«Crear en Salamanca» , hoy trae a sus páginas un análisis literario sobre el libro de poemas «LA BARCA DE CARONTE» de José Antonio Valle Alonso (Villamor de los Escuderos, Zamora, 11 de junio de 1945) es un autor, escritor y poeta español. Actualmente reside en Valladolid. Ha escrito más de veinte libros de poesía
En los años sesenta y setenta, paralelamente al estudio de la preceptiva literaria y poética, estudia música, trompeta, en la Escuela Internacional de Música de París y en el Conservatorio, en la perfección como concertista, profundizándose en música clásica. Son tiempos en los que vive intensamente la poesía y la música, haciéndose al mundo de los ambientes parisinos de la época, marcando la luz su impronta lírica en el entorno de Montmartre, Sacre Coeur, Place du Tertre, Moulin Rouge, Pigalle, Place Blanche, Place Clichy… Y es en esta ciudad, París, donde escribe sus dos primeros poemarios. Libros a los que le seguiría una larga producción hasta la actualidad.
En los años ochenta se traslada a Valladolid, donde se integra como Miembro Coordinador de los prestigiosos Grupos Literarios y Artísticos Juan de Baños y Sarmiento, presididos por su Fundador, Andrés Quintanilla Buey, celebrando los recitales Viernes del Sarmiento; actividad ininterrumpida durante más de cuatro décadas, siendo Secretario y Vicepresidente junto a Araceli Sagüillo, Presidenta y Cofundadora. Otorgando en la clausura de cada curso los premios nacionales e internacionales: Entre otros, Juan de Baños, Sarmiento, Jorge Guillén, Andrés Quintanilla Buey, de poesía, Sarmiento de periodismo, Luis Maté, de teatro y Miguel Delibes, de novela

José Antonio Valle Alonso
LA BARCA DE CARONTE
En La barca de Caronte, la experiencia del tiempo, del amor y de la pérdida se articula como un viaje interior marcado por la conciencia del límite. Este comentario propone una lectura del poemario como un itinerario simbólico donde la voz poética afronta el tránsito vital y convierte la fragilidad humana en materia de reflexión y de palabra.
Desde su mismo título, La barca de Caronte se configura como un extenso itinerario poético en el que el yo lírico emprende un viaje interior marcado por la conciencia del tiempo, la experiencia del amor y la presencia constante de la muerte. La referencia mitológica al barquero del Hades no remite aquí únicamente al tránsito hacia el más allá, sino a una travesía existencial donde vivir implica cruzar umbrales sucesivos, perder, recordar y enfrentarse al propio desdoblamiento. No es casual que el sujeto poético se sitúe con frecuencia ante espacios abiertos y vertiginosos, como en “Qué ventanal de abismos”, donde confiesa el “delirio de amor” que supone “guardar todos los astros que me habitan / colgados de la bóveda del sueño”, imagen que condensa la tensión entre infinitud y fragilidad que atraviesa todo el libro.
El poemario presenta una clara unidad formal y emocional. Aunque está compuesto por una sucesión de poemas breves, todos participan de un mismo tono melancólico y reflexivo, construyendo lo que podría entenderse como un poema-río. El yo poético avanza sin descanso, pero también regresa una y otra vez sobre sus pasos, atrapado en la evocación del pasado y en una conciencia dolorosa del presente. En “Qué cosas” se expresa con claridad esta deriva errante: “caminas con paso destemplado / hacia ninguna parte”, imagen que refuerza la idea de un viaje sin destino final, donde lo esencial no es llegar, sino confrontarse reiteradamente con uno mismo.
Uno de los ejes fundamentales del libro es la crisis de identidad, formulada con especial intensidad en “Vuelves a ti”. El regreso al yo no implica reconocimiento, sino extrañamiento: “Vuelves a ti, y no te reconoces”. La escena se carga de resonancias fúnebres mediante la voz de la campana y la imagen de los cuervos, que “graznan, ay, picándote la sangre”. La pérdida no es solo afectiva, sino ontológica: el sujeto lírico no solo ha perdido al otro, sino que comienza a perderse a sí mismo.
