Portada de Carmen Borrego
«Crear en Salamanca» , se complace en presentar el artículo de Charo Alonso a propósito de la publicación de su novela «El Burdel de Alejandría», una auténtica delaración de amor a Salamanca, a la memoria a la fotografía y a esa cultura compartida que constituye el espíritu de esta Revista

Una ciudad cuando se convierte en palabra
Las ciudades no solo se habitan. También se leen.
Hay ciudades que levantan edificios; otras levantan memoria. Salamanca pertenece a esa rara estirpe de lugares donde la piedra dialoga con la luz, donde la literatura conversa con la fotografía y donde cada generación añade una nueva mirada a una historia que nunca termina de escribirse.
El texto que sigue, escrito por Charo Alonso con motivo de la publicación de su novela El Burdel de Alejandría, trasciende la presentación de un libro para convertirse en un homenaje a la ciudad vivida, recordada y amada. En sus páginas aparecen las bibliotecas, las calles, las ventanas, los jardines, la universidad, la música, la memoria y, sobre todo, las personas que han hecho de Salamanca una forma de entender la cultura.
Quizá ese sea también el propósito que inspira este proyecto editorial: crear un espacio donde las distintas voces de la ciudad puedan encontrarse. Una casa abierta en la que escritores, fotógrafos, músicos, artistas y lectores compartan una misma convicción: que la belleza no es un lujo, sino una forma de conocimiento y una manera de cuidar el mundo.
Toda ciudad necesita quienes la administren. Pero solo permanece viva cuando existen quienes la contemplan, la escriben, la fotografían y la sueñan.
Por eso abrimos estas páginas con gratitud. Porque el artículo de Charo Alonso no solo presenta una novela; nos recuerda que Salamanca continúa escribiéndose cada día en quienes la aman.
Que esta sea la primera de muchas conversaciones. Que la palabra siga encontrando su casa. Que la luz continúe revelando la ciudad invisible que habita bajo la piedra visible.
Fotos: José Amador Martín
El burdel de Alejandría, elogio de la ciudad de Salamanca
Charo Alonso
Dice mi querido, mi admirado escritor y profesor Rodrigo Martín Noriega, que cada lector, cada persona que acude a las presentaciones o lee una entrevista o reseña sobre nuestro trabajo, nos está entregando lo más valioso que posee: su tiempo. Ese tiempo que nunca nos sobra en esta vida nuestra ahíta de prisa y que nosotros utilizamos para urdir historias o el encuadre de la mirada y fotografiar esa realidad que todos compartimos y que algunos sentimos la necesidad de fijar en la retina o en la página.
No he acabado de dilucidar, quizás nunca lo haga, qué es eso tan especial que nos convierte en pintores, fotógrafos, escritores, divulgadores… pero sí sé qué hace que acabe frente al teclado una y otra vez, tratando de detener ese tiempo que se nos escapa. El tiempo que fotografía José Amador Martín, cuyo trabajo, año tras año, me hace amar aún más la ciudad letrada que compartimos, el espacio provinciano donde ejerzo, gracias a Salamancartv al Día, de periodista cultural, la Salamanca que amo. Porque Salamanca es la protagonista de una novela que, extrañamente, como en un juego, se titula “El burdel de Alejandría”, una historia que nada tiene que ver ni con lupanares clásicos, ni con el maravilloso subgénero de la novela histórica, esa que practica con maestría una de las voces más originales y fecundas de nuestra narrativa, la autora bejarana Beatriz Alcaná.
Me pregunta otro personaje clave en la Salamanca cultural que tenemos el privilegio de compartir, Julio Alonso, bibliotecario, maestro del arte de los archivos, musicólogo, conductor durante años de dos programas ya clásicos en la radio universitaria, “Planeta Biblioteca” y “Viviendo en la era pop”, cómo nace esta historia salmantina y no puedo por menos que recordar aquellas idas y venidas de mi casa a la casa de mis padres, inmersa en la dolorosa tarea del cuidado. En ese pequeño, constante trayecto, fue desarrollándose la acción que parte de una imagen que casi se me apareció entrando y saliendo de la Biblioteca Municipal Torrente Ballester. En esa nave de paredes de hormigón y luz magnífica imaginé a una bibliotecaria triste, refugiada en su lugar de trabajo, incapaz de salir al exterior. Puede decirse entonces que la semilla de “El burdel de Alejandría” nació en esta biblioteca generosa a la que acudo como usuaria, una semilla que regaría en mis recorridos diarios al trabajo y a casa de mis padres. Y subrayo la palabra casa, porque la casa, como la biblioteca, es lugar hospitalario.
Quizás porque me duele la intemperie, desde siempre he estado fascinada por el concepto de casa. El hogar sólido que diría otra Elena, la siempre vagabunda de sí misma Elena Garro. Mi protagonista, que no lleva ese nombre por la esposa no de Octavio Paz, sino contra Octavio Paz, ansía una casa. No era suya, en su niñez y mocedad, la de la familia de barrio humilde que no la entendía ni quería; y ni siquiera poseyó la que habitaba cuando se casó con un muchacho de posibles, no. Para ella, Elena, como Elena, mi queridísima Poniatowska, su casa es la biblioteca en la que trabaja, y lo es porque ha sido arrojada del lugar que creyó sentir suyo visitando a su tía política: la casa del indiano.

