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ACACIA UCETA: “SÓLO EL QUE VIVE VENCE”. VITRUVIO PUBLICA SU ‘POESÍA COMPLETA’. RESEÑA PANORÁMICA DE MANUEL QUIROGA CLÉRIGO

 

 

1 Acacia Uceta en un acto en el Ateneo de Madrid

Acacia Uceta en un acto en el Ateneo de Madrid

 

Crear en Salamanca tiene la satisfacción de publicar esta amplia reseña sobre la ‘Poesía completa’ de Acacia Uceda, escrita por Manuel Quiroga Clérigo (Madrid, 1945). Quiroga es licenciado en Psicología Social y Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense. Crítico literario, prosista, dramaturgo. Antólogo. Colaborador literario. Fundador del grupo poético “Enero” y actualmente Consejero de la Asociación Colegial de Escritores de España. Poemarios publicados: “Fuimos pájaros rotos” (1980), “Sesenta y seis poemas” (1991), “Volver a Guanajuato” (1997), “De Morelia callada” (1997), “Vigía” (1997), “Versos de amanecer y acabamiento” (1998), “Los jardines latinos” (1998), “Íntima frontera” (plaqueta 1999), “Desolaciones tardías” (2000), “Las batallas de octubre” (2002), “Leve historia sin trenes” (2006), “Crónica de aves (El viaje a Chile)” (2006), Los afectos metódicos (2008), Carta de la campa(i)a” (2010) y “Páginas de un diario” (2010). Ha obtenido numerosos premios y reconocimientos.

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Acacia Uceta (Madrid, 1925-2003), dejó una muy interesante obra lírica. El tener reunida su POESÍA COMPLETA publicada por Ediciones Vitruvio, esperemos que con una adecuada distribución, en un excepcional tomo de 395 págs. (Madrid, 2014) nos permite acercarnos a tan importante legado del que, dice el también poeta Jesús Hilario Tundidor en un elegante prólogo, que “La personalidad entrañable de Acacia, de importancia capital en la trayectoria de la Poesía femenina española, hace de su obra una seria aportación al panorama literario poético de la época”, recordando su paso por el Ateneo de Madrid donde, durante muchos años, fue Directora de la sección de literatura, promocionando a poetas, organizando encuentros, facilitando el entendimiento entre creadores, presidiendo homenajes, coordinando seminarios.

 

En unión de su esposo, Enrique Domínguez Millán, ocupó diversos espacios poéticos tanto en la capital de España como en Cuenca, ciudad protagonista de muchos de sus poemas. “El corro de las horas”, de 1961, abre esta recopilación, donde se dan cita el amor, la existencia, los gozos y dolores, penurias y paisajes. “Yo fui pez ciego en el pequeño vaso/-caliente y rojo-de una extraña amada/y giré nueve veces con la luna/por su esfera de barro florecida”. Unos cuantos versos serían suficientes para traer a la memoria a quienes vivieron su poesía o, cosa que pocas veces se hace, mostrársela a quienes no tuvieron ocasión de conocer a tan ilustre autora y escuchar de sus labios tan portentosas creaciones. En “Primera página” escribe: “Me encontré con la vida una noche de mayo/en un cuarto pequeño, igual que un ataúd./El cáncer celebraba sus bodas con un fauno/en la carne doliente del abuelo postrado”. Es una situación premonitoria del tiempo que habría de vivir la autora, ese desgarramiento de su pubertad y adolescencia en una España de temblores y violencias, sofocada por el advenimiento y posterior enrarecimiento de la II República, la insurgencia franquista, la Guerra Incivil, como la denominó Miguel de Unamuno, la postguerra también sangrienta y miserable.

 

