‘PABLO NERUDA, DESANDADOR DE GEOGRAFÍAS’, ENSAYO DE GABRIEL JIMÉNEZ EMÁN

 

 

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 El poeta Pablo Neruda

 

 

Crear en Salamanca se complace publicar este ensayo de Gabriel Jiménez Emán (Caracas, 1950), escritor venezolano destacado por su obra narrativa y poética, la cual ha sido traducida a varios idiomas y recogida en antologías latinoamericanas y europeas. Vivió cinco años en Barcelona y ha representado a Venezuela en eventos internacionales en Atenas, París, Nueva York, México, Sevilla, Salamanca, Oporto, Buenos Aires, Santo Domingo, Ginebra y Quito.

 

 

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Cada vez que por algún motivo pienso en Pablo Neruda, siempre me hago de él la idea de un gran renovador de la poesía nuestra. Digo nuestra y digo poesía hispanoamericana, castellana, chilena o venezolana. Neruda trajo aires de innovación a nuestra lengua literaria de tal modo que alimentó por igual a narradores, ensayistas, poetas y hasta a pensadores y políticos. En verdad, su figura es de las que han crecido en el tiempo. No se ha quedado estancada representando a una sola tendencia, pues Neruda es uno de los poetas que más influencias diversas ha recibido: surrealismo, poesía política, neo romanticismo, creacionismo, vanguardismo, postmodernismo, poesía épica, vitalismo, poesía narrativa, coloquialismo y minimalismo. Yo lo puedo comparar con Picasso, que experimentó con todo tipo de tendencias y lenguajes sin perder el suyo, creando una impronta personal y un modo de decir, un frisson, para quienes lo leímos a los veinte o veinticinco años estoy seguro de que constituyó una especie de sismo, un magma verbal que podía meter en sus poemas cualquier cosa humana, natural o divina. Su libro Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924) fue publicado cuando Neruda apenas tenía veinte años, y en éste 2004 se cumplieron cien de su nacimiento.

 

Que un hombre tan joven alcance la madurez en la poesía de tema amoroso, no puede atribuirse a otra cosa que al genio. En un terreno tan fácil para naufragar en cursilerías y reiteraciones, clisés y artificios como el amoroso, el joven Neruda sale airoso gracias a una expresión cristalina, desenfadada, sincera, que hace que estos poemas de amor se lean sin cepos, sin ripios, con una fuerza que los coloca en la vanguardia de su tiempo, para inaugurar un romanticismo de nuevo cuño. Sin embargo, posee la suficiente perspectiva para observarse, y no reincidir ni en el mismo tema ni en el mismo tono,  e ir creando, sucesivamente, con nuevos libros e inflexiones, una obra que con el tiempo se iba a convertir en esencial para la poesía de América.

 

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Neruda de espaldas, estatua

 

Antes de Veinte poemas de amor Neruda había publicado Crepusculario (1923) y después de éste Tentativa del hombre infinito (1925) y el Hondero entusiasta (1933), libros que intentan  transgredir las entonaciones puramente románticas para ir en busca de un tono más existencial.

 

Veamos cómo se expresaba Neruda en sus Veinte poemas:

 

Para que tú me oigas

mis palabras

se adelgazan a veces

como las huelas de las gaviotas en las playas

collar, cascabel ebrio

para tus manos mansas como las uvas.

 

La transparencia de las imágenes habla por sí sola, y también, por supuesto, la osadía de las mismas, donde el amor sirve de pretexto para describir un paisaje. Esa descripción de paisajes y geografías que no le abandonaría nunca.

