«Crear en Salamanca» hoy ofrece a sus lectores seis poemas de la poeta salmantina Mónica Velasco, con un comentario breve de José Amador Martín

La transparencia en el mundo literario de Mónica Velasco
Sobre su poesía
José Amador Martín
Hay poetas que describen el mundo y hay poetas que parecen escucharlo. Mónica Velasco pertenece a estos últimos. Sus poemas no nacen de la voluntad de nombrar las cosas, sino de la necesidad de descubrir la respiración secreta que las enlaza.
En estos poemas, la naturaleza deja de ser paisaje para convertirse en lenguaje. El envés de una hoja, el vuelo de un pájaro, la vibración del aire, la llama, el rumor de las olas o el silencio del bosque son signos de una escritura anterior a las palabras. La poeta no contempla la realidad desde fuera; entra en ella hasta hacerse parte de su pulso. «Soy yo contemplación y vibro», escribe, condensando una de las claves de toda su poética: la desaparición de la distancia entre quien mira y aquello que es mirado.
Hay una constante búsqueda de lo esencial. No interesa el brillo de las cosas, sino su envés; no la evidencia, sino el misterio que la sostiene; no el discurso, sino el grafema invisible que precede a toda palabra. Cada poema parece avanzar hacia una desnudez mayor, como si el lenguaje quisiera desprenderse de sí mismo para dejar hablar a la realidad.
La presencia de la naturaleza adquiere así una dimensión casi sagrada. El bosque, las hojas, los pájaros, el aire o el agua no funcionan como símbolos impuestos por la autora, sino como manifestaciones de una unidad profunda donde materia y espíritu, sensibilidad y pensamiento, percepción y conocimiento participan de un mismo origen. No es casual que aparezcan reiteradamente palabras como latido, lumbre, vibración, signo, contemplación o luz. Todas remiten a una experiencia de comunión que trasciende la mera descripción del mundo.
Su escritura posee, además, una extraordinaria delicadeza formal. El verso avanza con serenidad, permitiendo que el silencio tenga tanto peso como la palabra. Cada pausa parece abrir un espacio para que el lector complete con su propia respiración aquello que el poema apenas insinúa. Hay en esta poesía una confianza poco frecuente en el poder de la sugerencia, en esa música tenue que permanece cuando termina la lectura.
Quizá sea esa la mayor virtud de Mónica Velasco: recordarnos que el mundo sigue escribiéndose delante de nosotros y que la poesía consiste, antes que en inventar una voz, en aprender a escuchar esa transparencia invisible que une la hoja con el viento, el pájaro con el cielo, la piedra con la ola y al ser humano con el misterio de cuanto existe.
Leer estos poemas es aceptar una invitación a mirar de otro modo. A descubrir que la belleza no siempre resplandece en la superficie, sino que, como el envés de las hojas que abre este conjunto, suele habitar allí donde la luz se vuelve más íntima y más verdadera.
Es un itinerario espiritual. La poesía avanza siempre hacia lo más desnudo, hacia aquello que permanece cuando desaparece lo accesorio. Esa coherencia es muy difícil de conseguir y es una de las razones por las que sus poemas producen esa sensación de transparencia.
Fotos: José Amador Martín
POEMAS
Selección de la autora

El envés de las hojas
El envés de las hojas
me habla más del amor
que su dorso.
Cuando el viento levanta
su lado más íntimo,
el que carece de brillo,
el que asemeja
la cara oculta de la luna,
siento que la luz toda
se adentra al nervio más humilde,
al menos precioso
y que se hace el milagro.

Hoja, apenas
¿Quién puede atestiguar que este temblor
no es vibración del mundo?
¿Quién si en las hojas
heridas del otoño no es donde
la frente Dios reposa o su latido?
¿Quién de este tronco
en su altura de bosque
no cantaría la dicha,
no la aurora?
Alcanzada la garganta del sabor.
Punzado el iris de mis ojos.
Soy yo contemplación y vibro,
hoja apenas sostenida
de su tallo.

Llama
¿Qué dista entre su vuelo y el mío?
Acaso mi sombra no será
la que planea los trigos,
dibuja fragmentos,
anuda la existencia.
¿Qué dista entre su luz y la mía?
Entre su golpe celeste,
plumaje en la materia más breve.
Su canto.
¡Qué más dará a los dioses
si ha de hacerse entre ambos el mundo!
Pudiera el gesto ser,
el silabeo ensimismado
que quiere de la hierba,
del agua,
¡del aire que va al aire y es del aire!
Llevadme en ese fuego acumulado,
en esa antorcha que no incendia
y abrasa pecho y soledad.
Verdad que arroja.
Llama que porta el secreto.

Grafemas
El aire suspendido los comprende.
Conoce los grafemas que diluyen
su discurso. ¡El solo aire!
Cruzar entre los planos un ala
que abarque
la sola transparencia.
Soñar el trazo desligado de la letra,
dejar la sola palabra al azar.
Y vienen a mi casa con su lumbre.
Traspasan los postigos y los muros.
Todo es selva cercada, luminosa,
jardín donde las letras me recuerdan
la escala que tendemos invisible.
Mejor es no decir
y ser del vuelo.

Alas
La vi entregarse en su blancura,
– oleaje y vendaval-.
Tal vez se hiriese incluso entre las ramas.
Todo su ímpetu fue entrega o búsqueda.
¿Qué hallaría su pureza desnuda?
Aquel sonido brusco de sus alas
torpemente, como el albatros del francés.
¿Qué deseo llevó a este ángel,
-ramas, aliento, polvareda-
a adentrarse entre las hojas del abeto
y a olvidarse?
Soledad
Y se llenó el bosque de pájaros,
las cúpulas de pájaros.
Pasaron sobre mí antorchas, siglos
de pájaros.
Cantaban su canción polifónica.
Solo uno acompañaba mi tarde
en el tejado.
Su canto era el mío y era solo.
Dejó que se marcharan,
como piedras.
Volvió a cantar después.
Solo su canto solo.
Más allá de la niebla.

Solo el signo
¡Solo me alcanza el signo!
Pájaro, rama, sortilegio,
fuente, pulso, latido.
¿Con qué el hilado me hilvana
al arroyo y a su música?
¿Qué parte de mí recoge
el viento y me hermana
con trigos y adobes,
el malva del tomillo,
la contundencia del cactus y su luz?
¿Cuánto de mí conoce el aire
y cuánto queda entre la música?
Solo signo yo,
presencia pura y pensamiento.

Olas
Todo es cambiante a mis ojos. Las olas
predicen el milagro. Ellas no saben
que en su golpe los cantos se horadan
o las lanchas deshacen de sus cuerpos
la madera en infinitas esquirlas.
Que serán
sedimento en la arena luminoso.
Pero ellas, las olas, intuyen
que hay algo y que conmueve.
Que también saben de ello,
-con ese no saber-,
las ramas o las nubes.
Por eso a mi paso retengo,
como puedo,
el sonido adentrado de la arena.
Chirría redondeada la piedra.
Hecha de sueño crepita
y soy aquí
parte del mundo.



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