teresa de Austria (1651-1673). Se sabe que la menina enana, enferma de acondroplasia -la que a mí más me impresiona-, recibía por sus servicios… paga, raciones y cuatro libras de nieve durante el verano. Por lo demás, os pido un poco de paciencia para confesaros el verdadero motivo de esa insólita compañía inanimada.

 

 

 

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VIDA Y CULTURA

 

La vida es historia y, desde luego, historia individual. Vivir, dirá Heidegger (1889-1976) en el clásico Sein und Zeit (1927), es encontrarse en el mundo. La cultura no es más que el esclarecimiento de la vida y, por tanto, una herramienta para la travesía de ese mundo externo en el que el hombre aterriza sin intervención de su voluntad, actuando luego por decisión suya o de otros en las dos dimensiones orteguianas en las que, insolayablemente, ha de moverse, el hombre siendo y el hombre des-siendo.

 

El hombre se encuentra con hechos y datos que no siempre puede o quiere, alterar; y se enfrenta también a problemas que no siempre puede o quiere resolver. Dicho con palabras de Hermann Cohen (1842-1918), el fundador de la Escuela de Marburg, el hombre es un equilibrista entre lo dado (das Gegeben) y lo problemático (das Auf-gegeben). La cultura suele componerse de aquellos conocimientos imprescindibles para esclarecer la vida, pero no la vida en abstracto, sino la vida de cada persona. La erudición y la brillantez, natural o adquirida, es otra cosa, es un adorno, con el riesgo que Nietzsche (1844-1900) denunció en ese apasionante libro de 1874, titulado Del provecho y el perjuicio de la historia para la vida. Riesgo, pues, de que el adorno desfigure lo adornado, concluyendo el heteróclito filósofo y poeta con una prioridad dogmática… dadme primero vida y os crearé la cultura … Por tanto, no es más culto el que sabe más cosas o el que las expone más ilustradamente, sino quien, por medio de ella, consigue machihembrar su propia vida, que no es otra cosa que ahormarla, que crearla, que inventarla, pues también así puede expresarse … Citando las que considera apasionantes Memorias de Berlioz (1803-1869), duda de Carlos de … no haberme inventado un poco la vida a medida que la he vivido, ni siquiera en haberla reinventado conforme la he ido escribiendo (Tinta, 61). Abro un paréntesis para compartir con él la fascinación por la Symphonie Fantastique, de 1830, aunque yo he terminado por reducir mi práctica religiosa a la audición semanal de la Grande Messe des Mortes, de 1837.

 

 

 

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EL CAMPO DE LO DADO

 

Nace en la madrileña calle del poeta alicantino Gabriel Miró (1879-1930), en el año 1946, en el seno de una familia de trabajadores, decididos a prosperar a costa del propio esfuerzo compartido, familia que veía diariamente en las persianas de hierro de su piso, ahora de Carlos, la metralla de los disparos de las tropas nacionales en la conquista de Madrid. Sin llegar al determinismo ambiental de Hippolyte Taine (1828-1893) –defensor de que el paisaje modela la raza de los hombres- tengo la sensación de que Carlos no sería como es, como se le conoce, si no hubiera sido madrileño, de la misma manera que Ortega (1883-1955) supo convencernos de que si Don Juan hubiera sido habitante de Toledo y no de Sevilla, el conquistador no hubiera tenido espacio en ese nido de piedra para vaciar sus preocupaciones personales. El enfásis puesto por Carlos en la afirmación de su madrileñismo es constante… pero a mí, que soy del mismo Madrid y vivo con agrado en Salamanca desde hace más de dos décadas, poco me ilusionan los asuntos de naciones, como no sea la mítica narración cinematográfica de D.W. Griffith, provista de cinco mil secuencias y en la que intervinieron dieciocho mil actores y extras tras siete meses de producción (Tinta, 158). Madrileñismo y madridismo añadido, sincero al narrar la emoción experimentada al ver a los once años, en el cine Castilla, de su castizo barrio de Las Vistillas, la película Saeta Rubialas evoluciones con el balón de Alfredo Di Stefano… junto a sus compañeros de mito y esplendor, ganadores de todas las copas de Europa, me produjeron tal espasmo estomacal, con el bocadillo sin lograr ser digerido, que acabé en manos de un atento acomodador y de su delicioso afán por reparar mi semblante en el vestíbulo del cine (Tinta, 21-22).