 

En Tentativa del hombre infinito se observa un matiz distinto: imágenes torrenciales, surreales, metáforas complejas y elaboradas:

 

ciudad desde los cerros en la noche los segadores duermen

debatida a las últimas hogueras

pero estás ahí pegada a tu horizonte

como una lancha al muelle lista para zarpar

 

(…)

 

árbol de estertor candelabro de llamas viejas

distante incendio mi corazón está triste

sólo una estrella inmóvil su fósforo azul

los movimientos de la noche aturden hasta el cielo

 

(…)

 

En éstos el eco del surrealismo es evidente: un verso sin pausas, sin comas, sin puntuación, completamente libre, pleno de imágenes fosforescentes, aun cuando no han encontrado un estilo propio.

 

 

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 Pablo Neruda por Alejandro Cabeza

 

Pero es en Residencia en la tierra (1931) donde Neruda consigue un primer logro consistente: el verso sigue siendo libre pero con puntuación y pausas, persiste la presencia de una gran osadía metafórica y de símiles contrastantes,  donde consigue un estilo definitivamente personal. En todos los poemas se experimenta como una vibración sonora, con cláusulas precisas, encabalgadas, zurcidas con un hilo sonoro asombroso:

 

como cenizas, como mares poblándose

en la sumergida lentitud, en lo informe,

o como se oyen desde el alto de los caminos

cruzar las campanadas en cruz

teniendo ese sonido ya aparte del metal

confuso, pensando, haciéndose polvo

en el mismo molino de las formas demasiado lejos,

o recordados o no vistas,

y el perfume de las ciruelas que rodando a tierra

se pudren en el tiempo, infinitamente verdes.

                                               (“Galope muerto”)

 

Los más celebrados poemas de Neruda se hallan quizá en este libro: “Arte poética”, “Tango del viudo”, “Sólo la muerte”, “Walking around”, “Entrada a la madera” y otros que definen significativamente ya la voz del poeta:

 

Tengo la misma sed ausente y la misma fiebre fría

un oído que nace, una angustia indirecta

como si llegaran ladrones o fantasmas,

y en una cáscara de extensión fija y profunda,

como un camarero humillado, como una campana un poco ronca,

como un espejo viejo, como un olor de casa sola

en la que los huéspedes entran de noche perdidamente ebrios

y hay un olor de ropa tirada al suelo y una ausencia de flores

(…)

                                               (“Arte poética”)

 

Los versos citados pertenecen a un “Arte poética” que no se parece a ninguna otra escrita antes, pues nos hace una declaratoria directa de cómo debe hacer el poeta su poema; se convierte en una sola elipsis, en una imagen sugerida o abstracta de lo que debe responder su propia poesía. En una segunda edición de Residencia en la tierra (1935) se insiste en este mundo complejo, apretado de cosas y de sentimientos dispares que a primera vista luce caótico pero más bien es fragmentario, yuxtapuesto, huidizo y simultáneamente envolvente.

En Tercera residencia (1947) la temática es otra: la guerra civil de España (1936), donde descuellan los poemas “Himno a las glorias del pueblo en guerra”, “Reunión bajo las nuevas banderas”. Tales poemas anuncian con precisión cuál va a ser el talante épico de nuestro poeta, su dominio de la historia y su recreación en el texto, lo cual va definir después una de las líneas mayores de Canto general (1950). Este libro viene ser otra de sus obras esenciales, pues nos muestra de modo cabal las posibilidades del lenguaje nerudiano: encabalgamiento de cláusulas para mezclar materias disímiles, síntesis de lo heterogéneo, de lo desintegrado y aún de lo caótico en un verso libre, narrativo, que describe y pinta a la vez que reflexiona, metaforiza y desnuda, que mezcla elementos dispares contra cualquier voluntad purista, que cambia de libro en libro buscando diversidad de abordajes temáticos, y puede pasar del ensimismamiento y la contemplación al exteriorismo; de la ruina a la construcción ideal de mundos; arropa constantemente con un ritmo atropellado y una respiración agotadora, como un manantial de palabras manando y buscando su cauce por cualquier vertiente. Hay quienes lo han visto como una construcción cosmogónica de América; otros, como una épica de los emblemas y símbolos americanos; acaso como la empresa poética más ambiciosa que se haya realizado acerca del Nuevo Continente, sus luchas, sus batallas, sus mitos, sus emblemas y también sus símbolos que trasuntan la esperanza de nuestros pueblos de la América Hispana, de nuestros pueblos indo y afroamericanos, ahora llamados nuestroamericanos,  empresa que invita a una reflexión sobre nuestro pasado, pero también sobre nuestra circunstancia actual y nuestro devenir.

