LA PRISIÓN DEL ‘MORO’ SAMBRA: UN “PROCESADO EN EL PARAÍSO”. COMENTARIO DE FÉLIX LUIS VIERA

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Crear en Salamanca se complace en publicar esta reseña sobre el último libro del cubano Ismael Sambra. Ha sido escrito por Félix Luis Viera, Santa Clara, Cuba, 1945, quien tiene ha publicado poesía: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la Uneac* 1976), Prefiero los que cantan, Cada día muero 24 horas, Me han dolido los cuchillos, Poemas de amor y de olvido, La que se fue, La patria es una naranja (Premio Latina in Versi 2011) y Sin ton ni son (antología personal). Los libros de cuento: Las llamas en el cielo (Considerado un clásico en su país), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983, y Precio del amor. Las novelas: Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la Uneac, 1987 y Premio de la Crítica 1988), Serás comunista, pero te quiero, Un ciervo herido, El corazón del rey, Traicioneras, Un loco sí puede y La sangre del tequila. Las novelas cortas: Inglaterra Hernández e Irene y Teresa. Ha sido traducido a varios idiomas. En 2019 recibió el Premio Nacional de Literatura Independiente “Gastón Baquero”, que otorgan varias instituciones cubanas en el exilio. Vive en Miami.

 

Ismael Sambra (1947) Santiago de Cuba Fue fundador y director del periódico impreso Nueva Prensa Libre-New Free Press, el primer periódico trilingüe de Canadá. Ha publicado poesía, cuento, crítica, artículos y ensayos. Ha recibido premios y reconocimientos. Entre estos el internacional de poesía Casa de Las Américas, el nacional de Poesía Heredia. Ha sido traducido a varios idiomas. Su novela Procesado en el paraíso, ocupó el segundo lugar como libro más vendido 2021 por Ilíada Ediciones. Es Académico Correspondiente de la Academia de Historia de Cuba-Exilio y Miembro de Honor del PEN Club de Escritores de Canadá.

 

Ismael Sambra y Félix Luis Viera

 

 

LA PRISIÓN DEL ‘MORO’ SAMBRA:

UN “PROCESADO EN EL PARAÍSO”

 

   Ismael Sambra —“Ismael”, en hebreo, “Dios escucha”—, por la línea paterna descendiente de canario-árabe, y de sirio por la materna —por tal razón apodado el Moro en algunas zonas de su ciudad natal—, cardiópata, testarudo, intransigente, valeroso, nacido en Santiago de Cuba en 1947, poeta y narrador con una vasta y valiosa obra publicada, ahora nos entrega mediante la colección Caribdis de la berlinesa Ilíada Ediciones, bajo el rótulo de Novela, Procesado en el paraíso. Un poeta que vivió la guerra.

 

   Con toda intención escribí en el párrafo anterior “bajo el rótulo de novela” porque este libro de 380 páginas en formato ampliado —lectores, no se amilanen por la extensión: cuando pasen la última página lamentarán acaso que la historia haya terminado—, podría ser novela y mucho más que eso: ensayos, reportajes, poesía, cuentos, alegatos sobre los agravios destinados al pueblo de Cuba en la segunda mitad del siglo pasado —lapso que abarca la narración—, mas, escrito de manera bonita y a la vez desgarrada, páginas donde la devastación y la esperanza, oh paradoja, se dan la mano.

 

   Así, estas historias nos llegan como de un sabio narrador oral que sabe estremecernos, pasarnos sus dolores, sus rabias, su impotencia, a la par que nos va demostrando que no obstante la afrenta, no guarda rencores para sus verdugos, ni siquiera para quienes resultaron sus más encarnizados carceleros. Es decir, a lo largo de Procesado en el paraíso nos llegan, en ocasiones de modo escalofriante, las infamias, las injusticias de que fuera objeto su autor tanto en la cárcel como en la vida civil, pero no encontrará el lector un sola página que abogue por el revanchismo, la venganza, que muestre el odio acumulado contra aquellos que, ellos sí, cuajados de rencores, la emprendieran contra Ismael Sambra y tantas otras víctimas que a diferencia del Moro no cuentan con la facultad de hacer pública mediante la letra escrita la ignominia que padecieron. Insisto: este libro muestra la capacidad para el perdón de un hombre bueno y por consiguiente la objetividad que caracteriza a los seres de esta estirpe. Dicho lo anterior, no es de extrañar que en toda la narración no encontremos ni una sola “teoría conspirativa”.

