
«Crear en Salamanca» publica hoy una mirada sobre Aníbal Núñez. Artículo de José Amador Martín por el recuerdo y la admiración por este poeta genial
Hay ciudades que un día fueron un estado de ánimo. Salamanca lo fue durante unos años en los que la poesía parecía respirar por las calles con absoluta naturalidad. No había que buscarla en los libros; estaba en las conversaciones, en los cafés, en los recitales improvisados, en las noches interminables donde una palabra podía convertirse en el centro del mundo.
En aquella Salamanca estaba Aníbal Núñez.
Hoy su nombre pertenece a la historia de la poesía española. Entonces pertenecía a nuestras vidas.
Compartimos años de amistad, de literatura y de descubrimientos. Fueron los años de Base 6, de Zurguén, de proyectos que nacían con más entusiasmo que medios, pero con la convicción de que la poesía podía transformar la mirada sobre la realidad.
Recuerdo las tertulias del Alemania 43, las conversaciones en el Altamira, los recitales en los que cada lectura parecía inaugurar un tiempo nuevo. Éramos jóvenes y, quizá sin saberlo, estábamos viviendo uno de los momentos más intensos de la vida cultural salmantina.
Aníbal nunca necesitó levantar la voz. La intensidad estaba en su inteligencia, en su ironía, en esa manera tan suya de observar el mundo desde un lugar donde casi nadie era capaz de situarse. Su poesía nacía de una extraordinaria lucidez. Sabía descubrir belleza allí donde otros solo encontraban rutina. Pero también veía con demasiada claridad las grietas del mundo.
Con los años he pensado muchas veces que aquella misma lucidez tuvo un precio.
Murió con solo cuarenta y dos años. Una edad en la que muchos poetas apenas comienzan a ocupar el lugar que les corresponde. Él poseía talento suficiente para convertirse en una de las voces centrales de la poesía española de su generación. Tenía la obra. Tenía el reconocimiento de quienes sabían leer de verdad.

Pero eligió permanecer en Salamanca.
Aquella decisión fue también una forma de fidelidad. Nunca quiso convertir la literatura en una estrategia personal. Mientras otros comprendieron que el centro editorial y crítico exigía presencia constante, relaciones, viajes y visibilidad, Aníbal prefirió seguir viviendo en la ciudad que amaba.
No sé si fue una renuncia consciente o simplemente una manera de ser. Lo cierto es que esa fidelidad tuvo un coste. La distancia respecto a los grandes centros culturales fue alejando su nombre de los espacios donde entonces se construía el prestigio literario.
A ello se añadió un mundo de insatisfacciones íntimas que solo él conocía plenamente. Hay heridas que no aparecen en las biografías y, sin embargo, terminan escribiendo una parte decisiva de una existencia.
Con el tiempo, Salamanca también fue olvidando demasiado deprisa a uno de sus mejores poetas.
Resulta paradójico. La ciudad que tanto alimentó su escritura apenas conserva hoy señales visibles de quien supo convertirla en materia poética. Permanecemos, sobre todo, quienes compartimos aquellos años. Somos nosotros quienes seguimos escuchando su voz cuando pasamos frente a determinados cafés o atravesamos ciertas calles donde todavía parece quedar suspendida una conversación interrumpida.
Sin embargo, los poetas nunca desaparecen del todo.
Mientras alguien abra uno de sus libros, mientras una nueva generación descubra la precisión de su lenguaje, mientras una ciudad sea capaz de reconciliarse con su memoria, Aníbal seguirá escribiendo.
Quizá ese sea el verdadero deber de quienes fuimos sus amigos.
No levantar monumentos de piedra, sino impedir que el silencio ocupe el lugar de la memoria.
Porque hubo un tiempo en que Salamanca respiró poesía.
Y una parte esencial de aquella respiración llevaba el nombre de Aníbal Núñez.
Hay otra faceta de Aníbal que el tiempo ha dejado injustamente en penumbra. Fue un artista plástico de enorme intuición. Dibujaba con la misma precisión con la que escribía sus poemas. Pintaba, experimentaba y era capaz de transformar materiales humildes y objetos desechados en pequeñas esculturas de sorprendente fuerza expresiva. En él no existía una frontera entre la palabra y la imagen. Todo respondía a una misma necesidad de crear.
Si hoy pudiéramos contemplar reunida aquella producción gráfica, descubriríamos probablemente a uno de los artistas más singulares que dio Salamanca en aquellas décadas. Pero esa obra quedó dispersa. Muchas piezas fueron vendidas de manera precipitada, sin catalogación ni conciencia de su valor, para obtener un dinero inmediato que alimentaba una dependencia que fue haciendo cada vez más difícil su vida cotidiana.
No sería justo que esa tragedia ocultara lo verdaderamente importante. Lo importante es que existió una obra. Que hubo un creador completo, un poeta que también pensaba con las manos, con el dibujo, con el color y con los objetos más humildes. La dispersión de su legado no disminuye su calidad; únicamente hace más difícil reconstruir la verdadera dimensión de su talento.
Quizá algún día Salamanca emprenda la tarea de recuperar esa memoria dispersa. Sería uno de los homenajes más necesarios que la ciudad podría dedicar a quien la amó sin abandonar nunca sus calles.



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