«Crear en Salamanca», hoy con un artículo crítico de Stefanía Di Leo sobre la obra: Salamanca, Elogio de la Luz, de José Amador Martín Sánchez y un poema, del autor, traducido al italiano
La poeta y ensayista italiana Stefania Di Leo ha dedicado estas páginas a una lectura crítica de Salamanca, elogio de la luz. Publicamos su texto como testimonio del diálogo que la literatura establece más allá de las fronteras y como muestra de la recepción internacional de esta obra.

Stefania Di Leo es poeta, traductora y ensayista italiana. Ha dedicado parte de su trabajo al estudio y difusión de la poesía española contemporánea, contribuyendo al diálogo literario entre Italia y España.

SALAMANCA, ELOGIO DE LA LUZ
Por Stefanía Di Leo
La obra poética de José Amador Martín Sánchez constituye una de las expresiones más singulares de la literatura autóctona salmantina contemporánea, al establecer un fecundo diálogo entre la palabra poética y la imagen fotográfica. En Salamanca, elogio de la luz, el autor trasciende la mera contemplación del espacio urbano para convertir la ciudad en un territorio espiritual donde la belleza se revela como una forma de conocimiento y la luz adquiere una dimensión simbólica que articula toda la arquitectura del libro.
En este sentido, la poesía de Martín Sánchez no describe Salamanca desde una perspectiva documental o costumbrista. Su mirada se orienta hacia la esencia invisible de la ciudad, descubriendo en sus piedras doradas, en sus plazas y en sus silencios una realidad que supera lo material. La fotografía y el poema no funcionan como lenguajes independientes, sino como manifestaciones complementarias de una misma sensibilidad estética. Allí donde la cámara detiene el instante luminoso, el verso prolonga esa experiencia hasta convertirla en reflexión, emoción y memoria.
La luz constituye el eje vertebrador de su universo creativo. No es únicamente un fenómeno físico que modela las fachadas de la piedra de Villamayor y confiere a Salamanca su inconfundible tonalidad dorada, sino una categoría estética y ética que permite comprender el mundo. La ciudad aparece transfigurada por una iluminación que revela la armonía entre naturaleza, arquitectura e historia. De este modo, la denominada «ciudad dorada» deja de ser una imagen turística para convertirse en un símbolo de permanencia, de belleza interior y de trascendencia.
Esta concepción sitúa a José Amador Martín Sánchez dentro de una tradición poética en la que la contemplación constituye un acto de conocimiento. Su escritura participa de una estética de la lentitud, de la observación paciente y del silencio creador. Cada poema nace de una mirada ejercida sobre el espacio urbano, como si la ciudad únicamente pudiera revelar su verdad a quien aprende a contemplarla desde la humildad y el asombro. La fotografía desempeña aquí una función esencial: educa la mirada, selecciona el instante significativo y convierte la realidad cotidiana en una experiencia estética susceptible de ser recreada por la palabra.
La belleza, en consecuencia, no aparece como un mero ornamento formal, sino como una vía de acceso a la dimensión espiritual de la existencia. Martín Sánchez entiende que el arte posee la capacidad de rescatar lo cotidiano del desgaste del tiempo, restituyendo a las cosas su intensidad originaria. Sus imágenes y sus poemas celebran una ciudad viva, en constante transformación lumínica, donde cada amanecer y cada ocaso renuevan el diálogo entre el hombre y su patrimonio histórico. La piedra dorada adquiere así un carácter casi metafísico, reflejando una luz que parece surgir tanto de la materia como del interior del sujeto contemplativo.
Resulta especialmente significativa la convergencia entre poesía y fotografía como dos formas complementarias de escritura. Si la fotografía inmoviliza la luz, la poesía la interpreta; si la imagen captura el instante visible, el poema descubre su resonancia emocional y simbólica. Ambas disciplinas comparten un mismo propósito: preservar aquello que el tiempo amenaza con borrar. Esta fusión convierte a Salamanca, elogio de la luz en una obra de carácter interdisciplinar donde la experiencia visual encuentra su plenitud en el lenguaje poético.
Asimismo, el libro propone una relectura humanista de Salamanca. La ciudad no es únicamente un conjunto monumental, sino un espacio habitado por la memoria de generaciones de escritores, artistas y ciudadanos que han configurado su identidad cultural. En esta perspectiva, la luz simboliza también la continuidad del legado intelectual salmantino, proyectando sobre el presente una tradición que permanece viva gracias a la creación artística.
En definitiva, José Amador Martín Sánchez desarrolla una poética sustentada en la búsqueda incesante de la Belleza como experiencia de revelación. Su dedicación simultánea a la poesía y a la fotografía manifiesta una concepción unitaria del arte, donde ambas disciplinas convergen para expresar la misma aspiración: hacer visible lo invisible mediante la luz. En Salamanca, elogio de la luz, la ciudad dorada se convierte en una metáfora de la plenitud estética, mientras que el poeta-fotógrafo asume la misión de custodiar, mediante la palabra y la imagen, el resplandor efímero que transforma la realidad cotidiana en una experiencia de trascendencia. De este modo, su obra se inscribe entre aquellas propuestas contemporáneas que reivindican el poder del arte para reconciliar al ser humano con la contemplación, la memoria y la belleza como formas superiores de conocimiento. En la poesía de José Amador Martín Sánchez, la noche trasciende su dimensión temporal para convertirse en un espacio de conocimiento interior. No es únicamente el escenario donde acontece la contemplación, sino el ámbito en el que la conciencia se despoja del ruido del mundo y accede a una realidad más profunda. En este sentido, resulta inevitable advertir una sutil resonancia con la tradición mística española y, particularmente, con la Noche oscura de San Juan de la Cruz.
Aunque la finalidad poética de Martín Sánchez difiere de la experiencia ascética del carmelita, ambos autores comparten la convicción de que la oscuridad no representa una ausencia, sino una forma superior de revelación. En San Juan, la noche constituye el itinerario del alma hacia la unión con lo Absoluto; en José Amador Martín Sánchez, se convierte en el espacio privilegiado donde la ciudad abandona su apariencia cotidiana y revela una belleza silenciosa, apenas perceptible para quien sabe detener la mirada. La penumbra deja de ocultar para mostrar; el silencio deja de ser vacío para convertirse en lenguaje.
La noche amadoriana, iluminada por el fulgor dorado de Salamanca y por la tenue claridad de las ventanas, de la lluvia y de los reflejos urbanos, conserva siempre una tensión entre luz y sombra que recuerda la dialéctica sanjuanista. Sin embargo, mientras en San Juan de la Cruz la luz culmina en la experiencia de lo divino, en Martín Sánchez se manifiesta como una epifanía estética: la belleza emerge de la contemplación del mundo, de la memoria de la ciudad y de la íntima comunión entre el poeta y el paisaje urbano. Así, la oscuridad no niega la luz, sino que la prepara y la hace más intensa, convirtiéndose en el espacio donde la palabra poética alcanza su máxima capacidad de revelación.
Stefania Di Leo

