Sombra que desea ser iluminada: Teresa de Jesús homenajeada por Verónica Amat y Miguel Elías

 

    

Crear en Salamanca tiene el privilegio de publicar en primicia parte del poemario “Sombra que desea ser iluminada”,  con textos de la poeta salmantina Verónica Amat y pinturas de Miguel Elías, profesor de la Universidad de Salamanca. Tiene un hermoso prólogo escrito por el reconocido poeta abulense José María Muñoz Quirós, que también reproducimos en la parte final. Este libro breve saldrá de imprenta bajo el sello de la madrileña editorial Verbum. Está vertebrado en seis partes (Poemas del Connubio; Poemas de la Tierra; Poemas del Silencio; Poemas de la Vida y la Palabra; Poemas del Vuelo y, finalmente, Sombra que desea ser iluminada). Ahora se adelanta la parte primera de estas magníficas ofrendas que tienen colaboración de la Comisión del V Centenario de Santa teresa de Jesús, en Ávila.

 

 


 Verónica Amat

 

 

Poemas del Connubio

 

Como idilio final
 de lo creado
 ¿hay algo más hermoso
 que la entrega
 de un alma que por Cristo
 se siente desposada? 

 

V. A.

 

 

 

 

CRISTO CON TERESA

 

 

¿Fuiste su cazador o fuiste caza
del ave confiada que a tu fuente
llegó y bebió transida el agua pura?

En tus manos comió pan de hogaza
y al vuelo renunció gozosamente
porque atada quedó a tu andadura,
razón a su divino desvarío.

La carne por sí sola no comprende,
no sabe esta locura compartida,
y tarda en aceptar el desafío
del vuelo de su alma que la asciende
para hacer del amor boda encendida.

 

 

 

TESTIMONIOS DEL AMOR

 

Cristo escuchó

la plegaría del alma

que sin fragancia

vagaba.

 

El cuerpo era distinto,

flor de harina que pasa,

¡mas el alma

quiso volar a Dios

como alondra

con ansia!

 

 

*

 

Incontenida pasión

se deslizaba en

sus días.

 

 

 

Oró a su Rey

amado noche y día

y, sin vivir

en ella, tuvo vida

apasionadamente

compartida.

 

 

*

 

¡Oh Señor, amado mío,

con qué sutil locura

me llamaste!

 

 

*

 

En soledad cautiva

amó a su Cristo

místico, en amor

estremecido.

 

 

*

 

A veces sintió

ser hogaza de pan,

por Cristo

bien amasada.

Lenta cocción

en llamarada

por fuego que no se

apaga.

 

 

*

 

El Amado la escrutó

de tal manera,

que la tuvo muerta

en vida, y viva

después de muerta.

 

 

*

 

¡Oh, mi Señor,

Cristo amigo!,

aquel rosal

de extrema espina

fue manantial

en mi primavera.

 

 

*

 

 

 

Por la exacta

brisa de su mar,

Cristo paseaba

la orilla de su brisa

y su alborada.

 

 

*

 

¡Ay, mi Señor,

nos unió

mortal lamento,

inútil de combatir

la vida, baldío

intento

que al alba

suele partir!

 

 

*

 

Como su

amado Cristo

no busco honor

humano.

 

 

*

 

Le bastó olvidar

para dejar su tiempo

junto a los pies cansados

del Maestro.

 

 

*

 

Sobró la materia

en su amor

a Cristo.

 

 

*

 

Llegaron a ver

-sus desbordados ojos-

a su Cristo amado.

 

Que transida en

su amor

se dice acompañada.

 

 

*

 

Cristo en el alma,

dardo en razón

unciendo su humana

comprensión.

 

 

*

 

Se hizo humildad,

humanidad,

dolor, mendiga,

culpable:

en Cristo se fundía.

 

 

*

 

Cuantas veces,

mi Señor,

pecado mayor

cuartea y el alma

siempre pide perdón.

 

 

*

 

¡Sí, llevo

mi cuerpo gastado;

mas si quiere

mi Señor,

se levanta en lucha

junto al alma,

entusiasmado!