Ser poeta, escribir versos sobre tiempos tan tremendos, ya contiene una dosis de valentía y amor a la existencia: ·”Un día tuve quince primaveras/clavadas en la cruz de mi esqueleto…”: es el inicio de “Pubertad” en su apartado “La hora del alba”, poema de gran hermosura donde la mujer se identifica con su propia sinceridad, ante la esclavizada situación del ser humano como parte de la indiferencia y del gozo: (“…yo era una niña triste sin rojas amapolas…”). En otras “horas” hay místicas reflexiones, recuerdos incesantes, espacios de amargura, las alas de la “Ausencia” (“Llueve ceniza./Sigo sin verte./Llueve ceniza/sobre mis hombros,/sobre mis manos,/sobre mi frente…”), inmensas plenitudes (“Ha sonado la hora de las fresas cuajadas…”), la “Súplica”, el asombro…Mucha esperanza aguardaba a la poesía de Acacia Uceta, a ese mundo no indiferente abierto a todas las sensaciones, senderos y vivencias. “Íntima dimensión”, que daría título a un celebrado poemario de 1983, es el poema que abre “Frente a un muro de cal abrasadora”, libro de 1967. Humana confesión, delicada confidencia, historia de un momento, esos versos son parte de un legado fastuoso donde 2 la palabra se eleva a los altares de la inspiración y, desde allí, configura una “Primera estancia” que, luego, daría fantásticas muestras de un preciosista quehacer poético: “Limito al norte con mi frente altiva;/al este, con mi diestra esperanzada;/del oeste me viene esta tristeza,/este ademán de eterna despedida;/ y al sur toco mi tierra y profundizo/en mi oscura raíz indescifrable”. Nada más excelso que la poesía la cual, al unirse a una delicada melodía, puede configurar eternos momentos de belleza y armonía.

 

Por esas rutas circulan los versos de Acacia Uceta de este su segundo poemario, donde florecen ideas evangélicas, reflexiones casi teresianas o intuiciones del propio Juan de Yepes. Véase, al respecto, el “Poema a Cristo”:”Tú puedes, con un gesto, levísimo y sencillo,/volver hacia nosotros otra vez la mirada/y hacer que nos creamos, definitivamente, que tenemos un soplo de tu gracia divina…”, pero más terrenalmente místico es ese “Testamento” en el que la autora se dirige a sus hijos: “Dejo frente a vosotros las auroras/transparentes de Dios y su grandeza/para que os bañéis en ellas las pupilas/antes de la tarea cotidiana”. Son varias estancias; en la segunda aparece una alabanza-recuerdo a Toledo: “La cita se ha cumplido./Mi planta halló tu suelo/y encontró sendas hasta aquí ignoradas/para una firma y larga trayectoria”, a la que sigue una “Carta a mi hijo al cumplir sus catorce años”: “Hoy escucho/los caballos del alba golpeando/con sus cascos de luz en tu ventana”, clamor siempre insuficiente ante la permanencia de la herencia, a veces torturada por la insana sociedad o los innumerables clavos de la tristeza.

 

La “Tercera estancia” comienza con unos versos humanistas, predecibles en un mujer preocupada por un difícil entorno y algunos universos de intemperie: “Voy a cantar al hombre,/al hombre sólo”. “Detrás de cada noche” es un libro de 1970 que, sólo, contiene cuatro poemas discursivos y un final que enlaza con la idea primitiva: “Me asombro de estar viva/de mantener la frente levantada”. Así comienza “La mañana”, maravillada relación de sucesos y temores que cubren la jornada, siempre inacabada, de una persona, que descubre a Dios en los silencios y a los demás en las miradas. “¿Cómo no morí ayer?- se pregunta la autora-/Aquella tempestad, aquella ola/vertical frente a mí,/sin brillo alguno,/¿cómo no me arrastró hacia su seno?”. A partir de ese temor pretérito va apareciendo, la luz del universo, el mundo natural, “¡El mar: ese mar tan suave ahora!”. El alba permite renacer cerca de las aves, el mundo en un espejo, la esperanza.

 

 

