MARÍA TERESA PEÑA,RESPLANDOR FRENTE A OLVIDO,POR CHARO ALONSO

“Crear en Salamanca”, Se abre, una vez más, al pulso creativo que la define con la exposición de la pintora Teresa Peña, una propuesta que invita a detenerse y mirar con calma. En esta ocasión, la mirada se construye también a través de las palabras de Charo Alonso, quien firma un artículo que acompaña y enriquece la experiencia artística.

La exposición, empeño de Tomás Gil y Juan Andrés, quienes velan tanto por el Arte, encuentra eco en la interpretación sensible de  Charo Alonso. La obra de Teresa Peña despliega en sus lienzos un universo íntimo y sugerente, capaz de interpelar al espectador desde lo cotidiano hasta lo simbólico.

El artículo no solo contextualiza la obra de la artista, sino que propone una lectura que amplía los márgenes de la exposición, convirtiéndola en una experiencia más completa. Así, pintura y palabra se entrelazan para ofrecer al público una invitación clara: entrar, observar y dejarse atravesar por el acto de crear.

 

 

EXPOSICIÓN

MARÍA TERESA PEÑA

RESPLANDOR

SALA DE EXPOSICIONES TEMPORALES DEL MUSEO EPISCOPAL

“SALA-TALLER NÚÑEZ SOLÉ”

 

Fotos: José Amador Martín

 

María Teresa Peña, resplandor frente al olvido

 

Texto: Charo Alonso

 

Tiene la Sala de Exposiciones Temporales del Museo Episcopal de Salamanca una atmósfera especial. En el silencio de sus muros de hormigón visto, cada una de las muestras supone una declaración de intenciones. Incluso su nombre “Sala-Taller José Luis Núñez Solé” es significativo. Alude al artista, al hombre que entregó la modernidad a una Salamanca de trazos clásicos y lentitud mesetaria. Arte para expresar la vida desde el lenguaje de su tiempo. Y es, cada exposición que se monta en esta sala, un alegato artístico hacia este nuevo empeño que nos descubre nombres desconocidos, obra admirable oculta en los pliegues de una época acelerada.

Y sucede en este caso con la magia de un Resplandor que nos deslumbra. La obra de Teresa Peña se alza desde la negrura del vacío originario buscando la luz de toda luz. Iluminando a una humanidad que sintió dolorida, en carne viva. Porque Teresa Peña no fue únicamente una pintora dotadísima, fue una mujer entregada a la marginalidad hasta sus últimas consecuencias, una compañera de la vida en los márgenes que pagó con su propia cordura este cuidado al que quiso dedicarse. La suya es una historia de afán, arte y paisaje dolorido que tenemos que reivindicar con la revisión de su obra y el recuerdo de su vida. La de una pintora que, pese a vivir el tiempo en el que la historia del arte reconoció a las mujeres, fue dejada a un lado por su particular recorrido y su carácter religioso sin reparar en su importancia y su fuerza. Aquella que quiere recobrar esta muestra que llegará hasta más allá del verano en la sala del Museo salmantino.

Fue una niña privilegiada, María Teresa Peña Echeveste. Nació en 1935, de padre médico de origen conquense. La guerra hizo que la familia se refugiara primero en Montalbo, junto a la familia paterna y después en San Sebastián, al abrigo de la materna. El padre, médico en el Madrid donde nacieran sus dos hijos, logra en 1940 una plaza de en el pueblo burgalés de Oña, donde permanecerá la familia hasta su muerte en 1958. Allí, el Colegio Máximo de la Compañía de Jesús, con sede en la localidad, influirá en la familia tanto como el paisaje que marca a esta niña que nunca se considerará, pese a su temprana vocación, un prodigio. María Teresa Peña pertenece a un ambiente familiar que propicia el estudio y cursa el bachillerato en San Sebastián, al cuidado de sus tías maternas en el colegio de las Teresianas, iniciándose también artísticamente en la Escuela Donostiarra de Artes y Oficios. Consciente de su vocación, en 1953 con 18 años, llega a Madrid para preparar su ingreso en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, en la que ingresará un año después.