 

   Procesado en el paraíso —que no es un fresco, un mural de la época, puesto que expone las causas— contiene dos historias fundamentales relatadas en sendos planos narrativos. Uno, muestra los avatares del narrador, su familia, sus vecinos, sus compañeros de aula o de trabajo registrados en un acontecer que se remonta hasta los primeros años de la década de 1960.  El otro narra la tragedia que padeciera durante el encarcelamiento por más de cuatro años debido a su “delito”: abogar por el derecho a la libertad de expresión y asociación.   

 

   Como tantos cubanos, el Moro Sambra se esperanzó con la Revolución de 1959, a la cual le entregara no pocos esfuerzos y cohibiciones. Pero Cuando entendí todo, no tuve otro camino que luchar contra lo que una vez habíamos defendido, arriesgando nuevamente la vida”.

 

   Con solo 13 años, en 1961 se sumó a la Campaña de Alfabetización que proclamara el Gobierno revolucionario. Fue destinado a un monte apartado, en el centro mismo de la provincia oriental”, en “el barrio Las Calabazas de Mayarí Abajo, en la casa de una familia campesina en extrema pobreza: La cocina era apenas cuatro palos con yaguas mal colocadas”.   

 

   Así, desde las primeras páginas de Procesado…, hallamos otra de sus virtudes formales: la descripción, y otro de los elementos que enriquecen sus páginas y que nos conmueven constantemente: el candor: Me gustaba verla retozar en el agua, pero como era tímido, no me dejaba arrastrar por los deseos, y trataba de no fijar la vista en la sombra negra que se dibujaba entre sus muslos”.

 

   En su quehacer como alfabetizador, el Moro Sambra, solidario, participa en las rudas, interminables jornadas de trabajo del campesino, incluida la elaboración del carbón; será testigo de una “fiesta de santo”, y perderá la virginidad entre las piernas de su compañera de faena Esther —ya verá el lector los detalles.

 

   Acorralado por las circunstancias, que finalmente lo llevarían a quedar fuera de su trabajo en la televisión, donde se desempeñara como guionista, asesor, director de programas y actor durante 18 años, el Moro, que antes había ingresado en par de carreras para las cuales no había nacido: Medicina (“Cuando me pusieron en la mano el hígado del muerto me quise morir”) y Comercio (si bienno tenía ninguna vocación para los números”), ya había sido también víctima de una acusación y expulsado de la escuela por vestir como los Beatles.

 

 

 

   En el verano de 1968 comienza su batalla para entrar en la Escuela de Letras de la Universidad de Oriente y aquí tenemos varias de las mejores páginas de Procesado en el paraíso. En ellas afloran la doble moral, el fingimiento, la falacia colectiva, además del temple, la habilidad y los talentos del Moro para enfrentar el dogma y en especial el “examen político” que le correspondería.   

 

   Uno de los momentos clímax del libro, lo tenemos cuando el personaje-narrador ve desechos sus sueños al frustrarse la acción —largamente planeada— de escapar de la Isla y de este modo dejar atrás esa especie de borde del precipicio en el que transcurre su vida.

 

   Por no doblar la cerviz, Ismael Sambra, castigado por su osadía, irá a parar de cocinero en una escuela de deportes. Como en otras circunstancias igual de distantes de su razón de ser, él se adapta, o se integra sería mejor decir. Así, mediante procederes cuyas narraciones fotografían tantos porqués, participa en el “robo autorizado” que tantos cubanos con acceso a diversos recursos materiales —sobre todo comestibles— han llevado y llevan a cabo. Participa en el hurto y hasta lo organiza: Distribuí el robo a dos veces por semanas para cada uno en días alternos tratando siempre de que fuera en pequeñas cantidades. Así, instruye a sus compañeros de faena: Yo lo que quiero es organizar esto, compañeros, que seamos conscientes de que todos tenemos que coger algo, pero no todos los días.”

 

   Los lectores no enterados de la realidad cubana, sin dudas calificarán de absurdas las tramas sobre las que se sustentan las líneas anteriores, y no pocas de las subsiguientes de este libro.