 

 

*

 

Llegó

del cielo con un beso

en la mirada,

que se llevó para Cristo

en su vuelo sin

abrirlo.

 

 

 

 

TENERTE O NO TENERTE, SEÑOR

 

 

Tenerte o no tenerte, Señor,

¡qué gran dilema!

Discernir la aflicción de tu clamor

que restablece lo que debe ser

redimido.

 

Paso las horas, los días

que se me van muriendo,

mas recibo una Luz

en círculo lejano,

anuncio del paisaje de mi sueño.

 

¡Tenerte así, Señor!,

en rocío de nieve trascendiendo

del universo sagrado,

esencia del Ser sin sombra.

 

Quiero tener, Señor,

mi espíritu encendido

para ser criatura de tu Reino

al tenerteasí por entero.

 

 

 

 

 

 

LA  CLARA LUZ SOBRE LA SOMBRA

 

 

Hace cinco siglos que Teresa de Jesús vivió entre nosotros, nos acompañó con su existir comprometido, con su vida siempre al  borde de la luz y de la noche.

 

Ávila la conoció caminando por sus calles estrechas, por sus plazas derramadas de piedra y tiempo, por la música lúcida de su extraña armonía. No es difícil imaginarla en el transcurrir diario de las cosas cotidianas y pequeñas, en la luminosa incertidumbre de la primavera desnuda o el blanco invierno en la nevada quietud de una ciudad  de fuego y sueño.

 

Aquí vivió Teresa de Cepeda y Ahumada, una mujer que abrió sus ojos por vez primera en la suave plenitud de un mes de marzo, cuando comenzaban a llenarse de flor y fruto los jardines, cuando las últimas ventiscas del invierno se iban lentamente disipando.

 

Y desde entonces, como una suave tersura de pájaro en la cumbre, Teresa ha ido acompañando la vida de esta ciudad, se ha ido fundiendo en un tibio manar de certidumbres, ha vivido apegada a la fragancia sutil que la envuelve el alma hasta embriagarla de Dios, y la ha dejado transida de un extraño vuelo hacia lo invisible.

Si paseamos hoy la ciudad, descubrimos cada paso y cada huella de esta mujer del Siglo XVI, de este espíritu inquieto, de su andadura, de su presencia en la temporalidad. Y desde ese conocimiento, saltamos hacia la trascendencia de un alma que busca a cada instante la grandeza de una vida más honda.

 

Necesitamos envolvernos con las palabras de Teresa, llenarnos de sus destellos de búsqueda y acercarnos hasta su huella poderosa, hasta la luz andante de su paso por la vida, todo ello reflejado, como escribió Fray Luis de León en el prólogo de la primera edición de sus obras, en sus hijas y en sus libros, en la tarea fundacional de su caminar por la geografía española sembrando palomarcillos, y en la escritura íntima e intensa de sus libros y de sus versos.

 

Cuando vamos a celebrar en 2015 el Quinto Centenario de su nacimiento, el eco teresiano que nunca ha dejado de sonar se hace más hondo, más inmenso, más universal, y se suceden por todos los rincones del mundo esas resonancias que la poesía, el arte, la música y la investigación histórica y espiritual van a dejarnos a su paso por nosotros. Es ahora, a las puertas de una fecha tan memorable, cuando un libro de poemas y de dibujos de Verónica Amat y de Miguel Elías surge desde la fervorosa mirada de dos artistas que unidos van a encender, con una chispa de luz nueva, esa sombra que se ilumina y se aviva desde los misterios de la belleza.

 

Sombra que desea ser iluminada, que anhela ser luz, que la palabra poética sabe esclarecer con luminosa certeza, como en estos poemas que se organizan en la dimensión humana y espiritual de un personaje tan pleno como es Teresa de Jesús. Van sucediéndose en el libro, a modo de oración encendida, las orillas y los recovecos donde el sentido espiritual de Santa Teresa ha ido buscándose, ha necesitado mirar con ojos presurosos, para hallar el camino y el destino de sus pasos callados.

