Poemas del israelí Ronny Someck. Selección de A. P. Alencart

 

Es motivo de satisfacción para Crear en Salamanca el publicar esta muestra antológica de un notable poeta como es Ronny Someck. Agradecemos a Alfredo Pérez Alencart, profesor de la Universidad de Salamanca y poeta, por hacernos conocer la atractiva obra de este autor contemporáneo.

 

Pinturas de Miguel Elías

 

 

 Los-poetas-Alfredo-Pérez-Alencart-y-Ronny-Someck-foto-de-Jacqueline-Alencar

 

Fue por generosidad de Margalit Matitahu (Tel Aviv, 1935) que pude conocer a Ronny Someck (Bagdad, Irak, 1951). Cuando un poeta está seguro de su obra, de cierto que no encalla en mediocridades ni evita la comunicación entre otros compañeros. Y Margalit es una poeta inmensa, como ya lo he manifestado en varias ocasiones. No sólo me lo presentó sino que fue mi cordial traductora, entusiasta al ver la cordialidad que Ronny mostraba conmigo. Fue el lunes 28 de abril en Meghar, una aldea árabe de población mayoritariamente drusa, en las montañas de Galilea, donde estábamos participando en el XV Festival Internacional Nisan de Poesía.

 

Y como él mencionó a Manuel Forcano, quien le había traducido y publicado un libro en catalán, me puse a buscar aquí y allá poemas suyos. Y encontré un manojo de textos que Forcano había versionado del hebreo al castellano, la mayoría de ellos relacionados con la tierra árabe donde había nacido y de donde tuvo que salir a los dos años, al ser expulsados sus padres cuando empezaron la persecución y acoso de los judíos allí instalados. Los bombardeos del año 1991 sobre la capital iraquí hicieron que Ronny, premiado y reconocido con importantes galardones, tratara de reunir los eslabones que vinculaban esos primeros años iraquíes y los primeros en tierra de Israel, alojados en campamentos de refugiados. Él se precia de esa dualidad existencial, entre lo árabe y lo judío. Y también dice, sobre sus gustos tan variados, fruto de la mezcla cultural: “Toda mi vida he intentado construir un puente entre Oriente y Occidente, mezclar arak con whisky. Y éste es el motivo del arabista”.

 

Agradezco a Manuel Forcano, en primer término, por estas versiones que nos permiten degustar de la mejor poesía de Someck. Tambien a Jordi Font Estrela, Orna Stoliar y Juan Zapato, por las traducciones suyas que he seleccionado para esta muestra.

 

A.    P. Alencart

 

 Someck retratado por Morag Kligvasser

 

 

1)      Traducciones del hebreo al castellano de Manuel Forcano

 

 

Canción patriótica

Soy un iraquí-pijama, mi mujer es rumana

y nuestra hija es el ladrón de Bagdad.

Mi madre continúa cocinando con agua del Tigris y del Éufrates,

mi hermana ha aprendido a hacer pirushquis de la madre rusa

de su esposo.

Nuestro amigo, un marroquí de navaja, clava un tenedor

de acero inglés en un salmón crecido en las costas de Noruega.

Todos somos obreros en el paro despedidos por los defectos

de la torre que quisimos construir en Babel.

Todos somos las lanzas afiladas que Don Quijote levantó

contra los molinos de viento.

Todos continuamos escupiendo a las estrellas deslumbrantes

un momento antes de que la Vía Láctea

se las trague.

 

 

Bagdad, febrero del 91

Por estas calles donde ahora caen bombas, empujaban mi cochecito

de bebé. Las chicas de Babel me pellizcaban las mejillas

y hacían volar sus manos como hojas de palmera

sobre el vello rubio de mi pelo.

Lo que ha quedado desde entonces, se ha oscurecido mucho,

como Bagdad

y como el cochecito desalojado del refugio

en estos días de espera antes de otra guerra.

Oh, Tigris, oh, Éufrates, serpientes amables en el primer mapa de mi vida,

cómo habéis cambiado de piel hasta convertiros en víboras.

 Poema de amor pirata

Si con unas tijeras recortas las olas del mar

descubrirás sólo agua

y los restos de una nave fenicia

donde una vez fui muchos esclavos.

El látigo que chasqueaba en mi espalda

tenía la forma de tus manos,

y tu voz ordenando ¡rema! ¡rema! era afilada

como un hacha partiendo los remos.

Entonces quería que el amor se izara como una calavera

en una bandera negra, igual que en un barco pirata.

Alguna cosa robada,

alguna cosa arrancada de tu cuerpo.

 

El Paraíso del Arroz

La abuela me prohibía dejar arroz en el plato.

En vez de hablarme del hambre de la India y de esos niños

de barriga hinchada y boca abierta de par en par a cada grano,

reunía los restos en el centro del plato arañándolo

con el tenedor, y con casi lágrimas en los ojos

me explicaba cómo el arroz no comido subiría

a quejarse ante Dios.