 

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El fragmento más célebre de Canto general es probablemente “Alturas de Macchu Pichu”. Se trata, en efecto, de una descripción admirable del monumento inca:

 

Alta ciudad de piedras escalares

por fin morada del que lo terrestre

no escondió en las mordidas vestiduras.

En ti, como dos líneas paralelas,

la cuna del relámpago y del hombre

se mecían en un viento de espinas,

madre de piedra, espuma de los cóndores.

Alto arrecife de la historia humana.

Pala perdida en la primera arena.

(…)

 

Otros poemas de este libro como “Lámpara en la tierra” –que celebra la vida americana en 1400— y “El gran océano” hablan soberbiamente de esa capacidad que posee Neruda para llegar a la minucia, al detalle, con su voluntad de describir el movimiento de las cosas como si se estuviesen produciendo en el momento de la lectura. Pero hemos dicho ya que Neruda es un poeta de contrastes, que gusta de ponerse a prueba. Y es así como él asume los libros que son como una antítesis formal de Canto general, tales como Odas elementales (1954) y Nuevas odas elementales (1955). Aquí el poeta se detiene justamente en lo contrario: lo sencillo, lo cotidiano, y lo hace ironizando  la función clásica de la oda, para ponerla al servicio de un canto a las cosas, a los objetos, los elementos, a los estados de ánimo: desde una oda al aire libre, a una alcachofa o a una bicicleta; u odas a fenómenos tan dispares (en este caso casi insólitos para ser cantados) como la crítica o la envidia.

 

Las Odas varían en extensión: las hay extensas –como la dedicada a la envidia, todo un tratado en verso— o breves como la “Oda a la flor azul”. Los versos de las odas suelen ser lacónicos -–hasta de una sola palabra— y poseen una libertad expresiva extraordinaria: narran historias o sucesos, hacen crónica, cuentan, cantan, celebran o entristecen, –o hacen todo ello junto– pero con un factor común: la fluidez, el ritmo poético sostenido y sobre todo la cadencia natural hacia los elementos en íntimo contacto con la experiencia humana. Cualquiera de estas Odas pudiese ilustrar ahora lo que digo:

 

Yo escribí cinco versos

uno verde

otro era un pan redondo

el tercero una casa levantándose

el cuarto era un anillo

el quinto verso era

corto como un relámpago

y al escribirlo

me dejó en la razón su quemadura

(…)

            (“Oda a la crítica”)

 

 

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Pablo Neruda

 

Tres libros de odas escribió Neruda, para luego componer un Estravagario (1958). Palabra inventada que llega con reminiscencias de extravagante. Contiene poemas de tono existencialista, confesional. El Yo poético es torrencial y dividido, terrenal y diseminado, pertenece la naturaleza, aunque reflexiona hacia adentro también, se inquiere sobre un lugar en el mundo y desperdiga su canto por todos los caminos, en acabados poemas como “Pido silencio”, “Vamos saliendo”, “Aquellos días”, “Adiós”, “París”, “No me hagan caso”. En este libro Neruda se cumple como poeta viajero, desandador de geografías. En el aparte intitulado Navegaciones y regresos vuelven las odas (a las cosas, al gato, a la campana). A mí me gusta especialmente la “Oda al gato”, me parece una joya. Cito brevemente un fragmento de éste:

 

