MARÍA CALLE BAJO: UNAMUNO, «EGO SUM»

 

«Crear en Salamanca» hoy ofrece a sus lectores  una nueva colaboración de María Calle Bajo

En cada pensador siempre queda la reminiscencia de esa infancia/puber que determina el alma, por eso me trasladé a esos estadios de Unamuno, por eso me hice carne de su vivencia, porque es el ser humano se parece en todo lo que cree que está oculto

 

«ὁδὸς ἅπασα ἐλθὼν οὐκ ἂν ἐξεύροιο ψυχῆς πείρατα, ὁδὸν γὰρ ἔχει βαθεῖαν»

«Ni aun recorriendo todos los caminos llegarás a encontrar los límites del alma; así de profundo es su logos.» —Heráclito, Fragmento B45, en Die Fragmente der Vorsokratiker, ed. Diels & Kranz

 

Desde niño me dolía algo más que la muerte de mi Padre. Pues eran los ojos viudos de mi madre los que me hicieron ver su cuerpo de vida exento. Ahí nacieron mis extremidades de chiquillo vizcaíno.  ̶ Un comerciante menos, ̶ se atrevieron a pronunciar los menos sesudos el día de su fallecimiento.  ̶ El que se trajo una gran fortuna de México ̶ , importunaban otros.

Esos comentarios eran algo más que chascarrillos maliciosos, ni siquiera quería prestarles atención, pero la maldita sensación de pertenencia, o de inmanencia o de lo que nada me era, me es, ni me será ajeno, es tormento a veces, otras es sosiego. Ese sainete de darme cuenta de todo lo que a mi alrededor se me ofrece, sin que nada ni nadie, ni siquiera yo, pueda evitarlo.

Y digo que me nacieron los brazos y las piernas porque salí a correr como alma que lleva el diablo cuando los ojos de mi madre enviudaron mis crines. No tengo otra escapatoria por dentro más que huir. Escapar de mí. De mi cuerpo. De esos extremos del cuerpo que pesan. Que me arrancan el latido. Y yo en un respirar de espinas de sangre logro que mis piernas ardan una y otra vez en la muerte de mi padre. En los clavados ojos de mi madre, en su forma de cruz. Si solo tengo cinco años…

Quedo en estos cinco años de por vida. Mi madre queda ciega para siempre. Como viuda de viudas-madres, en blanco y negro. Mi camisa de lino con cuello de soga, mis pantalones cortos de paño oscuro, y mis tirantes. La chaqueta es de lana con botones de metal. Los zapatos de cuero con cordones. Y entre mis manos mi boina vasca heredada. Solo tengo cinco años.

En la puerta del 16 de la calle Ronda habían puesto la esquela manuscrita para el velorio: nuestra casa. Los parientes, vecinos y conocidos realizaban la lectura subvocálica de aquella caligrafía de Satanás donde se perpetuaba la muerte de mi PADRE:

 

FÉLIX DE UNAMUNO

Falleció cristianamente en esta villa el día 14 de febrero de 1870, a los cincuenta y seis años de edad, habiendo recibido los Santos Sacramentos y la Bendición Apostólica.

 ̶   Dios lo tenga en su gloria; el Señor lo ha llamado; la Virgen lo acompaña en su tránsito.  ̶ 

Su esposa Doña Salomé Jugo, sus hijas Felisa, Salomé, Concha, Encarnación y Asunción, y su hijo Miguel, su madre política Doña Benita Jugo, y demás familia, ruegan a sus amistades encomienden su alma a Dios Nuestro Señor y asistan al funeral y entierro que se celebrarán en la parroquia de San Nicolás de Bari, por cuyo acto de caridad cristiana quedarán agradecidos.

 

Su cuerpo encima de la cama. El crucifijo en su pecho, que latía…

Rosarios para rezar

Paños negros y mantillas

Pan, caldo y dulces

Cirios

 

No sé si ella, mi madre, volvió a probar bocado en años: Preparaba pan con leche, a veces gachas para el almuerzo; Legumbres, bacalao, caldo de gallina, tortilla de patatas y vino aguado para la comida; Pan con queso y alguna fruta de añadidura para la cena. Mis cinco años yacían bajo el yugo de la muerte.