Ahora ella ya murió, y me imagino la alegría del encuentro

entre su dentadura postiza y los guardianes de espadas alzadas

en la puerta del Paraíso del Arroz.

Al pasar, le extenderían una alfombra de arroz rojo

y un sol de arroz amarillo teñiría

la blancura hasta de los cuerpos más bellos del Jardín.

Mi abuela frotaría con aceite de oliva la piel de cada grano

y los haría resbalar uno a uno a las cazuelas cósmicas de la cocina de Dios.

Abuela, me apetece decirle, el arroz es una concha bien cerrada

y tú te has escapado como ella

del mar de mi vivir.

 

 

 

portada del libro «El Paraíso del arroz»

 

UN POEMA EN PAPEL DE LIJA

 

Fairuz eleva los labios

hacia el cielo

para que una lluvia de jazmines caiga

obre todos aquellos que conoció

y nunca supo que la amaban.

La escucho en el Fiat de Muhámmad,

por la noche en la calle Ibn Gabirol.

Una cantante libanesa en un coche italiano

de un poeta árabe de Baqa al-Garbía

en una calle que lleva el nombre de un poeta judío

que vivió en Sefarad.

¿Y el jazmín?

Caerá del cielo durante el fin del mundo,

pero podría ser por unos instantes

el semáforo

en verde

en el siguiente cruce.

 

 

Bagdad

Con la misma tiza con que un policía marca un cadáver en la escena del crimen

yo marco los límites de la ciudad donde nací.

Interrogo testigos, exprimo de sus labios

gotas de aguardiente, y espero que den un paso en falso en la danza

del pan que mojan en el plato de la crema de garbanzos.

Cuando den conmigo, me rebajarán un tercio de la pena por buena conducta

y me encarcelarán en el pasillo de la voz de Salima Murad.

En la cocina de la prisión, mi madre freirá el pescado

que la abuela pescó en el río y me explicará la palabra «Pescado»

escrita en el letrero enorme que cuelga en la puerta de su nuevo restaurante.

El que venía a comer ahí recibía un pescado del tamaño de una aguja

hasta que uno de los clientes pidió al amo del local que empequeñeciera

el letrero o que agrandara el pescado que servían.

El pescado pinchará con sus espinas, estampará

la mano que ha raspado sus escamas, y ni siquiera

el aceite hirviente en la paella de la investigación

le arrancará una palabra de clemencia.

La memoria es un plato vacío con la piel llena de marcas

de cuchillos.

 

 

נקמת הילד המגמגם

 

הַיּוֹם אֲנִי מְדַבֵּר לְזֵכֶר הַמִּלִּים שֶׁפַּעַם נִתְקְעוּ לִי
בַּפֶּה,
לְזֵכֶר גַּלְגַּלֵּי הַשִּׁנַּיִם שֶׁפּוֹרְרוּ הֲבָרוֹת
מִתַּחַת לַלָּשׁוֹן וְהֵרִיחוּ אֶת אֲבַק הַשְּׂרֵפוֹת
בָּרֶוַח בֵּין הַלֹּעַ לַשְּׂפָתַיִם הַחֲשׁוּכוֹת.
חָלַמְתִּי אָז לְהַבְרִיחַ אֶת הַמִּלִּים שֶׁנֶּאֶרְזוּ כְּסְחוֹרוֹת גְּנוּבוֹת
בְּמַחְסְנֵי הַפֶּה,
לִקְרֹע אֶת אֲרִיזוֹת הַקַּרְטוֹן וְלִשְׁלֹף אֶת
צַעֲצוּעֵי הָאלף-בית.
הַמּוֹרָה הָיְתָה מַנִּיחָה יָד עַל כְּתֵפִי וּמְסַפֶּרֶת שֶׁגַּם מֹשֶה
גִּמְגֵּם וּבְכָל זֹאת הִגִּיעַ לְהַר סִינַי.
הָהָר שֶׁלִּי הָיָה יַלְדָּה שֶׁיָּשְׁבָה
לְיָדִי בַּכִּתָּה, וְלֹא הָיְתָה לִי אֵשׁ בִּסְנֵה הַפֶּה
כְּדֵי לְהַבְעִיר, לְנֶגֶד עֵינֶיהָ,
אֶת הַמִּלִּים שֶׁנִּשְׂרְפוּ בְּאַהֲבָתִי אוֹתָהּ.

 

 

LA VENGANZA DE UN NIÑO TARTAMUDO

 

Hoy hablo en memoria de las palabras que una vez
se me encallaban en la boca,
en memoria de los dientes con ruedas que trituraban sílabas
bajo la lengua con ese olor de polvo chamuscado
entre las mandíbulas y los oscuros labios.
Entonces soñaba con deshacerme de las palabras empaquetadas
como mercancías robadas y almacenadas en la boca,
desgarrar los embalajes de cartón y destapar
los juguetes del alfabeto.
La maestra ponía su mano en mi hombro y me consolaba diciendo
que también Moisés tartamudeaba y a pesar de eso había llegado al Sinaí.
Mi Sinaí era la niña sentada a mi lado
en la clase, y yo no tenía fuego en la zarza de la boca
para encender a su vista
las palabras que habían quemado de amor por ella.

