Fragmentos

I

Fértiles reyes de Mogarraz,
justos en misericordia y creadores de luz,
hay aquí un brazo bajo sus órdenes.
Si bien mi corazón fue roto por mi cobardía,
permaneciendo en el polvo,
mientras avanzaban tenaces en su Conquista,
me puse en pie y continué el camino.
(Caída tras caída he comenzado una vez más.)
Lo que tengo para ofrecer es miserable.
¡Oh, reyes compasivos,
cuántos imperturbables guerreros hay en su ejército!,
sin embargo, ustedes me llamaron y aquí estoy,
me invitan a unirme.
Mi vida sola acaso es nada,
pero con ustedes tiene valor.
Compartir la mesa conmigo es un rústico signo
de saberlos protegidos por la estrella más alta.

II

Cuántas primaveras, veranos, otoños, cuántos inviernos.
Todo habla a favor del fracaso. El mundo me juzga torpe;
incluso, dejó de juzgarme no sé cuánto tiempo atrás.
Mis debilitados ojos apenas disciernen una letra de otra,
un trazo de otro, una mancha de otra. ¿Qué sentido?,
¿qué sentido tiene mi vida?
Antes, hablé de letras, números, música. Niños de ojos nobles
aprendieron estas artes; la rústica gente del campo
se benefició. Resplandecía una abundante cosecha,
como resplandece el fuego de esta alcoba.
Pero hoy la guerra nos consume.
Mi paje y yo permanecemos como un par de piedras más,
en esta casa, solos.

III

Mi nombre es misterioso.
He visto a la muerte cara a cara y estoy vivo.
Para permanecer conmigo en Mogarraz,
hay que tener el valor de aquel toro que saltó al precipicio
por la muerte de su amo,
en la guerra.
La recompensa es grande, aunque también es misteriosa.

IV

Mi madre salió al bosque.
Recuerdo las tardes cuando mis padres y yo nos recreábamos
haciendo música, leyendo, prolongando la sobremesa.
En las paredes teníamos cuadros:
el agua manaba en el manantial,
el señor salía de su casa en bicicleta y sonaba la campana,
los niños gritaban en la plaza;
la inmutable vida de esas pinturas era como la nuestra.
Largo tiempo permanecía allí, viendo
al señor del sombrero de paja de ojos tristes,
y la sonriente mujer de rostro verde,
al un pez del tamaño de un palacio,
la sangre escurría entre los pies calzados con alpargatas del guerrero,
las inmóviles lanzas eran arrojadas por hombres temerosos y
alcanzaban otros pechos.

Iremos al mar el jueves – dijo mi padre -.
No le creí.
Creía que el mar no existía.
Iremos al mar…
y así fue.

Había cuatro personas más.
Mis padres me obsequiaron un ramo de flores.
Tenía una cinta azul atada en mi frente.
El mar nacía en ese instante con nuestro tacto y nuestra mirada.
Uno de los hombres se acercó y me dio un regalo
con mi nombre en una tarjeta. Su ropa era blanca.
Cuando le preguntamos su nombre, nos respondió que no interesaba,
que era misterioso.
En el ocaso nos pidió que nos marcháramos.

V

En el principio, el camino se extendía incierto.
No había planes, ni un objetivo.
No caía en la cuenta de esto, solo era sí.
Tenía un pergamino en mis manos.
La dorada letra capitular le cedía el paso a un ejército
de pequeñas letras negras,
trazadas con la paciencia de un pescador.
Lo sabía de memoria, pero lo leía una vez más.
(Quizá esperando que a imagen y semejanza del cielo,
las rutilantes letras cambiaran de lugar.
(Apareció el rostro de Helena en el aljibe por
Se estremeció el rostro de Helena en el aljibe.)
Los guerreros habían aparecido frente al mar.
No sabía a dónde me conducirían mis pasos.
Vi el pergamino en mi escritorio una noche, sin saber cómo llegó.

VI

Me fui al desierto,
tenía sed.
No quería comodidad.
El agua no me quitaba la sed,
ni el pan el hambre,
ni el sueño el cansancio,
ni un beso ni un abrazo la carencia de amor,
si no estabas tú.
Decidí vivir en el desierto para amarte mejor.
Quise dejar de tener miedo.
Te vi a los ojos.
Si me quedaba ciego, no habría problema,
pues antes te habría visto. Prefería esto, a vivir ciego
por ver el mundo sin haberte visto.
Estás en el interior del sol,
como nosotros estamos en el interior de nuestros ojos.

VII

Siempre lo supiste, Eva.
Cuando caminabas por el campo de lirios y recordabas
tu primer día en el mar.

Un comentario
  • avatar
    octavio aguilar herrero
    mayo 23, 2012

    Aquí seguimos.

    Recibe abrazos de Alonso Aguilar

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