 

La adolescencia la presencian dos pequeños pueblos entonces … en el pueblo toledano de Corral de Almaguer, segundo de los destinos de mi padre maestro nacional … yo viví con ignorante felicidad hasta los catorce años, estudiando con él y examinándome en régimen de enseñanza libre en el instituto San Isidro de Madrid (Tinta, 27)… en Villaviciosa de Odón… mi padre fue maestro nacional hasta su jubilación… yo con el bagaje de un bachillerato de letras recién terminado, ayudaba a mi padre en las clases particulares de griego y latín que impartía durante el verano a los hijos de las familias madrileñas que habían malgastado a lo largo del curso costosas tarifas en afamados colegios (Festín, 83-84, Tinta, 29).

 

En 1966, menor de edad todavía, tuvo lugar el encuentro con el maestro Alonso Olea (1924-2003)… la generalizada admiración que sus explicaciones de la asignatura… despertaban sin fisuras entre el alumnado pronto se concretaron en mi caso en el propósito decidido [abonado de por sí por inquietudes sociales y políticas predispuestas] de orientar mi quehacer profesional venidero, visible ya en el horizonte inmediato, hacia una ocupación que tuviera que ver con las relaciones de trabajo asalariado y su disciplina jurídica (Tinta, 35).

 

 

 

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EL CAMPO DE LO PROBLEMÁTICO

 

Con la Licenciatura en la mano y la mayoría de edad, tardía en exceso en esa época, Carlos adopta decisiones guiadas por la respuesta a la vocación y la generosidad en el esfuerzo. Liberar de cargas a la familia ejerciendo no cualquier profesión, sino precisamente la más preciada, despreciando sin embargo la que no respondiera al propio mérito, una idea que arrastrará ya de modo permanente frente al que el denomina… mensaje social hoy dominante de menosprecio del esfuerzo en la obtención de los propios objetivos mediante la superación de dificultades. La sociedad está inmersa, es cierto, en una cultura de sublimación de los valores del ‘todo se puede conseguir sin esfuerzo’, que goza de la adecuada promoción como máxima de comportamiento personal y de vigencia generalizada (Tinta, 185). A mí me llamó mucho la atención el modo de expresarlo Valle-Inclán (1866-1936) desde que conocí su tragedia pastoril Voces de gesta, estrenada en 1911 … antes y con antes/no se hiló la lana sin la cardar,/ni se cogía trigo sin lo sembrar,/ni nunca hubo pan sin moler la harina/ni tasajo magro sin ahumar cecina…

 

En el mes de enero de 1970 alude Carlos a su ingreso en el Cuerpo de Inspectores Técnicos de Trabajo y Seguridad Social, con el número uno de su promoción otorgado por un tribunal que presidía Alonso Olea (1924-2003) otorga el número uno de la promoción… cuerpo de funcionarios en el que habría de permanecer en activo poco tiempo antes de solicitar la excedencia voluntaria para dedicarme en exclusividad al trabajo universitario… Precisamente… durante la cena final de oposición… sentado en la mesa junto a Alonso Olea… sabiendo ya que había sido adscrito a la inspección provincial de trabajo de Madrid, me propuso incorporarme como ayudante de su cátedra. Así lo hice con el aliento y el temor propios de las grandes iniciaciones (Tinta, 36).

 

Seis años después conseguía yo la cátedra en la Universidad Autónoma de Madrid y, como tengo escrito en otro lugar, en algún día de la primavera de 1976 me visitó Carlos en mi despacho de la madrileña calle de Fuencarral 137 y ese mismo día nació un proyecto de trabajo en común que juzgo significativo en sus frutos investigadores y docentes. Cómo no atribuir a Carlos la iniciativa de organizar un curso especial universitario para alumnos con particular inclinación a nuestra disciplina, del que salieron una legión de catedráticos universitarios, funcionarios de elite, políticos y hasta afamadas actrices. No tengo empacho en reconocer que sin Carlos en la UAM mi trayectoria universitaria no habría sido la que fue, pero las cosas mejores tienen breve plazo de caducidad y apenas tres años después su vida tomó un nuevo derrotero al ganar una agregaduría  -un eufemismo más del ordenamiento legal- de Derecho del Trabajo. Él lo cuenta así … el día 25 de abril de 1979 tomaba yo posesión de la plaza… en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Laguna … cuya docencia reposaba hasta mi llegada sobre la dedicación principal de los profesores Francisco Saavedra y Alberto Guanche Marrero. También estaba con nosotros Manuel Álvarez de la Rosa, con quien de inmediato comencé a establecer no ya una relación profesional estrecha de la elaboración de su tesis doctoral, sino, lo que es mucho más importante, una vinculación de amistad plena e imperecedera que lo han convertido en persona principal dentro de mi vida (Tinta, 46).

