REINA MARÍA RODRÍGUEZ, UNA POETA DE TODOS LOS MARES

«Crear en Salamanca» , en esta ocasión publica un artículo de  Charo Alonso, sobre la poeta cubana Reina María Rodríguez, con una colección de poemas de su  extensa e importante obra poética

 

                      Reina Maria Rodriguez. La Habana 1996
                                                               Francesco Gattoni

 

 

 

Reina María Rodríguez, una poeta de todos los mares

 Charo Alonso

 

 

         A Reina María Rodríguez le duelen los viajes y si por ella fuera, solo volaría mirando los tejados desde la azotea de la casa donde nació el 4 de Julio del 1952 y donde se construyó ese lugar que es historia de la poesía cubana contemporánea. Pero en estos tiempos de desastre, manda la diáspora familiar, y Reina María vive en Miami, junto a su hija y a ese mar que nunca la separa de Cuba. Y no duda en viajar ahí donde se requiere su voz sabia y su ejercicio de la poesía. Ha recorrido Europa nuestra Reina María, ahora se afana en los Estados Unidos de todos los desmanes porque, aunque no le guste viajar ni entregarse a la ficción de los aviones, la poeta es cumplidora, trabajadora… y hasta encuentra en el encuentro con los que ama consuelo al esfuerzo del viaje.

Y fue eso lo que le pasó en Salamanca a Reina María Rodríguez. Vino a la universidad en el año 2007 a recorrer los paisajes que tanto conocía a través de nosotras, sus vínculos en la tierra donde la poeta y profesora María Ángeles Pérez López afianzó sus lazos con ella. Prologuista, editora, estudiosa y sobre todo amiga de Reina María, la poeta salmantina nacida en Valladolid se entrega a la causa de la cubana siempre con amor y reconocimiento desde que tuve la suerte de presentarlas. María Ángeles y esa Reina María a la que conocí en Cuba y con la que el amor y la literatura me tejieron un amor de años que se acrecienta con cada verso que pasa. Mi amiga Reina María, a la que subía a ver por la escalera de la casa de Ánimas y San Nicolás, en La Habana Vieja, y a la que llevaba vestidos para su hija de larga cabellera, libros, té para compartir y recuerdos de una Europa a la que viajaba ligera de equipaje, sus libros de papel cubano, frágiles y milagrosos en la valija del corazón.

Pronto Reina María Rodríguez se erigió como una de las voces más personales e intensas de la poesía cubana. El suyo era un discurso coloquial, casi narrativo, en el que el poema se sirve de una voz cada vez más filosófica, más metaliteraria, siempre original y siempre disidente. Una disidencia de pura cultura. Su casa de la Azotea se convirtió cuando el periodo especial, en un espacio alternativo, lejos del discurso imperante donde solo reinaban la libertad, la excelencia y el afecto compartido. “La Azotea” no era un lugar, era un estado de ánimo que, durante casi tres décadas fue espacio de voces libres, de poesía renovadora que a nadie se debía.

Y el mérito era de esa mujer que oficiaba “el salón literario” con generosidad. Todo lo daba, todo lo compartía, todo lo leía, todo lo asimilaba. También editora del proyecto “Torre de las letras”, Reina María ha sabido siempre rodearse de quienes aman la poesía y la ejercen con libertad. No le ha importado ser dejada de lado a pesar de que ganó en varias ocasiones el Premio Casa de las Américas y fue reconocida con galardones cubanos. Reina siempre fue distinta, libre, su cabello recogido en la nuca, su mundo de gatos con nombres de autoras, su forma de vivir particular y reflejada en la poesía. Y de ahí a la publicación en varias lenguas, los viajes, los premios en el extranjero. El currículum de mi amiga poeta ocupa varias páginas, pero solo apuntemos que ganó el Premio Nacional de Literatura en el 2013 en su Cuba escéptica, o el Premio de Poesía Iberoamericana Pablo Neruda, el 2014, de manos de la presidenta Bachelet. En Italia le concedieron el Premio Italo Calvino y el Centro Cultural Cubano de Nueva York también la ha distinguido con la Medalla La Avellaneda… No hay duda de que, haya mares de distancia entre los cubanos, la importancia de la poesía de Reina María Rodríguez supera la política y sus servidumbres. Es voz ya consagrada.

Recuerdo con auténtica devoción sus semanas salmantinas. Amaba la ciudad Reina María recorriendo calles y plazas pese al frío y al programa incesante con el que la traían y la llevaban. Siempre atenta a todo lo que veía, cuando viajó, años después, brevemente al Cáceres donde yo trabajaba, convirtió en poema la ciudad extremeña y relató en versos el viaje con el que mi hermano obsequió su mirada: de Ciudad Rodrigo a Coria y de Coria a Cáceres entre árboles y ríos crecidos que alimentaron su “Bosque negro”, el libro del 2013 que ha sido reeditado en múltiples ocasiones.

