«Crear en Salamanca» ofrece a sus lectores un bellísimo artículo de la Escritora Charo Alonso a propósito de la Exposición de Florencio Maillo en Escurial de la Sierra, recorrido pictórico de cincuenta años de entrega al arte.

ENTRE EL JARDÍN Y LA HERIDA
Recorrido pictórico de cincuenta años de entrega al arte de Florencio Maíllo
Sangra el artista de Mogarraz, el que retrató a sus gentes en las calles que ahora son patrimonio de todos, obra que vincula paisaje y paisanaje con su fecundo trabajo creativo, y lo hace sobre este nuevo proyecto, ¿cuándo no está Florencio Maíllo en su taller, inmerso en un nuevo proyecto? Una serie de cuadros en los que la figura humana, tratada con trazos clásicos, figurativos, se abisma en la abstracción que recuerda su trabajo de los años noventa. Aquella abstracción geométrica, arquitectónica.

Y mientras, la obra del artista se deja acoger en el paisaje de su gusto, en el pueblo pequeño al pie de la Sierra Quilama de leyendas medievales, piedras de escultor berraqueño y manos sabias. Las de un artista de la investigación de nuestros pueblos y de la cultura popular, Joaquín Sánchez de Bustos, y un ayuntamiento que ha levantado, en memoria de su hijo predilecto, Severiano Grande, el hermano del poeta, una sala expositiva que guarda la última muestra de un Maíllo en estado de gracia. Un Maíllo que reflexiona sobre el huerto cerrado de su memoria, de su arte de cincuenta años, de su feroz búsqueda de la verdad y la belleza. La autenticidad de su discurso escrito y pictórico.
Tiene Escurial para el pintor de Mogarraz, el que trabaja en Encinas, el hombre de la tierra toda, vinculación con el paisaje en el que se asienta. Y eso es razón suficiente para traer la que llama “la exposición más importante de su vida”. Importante porque reflexiona, y lo hace desde la geografía de sus cuadros de los años noventa, cuadros abstractos en los que traza las constantes de su trabajo: reflexión, materia vivida, materia sentida, sedimento, como dice Sánchez de Bustos, de su propia esencia. Y ahí está la obra, con su fuerza, su pasado, su óxido, su uso del carbón de su vida en el norte, su ceniza que recuerda el dolor por la muerte del hermano, su cal viva, su deseo de integrar el pasado familiar de la forja y el metal, esa chapa del corazón con la que también hacía delicados cuadros religiosos la tía monja del artista, ahí en la soledad del monasterio del Zarzoso

Porque todo en Florencio Maíllo tiene memoria. Recuerdo legado familiar, referencia viva. Tan viva como el paisaje que ha elegido, la mano de la que se ha ayudado, esta mano, la de Sánchez de Bustos que recuerda dos versos de José Acilu: Que el arte no necesita grandes salas/ sino corazones abiertos.
Y abierto está el corazón ante estas salas generosas de Escurial, una cápsula del tiempo donde todo se sosiega para entrar en el jardín de las delicias. Porque a través del concepto museístico llegamos a esa reflexión de Maíllo sobre la vulnerabilidad del hombre, sobre el tiempo que pasa, sobre el acto creativo. Pensamientos que también se centran en la naturaleza del medio rural donde no se siente solamente el tiempo atmosférico con más fuerza que en la ciudad, sino el paso del tiempo auténtico. Una autenticidad que hace confesar al artista: “Esta es la exposición más importante de mi vida”. Una exposición donde dialogan las obras primeras y las últimas, donde el jardín se contrapone con la herida, el orden con el desorden, el paisaje con la memoria, lo que permanece y lo que se deteriora. Y ese deterioro es la figura humana cayendo en el vacío de la falta, la necesidad de cuidado, la incertidumbre que nos causan los incendios, la emergencia climática, la vejez, la falta de asideros, la herida que sangra. Ucrania, Gaza, Sudán… Ceuta.

