POEMAS DEL NOTABLE POETA PERUANO ALEJANDRO ROMUALDO (1926-2008)

 

 

Alejandro Romualdo en la Cátedra de Poética Fray Luis de León (Salamanca 1992)

 

 

Crear en Salamanca tiene el privilegio de publicar una muestra de la poesía de Alejandro Romualdo (Valle Palomino), quien nació en La Libertad y falleció en Lima. Premio Nacional de Poesía (1949), Medalla al Mérito Cultural del Perú (2004), concedida por el Instituto Nacional de Cultura. Poeta, periodista, antólogo y profesor universitario. Obra poética: La Torre de los Alucinados (1949); Cámara Lenta (1950); El cuerpo que tú iluminas (1950); Mar de fondo (1951); España elemental (1952); Poesía concreta (1952); Edición extraordinaria (1958); Como Dios manda (1967); Cuarto Mundo (1970); El movimiento y el sueño (1971); En la extensión de la palabra (1974) e Né pane né circo (Edición bilingüe de Antonio Melis, Roma, 2000). Publicó la antología Mapa del Paraíso (Universidad Pontificia de Salamanca, 1998. Selección y notas de A. P. Alencart). Poesía íntegra (Lima, 1986), reúne su libros aparecidos entre 1949 y 1974.

 

Romualdo participó en la primera edición de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos de Salamanca, en 1998, y también en la Cumbre Poética de 2005. Esta selección ha sido hecha por A. P. Alencart.

 

 

Mapa del Paraíso, antología de Romualdo preparada por A. P. Alencart

 

SIN PALABRAS

 

El amor es una palabra

y otra palabra

que no dicen nada

de lo que dicen las palabras

de amor

cuando estoy a tu lado

 

Romualdo en Lima, 1996 (foto de A. P. Alencart)

 

PERÚ EN ALTO

 

 

Según mi modo de sentir el fuego,

soy del amor: sencillamente ardiendo.

Según mi modo de sufrir el mundo,

soy del Perú, sencillamente siendo.

 

Tierra del sol, marcada al negro vivo,

llorando sangre por los poros, sombra

a media luz del bien, a media noche

del día por venir. Yo estoy contigo.

 

Golpe, furia, Perú: ¡todo es lo mismo!

saber, a ciencia incierta, lo que somos,

buscando, a media luz, otro destino,

con todo el cielo encima de los hombros.

 

Por eso quiero alzarte, recibirte

con los besos abiertos,

junto a la luz,

ardiendo de alegría.

 

 

Gonzalo Rojas y Alejandro Romualdo en Madrid (foto de A. P. Alencart)

 

SER DILUIDO

 

 

Cosas que el amor ha ordenado hoy se diluyen lentas.

La muerte es un supremo resplandor para el que cierra

los ojos de pronto. ¿No era el amor, entonces,

un solo corazón girando en torno tuyo, bien mío?

¡Oh mi pequeña amada, mi terrible secreto!

Saber que soy un trompo que se duerme en tus manos.

Saber que fui pequeño como un dios de cristal a tu lado.

Ser que giras en lo alto o reposas en mi almohada,

ser que duras un relámpago, que vives entre el día y la noche,

medio triste, medio alegre, si tus labios he besado

en cada fruta, si te he amado en mis cuadernos, en mis lápices,

si tu nombre se destruye en silabarios, no seré yo

quien te acaricie como a un espejo mojado, no seré yo

quien cierre tus ojos, quien ordene tus cabellos,

quien sostenga tu rostro como una esfera embrujada.

¿Dónde, noche, ojo de estatua, torso de frío terciopelo,

dónde, araña de oro entre las ruinas escarlata, dónde

corazón que golpeas mi sangre como una ola?

¿En dónde naces tú? ¿Por qué sombrío valle tu sombra de cristal

huye del aire? ¿En qué estación tus labios se abren,

tus ojos en qué cielo? Hermana de las esmeraldas,

rostro silvestre donde empiezo a morir,

tan sólo un sueño, una mirada tuya me entristecen.

El amor es una espada de seda, igual que la muerte.