 

Quiero hacer un alto aquí para hablar de la capacidad de Carlos para constituir entrañables familias de laboralistas, sucesivamente en la UAM, en La Laguna, en la Universidad Pública de Navarra y en esta Universidad de Salamanca, una escuela propia de altísimos profesores que no se cuenta con los veinte dedos del cuerpo humano. Una escuela rigurosa, formada en un estilo inconfundible, la manifestación quizá más relevante de la construcción del personalísimo Derecho del Trabajo de Carlos. Sobran los nombres por notorios pero veamos el impacto de la influencia del irrepetible maestro, su reconocimiento como el incuestionable capitán de la embarcación en la que todos juntos navegan… este admirado maestro labora sus artículos –sobre cine, política, música, universidad, viajes, libros o sociedad- con el arte de lo justo y una prosa que en varios tramos destila voluntad poética, además de estar siempre impregnada de plasticidad y sentido. En los relatos  -otra de las formas de su excelencia creativa- se atrapan sueños y realidades que describen vidas cuyo reloj no se consume o el pronóstico del hombre que suma desasosiegos y esperanzas, deseos empozados y el cielo rojo de una tarde que está cayendo… Es verdad que estas palabras tienen el aire inconfundible del prestigioso poeta que las suscribe en la contraportada de Festín, Alfredo Pérez Alencart (1962), pero son las palabras de un discípulo que rezuman gratitud hacia la labor y experiencia universitarias de un mentor de campanillas.

 

 

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EL ARTISTA

 

Carlos no es solo un hombre culto, de vida esclarecida, sino un artista. No sería necesario el aval, pero cuenta con el de otro artista de proyección mundial, el bañezano Antonio Colinas (1946)… el cine, la música, la literatura, no aparecen en esta obra como alarde erudito o relleno para impresionar, sino que son la misma fuente originaria del sentir y del pensar, del cada día de este profesor que, además, se ha permitido el lujo de crear estos textos, de ser un escritor (Tinta, 11-12)… liberalidad, amenidad, inteligencia, sustrato cultural fiable, vida sin máscaras, convincente amor a las distintas artes, son presencias que a cada momento avalan la fluidez y validez de los textos (Tinta, 14). Carlos lo niega, sin suficiente poder persuasivo. Tras hacer suya la opinión del misógino Flaubert (1821-1880), quién dejo escrito que… la única forma de soportar la existencia es aturdirse con la literatura como en una orgía perpetua. El vino del Arte causa una larga embriaguez y es inagotable … A partir de ahí se decide Carlos a negar su propio yo… yo no soy escritor, aunque desde luego escribo… pero el sueño literario es para mí… el anhelo por escribir, por hacer discurrir a través de la palabra escrita y de la construcción sintáctica, la visión propia de los procesos sociales y de los comportamientos de las personas a propósito de los más variados pretextos … leo y escribo, escribo y leo, que tanto monta, pero no leo … como leen los niños, para divertirse, ni como leen los ambiciosos, para instruirse, sino para vivir (Tinta, 16).

 

No consigue convencernos Carlos de su negativa, pues no solo reconoce paladinamente su pasión por la escritura y por la lectura  -el huevo y la gallina, digo yo- sino que nos regala una confesión determinante de su escritura global : la pretensión alcanzada de acercarse con la escritura a los procesos sociales y a los comportamientos de las personas, por tanto, de las que gobiernan y juzgan, de las que emprenden, de las que laboran, de sus representantes, de cuantas otras forman la realidad que el Derecho endereza, y el Derecho del Trabajo de manera punzante. Es el diagnóstico riguroso del erudito y académico García de la Concha (1934), al prologar la primera serie de los artículos de Carlos, demostrativos por sí solos de… la amplitud de la mirada del espectador y una peculiar manera de intuir: la de captar en circunstancias cotidianas del vivir y en los más pequeños detalles el significado de una vida, de una costumbre o de un problema social. Como buen jurista, y como jurista que viene contrastando la especulación teórica con la aplicación práctica en contenciosos de gran envergadura … ha afilado su palabra para captar la realidad última de las cosas. Es el ejercicio de la precisión, que imprime un sello especial a todos sus escritos. También a los de índole literaria… (Festín, 10-11).