 

Los poemas tienen que florecer en la candela tibia del corazón, asomándose a los balcones donde un sol de plata reafirma los sentidos, los llena de savia nueva, los hace crecer en los páramos del desierto en el que habita el hombre esperanzado.

 

Si algo supone la andadura de una mujer como Teresa de Jesús, es el tesón, el valor, la valentía que supuso frente a un mundo convulso y limitado. La profundidad de su huella deja señales de amor, signos donde se muestra la grandeza del alma de las cosas. La sombra de Teresa, en las profundidades de su espíritu, es siempre un paso hacia la luz, como en estos poemas del libro su autora nos muestra verso a verso. En el silencio de la vida está el valor de la mirada, los parámetros escondidos del ser, la verdad recóndita de los elegidos. Todas las claves teresianas son retomadas por la poeta, convirtiéndose en una sombra que precisa, como ella, también ser transformada en amor y en luz.

 

Se van sucediendo los encuentros (porque esta poesía se nutre de esa necesidad) y de esa manera se abre el misterio, palabra también clave en la estética teresiana. Un personaje en un momento histórico, en un claro contexto, en una difícil tarea de sobrevivir, pero a su vez una mujer que va más allá de su destino, que juega la partida definitiva con lo que la rodea, y vence con el dominio lúcido de la verdad, de la seguridad, de la creencia.

 

En este libro acompañamos en esa aventura a su autora, a Verónica Amat, y vamos observando como ella misma purifica su pasar, como el farol de Teresa deja en libertad la oscuridad donde vivimos, esclareciéndonos y nombrándonos con sílabas secretas.

 

Ávila está en estos versos dibujada y oculta, viva, próxima a la temporalidad de un momento dominado por la verdad. En Ávila la piedra y la luz se abrazan, intimidan en un trato de cercanía y se nos presenta una ciudad a la medida de un alma, a la justa medida de un poema, abrazándose en un ilimitado compromiso de amor. Y junto a esta aventura literaria y espiritual, Miguel Elías pone más claridad aún, se asombra más, va a zaga de la palabra y de los ojos cerrados de la escritora. Los dibujos intentan fortalecernos con la impresión segura de su trazo limpio, de su iluminación precisa. Y esto lo sabe muy bien el pintor, porque es un intérprete certero de la voz que clama en el existir indómito del poema. Nos da la impresión de que sus dibujos nos hablan con la voz de la mirada, con el calor, con el gesto lánguido y extraño de sus reflexiones, porque él no ilustra, tal vez nos ilustra a nosotros, a los avizores contempladores de sus palabras de línea y color, y junto a los poemas y a las referencias de la realidad teresiana, se forma una mezcolanza, una intuida iluminación, y ahora sí, la sombra se descompone en destellos de latente poso de cercanía, de caricia, de muda música callada en nuestras almas.

 

Un libro que nos despierta, que el lector va a sentir como llamándole, como tocando en la fibra indócil del sentido, y desde esa experiencia va a despertar cobijado en la fraternal mirada de una mujer. La literatura y la pintura, la poesía y el dibujo, se acercan a la clandestina serenidad del espíritu, la clara luz se enciende sobre la sombra callada, y nos habla con una voz líquida y silente, con una mira tímida y sutil, sencilla como la tierra, firme como la alta soledad de las águilas en su mundo de viento y frío.

 

La experiencia de un libro tiene que ser la proximidad de un silencio, la caricia de una voz abierta en nuestra herida. La sombra, cuando desea ser iluminada, tiene vocación de faro, de farol en la noche, de guía en la oscuridad. Así la palabra de santa Teresa de Jesús tamizada en la poesía de Verónica Amat y mostrada en los ojos de Miguel Elías se transforma en la semilla que, en las entrañas de un barbecho, permitirá que el fruto vuelva a brotar, como la luz que ilumina rotundamente la sombra de un destino.   

 

 

José María Muñoz Quirós

Ávila, julio de 2013

 

 

 

Miguel Elías

 

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