 

 

Tundidor, Ledesma, Castelo, Piedra, Molina y Romualdo en el I Encuentro de Poetas Iberoamericanos

(foto de Jacqueline Alencar, Salamanca 1998)

 

TÚ NO ERES UN ÁNGEL

 

 

Tú no eres un ángel, ni un hada, ni una diosa,

y yo te amo.

Tus alas son las alas de mi poesía.

Tu espada es la espada de mi poesía.

 

Tú no eres un ángel, ni un hada, ni una diosa.

Posees un cuerpo real. De mujer.

Los ángeles no me protegen como tú,

ni me hablan como tú,

ni sus alas son más suaves que tus cabellos.

 

Te amo así: mujer de labios dulces y manos ásperas,

mujer de carne y sueño, mujer mía

en medio de la felicidad o el sufrimiento.

 

 

A. P. Alencart y Alejandro Romualdo (Salamanca 1992, foto de J. Alencar)

 

 

EL CUERPO QUE TÚ ILUMINAS

 

Porque eres como el sol de los ciegos, Poesía,

profunda y terrible luz que adoro diariamente.

Mis ojos se queman como los ojos de las estatuas,

mi corazón padece como un vaso de vino en un armario.

 

Tú eres un puente de agonía, un mar animado

de agua viva y palpitante. Tú te alzas y brillas:

yo giro alrededor de ti; alta y pura te mito

como los perros a la luna, como un semáforo para morir.

 

¡Oh Poesía incesante, mi buitre cotidiano,

me tocó servirte en el reparto de sufrimientos:

como un niño exploraba las tierras pálidas del sol.

 

¡Oh, Poderosa! Yo soy para ti uno de los miembros

de esta numerosa familia sideral

compuesta de padres e hijos milenarios.

Yo soy para ti la noche: Tú me enciendes,

ardo en el vientre universal,

rabio con las olas y las nubes,

escribo al girasol que me ama diariamente deslumbrado.

 

Yo te devuelvo, amor mío, como un espejo desierto

en cuyas entrañas están las cenizas de donde Tú renaces.

Yo te devuelvo amor, mi vientre se renueva sin cesar.

Tú me ocultas y muerdes, entonces, como una ola gloriosa,

llena de dulzura y vigor.

 

¡Oh Poesía, mi rayo divino y cruel, clava tu pico,

devora el fuego que me abate, apaga esta zarza inmortal!

 

He aquí mi cuerpo, roído por las estrellas,

pálido y silencioso como un dios que ha cesado

y que tú arrastras, borrándolo, como el mar o la muerte.

 

Jacqueline Alencar, Romualdo, Ruiz Barrionuevo y Alencart (foto de Luis Monzón)

 

 

FANTASÍA EN HONOR DE UN POETA EN PAZ

 

(En la muerte de Juan Ramón)

 

 

Ya en la historia de España pastan juntos Rocinante y Platero.

 

El uno trota, dulce, centelleante, asoma el hocico entre las rosas, como una rosa, abierto en capullo, y rebuzna a toda máquina, al borde casi del crepúsculo.

 

Rocinante husmea las cáscaras del sol sobre la tierra, alza la cabeza como una copa de vino pálido, por encima de la tapia, y relincha un suspiro de alas trémulas. ¿Qué pasa?

 

Detrás de un biombo azul, desnuda, la Poesía espera una voz de ojos negros, profundos, una voz de barba pía, pero sólo ha escuchado un dúo triste, marchito, alzándose blancamente hacia la luna.

 

A la mesa del mundo se han sentado Rocinante y Platero. Servido está el cielo en un plato frío. Los pinos de navidad se han dormido con los brazos caídos, rendidos de estrellas. La mesa está ornada de flores amarillas, violetas, tréboles de cuatro alas, servilletas de papel brisa, botellas de leche fresca.

 

Los ojos de Rocinante planean sobre el mundo como dos buitres: Platero abre el hocico como una flor, soberanamente aburrido.

 

¿Dónde está el hombre de barba pía, cuya voz de ojos negros aguarda la Hermosura?

 

Los hombres han huido. Tienen la mirada fija, antiaérea. Se dan contra el cielo, como una mosca en una urna de cristal. Se dan contra la realidad, y luego, con la cabeza hinchada, toman la luna por aspirina y se duermen bajo esa idea.