 

 

 

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LOS AMORES DE UNA VIDA

 

Decía el poeta Jacques Prévert (1906-1977) –injustamente famoso apenas por la letra de la canción Les feuilles mortes de 1945-, que en el mundo no hay cinco o seis maravillas, sino una nada más: el amor, el amor por las personas pero, quizá tanto o más, el amor por las cosas, por las ideas, por las instituciones.

 

Los amores de Carlos –fuera de su queridísima Mari Carmen, de sus hijos Carlota y Pablo y de su nieta Carmen Sofía- son dos, y dejo al criterio ajeno su clasificación ordinal. A fin de cuentas lo que interesa es referirse a ellos, al amor por el arte y al amor por la Universidad, con todo lo que cada uno de esos amores encierra.

 

 

 

AMOR AL ARTE

 

 

El amor de Carlos por el arte nace tempranamente e integra su más íntima historia. Don son las artes que le irán llamando la atención progresivamente, primero las más características artes del tiempo, como la literatura y la música, y algo después, las más características artes del espacio, la pintura y la escultura de entre las plásticas. Sus mimadas colecciones de huacos prehispánicos –preciosos idolillos cerámicos-  y de cuadros predominantemente expresionistas, afirman esa ilusión bien cultivada, por debajo, empero, de la afición literaria, pues, al igual que el paradigma Unamuno (1864-1936), deja pasar el tiempo seducido por ensayistas, novelistas y dramaturgos de diversas épocas y lugares, imbuido del yo pero sin la soberbia que rompe la convivencia afable. Carlos escribe para su colección de sugerencias y fugazmente, creo, atraviesa momentos de taedium vitae, simples flashes ahogados en la seguridad de que siempre hay algo que merece la pena esperar, más allá del terrible consuelo de Francisco de Quevedo Villegas (1580-1645)… falta la vida/asiste lo vivido. Un esplín que no se adentra en el infierno que lleva al tedio irreductible, quedándose en una leve melancolía que se salva con el humor castizo y la escritura permanente, que es la manera de atender a la vida con la mayor amplitud, desde el temprano ensayo, hasta el relato e incluso el cuento. Carlos ha conseguido saber  -desbordando el pesimismo de Cernuda (1902-1963)- que el deseo es una pregunta cuya respuesta sí existe, una hoja cuya rama sí existe y un mundo cuyo cielo sí existe.

 

En sus reflexiones sobre los tres primeros siglos del Estudio salmantino, acoge Carlos dos fragmentos del discurso de Caballero Bonald (1926) en la recepción del premio Cervantes… “habrá que aceptar –habla el poeta- que la poesía puede efectivamente corregir las erratas de la historia y que esa credulidad nos inmuniza contra la decepción”… y, a la vez recordar que… “leer un libro, escuchar una sinfonía, contemplar un cuadro, son vehículos simples y fecundos para la salvaguardia de todo lo que impide nuestro acceso a la libertad y a la felicidad”…

 

Pero ¿acaso Carlos es poeta? Yo no tengo la menor duda ni creo casual la cita que el escoge del poeta gaditano, a la que yo añado aún lo afirmado por T.S. Eliot (1888-1965) -gurú de la poesía universal-, en su célebre ensayo Dante (1929)… una declaración filosófica directa puede ser gran poesía… y hay poca contradicción a la hora de ampliar el campo filosófico a cualquier reflexión inteligente. Sigamos, pues, escuchando la palabra de Carlos… para mí, por encima de todos, el sueño de la literatura, de la recreación a través del lenguaje escrito de los sentimientos y acciones de los seres humanos, a los que el oficio de vivir hace transitar en ocasiones por inverosímiles derroteros. La literatura ofrece, por lo mismo, una fuente directa de conocimiento, tan pretensora como el saber científico, pero más complaciente y respetuosa con las exigencias del alma, Al propio tiempo que hace posible, si se consigue acceder a su estructura más íntima, la divulgación del repertorio de las ideas y representaciones del autor, con una efectividad sin igual que para sí quisieran las más sesudas formulaciones filosóficas (Festín, 14). En la literatura, añade, recorriéndola a tu antojo… podrás elegir entre el vino y las rosas, entre la mar y el viento o también entre el amor y la pesadilla. Y si no te gusta la primera opción, te quedará siempre el recurso a muchas más, que todas las historias caben en los libros de historias. Más aún, podrás tomar fragmentos de una y otras y combinarlos a voluntad y en caprichosa proporción hasta conseguir la historia perfecta. Aunque sea tan solo para un rato porque, superado el deleite momentáneo, siempre te quedarán más, a diferencia de lo que sucede en tu vida real, aunque a cambio nunca llegues a saber cuál de las dos es la verdadera, si la vida que crees vivir o la fingida (Tinta, 135-136).