Iniciaba así el alfa de mi omega.

Yo no pretendía seguir siendo tan solo un hijo más. Un varón que gimoteaba por dentro en una sequía de tormentos, no tan solo eso.

Con una madre ausente de alegría y una abuela presente de rezos de pura unción. En un tiempo en el que descubro partes de mi cuerpo y la vida que con él se expresa: Biología, historia, filosofía, derecho y ciencias; todos los libros tenían alguna reseña del lugar, la fecha o incluso el momento en el que mi Padre se hizo con ellos.

«Aita maitea, etorri hona»

Mis hermanas tenían la forma de una sotana en casa. En esa sombra moribunda era capaz de imaginar el esqueleto humano y todos los órganos del cuerpo que estudiábamos en San Nicolás con don Prudencio. Pensaba en la tinta de sus manos, en la sequedad de sus huesudos codos. Tengo que ser cauto con el pensamiento, pero cuando el maestro se da la vuelta para escribir en el pizarrón, no puedo hacer vía del orden: ¡cómo traga trapo ese calzón de paño!

Solo Esteban era cómplice en aquel relinchar de carcajadas imposibles de contener. Y por poco nos libramos en tantas ocasiones de la vara de abedul o de la palmeta… que ponía firmes los pensamientos, pero sobre todo los traseros.

−Aunque lo tengo bien merecido. Lo sé −. Pensaba en aquella posición en la que me sostenían las vergüenzas las rocosas rodillas de don Prudencio que con saña vareaba el firme palo de la rectitud.

El mismo cuerpo que poseo se inclinaba como aeronave de papel, con el tronco suspendido, el equilibro sollozaba… Por una parte, sabía que el dolor no era para siempre, no lloraba, pero la sangre bombeaba por todo mi rostro, quedando yo de color rosado.

Pasados los días, meses y años, entre encaladas paredes, austeros muebles, junto contra mi pecho las cartillas con las que aprendí a memorizar y a recitar máximas de las Confesiones del gran orate San Agustín:

«Tarde te amé…»

Cruzo mis brazos como entonces. Hablo con Dios. La Muerte nunca tiene prisa, me reiteraba.

 

En aquella otra pared encalada un crucifijo sobre el pizarrón que siempre acabo por delinear con mi pensamiento. La madera y la liturgia que de ella extraigo.  Parece que siempre estuvo ahí. Incluso antes de que hicieran la pared de adobe. Incluso antes de que el edificio se edificase. Antes de mi existencia.

Alguien clavó ese Cristo en esa Cruz.

Yo sostengo los clavos desde la muerte de mi padre.

Ando más callado de lo habitual en casa. Nada como la muerte de mi padre, ni la de mi hermana, María de la Asunción. Enterrada con sus guantes blancos de niña en sus manos de tierra negra.

Mi abuela no cesa en su rezo. Su rosario de nácar con plata incrustada se desliza entre las yemas también encaladas: Dales, Señor, el descanso eterno… Y brille para ellos la luz perpetua… Jesús, María y José, asistidles en su agonía…

Su abrazo es como el de una guardiana de la oscuridad. En ella todo es susurro, silabeo. Y cuando estoy fundido en su guarida de amor, contra su pecho queda el menos torpe de mis sentidos. Yo soy capaz de mantenerme en su latido por días. Trago el nudo que se pronuncia en la garganta cuando me cuenta cómo se conocieron ella y mi abuelo, el cortejo de mi padre hacia mi madre, el nacimiento de cada una de mis hermanas y el mío propio. Siempre con el mismo esfuerzo, con el mismo amor que llena de luz.

Miro su cabello, su sien despierta. Sus profundos ojos, tan serenos como torpes. Pero de un cerúleo parpadeo. Son tan despobladas sus pestañas que de frágiles lágrimas se vierten. En esos ojos he visto todos los años de mi vida. Será que el azul del cielo son ellos en el anunciado ver de mi abuela.

Los ojos de mi madre siguen mudos, tan mudos como viudos y en la orfandad infinita de la que Dios se hace cargo.

 

 

 

 

 

 

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