 

Por fortuna montan guardia los girasoles. El Otoño galopa, echando ramas de laurel, hojas de encina, rojas, espuma y nieve caen de su belfo. El Otoño pasa agitando los árboles. El bosque, en pleno, suspira.

 

Los hombres han huido, se han ido por las ramas de los árboles hasta el cielo, en batallones, se han embarcado en un navío abandonado, de velas blancas, sin rumbo fijo.

 

Los hombres no comprenden, dice Platero. Rocinante protesta antes  de comer: ¡No queremos la Guerra! ¡Que se vayan al traste las medallas, los monumentos y los héroes! Platero destapa las mochilas, rebuzna al busto egregio de la noche y echa sus condecoraciones a la charca: los sapos protestan. Rocinante patea cascos de hierro, donde hacen sus nidos las cornejas. Los niños convierten los revólveres en fuentes de agua dulce: La Felicidad despierta, coronada de Sol, en paz, sobre el pecho del mundo.

 

El hombre de barba pía canta, bajo la tierra, también en paz, sonriente y fresco como una lechuga.

 

Ya en la historia de España, sobre el musgo y la hierba buena, pastan Rocinante y Patero, trotan seguros, ideales, hincando sus patas en la tierra, dejando sus huellas gloriosas como herraduras de la buena fortuna.

 

 

Alejandro Romualdo en la Plaza de Anaya y Filología (foto de Jacqueline Alencar)

 

CONTROL REMOTO

 

 

Anónimo, social y combativo,

mi tácito antropoide se levanta.

Come conmigo. Fuma. Silba. Canta.

Enamoro con él. Padezco y vivo.

 

Siempre corrige todo lo que escribo.

Siempre intuye el dolor. Y se agiganta.

Veloz, fuga de mí: se me adelanta.

Brutal, me empuja todo lo lascivo.

 

Desde su límite animal, suspira.

Desde su límite animal, me mira

el pobre: taciturno, humanizado.

 

¡Ah, mi civil, angélico antropoide,

paga en metal y cobra en metaloide

su derecho a vivir encarcelado!

 

 

Alejandro Romualdo, José Hierro y A. P. Alencart, en Salamanca (1998 foto de Luis Monzón)

 

EN ALTA VOZ

 

No he de callar

Quevedo

 

No he de callar mordiéndome la vida,

callar con todo el cuello, muerto o vivo.

Debo decir palabras desolladas,

o taparme la boca de un grito

 

De sol, de paz, de amor. Es necesario,

trinar a plena luz, echarse el alma

a la esperanza, alzarse hacia la vida.

Es necesario un vuelco de campana

 

doblando a sol. A paz en sol mayor.

Ya que esta herida del Perú nos habla

con la voz de la sangre tinta en furia

no he de callar mordiendo mis palabras.

 

Debo gritar: caer de boca al viento.
sosteniendo una luz y una tonada.

Y no callar: caer de voz al tiempo

con la boca cerrada y empozada.

 

Dejadme solo, si queréis. Dejadme.

Sólo el amor me deje sin palabras.

No he de callar. He de seguir trenzando

mi canto. Como un nudo en la esperanza.

 

 

Romualdo en casa de Ricardo Falla y Sonia Luz Carrillo e hijos, con Alencart y Jacqueline Alencar.

 

 

 

CANTO CORAL A TÚPAC AMARU, QUE ES LA LIBERTAD
 

Yo ya no tengo paciencia

para aguantar todo esto

Micaela Bastidas

 

Lo harán volar

con dinamita. En masa,

lo cargarán, lo arrastrarán. A golpes

le llenarán de pólvora la boca.

Lo volarán:
¡y no podrán matarlo!

Lo pondrán de cabeza. Arrancarán

sus deseos, sus dientes y sus gritos.

Lo patearán a toda furia. Luego

lo sangrarán:
¡y no podrán matarlo!

Coronarán con sangre su cabeza;

sus pómulos, con golpes. Y con clavos

sus costillas. Le harán morder el polvo.

Lo golpearán:
¡y no podrán matarlo!