 

Nada muy distinto ocurre con los escritos que calificamos de científicos, jurídicos en nuestro caso. Explicaba Claudio Guillén (1924-2007) como la historiografía se dedica a estudiar el itinerario de las civilizaciones considerado como la interacción de tres procesos principales o durées. Las largas duraciones referidas a estructuras geográficas o geopolíticas, condiciones demográficas, valores perdurables, sistemas económicos y otros entramados multiseculares tan duraderos que aparecen como invariantes con relación o las otras duraciones, por un lado las cortas o breves de hechos efímeros, de modas pasajeras; y, a su lado, las denominadas moyennes durées de la historia social y económica, coyunturas de entre diez o cincuenta años de duración, jalonadas por la evolución de la demografía, de la tecnología, de la producción y de los precios. Nuestro mayor o menor acierto estriba en seleccionar la durée en la que enfilamos la mira para abordar las cuestiones de nuestra inquietud.

 

 

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 Retrato de Palomeque hecho por Elías, para ‘El Festín de la vida’

 

 

 

Acertando a moverse en el seno de la duración adecuada, Carlos ha enseñado por los dos mundos, situado en la ‘duración larga’, que el Derecho del Trabajo ha juridificado el conflicto industrial, que los derechos del ciudadano-trabajador son los derechos ejercidos como trabajador-ciudadano y, saltando ahora a la duración intermedia, que el Derecho del Trabajo fue, es y será un Derecho de la crisis, porque si la crisis viene a ser el hipocentro, la norma cambiante es el epicentro de regulaciones, reformas y contra-reformas laborales que actúan como un “círculo vicioso”… las empresas –habla el maestro- disminuyen la producción de bienes y servicios como consecuencia del retraimiento de la demanda interna, por lo que se aprestan a liquidar el volumen del trabajo excedente con regulaciones de empleo (ajustes temporales y despidos) que se traducen siempre en una disminución de la renta disponible. Muchas familias, que nutren ya sus efectivos con uno o varios individuos en paro y ven así recortados sus ingresos de modo harto preocupante, si es que no cercenados en seco, tienen que poner fin a los consumos habituales, a la espera además de cómo hayan de conjugar su incertidumbre en el futuro inmediato. No hay demanda suficiente porque la renta familiar ha disminuido, esta lo ha hecho porque el volumen de empleo se ha retraído, y esto último ha ocurrido porque la producción se ha desplomado ante la atonía de la demanda. Lo dicho, un círculo vicioso perfecto (Tinta, 197). Disculpándome por el paréntesis, que curiosa también la coincidencia en ese símbolo de giro sin fin, encontrado en un pasaje del cuaderno primero del Diario íntimo de Unamuno (1864-1936) de 1897 –editado primorosamente por esta Universidad en 2012 y que conocí por obsequio de Carlos-, un pasaje asombroso, un texto casi impensable salido de su pluma… ¡Trabajar! ¿Y para qué? ¿Trabajar para más trabajar? ¿Producir para consumir y consumir para producir, en el vicioso círculo de los jumentos? He aquí el fondo de la cuestión social

 

Fuera de anécdotas, contra el corso y el ricorso del libre mercado poco van pintando los sindicatos, cuyas movilizaciones sociales, valora Carlos… hace tiempo que responden tan solo a objetivos de carácter esencialmente defensivo, de mantenimiento y conservación de algunas de las principales conquistas obtenidas durante la dorada vigencia de las políticas de bienestar y [en otros tiempos]… acosadas sin descanso por los ajustes económicos del capitalismo financiero, al amparo de mayorías políticas inmersas en operaciones denominadas con eufemismo de flexibilización institucional. No olvida Carlos… el diagnóstico literario de Jorge Semprún, cuando en una de sus… cartas francesas advierte de que, en la actualidad, el movimiento social solo consigue proponerse ‘tareas de retaguardia’ para ‘asegurar la retirada de los trabajadores hacia el campo atrincherado de los derechos adquiridos’ (Festín, 85).