Así es Reina María. Su vida, sus gentes, su lectura incesante, su interés por la obra del otro, su dramática separación de su isla y sus habitantes pueblan una poesía que nos interpela. Una poesía que nos cuenta, una poesía que nos hace pensar, una poesía que recorre el cuerpo y sus edades, el tiempo y sus desmanes, la libertad y sus carencias. Y es ahora, en Salamanca, cuando Reina María Rodríguez regresa como bien sabe: en forma de verso depurado, sobrio, certero, dolorido y sobre todo, auténtico en su belleza desnuda y herida por el rayo.

 

Reina-María-Rodríguez. FOTO: Elis Milena Miralles

 

POEMAS

 

“El día de la madre dijo Ray”

                          “…no importa donde empieces / pues ahí volverás / de nuevo.”

                                                                Parménides

 

Reducida al máximo,

mi madre se ha vuelto una copa de agua

y una velita.

Ya ni siquiera una vela grande

que no hay en los mercados ahora,

sino una muy pequeña que me quedaba en la gaveta

y cuesta encender su pabilo,

iluminándola.

Agua y vela consumidas,

corriendo por un manantial que imagino

detrás de la casa y que, por momentos,

suena alto detrás de la copa:

como agua que se lleva a mi madre

hasta el mar de una piscina ajena,

de todo lo que fuimos al hundirnos

bocarriba en el falso cielo azul:

“sube la cadera, mete la barriga” -decías-,

entre las posturas de ser una hija.

 

Todo lo que tengo al bajar las escaleras:

uvas caletas, pinos, palmas mochas,

y algunas frases sueltas de consuelo.

Necesidad de otro cielo al que aferrarme

para saber que estarás protegida:

“hasta mañana si dios quiere, mamá”

-pedía cada noche antes de acostarme-.

Pero dios se olvidó de mi mensaje

y amanecí huérfana -más vieja, quizás-,

de una vejez intermediaria entre nosotras

con treinta años de diferencia.

Entonces nací otra vez al parirte,

recostada al césped que olía a musgo

y el codo creció triangular a la mirada suya

en el espejo arrancando los objetos

por encima del viento.

La incertidumbre es como los objetos

que arrastramos de otra vida

(ahora, nuestra)

que no ha llegado aún,

pero que vuelve.

 

¿Qué es lo que esperas ahora

“…cruzando la línea que separa

el coraje de la locura?” -preguntas-,

¿sorprenderme?

Esa grandura de las palabras

que en días así son como velas pequeñas

que no logran encenderse.

¿Hasta dónde habrás ido “recogiendo la pita”

con lo poco que va quedando ya de tiempo,

de país -los hijos, lejos-

y ansiedad.

Miedo de no poder diferenciar,

la pérdida de las cosas.

 

De: “Allí estaría la noche”, inédito.

 

La ola

 

                                     “Desearíamos poder conocer la ola\ responsable del naufragio, pero  resulta que nosotros somos esa misma ola”.

                                      Inger Cristhense

¿Viste el mar?

¿Alguna vez viste el mar?

¿Ese mar que no tiene fondo,

no tiene peces

-bocas que auxiliar tampoco-,

en la patana que te llevaba a Regla

ida y vuelta para bautizarte

por un centavo echado en la bahía?

¡Vale tan poco y es tan azul!

 

El mar con su indiferencia

no me deja navegar -no me deja ser-,

con la pena clavada

contra el girasol

pisoteado por la gente;

con tu sonrisa a medias que fueron días

-que fueron olas-,

que estallan de dolor.

 

II

 

Al volver de la lancha,

el carro demasiado alto donde me subí,

y el chofer me rasgó la mano sin querer

para que no cayera contra el pavimento.

Ese chofer que tironea

las pocas formas que tengo de ser

-y de sentir- que me quedan:

donde un “no ser”

que no quiere convertirse en yo,

es el único roce que tengo:

aquel contacto de piel pegajosa

contra el rallado de la mano

con su eterna juventud,

contaminándome de esa luz

que relampaguea en el cristal,

y enciende,

solo por un momento en el retrovisor:

tu rostro

en aquel otro mar desde donde partí

(que no es el mismo,

y que tampoco es otro)

hacia donde no llego ya,

resbalándome.

 

De “Achicar”, publicado en Querétaro.

 

Achicar

“Las olas de la vida nos han reunido hoy, pero tal vez mañana nos separen para siempre.”

