«Crear en Salamanca» , hoy trae a sus páginas un análisis literario sobre el libro de poemas «La Verdad del espejo», Elegía a la vida, de José Antonio Valle Alonso (Villamor de los Escuderos, Zamora, 11 de junio de 1945) es un autor, escritor y poeta español. Actualmente reside en Valladolid. Ha escrito más de veinte libros de poesía. En los años sesenta y setenta, paralelamente al estudio de la preceptiva literaria y poética, estudia música, trompeta, en la Escuela Internacional de Música de París y en el Conservatorio, en la perfección como concertista, profundizándose en música clásica. Son tiempos en los que vive intensamente la poesía y la música, haciéndose al mundo de los ambientes parisinos de la época, marcando la luz su impronta lírica en el entorno de Montmartre, Sacre Coeur, Place du Tertre, Moulin Rouge, Pigalle, Place Blanche, Place Clichy… Y es en esta ciudad, París, donde escribe sus dos primeros poemarios. Libros a los que le seguiría una larga producción hasta la actualidad.

Una aproximación poético-cultural a La verdad del espejo, de José Antonio Valle Alonso, donde la elegía se convierte en un espacio de memoria, identidad y resistencia a través de la palabra
La verdad del espejo
Elegía de la memoria y la identidad
Por José Amador Martín
Hay libros que no se escriben para ser leídos de una sola vez, sino para ser visitados. La verdad del espejo, de José Antonio Valle Alonso, pertenece a esa estirpe de obras que no buscan el impacto inmediato ni la clausura, sino la permanencia. Desde sus primeros textos, el lector comprende que no está ante un poemario convencional, sino ante una elegía de largo aliento, un decir que se prolonga en el tiempo como se prolonga el duelo cuando la pérdida no encuentra descanso.
Aquí la poesía no funciona como ornamento ni como consuelo fácil: funciona como acto de presencia. Escribir es una forma de seguir estando cuando todo parece empujar hacia el silencio.

El espejo y la fractura del yo
El espejo que da título al libro no es un objeto de reconocimiento, sino de extrañamiento. No devuelve una identidad firme, sino una imagen quebrada por el amor perdido y por la conciencia de la muerte. El yo poético se mira y no se reconoce, porque la experiencia del dolor ha modificado de manera irreversible su manera de estar en el mundo:
“Qué pena cuando lo veo,
y me dicen que soy yo,
y ya no lo reconozco
porque lo ha muerto el amor.”
La verdad del espejo no es la imagen reflejada, sino la ausencia que la habita. Mirarse equivale a constatar que algo esencial se ha ido, y que lo que queda es una identidad herida, sostenida únicamente por la palabra.
Una elegía que no se cierra
A diferencia de la elegía clásica, que aspira a un cierre simbólico del duelo, La verdad del espejo renuncia explícitamente a esa posibilidad. El libro no avanza hacia el consuelo: vuelve. Regresa a las mismas fechas, a los mismos lugares emocionales, a las mismas imágenes, como quien rodea una herida para no tocarla del todo.
Esta insistencia no es un descuido formal, sino una poética del duelo. El dolor no progresa; se reactiva. De ahí la estructura fragmentaria del libro y la recurrencia de motivos que reaparecen con ligeras variaciones, como si el poeta necesitara decir lo mismo una y otra vez para que no desaparezca:
“Porque después de hoy hay ayer todavía
entrando por la puerta del corazón a solas…”
La elegía, aquí, no busca reconciliarse con la pérdida, sino aprender a convivir con ella.
El tiempo como herida
El tiempo en este libro no es lineal ni pedagógico. No enseña: hiere. Abril, marzo, noviembre, septiembre aparecen no como simples referencias cronológicas, sino como lugares emocionales donde el pasado irrumpe con fuerza intacta. El recuerdo no se evoca; asalta.
Esta concepción del tiempo se apoya en imágenes de retorno constante —ríos, rondas, campanas— que subrayan la imposibilidad de dejar atrás lo vivido:
“Cuánta distancia junta me lleva en un suspiro,
cuánto ayer y tan cerca…”
El pasado no queda atrás: se instala en el presente y lo condiciona. El tiempo no avanza; regresa.
Un lenguaje ritual: agua, lumbre, sangre
Uno de los rasgos más reconocibles de La verdad del espejo es su campo simbólico reiterado, casi litúrgico. Jardín, fuente, lumbre, sangre, noche, invierno, aurora, río, sueño: estas palabras construyen un universo cerrado y coherente, donde cada símbolo cumple una función emocional precisa.
La reiteración no busca novedad retórica, sino fidelidad. El poeta vuelve a los mismos términos porque son los únicos capaces de sostener el peso de la experiencia. El lenguaje se convierte así en ritual, en una forma de invocación:
“Y me acerco a la fuente para verme en el fondo,
y guardar en el sueño la inocencia desnuda.”
La poesía no pretende sorprender; pretende mantener encendida la lumbre de lo que fue.
La madre: origen y refugio
Entre todas las presencias que atraviesan el libro, la figura materna ocupa un lugar central. La madre no aparece solo como recuerdo afectivo, sino como principio de mundo: fuente, jardín, calor primero. Frente a ella, el yo poético se reconoce hijo, incluso niño, como si solo desde esa posición pudiera resistir el desamparo:
“para llenar de ternura
a mi Gertru, madre buena.”
El amor materno se presenta como el único no erosionado por el tiempo. Todo lo demás se quiebra; la madre permanece como memoria cálida, incluso en la ausencia. El libro se convierte así en un acto de filiación: escribir para seguir siendo hijo.
La muerte y el lenguaje insuficiente
La muerte del hermano irrumpe en el libro con una claridad devastadora. Aquí el lenguaje pierde parte de su velo simbólico y se vuelve más directo, más cercano al testimonio. No hay metáfora que amortigüe el golpe; hay una fecha, una llamada, una certeza imposible de asimilar:
“veinticuatro de marzo
de dos mil veintitrés
ha sonado el teléfono,
al alba…”
El poema no logra decirlo todo porque no puede. Y esa imposibilidad no debilita la obra: la funda. La elegía fracasa en su función tradicional de consolar, pero en ese fracaso encuentra su verdad más honda.
Escribir para seguir estando
La verdad del espejo no promete una luz definitiva ni una redención clara. Lo que ofrece es algo más humilde y más necesario: compañía. Acompaña al que escribe y al que lee en ese territorio donde la pérdida convive con el amor, donde el recuerdo duele pero también sostiene.
Escribir, en este libro, no es un gesto estético, sino una forma de resistencia. Mientras haya palabras —aunque tiemblen, aunque se repitan, aunque duelan— la ausencia no será del todo silencio:
“Pero tengo tu huella
tatuada en mi pecho
y te llevo conmigo
por si te acecha el miedo.”
Quizá esa sea, al final, la verdad última del espejo: que mientras alguien se mire y escriba, la vida —aun herida— sigue respondiendo

El poeta José Antonio Valle Alonso (foto de José Amador Martin


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