«Crear en Salamanca» se complace en presentar el poemario de Chema García «De los rostros, la Luz, a través de un comentario-crítico de Valentín Martín, «Subirá Chema García y hablará con su voz» 
Resumen de reseña crítica en revista digital Cruz y Raya. Gema Millán
El poemario De los rostros, la luz de José María García Sáez destaca por su profunda exploración de la muerte, el amor y la ciudad como ejes existenciales articulados mediante el diálogo con la mitología clásica. Publicada por Ediciones Vitruvio dentro de su Colección Baños del Carmen, la obra se consolida como una pieza de gran lucidez y sensibilidad lírica.
El prólogo de Sagrario Rollán y el prefacio de María Ángeles Pérez López revelan la estructura conceptual del libro.
La ciudad escenario: Se presenta como una «ciudad encantada» sacudida por vientos sagrados y enigmas, donde el autor entabla un duelo contra el paso del tiempo.
El autor utiliza personajes del mundo clásico no como simples adornos, sino en clave personal y biográfica para desentrañar el pulso con el destino.
El lenguaje del poemario destaca por su versatilidad lírica, capaz de transitar limpiamente entre lo terrenal (coníferas, pájaros, ríos) y lo astronómico (visiones interestelares, enanas rojas). La luz se manifiesta de manera oblicua, curvando el tiempo a su paso. García Sáez logra que la palabra poética actúe como «cuna y barca», un refugio verbal donde lo que significa y lo significado se funden en una transparencia absoluta.
En conclusión, De los rostros, la luz es un poemario imprescindible para la poesía contemporánea en español. Consigue la difícil tarea de unir la lucidez implacable con la fe ciega en el amor y la palabra. Una obra que demuestra que, aunque al final de los campos «solo nos quede la noche», la luz siempre nos busca.
(Leer reseña entera en https://revistacruzyraya.com/2026/05/12/de-los-rostros-la-luz-de-jose-maria-garcia-saez/)
SUBIRÁ CHEMA GARCÍA Y HABLARÁ CON SU VOZ
Vivir la muerte sin que te perturbe su penuria, vivirla en los versos como un río de vencejos se despeña y luego levanta el vuelo y llama a los niños de pueblo y los cita y los engatusa las tardes al salir de escuela, no caer en la tentación de Alfonsina, no elegir los acantilados donde nunca se duerme.
Vivir poeta y hombre la vida de los libros, del amor y sus consecuencias, recoger la arqueología de los que antes estuvieron, de los que siguen estando sin la huida unamuniana del presente para buscar nuevos destinos, y quedarse.
Quedarse con la hermosa manía de compartirse: ese es Chema García, el poeta de Salamanca que viaja a Madrid el día 20 con un libro de Vitrubio en la maleta. Madrid no es sólo la ciudad donde venían todos a hacerse hombres, los perdedores aparentes, sino la ventana por donde asomarse un poco mejor y más lejos, incluso los anónimos suicidas o los derrotados de «Surcos». Madrid es el exilio que insiste, la diáspora que todavía se pregunta los motivos, territorio hostil para los ancianos con algo de memoria en los bolsillos y mucha hambre y sed por la tontuna de volver o no haberse ido, como quien se esconde en una adormidera para soñar aquellas amadas latitudes. Todos necesitamos que Chema García (el poeta y el hombre, repito) venga a Madrid el día 20. No como vino la botellita de agua de Lourdes para curar de mentira el cáncer del teniente de artillería más famoso, sino como algo nuestro, algo de nosotros, la misma eternidad de Saĺamanca agarrada a su viaje.
En la atardecida del día 20 Chema García dejará de ser Chema García para ser José María García Sáez. No es una formalidad irrelevante, es la señal de que el poeta se adentra por primera vez en un libro para encontrarse. Ha pasado tanto tiempo atareado en la vida de los demás que se había olvidado de sí mismo.
En «De los rostros, la luz», Chema García no es un genial epígono de nada ni de nadie, como dijo de Miguel durante muchos años y muchos bachilleratos el editor de la tierra (pídele cuentas ahora al granito, las estatuas no responden ni a las palomas místicas que se posan, descansan, cagan y se vuelven al cereal). Es él -Chema García- que ha decidido hablar por su boca y no por la boca muerta y obrera a la que prestó su voz Neruda en su hermosísimo «sube a nacer conmigo, hermano» que tanto nos convoca al viajero que llega con el libro y a los que estamos esperando.
Este «De los rostros, la luz» es un ejercicio navegable por el que Chema García va y viene con la sospecha lectora de la necesidad que se ha vuelto urgencia. Tan tarde. O quizás era el momento, sólo el poeta sabe de sí mismo («Volvimos/a la luz de la infancia/ bajamos la fiebre»). Toda poesía es un misterio que nace dentro y contamina. Como hablar solo o preguntar al silencio que está ardiendo, para terminar en el principio cómplice de tantos solares como poetas. («¿Cuánta espuma deja el mar en la orilla?»).
Chema García se echa a la calle esta vez rodeado de poetas. Nombres que fueron o son, a los que frecuenta y no quiere dejar fuera, no por miedo a la intemperie sino porque nunca estuvo aparte, tener las manos llenas es una costumbre que jamás se ausenta. En el prólogo Sagrario Rollán advierte que el poeta entabla un diálogo reflexivo para mantener encendido el fuego del amor y de la vida. Y en el prefacio María Ángeles Pérez López ve también un diálogo múltiple para construir puentes entre la vida y sus tantos antónimos.
Estoy de acuerdo con los tres: escribir es estar a solas pero con la voz de agua que viaja fuera y habla, vocea o susurra, pero nunca calla.
«De los rostros, la luz» editorial Vitruvio (2026) se presenta en Madrid el 20 de mayo a las 19 horas, en Sala Modo Poesía c/ Valderribas n° 14 Retiro. 28007 Madrid, con la presencia de Pablo Méndez (editor), Cristina Penalva (poeta) y Chema García (autor).
La primavera estará de nuestra parte. Y habrá cesado «la niebla que al fin cura a las coníferas».
Valentín Martín


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