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POEMAS DE TOMÁS ACOSTA PÍREZ LEÍDOS EN EL II ENCUENTRO ROIZ DE POESÍA (CASTELO BRANCO – PORTUGAL)

 

 

 

Tomás Acosta Pírez leyendo sus versos en el Jardín del Palacio (foto de José Amador Martín)

 

Crear en Salamanca irá publicando los versos de los poetas convocados al II ENCUENTRO ROIZ (LUGARES DE POESÍA), celebrado el 23 y 24 de julio en la ciudad lusitana de Castelo Branco. Este evento, organizado por la Junta de Freguesia de Castelo Branco, presidida por Leopoldo Rodrigues, se realiza con periodicidad bienal y se complementa con la entrega del Premio Internacional de Poesía António Salvado – Ciudad de Castelo Branco. Los poetas portugueses que estuvieron invitados fueron Maria de Lourdes Barata, Leocádia Regalo, Sara Costa, Maria José Quintela, Antonio Teixeira e Castro, Pompeu Martins, Joaquim Colôa, Carlos D’Abreu, Manuel Costa Alves, José Pires, Luís Filipe Castro Mendes, João Rasteiro y Artur Coimbra. Por su parte, los poetas salmantinos o vinculados con Salamanca son: José Amador Martín, José Alfredo Pérez Alencar, Tomás Acosta Pires, Aída Acosta, Juan Carlos Martín y A. P. Alencart. También estuvieron presentes los galardonados en idioma portugués: el Fernando Fitas (Premio) y Renato Filipe Cardoso (Mención de Honor). Por vía online leyeron sus poemas el venezolano Ernesto Román Orozco, ganador en lengua española, y la argentina María Chemes, accésit. La idea y coordinación del Encuentro tiene en Pedro Salvado a una referencia ineludible.

 

 

 

 

 

Me llaman Tomás y vengo por dos caminos: Acosta y Píriz.Sin darme cuenta nací en un poema. Me dijeron “polvus erit”. Me instalé en el tiempo que no me ha querido dejar en estaciones que su ventanilla me ha enseñado. He viajado dormido muchas horas y otras las he perdido o las he ganado en tareas propias del sexo. Vivo en la maravillosa Ciudad de Miróbriga (y de ARRABAL desde que Fernando ARRABAL es de esta Ciudad) No tuve tiempo de reencarnarme en nadie y lo hice en mí mismo. Confieso que vivo en una estrella con la que me casé soñando con el firmamento. Tengo los años que me quedan y aún no soy lo que me dijeron al principio. Nací en Navasfrías en 1945 el 14 de abril.

En ese año se publica “Rebelión en la granja” de George Orwell. La bomba atómica comenzó a atemorizarnos en Hiroshima y Nagasaki. Lucia Godoy Alcayaga conocida como Gabriela Mistral recibe el Premio Nobel de Literatura. Con estos arranques he llegado hasta hoy y he disfrutado de las tertulias Artemisa y ATRIL del Ateneo de Salamanca de la que fui cofundador, de “La mesa de mármol”, “Faroscuro”, “AIRÉN”, “Papeles del Martes” y en Ciudad Rodrigo la tertulia poética del Centro Cultural y Recreativo “El Porvenir”. No he planteado publicar un libro y sí muchas “hojas volanderas” que andan por ahí desperdigadas. Se pueden encontrar publicaciones en diversas revistas: Atril, Papeles del Martes, Letra Contemporánea, Álamo, Mirobrigencia, la prensa en general y sobre todo en internet.  He dado pregones en Navasfrías (1994 y 2020) y en Ciudad Rodrigo: Puerta del Desencierro (2000), Residencia Mixta de la Diputación, Residencia Caracillo, Martes Mayor 2008,Martes Chico 2019, Pedro Toro y Fiestas Barrio del Puente; Semana Cultural en Casillas de Flores,  Poemas de Contrabando en Peñaparda, Centro de Día en Ciudad Rodrigo y lecturas en numerosos actos: Casa de las Conchas, Teatro de la Caja, Café-Teatro Berlín, “Juan del Encina”, Onda Cero, lecturas en Zamora, Candelario (Planoalto)  en “El Savor “Salamanca y Sala de la Palabra (Liceo). Mis afanes poéticos continúan mientras pueda disfrutar de la poesía de todos. Soy yo.

 

 

Aída y Tomás Acosta antes de la lectura inaugural (foto de José Amador Martín)

 

 

(Poema leído en Ermida de Nossa Senhora de Mércules)

 

Volveremos a vernos y a reír

aunque tenga las manos saturadas

de cristales y cuajada la sangre

o lleve pies heridos de tropiezos.

Aunque estén apagadas las candelas

y negras sombras impregnen tinieblas,

mi oración es el sol de cada día,

esperando su noche. Luz eterna

de edificios caídos.

Podrán sucumbir todas las palabras,

desaparecer nuestros esqueletos,

podrá la soledad ser un destino,

un tálamo de arcilla para siempre

desde el día de mayo en que las flores

surgían de las almas de los muertos.