El amor ocupa un lugar central en el poemario, pero casi siempre desde la ausencia. No se trata de un amor vivido en presente, sino recordado desde la melancolía. En “Esa dormidera”, el recuerdo amoroso se construye a partir de imágenes sensoriales de gran delicadeza —“el lecho de amor”, “el lago feliz de la azucena”— que contrastan con el frío del ahora: “y siento frío”. El amor aparece así como un espacio de plenitud ya clausurado, cuya evocación alivia momentáneamente, pero intensifica el dolor de la pérdida.
Esta relación entre amor y sufrimiento alcanza una formulación extrema en “Dile a la noche”, uno de los textos más intensos del conjunto. El yo poético no huye del dolor, sino que lo invoca: “que venga con el llanto para ahogarme / la sed de ti”. La aceptación del sufrimiento se convierte en una forma de verdad, condensada en la imagen final de la “ascua apagada, brasa hecha ceniza”, metáfora del agotamiento vital y, al mismo tiempo, de la persistencia de una conciencia que se resiste a callar.
La muerte se manifiesta como horizonte inevitable del viaje. En “En el campo a través”, la imagen del tapial que separa al yo de la eternidad funciona como una poderosa metáfora del límite: “donde la eternidad se asoma, ahí, / al otro lado, inmensamente lejos”. El poeta avanza “llagando la verdad sobre mis pasos”, transformando el dolor del camino en una belleza paradójica, expresada en el “nocturno floral de las estrellas”, donde sufrimiento y trascendencia conviven.
La memoria actúa como un espacio intermedio entre vida y muerte, amor y ausencia. En “Hoy he vuelto a guardar”, el gesto de guardar el nombre amado “en lo más íntimo” simboliza la aceptación de la pérdida. El recuerdo se convierte en una forma de supervivencia emocional, aunque atravesada por la conciencia de su fugacidad: “apenas un suspiro y ya es silencio”. El amor perdido se integra así en la identidad del sujeto como herida permanente.
La nostalgia de un pasado idealizado aparece de manera explícita en “Y acaso estés pensando”, donde la infancia y la inocencia se presentan como un paraíso irrecuperable, “ese jardín / en flor del paraíso terrenal”. La imposibilidad del regreso refuerza la visión del tiempo como fuerza destructora y explica el tono elegíaco que recorre todo el libro.
No obstante, el poemario introduce también momentos de reflexión más serena. En “Por mucho que te vayas”, se afirma que, pese a toda pérdida, “siempre retornarás a tu mirada”. La imagen final de “la semilla del otoño” sugiere un ciclo vital en el que la pérdida contiene, al menos simbólicamente, una posibilidad de continuidad.
Finalmente, en “Y después de mañana”, el camino vital se orienta ya sin ambigüedades hacia la muerte, simbolizada por el invierno, la soledad y las imágenes de “huesos” y “ceniza”. Sin embargo, incluso en este horizonte extremo persiste la pregunta por una fuente, por una solana que permita aliviar el tránsito. Esa tensión entre lucidez y esperanza define la actitud última del libro frente a la muerte.
En conjunto, La barca de Caronte es un poemario de gran densidad simbólica y emocional que convierte la experiencia del dolor en palabra. Su mayor logro reside en hacer de la poesía un espacio de resistencia frente al olvido: el viaje no conduce a la salvación, pero sí a una forma de verdad, la de reconocerse frágil, finito y, precisamente por ello, profundamente humano.

ALGUNAS ESTROFAS DEL POEMA
QUÉ VENTANAL DE ABISMOS
IV
Qué ventanal de abismos, qué locura
guardar todos los astros que me habitan
colgados de la bóveda del sueño,
en un rincón del alma en las alturas.