Le sacarán los sueños y los ojos.

Querrán descuartizarlo grito a grito.

Lo escupirán. Y a golpe de matanza

lo clavarán:
¡y no podrán matarlo!

 

Lo pondrán en el centro de la plaza,

boca arriba, mirando al infinito.
Le amarrarán los miembros. A la mala

tirarán:
¡y no podrán matarlo!

Querrán volarlo y no podrán volarlo.

Querrán romperlo y no podrán romperlo.

Querrán matarle y no podrán matarlo.

 

Querrán descuartizarlo, triturarlo,

 mancharlo, pisotearlo, desalmarlo.

Querrán volarlo y no podrán volarlo.

Querrán romperlo y no podrán romperlo.

Querrán matarlo y no podrán matarlo.

Al tercer día de los sufrimientos,

cuando se crea todo consumado,

gritando ¡libertad! sobre la tierra,

ha de volver.
¡y no podrán matarlo!

 

 

Pilar Fernández Labrador y Alejandro Romualdo (Salamanca, 1998. Foto de Jacqueline Alencar)

 

 

LA PRIMERA PIEDRA

 

 

Si mis palabras se las lleva el tiempo,

aquí dejo esta piedra.

Firmemente,

pongo a prueba de tiempo una esperanza

más grande que el dolor y que la muerte.

 

Sobre esta piedra firme, levantad

el ánimo.

Miradme. Soy testigo

y víctima. Igualmente amordazado

como están todos.

 

En verdad os digo,

que aunque me amargo el pan, acorralado

en medio de la muerte en que duramos,

pongo esta luz:

lleno de fe coloco

la primera alegría.

 

Ciego Perú, mendigo, no nos dejes

caer

en compasiones ni agonías. Aquí

pongo esta piedra. Levantad

una patria,

una paz,

una alegría.

 

 

 

Alejandro Romualdo y Jacqueline Alencar (Lima, 2004)

MISERIA DE LA IDEOLOGÍA
 

 

Nada más terrible

que una conciencia limpia

en el tercer planeta del sol.

Wislawa Szymborska

Los mismos que las piernas te cortaron,

en estricto privado,

hoy te regalan las muletas

en acto público.

Oh Publio,

agradece a Magnanimus la gracia.

No lo pienses dos veces: sólo una

cabeza tienes.

Mas no la inclines. No sea que mañana

te la cercenen

sin pensarlo una vez: filosofía

de la miseria,

pues los mismos que las piernas te cortaron

en cámara oscura,

hoy las muletas te regalan

en ágora luciente.

Qui populi sermo est? (Persio Flaco).

No pierdas la cabeza: “ Marx

no era tan loco…”, dijo Engels.

Avanza, Publio. El camino ha terminado

pero no el viaje.

 

 

Alencart, Romualdo y António Salvado (Castelo Branco, 1998)

 

MIRAD AL PAJARITO

 

 

Miraban todos al pajarito.

Posaban para la inmortalidad.

La eternidad es una cámara oscura.

Resultó que fui el único mortal.

 

Miraban todos al pajarito.

Posaban para la inmortalidad.

La corbata en su sitio.

La mirada en su sitio.

La sonrisa en su sitio.

Ninguna arruga en el rostro.

Silenciosos

solemnes

estatuarios

y suspendi-

da la respi-

ración.

Miraban todos al paja – ¡clic! – rito.

Posaban para la inmortalidad.

La eternidad tiene cara de hereje.

Resultó que fui el único mortal.

Sin que ninguno lo advirtiera

(estaban todos absortos

posando para la inmortalidad).

 

 

Alejandro Romualdo en el Aula Magna de la Pontificia, durante su conferencia sobre Vallejo (con Alfonso Ortega y Alencart, 1992)

 

 

ESCULTURAS PARA FAMA

Qualis cena tamen

Juvenal

Oh Fama silenciosa, más que nunca

 valió gozar, temprano y discreto,

 tu secreto encanto,

 bajo el verde árbol dorado

 del atardecer.

 Excúsame,

 si he llegado tarde a la cena.

 Me demoré

 quitando y puliendo para ti

 las piedras del camino.

 

 

 

 

 

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