Me preguntaba otra protagonista de la vida cultural salmantina, la fantástica periodista Ana Sánchez White, que ha logrado hacer indispensable un programa de televisión sobre el lenguaje, “La lengua desatada”, si existía la casa del indiano. Y tengo que contestar que sí, o al menos, su carcasa, una apariencia inesperada de tejados de pizarra y cedro del Líbano en el jardín que podemos ver cerca de la estación de trenes. Una construcción inusual porque hubo una tendencia a principios de siglo de construir casas de estilo vasco o alemán en la Salamanca de piedra arenisca y teja árabe. Eran palacetes de recreo en los aledaños de la ciudad letrada que han quedado como restos de un capricho innovador, como el modernismo de La Casa Lis que tanto amo y que me ha prestado sus interiores de flores de estuco. Con los detalles decorativos de este lugar mágico que tuve la fortuna de conocer bien, con el exterior de una casa que se mantiene junto a las vías y, sobre todo, con el anhelo de jardín umbrío que siento en el secarral mesetario, se levantó la casa del indiano que amaba Elena. Un reducto de mi fantasía libresca de invernadero inglés, mirador en la torre y ecos de estaciones de tren. Un lugar, como todos los que amamos, que no puede conservarse, que pierde su esencia cuando, como le sucedía al Cuartón de Traguntía de Inés Luna, desaparecen su dueña y su cuidado.
Cuántos rincones que relatan la historia cotidiana en esta Salamanca nuestra, como la ciudad universitaria en la que se conocen los personajes. Una Salamanca de finales de los años 80 en la que la universidad eran unos cuantos edificios donde se mezclaban los de letras con los de ciencias, recorriendo esas calles sin apenas turismo que anhelamos los que tuvimos la fortuna de vivirlas. Yo estudié en una Salamanca pequeña y provinciana, sí, un poco más tarde que mis personajes, en un mundo en el que no existían los teléfonos móviles, ni los ordenadores, y donde el contacto personal se hacía en la calle, calle, calle, calle, aquella que vivíamos en una vorágine de clases, rostros, pisos de estudiantes, amores, bares, calle, calle, calle… un tiempo en el que nos abrieron los cines Van Dick y nos pasábamos la vida en las bibliotecas universitarias, aquellas en las que un muchacho enamorado hacía volar aviones de papel para que aterrizaran sobre los apuntes de una muchacha.
Una muchacha particular que llega a la Salamanca monumental desde el barrio feo, el barrio sórdido de casitas levantadas por el gobierno de Franco para los obreros, con muros frágiles y callecitas iguales. El mismo en el que yo ahora trabajo y ocupan los recién llegados. Una muchacha fascinada por el centro monumental de la ciudad que ama y que termina, por amor, viviendo en él y sintiéndose una intrusa. Porque quizás uno de los temas de esta historia de amor y desamor, no sean la familia ni la pertenencia, no, sino el contraste entre el privilegio y la falta. Un privilegio representado por la familia de su enamorado, un Jaime de raíces ganaderas, caciquiles, políticas, universitarias, ricas… A la Salamanca la blanca la mantienen los cuatro carboneritos que van y vienen, como dice la canción popular, esa Salamanca de raigambre que hunde sus raíces en la dehesa, en la finca, en el campo, en la casa solariega en la que acaba Elena, fascinada y de la que quiere huir Jaime, el hijo del privilegio, el heredero.