LUEGO LA NOCHE…
Y luego la noche… tal vez esa historia
de nuevo repetida, sus paseantes, sus silencios,
y la lluvia por las fachadas, los árboles,
los pasos… La noche de soledad al parque
y el taconeo incesante de estatuas, de amantes
que se abrazan en los rincones del aire, la noche
que arranca de mi mis estrellas, mis sueños
y asemejan un vértice de vida, un elemento
singular, sutil, un paisaje de avenidas…
tan solitarias, tan grises, tan ocultas como el espacio
donde todo confluye, abismo de vocablos
horizonte de espera, noche, al fin, de silencios.
Y más tarde el equilibrio de la oscuridad completa,
el café humeante y la mirada a través del cristal
el viento de los árboles, el frío, el paseante
que gabardina a los hombros cruza solitario
y quizás tararea la última melodía de amor…
De mármol, de acrisolado y blanco esmalte
de párpados hundidos, de rostro dulce como miel
de un desierto, viene una vez más la noche,
una victoria más, un día más, a la ciudad
y resurge un concierto de ríos plateados, un murmullo
de músicas y silencios, sobre las ventanas
encendidas, donde algún sueño viaja…
Noche que sabe a melodía de piano de café,
a llanto, a cicatriz dolorida, a pasto de olvido
a dominio que se recrea por los años, como
la madreselva por los claustros y las fachadas
de los palacios y torres, crisol para soñar,
yunque de platero, péndulo de eterno giro sobre sí mismo.
Celestial y única noche, amante perfecta,
acudiendo a la cita viajera del tiempo y, sometida,
al engranaje perfecto del reloj del tiempo.
Noche redonda y única, tan distinta, tú,
a las demás porque ya han sido y a las que han de venir.
Y luego la noche… que aprendió a llegar y a quedarse
como un viajero más, pasajero del tiempo…
También la falsa y larga noche de los sin esperanza,
pero noche al fin sin adornos ni músicas,
sin péndulos ni horas, sin vocablos ni signos,
callada noche de alturas y nieves, de alcobas
y lunas. Noche, al fin, del alma, oscura y fría.
* * *