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La poesía, así, se hace intensa, tierna casi, frenética. “Se inicia un nuevo canto”, leemos. “Avanza el día”. Y llegan los milagros del sol, de la alegría, de la flor y el paisaje enternecido, de la fuente, el asombro, la belleza, del recuerdo de los días sin nada. Acacia Uceta se sucede a sí misma, reconstruye sus añoranzas íntimas, su espacio de armonías:”Todo comienzo es bello por sí mismo”, dice. Entonces resucita “El mediodía” y ella escribe “Estoy aquí,/donde el amor me trajo…”. ¿Qué más pedir?. A través de metáforas intensas, que recuerdan el espíritu de Góngora eximiéndole de un barroquismo innecesario, nos asomamos a versos espléndidos, a veces cautivos del dolor o la amargura pero, siempre, con la promesa de un espacio abierto a cierto gozo existencial: ”El amor me esperaba. Desde lejos,/extendía incitante/su risueño abanico de arco iris”. Los sentimientos ocupan el centro del día, derrotando los engorrosos cauces de la melancolía, descubriendo lo eterno de un abrazo, condenando a la nada los 3 pasados.”Un silencio dulcísimo nos cerca”, leemos. “En la tarde” aparece alguna desazón, esa carga de las horas confusas. Pero la autora, poeta o poetisa, lo resuelve fácilmente: “Es preciso seguir, no detenerse”. Y lo hace como si un soplo divino la empujara, como si una mano amiga estuviera esperándola. “Quiero seguir la marcha/y trenzar nuevamente/la esperanza y el beso”. Para ello cuenta con la sombra del amor, que, “se ha hecho inmenso”, y siempre estará cerca, allanando el camino, retirando los obstáculos. La tarde es la madurez, la solvencia humana, el momento lúcido y hermoso en que alguien se acostumbra a vivir rodeado de cierto confort y cuando, a pesar, de no perder de vista los horizontes caducos de la oscuridad, aún quedan fuerzas para mantener el vigor, repetir nuevas hazañas, hallar nuevos gozos o heredar otros abrazos.”Coronaré la cumbre/antes que el sol se apague,/porque la sed que tengo/de su luz es tan grande y tan ansiosa,/que apuraré hasta el último rayo/su agonía”. “La noche” no trae demasiados sinsabores si exceptuamos pasajes como el de ese “mar/que vuelve a bramar furioso”. “Habrá un día sin nada,/totalmente vacío”, recuerda la escritora, aunque ya había confesado tener “conocimiento de esta muerte/que aprendí, allá en mi infancia,/entre las bombas y el terror desnudo”.

 

Es la peor sensación, la de la más profunda noche, la que surge del odio innecesario, de la guerra egoísta y asesina. Para los creyentes siempre hay un consuelo, a veces confuso; quienes lo predican tan sólo aportan ejemplos de egoísmo y podredumbre. El miedo sobrecogedor aparece cuando la soledad se hace presente, cuando se materializan todos los abandonos: “Me dijisteis adiós,/me abandonasteis/en el umbral florido/sin asomaros casi,/sin llorar ni afligiros por mi marcha”. Al doblar la página espera una sorpresa: “…Y otra vez el alba” 1976, cuarto parte del volumen: “Al sur de las estrellas”. “Sólo el que vive vence”, escribe Acacia en el último poema, “Desesperado intento”, pero antes, habiendo dedicado el conjunto “A mis padres Acacia y Rafael, a mis hijos Enrique y Acacia, sobre cuyas márgenes de amor levanté el puente de mi vida”, ha dejado espléndidas estrofas. Del “Tronco” nace ese “Testigo enamorado”. “Hablaré del dolor y la alegría…”: lleva sus palabras hasta los lugares silentes de la melancolía pero, siempre, con la certeza de tener cerca el amor aunque sabiendo que “Nadie nos prometió lo que soñamos”, resumen de una vida repleta de sortilegios, acaso incertidumbres, y confianza en que aún hay un minuto para volver “la espalda a tanto miedo”. “Alzada fue la vida”, el siguiente poema, ahonda en ese paso por la existencia, en la necesidad de saber, o tal vez creer, que “Venimos de los fuertes,/de los que consiguieron la victoria/al retener la vida y encauzarla,/de los que a fuerza de ternura y brío/le negaron el pecho al desaliento…”.

 

En “Amados ángeles”, número 131 de la Colección Torremozas de poesía para mujeres, Luzmaría Jiménez Faro, nos dejó impresionantes poemas. El primer verso del último poema titulado “Usted, el ángel de la muerte” dice así: “Usted y yo tenemos una cita”. Igual de tremenda sensación de desconcierto nos deja el poema de Acacia Uceta “Última baza”, perfecta descripción de la indefensión del ser humano ante la eternidad amenazante. “Sé que vas a ganarme la partida,/que la tienes cobrada de antemano:/si me dejas perder será que gano,/si me haces ganar, estoy perdida”. Más adelante, en un suculento poema del apartado “Flor” titulado “Primavera que espero” nos llega la ternura, el instante de todas las delicias: “Una vez más acudiré a la cita./No podría faltar a la llamada./Me asombrará 4 el almendro florecido,/mano tendida de la primavera…”.

