Crear en Salamanca ofrece a sus lectores una colección de poemas de Ziyad Al-Sheikh, con traducción de Abdul Hadi Sadoun
Poemas de Granada
Traducción: Abdul Hadi Sadoun

Ziyad Al-Sheikh (زياد آل شيخ) es un poeta y escritor saudí contemporáneo, nacido en 1974. Es licenciado en Sistemas de Información por la Universidad Rey Fahd del Petróleo y los Minerales. Compagina su labor creativa con el trabajo académico y técnico en el ámbito de la ingeniería y la investigación. Irrumpió en la escena literaria árabe a comienzos de los años 2000 con una voz lírica singular. Su poesía se caracteriza por una intensa carga simbólica y una imaginería histórica y cultural destacada. Explora temas como la memoria, la identidad, el exilio, Al-Ándalus y la fragilidad del presente. Entre sus obras destacan Así dibujo solo 2004, Espigas de amor 2007y Bitácora de la plaza Tahrir2011. Ha colaborado con periódicos y revistas culturales mediante columnas y textos breves. Es considerado una de las voces representativas de la poesía árabe moderna reflexiva y simbólica. De su último poemario Muallaqat Granada (2021) escogemos estos poemas.
Abú Abdallah con un pintor
Le digo: tengo una imagen distinta de la que ves,
y otra que no ves
en mis palabras y en mi rostro alargado,
triangular,
como una casa cercada por los campos.
Dice: más bien como un campo cercado por casas.
Digo: me duele el ritmo en el color.
Dice: así el alma permanecerá fresca,
como un campo de almendros,
si enciendo tus ojos
con dos candiles de mi pincel
en el aceite de tus lágrimas.
Digo: no veo razón para pintar el párpado como un odre.
Dice: veo que no debo ver sino lo que veo,
y no mostrarte el cuadro
para que la imagen del manantial
siga corriendo en tu imaginación como gacela.
Digo: entonces, en el desierto del color
has dispersado los detalles.
Dice: la luz hace saltar su relámpago,
oh señor mío, desde los detalles.
Digo: los candiles de mi sangre los apagué
por miedo a que vieras
la estirpe de mi herida.
Dice: no hay herida en una herida.
Digo: soy un dibujo,
no una verdad desnuda:
¡un icono que habla!
El último sermón de Abú Abdallah
Fabricad una luna con los candiles de mi vida
y cantadle cada vez que pase
por el agua de una fuente.
Haced una cuerda con la sangre de la naranja
para que Granada descienda
con vestiduras rayadas de frutas.
Arrojad una piedra a mis palabras y decidle:
no temas, no temas.
Con ti mediremos el pozo,
pozo del relato,
hasta que el arrullo vuelva a su nido en el rocío.
Pulid cada albahaca
con el largo llamado a la oración
hasta que las rosas se vuelvan tribus.
El llamamiento a la oración cría la albahaca en vosotros:
no exprimáis la uva del tiempo antes de su hora.
No dejéis que una estrella palpite en los pañuelos
hasta que recéis la última oración.
La menta de vuestros sueños es fragante,
y las moradas de vuestro anhelo
son albahaca de montaña.
No están lejos del abismo de la metáfora.
No iluminéis con los comienzos de vuestros poemas,
sino preparad pasas de ofrenda
en un plato de madera.
Probad su dulzura grano a grano,
y luego probad —con vuestros vecinos—
la pimienta del misterio.
Hay una mañana
que afila sus garras.
Esconded vuestras palmeras en los sótanos
hasta el atardecer.
No leáis árabe en el mercado.
Y a vuestros pájaros,
enterradles la voz
en el habla apresurada.
No abráis la puerta
sino al aroma del mar.