Oh pequeño

Emperador sin urbe

conquistador sin patria,

mínimo tigre de salón, nupcial

Sultán del cielo

de las tejas eróticas,

el viento del amor

en la intemperie

reclamas

Cuando pasas

 pasas

cuatro pies delicados

en el suelo,

oliendo

desconfiado

de todo lo terrestre

porque todo

es inmundo

para el inmaculado pie del gato

(…)

 

Repaso sus Cien sonetos de amor, Las piedras de Chile, Cantos ceremoniales, Plenos poderes, Memorial de Isla Negra, Las manos del día, Aún, Fin de mundo, Defectos escogidos, El mar y las campanas, El corazón amarillo y otros poemas suyos presentes en una selección antológica de su obra; le veo en fotos con amigos entrañables, con  Rafael Alberti, con su mujer Matilde Urrutia, en aquellos años sesenta y setenta. Recibiendo el Premio Nobel en 1971. Evoco la publicación de sus memorias Confieso que he vivido, una delicia de lectura que disfruté por aquellos años ochentas. Recuerdo a Vicente Gerbasi y a Salvador Garmendia hablando sobre él en bares de Caracas. Vicente le imitaba con humor mientras recitaba su poesía. Es claro, por ejemplo, el influjo de Tentativa del hombre infinito en el poema Salamandra, de Octavio Paz. Solíamos compararlo con Whitman, por su libertad de espíritu.

 

Reconocemos en Neruda a un poeta mayor, donde no hay contradicción entre reflexión y celebración, entre libertad y compromiso, entre fugacidad y permanencia. Lo leo sin pasiones preconcebidas ni filosofías previas y puedo valorarlo más, le disfruto en su lágrima o su sonrisa, sin que sea imprescindible hacer alardes conceptuales ni reflexiones anteriores a la poesía, digamos, sin que sea necesario acudir a su credo comunista o a su posición ideológica, aunque éstas posiciones de hecho le ennoblecieron aún más en el ejercicio de su humanidad.

 

De su breve libro Aún, publicado el año 1969 y que leí en 1970 en una edición española cuando yo contaba apenas veinte años, releo aquel bellísimo poema segundo:

 

Cada uno en el saco más oculto guardó

las alhajas perdidas del recuerdo,

intenso amor, noches secretas o besos permanentes,

el trozo de dicha pública o privada.

Algunos, retozones, coleccionaron caderas,

Otros hombres amaron la madrugada escarbando

Cordilleras o témpanos, locomotoras, números.

Para mí la dicha fue compartir cantando,

alabando, imprecando, llorando con mil ojos.

Pido perdón por mi mal comportamiento:

no tuvo utilidad mi gestión en la tierra.

 

Esa inútil utilidad del poeta, su breve paso terrenal, su residencia cósmica en la tierra, cantando: hice este texto mío durante mucho tiempo, como si fuese mi arte poética personal, y encuentro al cabo de los años que lo puedo hacer mío, aún.

Neruda fue cumpliendo su existencia poética en diversos países, hasta volver a su Chile natal, a su Isla Negra, adonde estuvo resistiendo hasta conocer la humillación personal, cuando su casa fue mancillada por los funcionarios de un régimen militarista depredador de lo humano y lo justo, de esos que tanto daño han hecho a las causas democráticas y liberadoras de la América Latina.

 

Me place invocar su figura en el homenaje perpetuo que se le hace a su obra y a su figura en tantas partes del mundo, rememoro aquel día de mi visita a su casa de Isla negra, y a su tumba donde yace frente al mar al lado de amada Matilde, allá en la costa chilena (por donde pasé también a visitar la tumba de su compatriota, el gran Vicente Huidobro) y he extraído de esta nueva lectura de sus páginas un halo de brisa refrescante, como de un limpio manantial de agua cristalina de donde bebemos los frescos sorbos de su poesía de alto vuelo. Ella perdurará, seguro estoy, en la memoria de quienes saludamos el día y la noche, la mañana y la tarde de la vida con un gesto de esperanza en la palabra.

 

 

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Pintura de Gilda Solis

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