 

Y enseguida llegan las imágenes para el fervor, “A Santa Teresa” (“Yo te busco en el fondo de las cosas pequeñas….”), ese “Soneto” limpio que canta al amor de nuevo o “Lejana presencia”, reconociendo, llamando al camarada “de aquella plenitud desvanecida”, síntesis de la comprensión y de todas las cercanías. “Fruto” es un gran apartado lleno de sorpresas y de visiones encantadas, la primera “Balada del Nilo” nos pasea por un mundo impresionante, pacífico, metódico, por “Una ilusión lejana,/un sueño milenario…”, como si el viaje, la presencia en medio del silencio de una antigüedad serena y grandiosa fuera capaz de infundir a la viajera la inmensa alegría de saber que siempre hay algo que perdura y que el gran río, vínculo de civilizaciones, es capaz de seguir “enseñando a los hombres/a sembrar de amapolas el áspero camino”. Mucho se ha hablado de la literatura epistolar, de la correspondencia entre los grandes hombres y mujeres, sean poetas o astronautas; en muchas de las misivas se puede descubrir el valor humano de sus protagonistas y, en otras, únicamente la vana relación de dos personas más o menos afines. “Carta a Carmen Conde”, es una confesión de Acacia Uceta a otra mujer, también izada al universo de las letras por su innegable inspiración y sentido de la belleza. Se refiere Acacia al valor de la palabra que Carmen dirige “a todas las mujeres de la Historia/ofreciendo tu voz, casi tu grito,/a sus gargantas rotas y humilladas”. Y es que, sin nombrarlo, se está hablando de la lucha de las mujeres por ser consideradas en igualdad con el endémico universo de hombres fatuos, de organizaciones que, desde siempre, han tenido en los nombres masculinos sus necesarios guías, sus irascibles patronos, sus depredadores políticos.

 

 

 

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No es momento de recordar la lucha de la mujer para ocupar los puestos que la sociedad le fue negando, en la Universidad, en las empresas, en las Reales Academias (¿por qué reales?). “Con tu libre canción se han liberado/mariposas que nunca/conocieron el sol ni la esperanza”. Tras “Primer ensayo” y “Mínimo destello”, aparece un apartado, “Hoja” con poemas dedicados a un entusiasmo geográfico, Cuenca (“Aquí existe una sangre milenaria,/sabedora de triunfos y de olvidos…), y su entorno, incluido el gran poeta conquense Federico Muelas, a quien dedica un dolorido y afectuoso “(Homenaje póstumo)”: “Tu muerte ha sido, Federico,/la primavera nevada de esta tierra./Bajo el blanco sudario que te cubre,/Cuenca se ha cobijado estremecida”. Ese entorno maravillado de Hoces, casas alucinadas colgadas de los cielos, iglesias incesantes, será ya, y para siempre, un protagonista inmenso, tal vez agradecido, de Acacia Uceta, ¡qué delicia detenerse ante el mito solemne de esa Catedral normanda!, que supo compartir con su esposo y su hija Acacia Domínguez Uceta, también poetas de excelentes aristas y su hijo Enrique, arquitecto que ha hecho descripciones maravilladas de la ciudad y de sus gentes.

 

Ese descriptivo “Soneto a Cuenca” o esos versos de “Anochecer en Cuenca” quedan como muestra del esplendor lírico de una ciudad y del innegable cariño de la autora hacia sus piedras, gentes, aguas, cielos: “A espliego huele la pendiente,/a sorpresa y zozobra mi prisa enamorada”. En “Espina”, apartado o capítulo que contiene varios interesante poemas, vuelve el dolor, el recuerdo ingrato, la soledad perpetua. El escritor nigeriano Wole Soyinka , actualizando a los filósofos Kant y Jaspers decía que “por diminuto que sea el individuo puede contarse entre (quienes) forman la Historia”.

 