 

 

 Alencart-Matituahu-y-Someck-en-Galilea-foto-de-Jacqueline-Alencar

 

 

2) Traducciones de Jordi Font Estrela (2006)

 

BLOODY MARY

 

La poesía es la chica de unos gángsters

en el asiento trasero de un coche americano.

Los ojos apretados como un gatillo. El revólver de su pelo dispara

balas rubias deslizándose por el cuello.

Pongamos que se llama Mary, Bloody Mary.

En la boca aprieta las palabras como el zumo del vientre del tomate

al que antes le han partido la cara

en la ensaladera.

Sabe que la gramática es la policía de la lengua

y que la antena del pendiente

identifica de lejos la sirena.

El volante hace girar el coche, de un interrogante

a un punto,

y ella abre la puerta

para quedarse de pie en los márgenes del camino, como metáfora

de la palabra

puta.

 

 

MARIPOSA

 

Tenía ojos Röntgen que veían a través de las paredes

hasta que alguien tomó entre los dedos una mariposa y pensó:

—Si sabe lo que tengo en la mano, preguntaré si está vivo o muerto.

»Si dice vivo, la aplastaré con los dedos.

»Si dice muerto, los abriré, y al volar verá que se ha equivocado.

El que tenía ojos Röntgen la identificó de inmediato y a la pregunta de si

la mariposa estaba muerta o viva,

respondió: —La cosa está en tu mano.

Por eso una mariposa no es de fiar, como soltar palomas o tirar los dados.

Cuando vea una de vivos colores que baja a chupar el néctar

de los parterres perfumados plantados en tu cuello,

diré:

—La cosa está en tu cabeza.

 

 

CABALLOS. VISTA PANORÁMICA DE LOS PIRINEOS

 

Al amanecer, los caballos vienen a tumbarse

en un extremo de la manta de nieve que Dios ha extendido

sobre la hibernación de las montañas.

El galope lo han dejado en el establo

y en las manecillas del reloj de la Creación

el tiempo, como las herraduras, se ha congelado.

 

 Pintura de Miguel Elías

 

 

POESÍA DESDE EL CORDÓN UMBILICAL

 

El cordón umbilical cuelga de la nave materna

y el feto que revolotea desde la temperatura del vientre

a la sábana verde sobre una cama del hospital

sabe, como cualquier astronauta, dirigir el telescopio de sus ojos

a la Vía Láctea.

El pezón abre el cráter del primer volcán de su vida,

la lava cubre las colinas de los labios por debajo de

los riscos de la nariz

y los ríos de las orejas.

Una tierra nueva, que saludo con una brasa en las manos,

como saludaron a Colón, junto a una tribu taíno, los jóvenes indianos.

 

TRIGO

 

Un campo de trigo se orea en la cabeza de mi mujer y en

la de mi hija

Qué banal describir de este modo el rubio,

a pesar de todo, ahí crece el pan

de mi vida.

 

 

CÓMO SABER LA EDAD DEL CABALLO.  POESÍA DE AMOR

 

La forma habitual de saber la edad del caballo es observarle los dientes.

A los seis meses tiene cuatro incisivos.

A los dos años tiene seis, que continúan creciendo hasta

que cambia los de leche por los definitivos.

A los diez años aparece una melladura en los incisivos posteriores y llega

a la mitad del diente cuando el caballo tiene quince años. Desde los

veinticinco la melladura empieza a desaparecer poco a poco.

La forma habitual de saber la edad del amor es observarle los dientes de leche.

Una pequeña cicatriz indicará lo que ha sido abandonado o extraído.

 

 

 

 

3) Traducción de Orna Stoliar

TRABAJO ÁRABE

 

Con qué hebra habrá de tejerse el estandarte de la manifestación
de las trabajadoras textiles de Dir Hana.
En los anales arañados junto a las palmeras, una gota de sudor corre
como un barco de esclavos hacia la bahía de las cicatrices en las uñas.
Evoco los primeros años de mi madre en este país.
Una nueva inmigrante sentada en la sala de las máquinas de coser de la fábrica «Rékem».
Sus cejas estaban fruncidas como un ovillo de hilo,
El dedal es el casco de guerra y la aguja es la espada que perfora las entrañas de la tela
con la cual se cose ropa de fiesta,
monos para los obreros
y el pañuelo para una lágrima.

 

3) Traducción de Juan Zapato

 

EL CATÁLOGO ROJO DE LA PALABRA OCASO

 

Un poeta francés ve enrojecer el sol
y exprime de uvas de nubes el color del vino.
Un poeta inglés lo compara a una rosa
y el hebreo, a sangre.
Oh tierra mía, tierra que clava labios caníbales
en el cuello virgen del ocaso,
con los remos del miedo cosidos a lo largo de mis brazos,
en el arca de mi vida bogo, como No,
hacia el Ararat.

 

 

 

 

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