La joven Teresa Peña, que vive en la capital en un Colegio Mayor Teresiano, parece tener el apoyo de su familia para abordar su carrera. Lejos están los tiempos en los que el arte era para las mujeres un “entretenimiento” antes del matrimonio y “artesanía” sin empeño, constancia o dedicación profesional. La joven posée una vocación fuerte y talento. Prueba de ello es que gana el primer premio de pintura durante tres años consecutivos durante sus estudios y, al finalizarlos, recibe el Premio Nacional de Fin de Carrera y la Medalla de Oro de la Escuela de San Fernando donde dejó en sus compañeros una huella muy especial. Todos la describen como una joven callada, dotada de genio para la pintura y plena de sencillez. Esa misma que le hace seguir estudiando pintura mural y restauración. La artista establece un taller propio en la calle Hortaleza e inicia su camino en las muestras individuales y colectivas, un camino que se interrumpe con el que constituye un hito importantísimo no solo en su trayectoria, sino en la historia de la Academia Española de Bellas Artes de Roma. Teresa Peña será, en 1965, la primera mujer que gana por oposición la beca que se convoca cada cinco años y que supone cuatro de estudios en la capital italiana. Allí no solo recibe clases en la ladera del Gianicolo, sino que viaja por toda Europa asistiendo al nacimiento de las nuevas corrientes estéticas de posguerra.

La experiencia romana, incluso el terremoto que asola Sicilia y que impresiona a la joven pintora, marca definitivamente su trabajo, que tiene el importante reconocimiento de una invitación para la exposición internacional de la Unesco en 1969. María Teresa Peña es un nombre reconocido. A su estudio en Madrid, se une el que abre en Bilbao, donde su familia se ha instalado, pero el intenso trabajo artístico y expositivo en diversas capitales españolas e incluso en el extranjero, tiene un envés, la inquietud religiosa de la joven pintora quien, ya en 1963, antes de Roma, había intentado profesar en el convento madrileño del Carmelo Descalzo en La Aldehuela sin culminar el proceso.

Para María Teresa Peña, el compromiso con su fe y su trabajo como artista parecen no armonizarse más que en el acto mismo de la pintura. En 1970, intenta de nuevo entrar en la vida religiosa, esta vez en la Cartuja de Benifasar, en Castellón. Deseosa de silencio, acude a la única versión femenina de la cartuja que hay en España, interrumpiendo su trayectoria reconocida y exitosa como artista que participa de exposiciones individuales y colectivas en diferentes ciudades españolas e incluso en el extranjero. Pero tampoco en esta ocasión la pintora logra asumir plenamente la vida conventual, lo que significa la búsqueda de otro camino muy acorde con la época que vive la iglesia a finales de los años setenta no solo en España, sino en Europa. Es la época de los curas obreros, de una iglesia entregada a la causa de los barrios marginados donde recalará María Teresa Peña.

 

Alejada de su familia y de los círculos madrileños del arte donde triunfan poco a poco las vanguardias que en su día la artista aprendiera en Europa durante su estancia romana, y los nombres de mujer se suceden para encontrar una nuevo lenguaje pictórico, María Teresa Peña encuentra su vocación samaritana, su particular carisma. Abandona los centros del poder artístico y se aboca a una compleja periferia silenciada. Elige el dolor humano para vivirlo en medio de los desheredados de la tierra y para volcarlo en su pintura. Vive humildemente en un barrio de gitanos en Zaragoza e inicia su periplo levantino en pos de la luz. Esa luz que se eleva de la negrura buscando respuestas a su compleja espiritualidad. Luz y azul que es para la artista el color de la salvación que se alza de cada una de sus pinturas. Volcada en los más necesitados, vive en las localidades de Torrechiva o Benicassin dedicada a los que sufren ese dolor que se acompasa con el suyo. La entrega es absoluta y también, autodestructiva. La enfermedad hace que María Teresa Peña precise del cuidado de su hermano José Ramón tras un ingreso por depresión severa en Barcelona.