Un privilegio de raza que sabe muy bien cuál es su sitio, su herraje, su apellido, su casa. Y su voz. Porque la voz de Jaime se impuso para contar la historia no desde la perspectiva dolorida de Elena, la mujer que sufre el desamor y la falta. Jaime quizás en los inicios, era una pincelada, una breve alusión a su persona, pero como pasa cuando dejas que fluya la vida, nuestro protagonista sentó sus reales y se atusó las puñetas para salir en la foto y en la orla. No iba a dejar que nos quedáramos solo con la versión de Elena. La suya también era la historia de alguien que quería transcender su origen, su destino y que aparentemente o lo logró y no lo logró, depende. Jaime es el falso antagonista que le asesta una cuchillada casi mortal a la protagonista, pero que quizás es el más adolorido de esta historia ¿O no?
A esta dispareja pareja que regresa a la Plaza Mayor de todos le rodea un coro de secundarios sin nombre. Y hasta un tercero en discordia que le recuerda a Elena la necesidad de ser feliz por el hecho de respirar, beber agua cuando tenemos sed, comer cuando tenemos hambre, vivir bajo un techo aunque este sea precario y prestado. Un vértice para el triángulo que no lo es porque nadie salva a Elena de la tristeza, tiene que ser ella la que salga a la calle a reconciliarse con plazas y patios. Ella la que salude con alegría a quienes habitan el centro privilegiado que fue suyo durante su matrimonio. Y es ese caminar por la ciudad el que hace que se reconcilie con la vida, la suya, la futura y la pasada. Esa ciudad que ve desde la altura del apartamento donde la arrojan como a un trasto inservible. Esa ciudad de reconocida silueta que fotografía magistralmente José Amador Martín.
La Salamanca que yo amo y que aman mis personajes es la de sus fotografías. Y lo es porque mi visión de la ciudad que nos fascina viene no solo de la vivencia entre sus calles, sino de la fotografía y de la literatura. Ambos habitamos la Salamanca de Gombau, de Ansede, de José Núñez, de los grandes fotógrafos de la ciudad letrada. Y de la literatura, de las páginas de Carmen Martín Gaite, de la poesía, y, sobre todo en el caso de Amador, de la música. Porque hemos tenido el empeño de la cultura, vivimos, bebemos, respiramos cultura. No es nada extraño, nuestras ciudades pequeñas, históricas, nuestras capitales de provincia, nuestros pueblos grandes, villas, nuestros espacios que hunden su raíz en la historia y conservan sus muros, sus cimientos, nos hablan y nos hacen vivir un pasado de voces y de ecos. Y si sabemos escucharlos, reinventarlos, asumirlos, no tiene mérito el hecho de que sea la cultura la que nos salga al paso, la que nos regale el legado de su belleza, la herencia de su pasado.

Ese pasado que hemos de vivir habitando el presente y con cuidado para que resista en el futuro. Recordar es volver a pasar por el corazón, y el corazón de quienes habitamos estos lugares privilegiados tiene buena memoria. En las fotografías de José Amador Martín, en el gusto por el paisaje de la ciudad que se ve desde las ventanas de Elena, a las que ella no se puede asomar, no tanto por vértigo, sino por tristeza de lo perdido, la ciudad sigue, eterna en su silueta secular, asomada al río que nos lleva, reinventándose a cada paso del tiempo que nos queda. Y esa quizás, sea la esencia de la historia de Jaime y Elena. Una historia en la cercanía de la ciudad provinciana, pequeña, monumental y lenta. Una historia de amor desde su belleza, la que relata en sus imágenes mi amigo Amador, una historia nuestra.
Cuenta Julio Alonso que, cuando un libro le ha gustado, al acabarlo de leer, lo acaricia antes de guardarlo en los anaqueles del corazón. Ese detalle solo puede venir de un bibliotecario amante de los libros, de un habitante enamorado de la Salamanca en la que vive desde hace casi medio siglo. Y celebramos su gesto porque quizás alguien, después de regalarnos el presente de su tiempo, después de leer todo esto, acaricie como Julio los libros que termina y que ha disfrutado. Así pues, sea este gesto hermoso de mi amigo el maestro de bibliotecarios, el que cierre esta reflexión sobre un libro generosamente publicado por Castilla Ediciones, con la portada maravillosa y enigmática de Carmen Borrego. Un libro que acaba con el agua que tanto nos falta y tanto amamos en la ciudad mesetaria, la ciudad de la luz, la ciudad eterna entregada al ojo del fotógrafo. El dueño de ese objetivo que es caricia. Esa caricia que es verdad y belleza. Bienvenidos a nuestro particular ejercicio de amor hacia toda ella.
Charo Alonso.





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