Así es; los hombres y mujeres que siendo niños, o adultos, han vivido circunstancias 5 excepcionales se convierten en parte de ellas. Acacia Uceta, en el primer poema de este apartado, “Madrid (Primavera de 1938)” hace un precioso y terrible recuento de su infancia apedreada por una contienda que no era de los ciudadanos, sino de los nefastos políticos republicanos y de los militares insurgentes que asaltaron con las armas en la mano a un gobierno legal. “Los niños,-escribe-/escuálidos, hambrientos,/diminutos fantasmas ateridos,/salimos a la calle/e intentamos jugar desorientados”. Pero, está claro, esos juegos eran algo imposible: “Se puede estar tres años apretando,/cercando a una ciudad sin que se muera./Van cediendo los árboles, las casas,/los débiles primero;/el pueblo se desangra apresurado;/los viejos, los enfermos y los niños/van suavemente al río de la muerte/y el caudal va creciendo, van creciendo…/Faltan la luz, la lumbre,/la sonrisa, el reposo;/faltan la medicina salvadora/y el pan de cada día./Y crecen los incendios,/las cañerías rotas,/las heridas del cuerpo y la esperanza”. Ya no se trata de poesía social como la de poetas como Leopoldo de Luis, Gloria Fuertes, Blas de Otero, Gabriel Celaya sino de un muestrario de violencias que cualquier ser humano, a menos que obre de manera criminal, debe evitar a toda costa pues, posiblemente, el Supremo Hacedor no creó un mundo para la guerra sino para la concordia.

5 Acacia Uceta en Cuenca

Acacia Uceta en Cuenca

 

 

La poesía de Acacia Uceta, parte de su propia geografía, no es más que un testimonio de los tiempos difíciles que algunos jerarcas de la nada instauraron en España para beneficio de su clase y de sus camisas azules y uniformes verdes. El soneto dedicado “A Miguel Hernández”, es delicado, luctuoso, infatigable: “Te arrancaron de cuajo del sendero/cuando yo florecía en alborada./Fue la muerte, lo sé; no digo nada/si no puedo decirte que me muero”. Vuelven los afectos entre poetas, la razón de mantener en alto la palabra, en el largo homenaje “A Pablo Neruda en su muerte”, con su la pasión por la poesía y los poetas como patrimonio de la gente de buen corazón: “Tu presencia se afirma con tu muerte,/se pluraliza/en un coro gigante de campanas”. A veces los dictadores provocan tragedias, destruyen naciones, pero la poesía se mantiene y con ella renacen las miradas. Varios poemas de “Raíz” cierran este capítulo, donde “Anciano” nos deja una semblanza, casi biografía, del ser humano escalando edades y dolores hasta llegar al momento, no imprevisto, de las últimas dudas: “Se acabó el tiempo de avanzar: regresa”. Y llega “Cuenca, roca viva”, el poemario de 1980, quinta muestra de esta “Poesía completa”. Las ciudades, los edenes dorados, los limpios territorios de la mies y el afecto suelen llegar a los poetas de manera impensados. Entonces los hacen suyo, les convierten en protagonistas de sus versos legendarios, de sus sueños posibles.

 

La de Acacia Uceta es una poesía limpia, delicada, musical, enternecida pero, también, muy personal, contaminada por todos los asombros, observadora, trascendente. Todos esos rasgos aparecen en los doce, algunos extensos, poemas que conforman este poemario donde la palabra se hace vitalidad y cercanía. “Todo el cielo es almohada de ese beso,/almohada donde Cuenca/reposará su frente y su ternura”. No será sólo porque el aire de la ciudad es más puro y su entorno más rodeado por las aguas. La escritora transmite su entusiasmo por unos lugares únicos, por esas hoces que recorren los sentidos e inauguran orillas de líricas presencias. En “Hoz del Júcar” “Cuenca se siluetea, oscura y fría”. En el “Paseo por el Parque de San Julián”, la autora rememora, “Busco por este parque encanecido/aquellos niños que mis hijos fueron”. “Mañana de 6 enero” muestra un territorio aterido pero al mismo tiempo grandioso, imprescindible para comprender que en determinador momentos es necesario habitar determinados rincones donde todo es posible.

 

Así lo define Acacia Uceta: “Bajo una copa de cristal volcada/Cuenca, en envuelta en su frío, se adormece”. “Puente de San Pablo” se convierte en el “efímero cauce de la vida” y el soneto dedicado a “Semana Santa”, gloria y tesón de la ciudad antigua, donde creyentes, turistas y nazarenos viven fervores desusados y momentos de místico recogimiento: “El martirio de Dios labra la roca/y hay un canto de amor puro y divino,/tembloroso de anhelo, en cada boca”. “Amanecer frente la hoz del Huécar”, dedicado al infatigable creador y editor Carlos de la Rica. En él una emoción contenida, numerosa, la existencia se eleva hacia los infinitos espacios de la luz y, en el recuerdo, surge “el eco de la voz de Carlos,/sus palabras, levantadas,/pronunciadas aquí, a este cobijo./Canto de libertad/y de otros sueños fueron. “Carretería”, “Tormenta” y “Primavera” ahondan en la historia de algún mundo asombrado, en las flexibles leyendas del paisaje y el afecto, en el detenido rumor de las aguas y la audaz claridad de los cielos, pero es en “Parque cautivo” (“Para Enrique, que nació junto a este lugar”) donde todo se transforma, se hace nido de miel o espacio de espejos; la poesía aquí transcurre incesante, perfecta, como si de una experiencia especial se tratara: “Sentada en este parque/ternísimo y cautivo,/en esta tarde diáfana, sonora,/siento latir sin pausa/el corazón del mundo y su armonía”. “Íntima dimensión”, ya mencionado como libro de 1983, y sexta colección de versos apareció como una creación notoria y bien recibida por la crítica.