 

   Líder nato, el Moro Sambra, con otros escritores y artistas de Santiago de Cuba, funda un grupo literario —cuyo nombre es justamente ese: El Grupo— que llevará a cabo una batalla perdida de antemano: No se identifica con escuelas, movimientos o tendencias”. Este pasaje es uno de los más vehementes de Procesado en el paraíso.

 

   En este plano de la narración, que se desarrolla en lo que llamo el ámbito de lo civil, si bien no pocos de sus personajes aparecen, salen y regresan en uno y otro punto de la trama, quedan sin embargo suficientemente referidos como para resultar inolvidables por una u otra causa: nobles y perversos, fieles y desleales, audaces e indecisos. Y casos aparte, tristemente inolvidables a la par que estremecedor, como el de Alberto Ferrándiz, quien no resiste la dura brega y toma el peor de los caminos.  

 

   Sambra cumplió casi cinco años de torturas psicológicas y físicas en la prisión, donde resultó igualmente líder natural, es decir, no elegido, al preparar una protesta nacional, la más grande y larga conocida, y no solo preparar, sino también convocarla y dirigirla desde la prisión. Además de estancias breves en distintos reclusorios, es la prisión de Boniato, en Santiago de Cuba, el escenario principal de casi todo el plano narrativo correspondiente a los años de encierro, cargados de momentos aterradores muy bien descritos. La narración nos llega en tercera persona y con el personaje “Ismael” como protagonista. Creo que esto obedece, más que a una voluntad de estilo, a la modestia.

 

   Ismael se declara en huelga de hambre y en estos capítulos Procesado en el paraíso alcanza instantes gloriosos y a la vez muy tristes. “Su cuerpo ya se había acostumbrado (a la inanición) y ya después de los mareos de los primeros días, ya ni hambre sentía”. En la celda de castigo, donde lo habían metido sin ropas ni cama, le quitaron las sandalias, para evitar que golpeara con ellas el metal de la puerta. “Tenía los pies desnudos, pegados ahora sobre el granito húmedo y frío. Pero tenía la fuerza hermosa de la dignidad”.

 

   En esta parte de la narración conoceremos algo poco divulgado sobre la Cuba de los últimos 60 años: la vida en la cárcel, con el “aderezo” en este caso, de la capacidad de sobrevivir en ella como preso político mezclado con los comunes.

 

   Justamente, uno de los recursos del régimen resulta confinar en la misma celda a presos comunes —especialmente asesinos y otros sujetos peligrosos— con quienes cumplen condena por delitos llamados Contrarrevolucionarios. “Lo pusieron en la celda de un traumatizado asesino, muy peligroso”, apodado Muñeco.

 

   Una de las maneras que tienen los reclusos para protestar, resulta golpear el metal de las puertas de las celdas con cualquier objeto que se encuentre a mano, a veces durante un período largo y de modo reiterado. Esto, claro, molestaba a los represores, pero acarreaba también reprimendas y castigos a los ejecutores.

 

   Algunos reclusos, con el objetivo de salir de la asfixia de las celdas, “las largas horas de espera inmersos en la nada, el encierro, el chantaje, las promesas no cumplidas”, se autoagredían, en ocasiones de un modo brutal y lastimoso. “Presos que se enterraban clavos en la cabeza como ese negrito de 23 años de apellido Heredia”, lo que le provocó la muerte; “presos que se enterraban alambres en el abdomen, que se tragaron pedazos de cucharas y muelles con el objetivo de ser operados de urgencia y poderse pasar algunos días en el hospital”. “Conocí a jóvenes que se enterraron agujas en los ojos para quedarse ciegos, que se cortaron los tendones de Aquiles para no caminar, que se tasajearon con cuchillas de afeitar”.

 

   Como ocurre en la vida civil, también en la carcelaria hay hombres perversos —sean o no verdugos— y otros decorosos —sean o no verdugos. De los perversos, hallamos en Procesado en el paraíso, entre otros personajes: el jefe militar Cabal, impiadoso; Legrá, militante del Partido Comunista y jefe de un campamento de trabajo “voluntario”, sádico; el fiscal Bringas, corrupto; o el primer teniente Jesús “el Manco”, sumamente cruel y abusivo con los prisioneros.