¿Cómo entender la retirada del mundo artístico de una pintora de inicios tan prometedores y de una naturaleza tan talentosa? La respuesta quizás sea ese mandato evangélico de humildad, de ofrenda, de testimonio de la entrega que no sabe de personalismos. Teresa Peña parece llevar al extremo las máximas propias del apostolado: toma tu cruz y sígueme, deja el yo y abraza el nosotros, el ellos… el camino emprendido por la artista no es la comodidad de la clausura, sino la apertura al mundo a través del trabajo pictórico, el compromiso con los más necesitados, la interpretación del dolor en sus lienzos doloridos donde el trazo se hace trágico.

La inmensa producción de la artista hasta su ingreso hospitalario en Barcelona, marcada por la precariedad –llegará a pintar en soportes tan pobres como cartones o papeles frágiles- y su inmersión en el mundo de la marginalidad, la discapacidad y la drogadicción, le han pasado factura. La entrega en ella es absoluta. La artista que aprendió en Roma las lecciones del clasicismo y de la vanguardia europea y que siempre ha buscado compaginar su impulso de sacralidad, su fe con el arte, es revolucionaria en esa pintura que quiere “tocar el misterio” y también, en su vida diaria. En ella, no se trata de compartir el dolor del otro, sino de sentirlo y convertirlo en tema de su deslumbrante obra, una obra que parte de la oscuridad de la creación para llegar a la luz. La belleza que aparece en sus cuadros es precisamente el resultado de ese dolor, de la soledad, de la negrura de la depresión y de su vivencia religiosa que aborda cada vez que pinta cuando pronuncia, de forma reiterada, una particular oración: “Señor, pon tus manos sobre las mías para que yo, a través de mis obras, pueda invitar a todos a conocerte”.

Los años de retiro levantino hacen que su nombre deje de importar en el trasiego de galerías y marchantes. Alejada de toda novedad, su modernidad es genuina, no propia de la influencia del trabajo del Grupo Paso o el Equipo Crónica. Tampoco parece encajar en la pintura de las artistas que reivindican en la pintura un lugar para los discursos feministas. María Teresa Peña está dedicada a su particular apostolado y a su intenso trabajo, no solo como pintora, sino también como escritora capaz de analizar su obra y su empeño, fantástica analista de su trabajo siempre empujado por el don que le ha sido otorgado. Su existencia de entrega le pasa una factura y la enfermedad marcará una nueva etapa para María Teresa Peña, sin menguar su fecunda producción. Refugiada junto a su hermano a partir de 1986, ambos descubren el burgalés Valle del Mena y abandonan Bilbao. Pareciera esta una gozosa vuelta al paisaje de origen, donde la pintora vive con calma sus últimos años, dedicada con la misma intensidad a su pintura y a la reflexión religiosa. En el 2002, se agrava su estado y se descubre el tumor cerebral que acabará con su vida en el mes de julio del mismo año. La niña que pintaba en sus años burgaleses de Oña, descansará en el retiro del Valle del Mena que le sirvió de último refugio.

 

La obra de María Teresa Peña pervive más allá de su particular historia. La de una artista que fue apoyada por su medio familiar para desarrollar su carrera, una carrera de inicios brillantísimos que pudo participar de las vanguardias del arte de su tiempo y ser punta de lanza del discurso pictórico de las mujeres que accedieron en aquellos años a la primera línea que les había sido negada. Su camino era otro, el de un apostolado que trató de convertirse en vocación de clausura, pero que eligió la entrega de una iglesia seglar a pie de calle, arremangada, compartiendo el dolor, la miseria. María Teresa Peña tomó el camino más difícil empujada por su fe y por cierto talante autodestructivo, y precisó en un momento dado del apoyo familiar y el retiro en una naturaleza que le recordaba su niñez despreocupada. La lucha entre su entrega a la pintura y a la espiritualidad entendida como servicio en el escenario más difícil pareció atemperarse en el Valle del Mena que ahora custodia esa obra que surge de los fondos negros para alzarse en el resplandor de su genio. Un genio que ahora habita en esta particular Sala-Taller donde deslumbrarnos a cada paso. El paso de Viacrucis y de su resurrección.

 

 

 

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