 

Lo que puede comprobarse fácilmente es que nadie como Carlos, en la disciplina que nos agrupa, ha sabido utilizar la literatura como fuente de conocimiento del trabajo profesional, aunque con modestia reserva el método y el mérito a los historiadores, quienes… no solo indagan archivos, hemerotecas y demás depósitos de la memoria real del tiempo pasado, sino que tampoco suelen escatimar el recurso a la ficción literaria para acceder a la historia. Es seguro, así, por ejemplo, que la narrativa de Pérez Galdós resulta una herramienta indispensable, a pesar de su propósito meramente literario, para abordar el estudio científico del comportamiento de las clases urbanas durante la restauración monárquica. Como también me parece ininteligible la historia social de las cesantías políticas de funcionarios públicos en aquel tiempo, si no es a partir de las páginas de su novela Miau (1888), por mucho que uno se empeñe en leer los decretos oficiales sobre la cuestión (Festín, 47).

 

 

 

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Obra para la revista Trabajo y Derecho

 

AMOR A LA UNIVERSIDAD

 

Defiende Carlos que… la Universidad tiene por misión la enseñanza y la investigación de las grandes disciplinas culturales, humanistas y científicas, y no, por cierto, el supuesto aprendizaje de las mil y una dedicaciones profesionales que proporciona la actividad económica, en ridículo competencia entre sí por el más moderno y práctico de los perfiles... Porque, argumenta… la altísima función cultural que corresponde al servicio público de enseñanza superior, no [es] otra que la ilustración y formación plenas del ser humano, con el insustituible propósito de… enseñarle la plena cultura del tiempo, de descubrirle con claridad y precisión el gigantesco mundo presente donde tiene que encajarse su vida para ser auténtica (Festín, 138), compartiendo así un pensamiento de Ortega (1883-1955).

 

En un meditado equilibrio opina Carlos, de un lado, que… la Universidad del tiempo presente es, sin comparación posible, la mejor de cuantas expresiones institucionales la han precedido. Por otro lado, contrapone… no estoy seguro de que se esté discurriendo colectivamente por el camino que deba conducirnos, en ejecución consciente de la suprema función universitaria, a la ilustración plena del ser humano … Parecería, a fin de cuentas, como si el Estado social de derecho y la sociedad del bienestar fueran merecedores, a modo de castigo, por sus excesos de abundancia, de una institución universitaria raquítica, sobre todo en la inculcación a sus jóvenes estudiantes de los valores humanísticos y culturales que necesita una convivencia madura y libre (Tinta, 62-63). Valores humanísticos y culturales tan poco favorecidos en las enseñanzas primaria y secundaria, con la incomprensible laguna de la formación musical, una de las quiebras imaginativas en los planes españoles de estudio.

 

Abre Carlos un apartado de estos textos reproduciendo un pasaje en francés de las Memorias de su admirado Berlioz (1803-1869), que, traducido libérrimamente, reserva a la música, en exclusiva… la capacidad de hablar a la imaginación, al espíritu, al corazón y a los sentidosenriqueciendo la sensibilidad de quienes la cultivan, una riqueza que ‘los otros’, los bárbaros, no conocerán jamás (Tinta, 137). Una benéfica manera, pues, de mejorar los valores de la ciudadanía desde la escuela, merecedora de todos los parabienes imaginables por parte de Carlos, un fervoroso  melómano practicante, sobre todo del género operístico, pues la ópera… combina artes plurales… una excelsa combinación única dentro de la expresión artística, de literatura y pentagrama, de recitación y canto, con acompañamiento musical y representación teatral (Tinta, 143-144). Y, de nuevo, la sorpresa unamuniana cuando, desde las páginas del Diario íntimo, dedica este ditirambo al arte musical desde una profunda meditación religiosa… no hay música mala. Hay obras literarias malsanas, impías, desoladoras; hay cuadros que excitan a la concupiscencia. La música es según se la recibe… La música ahonda nuestros sentimientos, los nuestros; hace que seamos nosotros mismos… No hay música más grande ni más sublime que el silencio, pero somos muy débiles para entenderla y sentirla. Los que no podemos sumirnos en el silencio y recibir su gracia, tenemos a la música, que es como la palabra del silencio…

 

Asimismo, desde edad muy temprana, es Carlos un no menos fervoroso cinéfilo que saca agua de todos los manantiales pasados por la pantalla y encuentra aplicaciones a su actividad académica, nada llamativo en quien acudía al cine… todos los días del sofocante verano y de todos los veranos de mi niñez y adolescencia (Tinta, 21). Se detiene Carlos en comentar el ejercicio de una clase práctica sobre la cinta Tiempos Modernos (1936) de Chaplin, como es sabido… una aguda, demoledora y cómica denuncia de las consecuencias sociales del taylorismo, que da pie al maestro para valorarla también como … una reflexión parabólica e intemporal sobre la condición social de los perdedores en tiempos de crisis que, recordemos, no son unos tiempos aislados sino unos tiempos periódicos (Tinta, 114).