Portada Libro de Granada
Sueños de la legión dormida
Se queda dormido y sueña:
Una barca que amarillea
y luego se vuelve verde
en los espejos de la ola cuando se acerca;
la rema un desconocido
que ha envuelto su capa sobre los hombros.
Desciende solo, ceñido con una espada,
y le pregunta:
—¿Cuál es el camino hacia Toledo?
Pero no le responde nada.
Arrastra tras de sí un caballo, lo ensilla
y se marcha solo.
El sueño extraño se repite
como si fuera el mismo:
—¿Dónde está el camino a Toledo?
Y no le responde.
¿Quién era ese jinete desconocido?
Estás a punto de ver en su lágrima
versículos del sura Ar-Rahmán;
lleva un turbante rojo de brocado,
y en sus ojos se hunde una fortaleza en llanto.
No le preguntó quién era,
ni de dónde venía ni qué buscaba.
Desaparece por días y regresa,
la lanza en la mano:
—¿Dónde está el camino a Toledo?
¿Hacia dónde está el camino?
La pregunta casi lo ahoga
y no responde.
Se levanta, tira de su túnica y la ajusta:
—¿De qué tierra vienes, hombre,
y de qué país?
Le responde:
—Soy Táriq ibn Ziyad.
¿Soñaba
o veía el pasado con el ojo del presente desconocido,
afilando un puñal,
preparando su equipo,
flechas empapadas en anhelo?
Puede que encuentre gacelas
corriendo en los páramos del extravío,
espejos de la nostalgia
que llenan las entrañas
de recuerdos y lamentos.
Tal vez necesite una biblioteca
de relatos antiguos,
compendios de proverbios
o comentarios de la Hamasa,
frescos en el sentido
y secos en la expresión.
Quizás no vea nada
salvo el pasado.
Ve su mañana como un relámpago,
y el pasado es una nube
que oculta los días
mientras estos carraspean
la espada suspendida sobre él.
¿Miraba por las rendijas del alfabeto
para ver las cosas?
¿Lo que hay detrás de las palabras:
páramos y estepas,
y más allá de la naturaleza de la visión
esa bruma que acompaña al recuerdo
cuando se vuelve una puñalada?
Pero aún sueña:
Una barca llega
y otra después;
avanzan meciéndose
como dos fragmentos de cerámica
sobre un río pequeño.
Una barca, como pistacho de Alepo,
sigue;
la segunda, como un campo,
amarillo oscuro,
manchado de púrpura.
Las ve.
¿Regresa o avanza?
¿Y cuál montará si avanza?
¿Regresa al pasado
o al futuro crucificado?
¿Cuál lo sacará de la historia
perdido como un manuscrito?
¿Y cuál lo introducirá
como una península en el mar?
¿Cuál grabará su espíritu
en el no-lugar?
Elige la primera barca que llega,
sube a ella y se va.
Luego se encuentra
ceñido con una armadura,
y oye detrás de él un caballo
cuyo relincho disecciona
el bramido de las olas del mar.
Se pregunta:
¿Quién soy yo,
nadando en esta muda nada?
¿Quién soy?
¿Soy realmente yo
y aquí es aquí?
¿O no hay allí ni aquí,
y el ahora no es ahora?
No pasa tiempo
ni existe el tiempo.
El oleaje se enfurece,
sigue exhalando su agua en espuma
como un dragón.
La sal del mar relampaguea en los labios
como fuego
en el camino hacia el Hiyaz.
Permanece de pie
como una bandera blanca
entre dos cohortes.
Sus manos sujetan una llaga en el corazón
que crece.
Su puño se curva sobre una lanza
hasta volverse
como las garras de un gato callejero,
mientras se pregunta:
¿Quién soy yo?
¿Un pájaro que juega y nada
en la negrura del alfabeto,
cruzando eternamente?
No tiene existencia en los diccionarios
ni en las palabras de los beduinos del desierto,
olvidado como una noche
sin amor ni amantes.
Ve entre las gaviotas que juegan
una costa
sinuosa como los bordes de las nubes,
y una fortaleza cubierta de hierba
que flota en la niebla
sobre una piel
cálida de significado,
extendida de lamentos.
Rema hacia ella
hasta atracar.
La tierra es verde.
El cielo, una plancha
remachada con brasas.
Las olas apuñalan
como dagas
las entrañas de su embarcación.
Ve a un hombre:
una sombra pálida en la costa desierta,
apoyado en un arco.
La sombra alargada de la fortaleza
lo divide en dos.
Lo observa un instante
y le grita:
—¿Dónde está el camino a Toledo?
Este se levanta, tira de su túnica:
—¿De qué tierra vienes, hombre,
y de qué país?
Le responde:
—Soy Táriq ibn Ziyad.


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