 

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Se compone de tres grandes partes de doce poemas cada una en las que la autora, pacientemente, recorre todas las vicisitudes de la convivencia, los estímulos de la amistad y el amor, y, donde, la mujer madura, reconciliada con el mundo de su propia ansiedad, va enmadejando delicados versos libres, melódicos, rotundos, iniciáticos suspiros de soledad o quimeras que pueden transformarse en situaciones capaces de permitir respirando a quienes se enfrentan a su propia realidad. “Esfera” habla de esa dimensión, de algunos “laberintos interiores” y esperanza, del amor esperado y el tiempo perdurable, de tinieblas pretéritas y alegría, de belleza o de lágrimas, de sombras y rocío. “Si me miráis ahora,/no es nieve lo que alfombra mis llanuras/ni escarcha lo que brilla en mi ramaje”. En “Círculo” se dibuja cierta libertad y acontece un ascenso a la luz o el goce de acerca a un “verde esplendor”, al leve discurrir por las mañanas, a la infancia pacífica, al silencio: “Por un mar de tinieblas/se puede navegar y ser alba”. Es como encerrarse en los espacios obligados de la soledad, aunque deseando remontar los instantes cerrados de la incertidumbre por los cuales, casi inadvertidamente, se puede volar hacia lo eterno, hacia los idílicos territorios de la certidumbre: “Buscaba una palabra/para tensar el arco de la vida/y pronuncié tu nombre en primavera”. Espiral” se desliza por los cauces ligeros del recuerdo, por la innegable vitalidad de lo creado: El poema IV es toda una muestra de poesía nítida, de espacio abierto al pasado y premonición de todos los futuros, donde la inspiración se hace historia de la palabra y, con ello, resumen de todos los deseos: “Yo sueño ser tan sólo/sobre la tierra andando/minuto de reposo/o sombra de una nube”. Acuden las certezas de alguna libertad inusitada, de la imprescindible rememoración de lo vivido, de todo aquello que marcó una existencia o significó una 7 ilusión: “Por pequeños jardines de la infancia,/yo, niña sola, eterna,/juego aún a vivir igual que entonces”.

 

“Árbol de agua” de 1987 y séptima colección de versos de ese volumen, es un poemario lúcido, intenso, bien trabajado, repleto de imágenes y de senderos abiertos a todos los confines. De los siete poemas de “Amor”, elegimos el segundo como muestra de una inspirada presencia del afecto más limpio y la ilusión más renovada, del buen quehacer de una autora eficiente, implicada en el ancho espacio en que la compañía puede convertirse en algo más, escalar los momentos de la intimidad y la ternura: “Hablaba de la herida/y rosa la llamaba:/si hablaba de la rosa/olvidaba su nombre/y había que encontrarla/a través del perfume”. En “Absoluto” la legendaria cercanía a lo amado, a lo propio a lo diferente se hace realidad, se convierte en algo más que una promesa, en un rincón de apresuradas voces asaltando las jornadas sin nadie que el amado oculta con su brillo. Eso es lo absoluto, aquello que se identifica con la propia realidad además de saber que se puede volar sobre ella y, así, hacerla más visible; no es sólo la soledad lo que nos aprisiona sino esa timidez que el enamorado demuestra a cada paso: “Puedo estar sola/sin que me abandones”, advierte la mujer, como si una situación de abandono supusiera la vuelta al vacío siempre tan temido. De “Ciencia” surge un grito dolorido, una especial insistencia en retener la pasión encadenada, el fuego contenido que requiere la presencia de dos seres en el mismo minuto, hablamos del abrazo, el gozo, la ternura, algo que existe en los delicados escenarios de la unión y el beso: “Inmensa en el amor que me procuras,/te habito sin sentirme retenida”. “Belleza” camina, de manera consentida por los ámbitos más preciados para la poesía, por esos territorios amables que habita la naturaleza en tantos horizontes de luz y de incansables claridades reclinadas en una libertad desafiante.