 

Su amor a la Universidad le obligó a rechazar la candidatura de Rector, paradójicamente. Lo explica apoyado en dos argumentos… su desinterés por el actual modelo electoral… basado… en el más tradicional individualismo político y académico, heredero por cierto de los males que aquejan a la sociedad española y a los que no es ajena naturalmente la Universidad. Yo concibo el trascendental momento de elección de Rector como un proceso colectivo de contraposición de ideas y modos de gestión, en el que las personas cumplieran tan solo la importante función de identificación y representación del proyecto… En este caso no debería importar demasiado la persona del rector como cabeza visible del ideario manejado… Pero el segundo argumento es el decisivo y el que mide las prioridades de Carlos, siempre antes su vocación que el relumbrón de los cargos. Me parece desproporcionado, razona… sacrificar mi dedicación profesional (la docencia, la investigación y la participación intensa en el debate social sobre el sistema de relaciones laborales y su ordenación institucional) que sigue rindiendo motivos de satisfacción plena como el primer día, en aras del intento de alcanzar una función gestora, que por grandes que sean sus proporciones y el prestigio social aparejado a la misma, no colmaría mis inquietudes más exigentes (Festín, 123-124).

 

 

 

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Obra de Miguel Elías para el manual de Palomeque y Álvarez de la Rosa

 

 

CARLOS PALOMEQUE, A VECES RUISEÑOR Y A VECES RAMA

 

Sobre el estro de García Lorca (1898-1936) me decido a amañar el verso dejándolo en ese tenor, tan adecuado para definir la doble función de Carlos en los últimos cuarenta y cinco años. Tantas veces ha sido el ruiseñor que canta todo lo que lleva dentro como la rama en la que se han posado aves de toda especie y color, los de más bello trino, los sabios gorriones ignorados y hasta los pájaros depredadores. Con voz melódica ha cantado la libertad, soporte del Estado social y democrático de Derecho, sin aceptar alternativa llevadera, requiriendo el presupuesto de ciudadanos preocupados de disponer de opiniones fundadas, pues el gran problema de la democracia estriba, a su parecer, en que … no ha llegado finalmente a fabricar los ciudadanos libres y pensantes que cabría esperar de tanto esfuerzo colectivo, habiéndose tenido que conformar, por desgracia, con el diseño por ordenador de meros electores, de simples electores predispuestos, una enorme masa que… se ufana con torpeza y agresividad en adherirse tan solo a aquello que quisiera oír (Tinta, 168).

 

Ha cantado, en fin, la diferencia entre el trabajo y el ocio, sobre Las aventuras de Tom Sawyer (1876) de Mark Twain (1835-1910) … si Tom hubiera sido un gran filósofo, como el escritor de ese libro, se hubiera dado cuenta de que el Trabajo consiste en lo que uno está ‘obligado’ a hacer y que el Juego consiste en lo que uno no está obligado a hacer, Y esto le habría ayudado a comprender por qué el confeccionar flores artificiales o darle vueltas a una noria es un trabajo, mientras que derribar bolos o escalar el Mont Blanc es solo una diversión. Dando pábulo, una vez más, a la valiosa herramienta literaria a disposición de los laboralistas, siente Carlos que la literatura… despacha de este modo brillante y de un plumaz … las sesudas averiguaciones que centenares de estudiosos de cinco generaciones han destinado a la definición del trabajo productivo (Festín, 49-50).

 

Ha cantado alto, en fin, para guiar a los jóvenes profesores, marcando la distinción entre los trabajos con sustancia y los trabajos descriptivos, animándoles a representar un papel de críticos y no un mero papel de cronistas. Los números de sus cantos ocasionales son impresionantes, teniendo en su haber unas 642 conferencias, discursos y similares en España y unas 92 más en doce países de Europa y América.