Qué delirio de amor, qué desvarío,
llegar hasta el balcón del universo
para volver a ti, sombra apagada,
eternidad profunda de un instante.
AHORA SÉ
Ahora sé por qué sangra el olvido
cuando derrama luz ya transcendida,
de un día inacabado, interminable,
un día gris, como una losa eterna
cargada sobre el último recuerdo,
ese que me arrancó la voz del llanto,
ese donde regresas al delirio
cuando te sientes apagado, solo.
QUÉ COSAS
VI
Qué cosas, cuánto queda de dolor
en las entrañas, de esa pena a solas,
ese rastro mortal que vas dejando
en la huella alargada de las hoces.
Has vuelto la cabeza igual que ayer
y caminas con paso destemplado
hacia ninguna parte, en no sé qué…
qué quimera profundamente herido.
VUELVES A TI
VIII
Vuelves a ti, y no te reconoces,
la voz de la campana rompe el aire,
golpea a contratiempo y crece el pulso,
se emborrona tu nombre y te preguntas:
Y ahora dónde estoy, si aquella no es
mi calle, ni es la puerta de mi casa…
Hay un nidal de cuervos revolando,
graznando, ay, picándote la sangre.
ESA DORMIDERA
X
¡Ay, esa dormidera de la luna,
cuánto me sabe a ti! Yo, recostado
en el lecho de amor, tú, amanecías
en el lago feliz de la azucena.
¡Dime por dónde vas cuando anocheces!
Hoy las luces del cielo hacen la ronda
y un revuelo de nubes se ha posado
sobre mi cabecera, y siento frío.
DILE A LA NOCHE
XI
Dile a la noche que no venga sola,
que venga con el llanto para ahogarme
la sed de ti, que me ardes en el alma;
que si viene a buscarme, aquí junto al
camino, dile, encontrará mi huella
herida por el cráter del relámpago,
dile que la estaré esperando, apenas
ascua apagada, brasa hecha ceniza.
EN EL CAMPO A TRAVÉS
XV
En el campo a través, en la llanura,
hay un tapial altísimo a mis ojos
donde la eternidad se asoma, ahí,
al otro lado, inmensamente lejos.
Y yo sigo cantando sangre arriba,
llagando la verdad sobre mis pasos,
hendidos -desde el cielo profundo- en
un nocturno floral de las estrellas.
HOY HE VUELTO A GUARDAR
XVII
Hoy he vuelto a guardar en lo más íntimo
el eco de tu nombre, el abandono,
un golpe de dolor, esa voz vieja,
esa voz de la muerte, que te alcanza
-apenas un suspiro y ya es silencio-
donde termina el vuelo, la memoria,
donde la sed se apaga lentamente,
donde la sombra se alza al infinito.
Y ACASO ESTÉS PENSANDO
XXII
Y acaso estés pensando, si volviera
por tu puerta a pasar aquella ronda…,
volviera la alegría a despertarte,
tu momento de gloria que creíste
durara eternamente bajo el velo
del cielo sin fisura, ese jardín
en flor del paraíso terrenal,
esa gloria bendita, la inocencia.
POR MUCHO QUE TE VAYAS
XXVII
Por mucho que te vayas y muy lejos,
siempre retornarás a tu mirada,
esa donde te ves siempre verdad
bajo los velos iris de la vida.
La lluvia borrará cuanto a tu paso
vas dejando impregnado con tu aliento,
y sonreirás como el que nada espera
y guarda la semilla del otoño.
Y DESPUÉS DE MAÑANA
XXV
Y después de mañana en el camino,
ese camino mío, el que me queda
por recorrer a solas en invierno.
¿Habrá una fuente, amor, una solana
para saciar el tiempo en el olvido?
O apenas un lindón, una cuneta,
para dejarme caer sobre mis pasos.
Ese nidal de huesos, de ceniza.



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