 

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La poesía emerge del fondo de la memoria, describe las laderas despiertas bajo el sol de la tarde, la última caricia, los primeros encuentros, la unión de los cuerpos, la mutua compañía: nada más existe después del placer compartido, de las noches pletóricas y el abrazo anhelado. “Gaviota enamorada soy del aire/que sostiene tu amor y mi estatura”. Los ocho poemas de “Encuentro” transitan por ciertas emociones sosegadas, por la obligada permanencia de aquella intimidad largo tiempo deseada: “Tan sólo por el gozo fui a tu encuentro:/desde mi plenitud/quise hallar la frescura en tus laderas/y escondí entre tus juncos/mi cántaro de agua transparente”. Definitivamente el afecto permanece al lado del silencio.

 

La poesía de Acacia Uceta, generalmente libre o compuesta de versos blancos, tiene con frecuencia una colegiada expresión en estrofas rimadas, con preciosos sonetos y en poemas de rima consonante de gran sonoridad y delicadas expresiones. Tantos años ejerciendo el oficio de poeta nos dejaron inextinguibles muestras de la mejor inspiración, claros ejemplos de verdaderas historias contenidas en sus creaciones líricas. Este volumen queda, así, como un interesante testamento literario que no sólo muestra el trabajo de su autora sino que, sobre todo, da una idea de la poesía de su época, que abarca gran parte del siglo XX, con esa infancia vivida en los últimos años del nefasto rey Alfonso XIII, tan inútil como sus antecesores Carlos IV y Fernando VII. Alfonso XIII, al refrendar y acoger al Dictador Primo de Rivera, perdió toda la poca credibilidad 8 que, por entonces, le quedaba a la monarquía como forma de gobierno. Siguieron los días convulsos de la II República, audaz intento avalado por las urnas de modificar un estado de cosas repleto de injusticias y carencias pero cuyo ciclo quedó incompleto, desembocando en una guerra sangrienta fue capaz de robar la infancia y la adolescencia a todos los niños de su tiempo. Vivir el franquismo, con todas sus consecuencias, en un ámbito difícil y con la poesía siempre mediatizada por grupos ignorantes, por políticas represoras y por difíciles experiencias, se fue convirtiendo en jornadas, en años, de un heroísmo poco apreciado.

 

La larga etapa del franquismo fue engendrando deseos de libertad imprescindible y, con ellos, la poesía se fue haciendo entre contestaría y personal. Sólo la superación del Régimen, la llegada de un nuevo Borbón implantado por el general insurgente y no elegido por el pueblo, la transición siempre amenazada y cierta consolidación de no todas las libertades, permitieron a los escritores, poetas, escritores, actores, artistas empezar a disfrutar de una situación en que su capacidad de expresión parecía tener la independencia que se les había estado negando. Acacia Uceta consiguió remontar, como persona y como activa creadora, todas esas etapas y dejar una obra consolidada, pocas veces igualada sin necesidad de buscar comparaciones.

 

 

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Recordemos al respecto la insoslayable afirmación de Jesús Hilario Tundidor: “Bien sabe Acacia que lo esencial del hombre es permanecer, seguir estando en el mundo, desviviéndolo y desviviéndose, sentir la vida y sentirse vivir. Dos libros póstumos contiene esta reunión de versos. El primero de 2004 es “Calendario de Cuenca”, otra vez “Cuenca:/Puerto de un mar de piedra innavegable/donde tengo mis anclas sumergidas”. De una manera excelsa la geografía se hace verso, los itinerarios se convierten en pasión, lo cotidiano se eterniza. “Cuenca es-dice Acacia-una canción desesperada/que eleva su ternura hasta la roca,/rumor de agua, melodía eterna/bajo el duro silencio de la piedra”. Y, sí, hasta la piedra se hace sonora, inaugura alturas y penetra en el corazón de las gentes, descubre la maravilla del mundo siendo parte del cielo, presta sus espacios de roca y andadura a las aves y permite a los seres humanos penetrar en su abrupto paisaje para amarlo y, desde la lejanía, necesitarlo siempre. “Cuenca es una plegaria renovada/sin conseguir llegar hasta el cenit”. Sí, excelsitud es lo que domina el espacio abierto de nubes de algodón y caminos del aire, como sucede en otros lugares en que el hombre se empeña vivir en casas colgadas en territorios del viento y la grandeza: Arcos de la Frontera, Frías, Albarracín, Sepúlveda, Morella…Un recorrido por todas las estaciones, por los meses amables, por las calles volátiles de los enamorados nos conducen a un último y ejemplar poema: “Sólo diré tu nombre en Primavera”: “Tu nombre por mi sangre/despierta cataratas/de amapolas dormidas/y no he de permitir que el viento helado/haga abortar su fuego/sin llegar a la vida”.