 

Pero con frecuencia mayor, Carlos ha sido rama. Si se me permite una breve cuenta, aproximativa como todas las de su naturaleza, el maestro ha dirigido en diversos centros universitarios 26 tesis doctorales y ha dejado oír su acreditada opinión técnico-jurídica en unos 79 tribunales de tesis doctoral y en otros 31 tribunales de grado. Las publicaciones científicas, en los diversos géneros y formatos posibles, de alto empeño, se acercan a 400, a las que hay que añadir otras 75 que él, recatadamente, denomina de orden menor. Junto a ellas se computan hasta 200 trabajos literarios, distribuidos en artículos, relatos y cuentos. Su colaboración ha sido periódicamente interesada por numerosas Administraciones Públicas, estatales, autonómicas, locales e institucionales y el desempeño de cargos y encargos públicos ha sabido saldarlos siempre con neutralidad y solvencia. El sentido común ayuda a comprender que ha de ser muy gruesa y muy fuerte la rama en la que anidan equipos de laboralistas de tanta calidad y cantidad como los que lucen las Universidades de La Laguna, Pública de Navarra y Salamanca, si no incluimos en el catálogo aquellos equipos de laboralistas de Universidades contagiadas del ascendiente de Carlos, desde la Universidad Autónoma de Madrid a las muchas más, de aquí y de allá, sobre las que ha volcado su saber con la generosidad que le distingue. Laboralistas que han encontrado y siguen encontrando en él un centro de referencia, un punto de apoyo, pues el maestro vive lejos de esas playas que, en el decir de Gerardo Diego (1891-1987)… no llega a saberse nunca si son mar o si son tierra.

 

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A. P. Alencart, Carlos Palomeque, Enrique Cabero y Miguel Elías. Foto José Amador Martín

 

 

* * *

 

Termino ya. Hace tiempo, Carlos, amigo, que has entrado en la gloria y estamos aquí para celebrarlo contigo. Es una afirmación que traigo de la mano de los versos de Francisco Umbral (1932-2007), restando liturgia a tan ceremoniosa palabra, porque… la gloria no es un oro,/ni un anillo./La gloria no es un broche,/o una cinta,/o un imperdible de plata…/ni la… caligrafía de reyes/… La gloria es un gran pájaro tranquilo/que se posa en el alma/como abriendo la cola,/y da serenidad, paz y más vida… Algo parecido a la versión escatológica que de la gloria aparece en el tantas veces aludido primer cuaderno del Diario íntimo del dueño de este aula… la gloria como inmersión en eterna calma. Esa calma que has de tener cuando en la paz de Sequeros, bajo el cierzo de la Sierra de Francia, imites de vez en cuando al personaje de William Faulkner poeta (1897-1962)… sumergido en el oro solemne del fuego de la chimenea/me siento y miro las inquietas sombras, rojas y marrones/y floto de ese modo hasta que las perturbo y se extinguen

 

Pero llega la hora, a la vez gozosa y comprometida para mí, de dedicarte, queridísimo Carlos el poema a que alcanza mí no más que decorosa inspiración, un soneto con estrambote, diecisiete endecasílabos prendidos de las … nostalgias de las cosas que han pasado/arenas que la vida se llevó, por prologar los míos con un verso que los dos adoramos de la letra del tango Sur, que Homero Manzi (1907-1951) escribió para que fuera musicado por Pichuco, su amigo Anibal Troilo (1914-1975).

 

En ese soneto, sus dos cuartetos ofrecen un homenaje a nuestra andadura inacabada, en tanto que los dos tercetos y el estrambote traducen en rima lo que tú significas, tal y como yo te veo. El soneto se titula, muy de tu gusto, espero, Saciados de tinta, Carlos, y suena así en mi torpe voz de rapsoda,

 

 

 

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Ilustración de Miguel Elías para Portada de ‘Embriagarse con tinta’

 

 

SACIADOS DE TINTA, CARLOS

 

Fuencarral vivió el encuentro primero,

mitad de los setenta, serio empeño

de fundir ideales sobre el diseño

de un camino ambicioso y hacedero.

Argamasa de hormigón duradero

de vidas encontradas, un ensueño

compartido, propósito roqueño

lejano aún de su aliento postrero.

Orador de tres mares, maestro izado

por sus hechos, ensayista profundo,

creador de conceptos sin adversario,

labrador del buen trigo en campo arado,

cabeza de escuela, dueño de un mundo

de fantasía, rico imaginario

obsequiado. Solidario,

castizo, irónico, leal y honesto :

¡el buen paterfamilias del Digesto!

 

LEV/25.nov.16

 

 

 

14-luis-enrique-de-la-villa-en-su-discurso-de-recepcion-del-doctorado-honoris-causa-por-salamanca

Luis Enrique de la Villa, en su discurso de recepción del Doctorado Honoris Causa por Salamanca

15-luis-enrique-de-la-villa-y-parte-del-publico-asistente-a-la-ceremonia-de-la-usal

 

Luis Enrique de la Villa y parte del público asistente a la ceremonia de la Usal

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 Colofón del libro ‘El festín de la vida’, de Carlos Palomeque

 

 

 

 

 

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