La lluvia de los ojos se detuvo,

el dolor compartido se deshizo,

perder o malograr es saber algo,

es como un agridulce caramelo

que se escupe después de haber nacido.

Se marcharon también con los jilgueros

sus cantos para ti en cada mañana,

se fueron las palomas, las perdices,

con aquella tibieza de las tardes

de fecundos senderos. Aquel río

que un día antes vio el rostro sonrojado.

Se van y vuelven pájaros. Son otros

que cursaron espacios en sus vuelos.

Grabé toda la tarde de aquel mayo

que te fuiste a habitar lo inhabitable.

Tom ladró muy triste, pronto se fue

por la idéntica senda que iré luego.

He visto toda la luz en esta hora.

Volveremos a vernos, volveremos.

 

 

 

 

 

(Poema leído en la Praça Cargaleiro)

 

 

Nadie duerme,

los que se levantan siguen soñando,

sueña la mujer de la panadería,

el niño de la bicicleta,

los habitantes de los bares y cafeterías,

las beatas y el cura,

todos sueñan la infelicidad de lo inmediato,

la felicidad de lo pasado.

No hay mineros ni herreros ni segadores,

todo fue un sueño.

No hay límite para amordazar la infelicidad,

para llenar la aridez y los vacíos,

para plantar raíces de esperanza.

El sueño es el oro de las cosas,

la capa que todo lo cubre,

hasta el sol es dorado y la luna se contagia de plata.

Nadie es real, lo que se vive no es lo real.

Se viven los sueños y se sueña la vida.

Los días calan, llueven, inundan, ahogan y olvidan.

El que sube y baja, baja y sube.

Los asamblearios suman,

rompen balanzas con maldad, maledicencia e ignorancia.

 

Los que se casan,

llenan la cabeza de otro idioma,

apenas satisfacen su voz,

desembocan en manadas obedientes,

sueñan libertad,

huyen con cadenas arrastradas,

quieren ser viento o nubes,

pisan su lecho de barro,

la madera de la muerte.

Inclinan el horizonte que no abarcan,

ocultan su cuerpo de verdades.

Las flores nuevas marchitan,

los músculos caminan la ceniza,

el sexo ama la vida, también sueña,

consume uvas de otras viñas,

vuela a ventanas desconocidas,

viste galas de engaño,

el señuelo del amor eterno,

arde el dolor del desencuentro,

llueve su sangre derrotada.

Nadie duerme la sonrisa ante el desafío,

no queda otra.

El desfiladero se constriñe hacia otra orilla,

al borde de todos los sueños,

al giro del sol que no calienta,       

que esconde la noche de los hielos perpetuos,

que ciega los ojos ciegos de la noche inmortal.

Los pájaros y mariposas son sueños que escapan,

buscan en la agonía del aíre la razón de existir

la razón de hierbas y árboles,

gatean lo más alto que pueden,

encuentran las llamas de lo oculto,

perforan la filosofía sin letras.

Lo justo es soñar siempre que el cielo es un gran lago.

Construyamos la barca que sea imperecedera.

Salvemos a los muertos para que no se ahoguen.

Esta orilla es imposible para vivir sin sueños.

 

 

 

 

Fuente en el Jardín del Palacio (foto de José Amador Martín)

 

(Poema leído en el Jardim do Paço)

 

Desde esta sombra móvil caminando las horas
donde sentado atisbo inquietas palomas.

Aquí,
donde viajan diáfanas mis inquietudes:
el amor que profeso a un banco de piedra,
la fuente donde bebo mi tiempo y mi columna dobla
porque es un dios la sed que me huye de todo.

Este amor que profeso a los silencios cuando la paz es toda,
cuando soy todo yo expresado en palomas mensajeras de ayeres.

Por ejemplo:
una madre que en mi infancia eran manos 
de un prolongado beso nacido de su vientre
o el patio de una casa donde la frágil planta
era un niño colmado de sus cortos placeres.

Cuando la paz es toda, al despertar recreo
el bosque al que aún amo, aunque tenga serpientes,
aunque su noche abra la boca más aciaga
y se deslicen pardas sombras de muerte.

La gente que quiero desprecia su choza
porque la lluvia es limpia y mojarse es la calle
cercana como un rayo – a veces traidora –
El bosque al que aún amo lleva mi sangre:
ese amor que profeso a pequeñas cosas;
un paseo en esta tarde, una caja de cartón,
pinturas para hacer muchas líneas
e imaginar dónde se encontrarán conmigo.

Desde esta sombra móvil libero neuronas del universo interno
y lanzo por su espacio mensajeras palomas:

Yo amo la belleza de los seres de piedra
que impasibles devoran ojos de quien mira su geografía infinita
o la sonrisa al viento percibiéndose apenas
tras la máscara muda el suicidio del tiempo. 

 

 

Aída y Tomás Acosta, en una de las comidas (foto de José Amador Martín)

 

 

 

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