 

A finales de los años sesenta y comienzos de la década siguiente el poeta Alberto Álvarez Cienfuegos reunía en la Casa de Granada de Madrid a todos los poetas que quisieran acudir en unas largas veladas denominadas “Aquelarre poético”, en cuyos conventículos podían leer sus versos, e incluso se imprimieron varios números de una revista con las tapas rojas en las que incluía la última poesía del momento, como los versos de la “Beat Generation” americana, autores escasamente ejemplares por cierto. 9 En una de aquellas noches resultó memorable la intervención de Acacia Uceta recitando un poema dedicado a su hija, que entonces contada pocos años: “…te quiero blanca como el cisne/sobre las aguas turbias de la vida,/transparente luz, limpia de sombra,/con las alas abiertas y extendidas./Te quiero flor altiva, inmarchitable,/por encima del tiempo y de las cosas./Por encima del lodo y de la brasa,/te quiero cisne y pétalo de rosa”.

 

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Ese poema, como otros dedicados a los padres, esposo, hijos, nietos, cierran un emotivo capítulo de la tercera parte del otro libro póstumo, noveno de esta colección, denominado “Memorial de afectos” y datado en 2004. Hemos de decir que por leer este sólo poemario ya habría merecido pasear por la poesía aguerrida, infeliz y esperanzada de esta poeta sublime y, a estas alturas, escasamente apreciada, recordada y nombrada. De este conjunto de versos sorprendidos nos quedamos con el primer poema del apartado “Los poetas” dedicado a la Santa de Ávila (“¡Qué fusión de horizontes infinitos!”), aunque no dejemos de anotar los que tienen como protagonistas a Vicente Aleixandre (“Conocimiento puro,/con el primer temblor de la alborada…”), Jorge Manrique (“Del mirlo y la cigarra fuiste hermano”), Miguel Hernández, siempre tan recordado por los poetas de toda índole, sean de derechas o izquierdas o de la dolorida pluma (“Tú has sido la semilla/derramada sin tregua,/la enamorada mano/que acaricia el torso de la patria”), Ángela Figuera (“Viento y savia enlazados/trenzaron sobre el tiempo su mensaje/levantando del polvo la semilla”), Antonio Machado (“Pienso en ti como pienso en la mañana,/en el jardín cautivo de mis juegos/y el perfil de mi madre en primavera”), León Felipe (“Yo encontré en tu decir la patria mía,/la que en fuego de amores se desgrana”), Carlos de la Rica (“Compartir la belleza y su misterio/en el bosque dormido de los días…”), Blas de Otero (“En desolada plenitud vivías,/en desolada plenitud cantabas”), Ángel Crespo (“Tus libros en mis manos/ordenan la emoción, abren ventanas…”, Jorge Guillén (“El tiempo va alargándose en tus manos”), Manuel Martínez Remis (“Hay cristales brillando en la memoria…”). “Los otros”, segundo apartado, ya son los referidos músicos, artistas, el minero Agustín Rueda (“La libertad cantaba por tu pulso…”) o el recuerdo memorable de ese “Don Quijote, Caballero Andante” a quien llama “Peregrino sin tierra ni reposo”.

 

Al final en “Otros poemas” aparecen dos emotivas e inspiradas creaciones bajo los títulos “Canto por la paz” donde leemos “Hay un mundo futuro/que espera vuestro esfuerzo/para sembrar el orbe de alegría”, y “Pleamar en la frente:”Sólo pido una playa solitaria/donde apagar mi último destello”.

 

San Vicente de la Barquera,

10 Otra imagen de Acacia Uceta en el Ateneo

Otra imagen de Acacia Uceta en el Ateneo

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