   Y las personas nobles, que no dejan de aparecer en cualquier circunstancia, en la latitud más insospechada. Entre no pocos personajes nobles que hallamos en Procesado en el paraíso, cito al preso común Rolando Sagarra, “un negrón enorme, como de siete pies, que era boxeador.

 

   Algo que llama la atención en este libro de Ismael Sambra, son las digresiones. Advierto: no se trata de subtramas, sino de digresiones que alcanzan un notable valor literario por sí mismas, aunque se encuentren ensambladas con la narración principal. Ejemplos: la batalla del padre de Ismael con Cándido Jiménez, un vecino traicionero, oportunista; o las páginas dedicadas al éxodo de cubanos por el puerto de El Mariel en 1980.

 

   La ciudad natal del poeta resulta encumbrada mediante pincelazos breves, pero acaso vehementes, a lo largo de la narración. Cito: “De regreso tuve nuevamente la oportunidad de presenciar la hermosa vista de Santiago que se dominaba desde la loma de Versalles. Soy un eterno enamorado de mi ciudad, de su bahía, de sus calles enredadas”.

 

   Poeta al fin y al cabo, el Moro Sambra nos regala, en una y otra página, máximas, metáforas, avisos que en ocasiones se vinculan con la razón existencial. Cito: “El artista es esclavo de su arte. El rico finalmente es esclavo de su riqueza si no la quiere perder”. “Soy de esta isla, y ser de aquí nos hace un poco complicados. Reconozco que somos difíciles de entender, porque hemos descendido mucho en la escala de la doble moral.” “Desafortunadamente ese día no llegó, porque la muerte les llega primero a los que se ilusionan demasiado”. “Todo en ella era ceremonial y perfecto”. “Se necesita gusto y pasión para actuar hasta en lo más insignificante que tiene la vida”.

 

   Un poco más allá de la mitad de Procesado en el paraíso, el autor insiste en que se trata de una novela. Bueno, este cronista replicaría que hay novelas tan reales que resultan la propia realidad pasada por el tamiz del artista. Asimismo, nada descubro al afirmar que la creación literaria de una época nos ayuda a comprender la realidad de un modo más integral que la propia historiografía.

 

   Queda claro que Ismael Sambra es un gran conocedor de la historia de Cuba, en especial de la transcurrida en los últimos 70 años. Pero de ningún modo el libro que nos ocupa suena didáctico, panfletero. Por el contrario: hay amenidad y gracia en cada página.

 

   En Procesado en el paraíso queda íntegramente demostrado que, en el caso de Cuba, tantos esfuerzos, dolores, muertes han resultado baldíos. Pasarán los años y habrá que volver a este libro, no solo para disfrutar de su amena lectura, sino también para comprender cada vez más una buena parte del devenir de Cuba en la segunda mitad del siglo XX y los efectos de esa etapa hasta hoy.

 

   Ilíada Ediciones acierta de nuevo con una hermosa y sugerente cubierta.

   Adelante.

 

 

 

FRAGMENTO DE PROMOCIÓN DE PROCESADO EN EL PARAISO

 

CAPÍTULO XI

 

RETIRADA A TIEMPO

 

   Pocos días después se aparecieron el capitán Roberto y el primer teniente Mustelier, jefe de reeducación. Fueron directo al grano. Sin rodeos le pidieron que les entregara la ropa blanca que estaba usando. Debía empezar a usar solamente la ropa de preso común. Ismael les dijo que el uniforme lo había regalado y que no tenía intención de entregarles su ropa blanca.

 

   —Si la quieren, tendrán que quitármela a la fuerza, si es que le dieron esa orden.

 

   Se quedó sentado en su cama esperando el ataque. Habían sacado para el patio a todos los presos del destacamento. No querían testigos de lo que fuera a ocurrir. Sólo dos o tres presos se habían quedado en sus camas porque estaban enfermos. Serían testigos excepcionales.

 

   Este capitán Roberto siempre se caracterizó por ser duro con los prisioneros; sin embargo, en sus conversaciones a puerta cerrada, Ismael había logrado detectarle ciertos desajustes ideológicos con el sistema. No era un fanático que se dejaba arrastrar por absurdos lemas y esquemas militares. No era de los que confiaban ciegamente en las doctrinas totalitarias. Había sido por eso sancionado. A pesar de su corpulencia, su voz era más bien suave y su discurso pausado. Tenía unos 35 años y fama de haberse acostado con todas las mujeres militares que trabajaban bajo su mando, incluyendo las mujeres casadas.