(diario de Musil)

Veo a mi padre sacar con una latica de leche condensada oxidada, el agua del bote, y el olor de la madera encharcada con pequeñas algas enredadas entre sus manos -aquella latica usada también por mi madre para echar el arroz en la cazuela-, y lavarlo. Los brazos de mi padre y yo, debajo de su axila, asegurándome el regreso: un instante de caer frente a él desde el bote, recogerme, aspirar e inspirar oxígeno: felicidad. El fondo sigue vivo en mi memoria ¡qué bien se estaba allí! Los peces comiendo entre mis dedos: arroz prieto; la nariz -saber bien para qué se tiene contra los gorgojos- y las burbujas que me acompañan, subiendo como en un pisapapeles. Papá cargándome con sus ojos tristes momentáneamente cerrados, pero abiertos. Las pestañas petrificadas por el miedo a perderme – igual que en la foto donde me llevaba en su hombro como si fuera una paloma a punto de derrumbarse o volar entre un pañalito blanco, cubriéndome. El tiempo de un recorrido al cayito; lo salobre del viento contra mi cara, y la boca que puede estallar sin encontrar palabras para la sensación de oler aquel tiempo en que estuvimos juntos en el mar -de Santa Fé o de Cojímar o de Varadero, o en cualquier otro mar en retrospectiva- que se convierte en el mismo mar, siempre se lo debo, porque mi padre y el mar son la misma cosa: un color, un olor, una piedra. Él sigue sacando todavía agua del bote donde se mezclan, agua dulce y salada de mi nacimiento: las dos vírgenes, y vuelvo a limpiar el merengue con la servilleta morada -tengo ocho años ya, mi hermano solamente cinco-, y estamos celebrando un cumpleaños donde hay – hubo-, un golfito donde jugábamos detrás. La playita es pedregosa y el agua muy salobre tal vez, por la juntura de las aguas, transversal al río que ablanda los arrecifes cuando lo atravesamos para llegar en el bote alquilado. Dicen que hay tiburones o que los hubo, merodeando, pero nunca los vi. Aquellos veranos en los que salíamos a conquistar el mundo con alguna de sus pretendientes, y aquella niña rubia de Julia, que no era yo. De alguna forma, mar y traición se unen donde no puedo separarlas de un río turbio y de un mar: su fuerte salinidad en mi boca lo impide ya-, agotada de seguir sacando agua -con él, sin ellos, sin mí-, achicándola de aquel pequeño bote que también fue la ilusión de tener una casa, un país, una salvación: un mar mal llamado eternidad al que no llegaríamos juntos, después.

De “Achicar”, publicado en Querétaro.

 

Balcón de esquina

 

Tenía tres puertas que daban

a una franjita de mar

que se veía desde San Nicolás,

pero tú las tapiaste

y solo quedó una al centro

abierta.

En las mañanas la luz se filtraba

por la lona naranja

que hacía de cortina al vidrio

encima.

Anoche me acosté con alguien

que se había depilado

con una cuchilla de doble hoja

que vi sobre el cemento del traspatio.

Seguro que la pusieron los vecinos

para cortar las patas de los gatos

a los que les doy comida allí.

Cada cosa llegó desde otra parte

con la imaginación que las fundió en el sueño.

Pero el cuerpo que acariciaba

no era el tuyo.

La luz si era naranja

y el brocado del cristal

hacia rombos sobre el rostro del muchacho:

¿quieres seguir conmigo?

-me preguntaba- y yo, asentía

una y otra vez,

mirando la franjita de mar

que nos separaba en el tiempo,

entrelazados las manos y los pies

sobre la cama.

 

De “La que abre las cosas”, inédito.

 

Clavícula

 

La camisa blanca de camarero,

esconde una clavícula:

¿por qué no me da dos clavículas?

-le pregunto-.

No un chai, no un bocadito de jamón,

solo eso que veo aparecer en la foto

de Man Ray:

un trozo transparente de hueso.

¿Por qué no las toqué cuando podía?

Y ahora que no puedo,

siento los dedos correr

teclado encima de los acordes

bajos.

Pero él vuelve la cabeza

y no se entera de cómo estoy mirando

el cacho de piel tan pálida que asoma

triangular bajo la camisa.

Vuelve la vista de mi interés

-de mi desesperación-

y se retira.

De “La que abre las cosas”, inédito.

 

Cuento infantil

 

La gallina que tiene los ojos huecos,

puso el huevo más grande del mundo:

las finas líneas blancas de sus patas

con pasión afincándose al suelo

cuando cacarea y parecen quebrarse.

Es hacendosa.

Lo primero es “asentar la casa”, dice.

Barrer los deshechos

(las plumas amarillas del gallo

que cruzó el mar hacia otro gallinero).

La gallina es porfiada.

Sabe que no podría mantener el cerco apretado

donde los polluelos crecen

y se escapan obstaculizando su labor

de cloquear.

Así se ganó ser la dueña del patio,

de la familia

mojada y seca

según el clima de un pequeño lugar

donde de noche,

ensimismada en su sueño de grandeza

se cuelga del viejo palo con las uñas

y vive

aunque parezca muerta

desgarrada sobre él.

 

De “Luciérnagas”.

 

 

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