E POI LA NOTTE…
E poi la notte… forse quella storia
ancora una volta ripetuta, con i suoi viandanti, i suoi silenzi,
e la pioggia che scivola sulle facciate, sugli alberi,
sui passi… La notte della solitudine nel parco,
e l’incessante risuonare dei tacchi delle statue, degli amanti
che si stringono negli angoli dell’aria; la notte
che mi strappa le stelle, i sogni,
e li trasfigura in un vertice di vita, in un elemento
singolare, sottile, in un paesaggio di viali…
così solitari, così grigi, così nascosti come lo spazio
dove tutto confluisce: abisso di parole,
orizzonte dell’attesa, notte, infine, di silenzi.
E più tardi l’equilibrio dell’oscurità compiuta,
il caffè fumante e lo sguardo oltre il cristallo,
il vento tra gli alberi, il freddo, il passante
che, con il bavero del soprabito rialzato, attraversa solo la strada
e forse canticchia l’ultima melodia d’amore…
Di marmo, di terso e candido smalto,
di palpebre profonde, di un volto dolce come miele
in un deserto, torna ancora una volta la notte,
un’altra vittoria, un altro giorno consegnato alla città,
e rifiorisce un concerto di fiumi d’argento, un mormorio
di musiche e di silenzi sulle finestre
illuminate, dove qualche sogno è ancora in viaggio…
Notte che sa di melodia di un pianoforte in un caffè,
di pianto, di cicatrice ancora dolente, di pascolo dell’oblio,
di un dominio che gli anni continuamente ricreano,
come il caprifoglio sulle facciate e nei chiostri,
sui palazzi e sulle torri:
crogiuolo del sognare,
incudine d’argentiere,
pendolo dall’eterno ruotare sopra se stesso.
Celeste e irripetibile notte,
amante perfetta,
che giunge puntuale all’appuntamento errante del tempo
e docile si abbandona
all’ingranaggio perfetto dell’orologio dei giorni.
Notte piena e assoluta,
così diversa, tu,
da tutte le altre già trascorse
e da quelle che ancora devono nascere.
E poi la notte…
che imparò ad arrivare
e a rimanere,
come un viaggiatore fra gli altri,
passeggero del tempo…
Anche la lunga e ingannevole notte
di coloro che hanno perduto la speranza;
ma notte, infine,
spoglia d’ornamenti e di musiche,
senza pendoli né ore,
senza parole né segni,
silenziosa notte di altezze e di nevi,
di alcove e di lune.
Notte, infine,
dell’anima,
oscura
e gelida.



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