 

   De pelo oscuro, de cara fina y lisa, tenía el aire perenne de quien prefiere disfrutar de los placeres de la vida, antes que cumplir con los deberes militares. Es decir, que a pesar de que había pasado escuelas y entrenamientos en la desaparecida URSS, era de los que vivían aprovechándose de la oportunidad que le brindaba el cargo para desviar recursos y templarse a “María santísima”.

 

   Le dijo que estaba cumpliendo con una orden que le habían dado y que no tenía más alternativa que cumplirla. Con esto se estaba justificando. Ismael, firme, pero sin aire de arrogancia, le dijo entonces que actuara, si consideraba que la orden no era arbitraria. Le dijo también que él era un militar que había estudiado, que no era bruto, que podía pensar con su propia cabeza, y le puso como ejemplo algo que había leído en una revista soviética.

 

   Stalin había dado la orden de destruir todos los bosques de los alrededores de una ciudad asediada por los alemanes para que éstos no tuvieran lugar donde ocultarse. El general que recibió la orden sencillamente no la cumplió; porque entendió que había sido una orden arbitraria. Gracias a su responsable decisión pudo vencer más tarde, y reconquistar la ciudad, porque ocultos con sus soldados, en el mismo bosque que Stalin mandó a destruir, pudieron protegerse, hostigar y desalojar finalmente a los alemanes que los habían invadido con una fuerza muy superior.

 

   El teniente Mustelier, algo mayor que Roberto, pero más bajito y delgado, no era tampoco ningún estúpido ni esquemático militar y había entendido muy bien el mensaje. Ni el capitán Roberto ni el teniente Mustelier eran militares que se embarraban las manos por cumplir órdenes arbitrarias y abusivas de los superiores. Ellos sabían que ya Ismael había sufrido demasiado, que era injusto su encierro, que la razón estaba de su parte. Y además ellos sabían que él no se dejaría atropellar tan fácilmente.

 

   Eran militares diferentes, aunque no tanto en la manera en que otros militares lo fueron. Sobre todo en la manera osada en que habían actuado, como el capitán Reina cuando se le sentó en la cama y le confesó su disgusto, no sólo por la injusta prisión que Ismael sufría; sino también, por lo que estaba sucediendo en el país. Este capitán, que era muy querido por los prisioneros y del que nunca se oyó una sola queja en su contra, necesitaba desahogarse con alguien confiable y quería mostrarle a Ismael su simpatía.

 

   Hubo un momento de la conversación en que Ismael sintió miedo de que él fuera escuchado por alguien y fuera denunciado. «Baje un poco más la voz, capitán». Pero siguió en el mismo tono como si ya nada le importara. Le confesó que estaba pensando seriamente en su renuncia y en buscarse otro trabajo. Tiempo después, Ismael imaginó que había renunciado o que lo habían trasladado, porque no lo volvió a ver.

 

   Muchos miembros y oficiales del Ministerio del Interior estaban trabajando disgustados con el sistema, pero tenían miedo de hablar o actuar, porque los cuerpos de vigilancia a los militares y la contra inteligencia interna estaban siempre de cacería, para provocar, para acusar y encarcelar.

 

  Muchos militares habían sido fusilados, miles fueron condenados a privación de libertad en varias prisiones especiales, por delitos muchas veces infundados. Había inevitablemente mucho más que miedo en los mismos cuerpos represivos. Había terror.

 

   El teniente Mustelier, que tenía fama de ofuscado y mal genioso, intervino en el momento en que el capitán Roberto creía haber tomado una determinación. Vaciló. Parecía reflexionar. Se miraron. Calcularon los ímpetus. Tenían que cumplir la orden a como diera lugar, incluso aplicando la violencia. Pero Mustelier detuvo en ese instante su acción. «Vamos afuera, capitán». Se lo llevó, porque así le dijo, insistentemente. «Vamos, vamos». Mientras salían le prometieron a Ismael que volverían a la carga. Pero no volvieron.

 

 

 

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