Pero ante la herida, la gracia, el jardín, el proyecto que se iniciara con la poesía de Luis Melero Marcos, en 2016 con las imágenes del Jardín de las Delicias del Bosco. Una serie, que supone la partitura perfecta de las variantes inacabables, “La serialidad se convierte en una estrategia estructural”, dice el artista. Y se suceden las piezas que forman el mosaico que el espectador ve completa por primera vez. En ella juega con diversas técnicas, espejo y reflejo de antiguos herbolarios, algunos de ese Nuevo Mundo que recuerdan un jardín, artificio vulnerable, metáfora del cuidado de la mano del hombre que, años después, tiene que cuidar a ese hombre. Las variaciones técnicas –serigrafías, grabado, superposición fotográfica, uso del metal como soporte- hablan de memoria, conservación, modernidad y legado. De la abstracción pura y matérica, dura y sólida en su racionalidad que deja paso al exquisito juego de la belleza del jardín, el agua, el reflejo, los elementos clásicos del espacio renacentista que nos recuerda lo perdido en Abadía o lo conservado en Béjar. Paso del tiempo en la pura belleza que nos convierte en mayores… esa figura humana que se instala en el cuadro, que se desploma en medio de ese primer paisaje matérico del artista. Es su nuevo empeño, su trabajo actual, la figura humana herida, gastada como materia por el paso del tiempo, necesitada de cuidado, y que se representa en plena caía, ajena a su belleza clásica. El último cuadro del pintor dialoga con sus primeras épocas, y lo hace desde el clasicismo de su magnífico dibujo a su deseo de reutilizar la materia vivida y el óxido de su voluntad de herrero.
Materia de arte. Fluctúa Maíllo entre lo orgánico y lo industrial. El muchacho de pueblo y el joven que estudió en el norte fabril. El paisaje de la forja y del bosque, la voluntad de doblegar el metal que, en esta ocasión es especial: las láminas de las rotativas del antiguo diario salmantino “Tribuna de Salamanca”, en el que yo empecé a escribir periodismo porque tuvieron la generosidad de abrir dos suplementos culturales de una altura excepcional: “Cultura” y “Batuecas”, de la mano de uno de los intelectuales más sólidos de nuestro entorno, hijo también de pintor, paleta de palabras: Antonio Marcos. Quiero pensar que alguna de estas obras que ahora admiramos, está sobre la plancha en la que se imprimían nuestros artículos. Uso y reuso como hace este trapero de la forma, este hombre que reflexiona sobre la ecología, el espacio rural, los incendios, la emergencia climática, el cuidado de los mayores, temas que tanto preocupan a un artista que nació en un pueblo al que ha dado vida artística y que tiene su taller en otro, enmarcando su última obra con los palés que sirvieron antes como contenedor. Listones de madera que guardan la herida del clavo, que sustentan ese nuevo cuadro que, según Joaquín Sánchez de Bustos, sigue inquiriendo por la soledad, el paso del tiempo, el desgaste de la materia, lo eterno. Como si no hubiera pasado toda una vida. Como si la obra fuera eterna.

Y eterna es la obra que culmina la muestra. Ese primer apunte del natural –Maíllo hacía años que no enfrentaba el caballete a la pintura del natural cuando los periodistas Carlos Aganzo y Carlos Espejo le invitaron a escribir sobre la monumental encina- y después, fruto del confinamiento y el deseo de naturaleza, la obra culmen: trece láminas de encaústica sobre aluminio para mostrar un árbol que no lo es. Una catedral que desafía al tiempo, a la vida finita del hombre. Un estudio sobre la luz que nos devuelve al joven pintor de Mogarraz que recogía en el vertedero las reproducciones de Corot que tiraba el farmacéutico. Corot, pintor de la emoción del paisaje, del temblor de la luz. Condestable, Caspar David Fredrich, Corot son las inspiraciones de esta obra que fue expuesta con gran éxito en La Salina y que ahora sorprende al visitante con su belleza. Con su fuerza, con su emoción absoluta. Se impone el silencio. Se impone el diálogo callado con ese hombre que cae, vencido por el tiempo, pero capaz de ver el paisaje. Y nos preguntamos cómo es posible que Maíllo haya hecho este círculo perfecto en torno al jardín cerrado, a partir de la forma ordenada, racional, de la abstracción. Un círculo que es la sombra generosa de este árbol que nació aquí cerquita, entre Tejeda y Segoyuela, mirando a los berrocales de piedra que después tallara Severiano Grande. Tierra monumental que acoge hasta noviembre una obra que nos interpela. Que nos sobrecoge. Que nos admira. Que nos emociona. Y que ha elegido, muy conscientemente, este espacio que ahonda su raíz en la tierra, como si viviera el artista, en la luz que se cuela entre las ramas de un árbol que es catedral, que es vida que nos transciende, obra que nos ilumina, arte que nos alimenta y que se hace jardín para la vida.
Fotos y texto: Charo Alonso.



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