EN LA CASA DEL HUMANISTA CECILIO ACOSTA. CRÓNICA-ENSAYO DEL VENEZOLANO GABRIEL JIMÉNEZ EMÁN

 

 

 

1 Retrato de Cecilio Acosta en una pared de su pueblo (foto de Gabriel Jiménez Emán)

  Retrato de Cecilio Acosta en una pared de su pueblo (foto de Gabriel Jiménez Emán)

Crear en Salamanca tiene  el placer de publicar  la crónica-ensayo que, sobre el notable humanista venezolano Cecilio Acosta (1818-1881), ha escrito nuestro colaborador Gabriel Jiménez Emán (Caracas, 1950), poeta y escritor venezolano destacado por su obra narrativa y poética, la cual ha sido traducida a varios idiomas y recogida en antologías latinoamericanas y europeas. Vivió cinco años en Barcelona y ha representado a Venezuela en eventos internacionales en Atenas, París, Nueva York, México, Sevilla, Salamanca, Oporto, Buenos Aires, Santo Domingo, Ginebra y Quito.

 

Las fotografías tomadas en San diego de los Altos son propiedad del fondo gráfico de Gabriel Jiménez Emán, varias de ellas tomadas por él mismo.

 

 

2 Gabriel Jiménez Emán y su nieto Emiliano

Gabriel Jiménez Emán y su nieto Emiliano

 

EN LA CASA DE CECILIO ACOSTA

 

 

Cada cierto tiempo, voy a visitar a mi hija Claudia Elena y su familia, su esposo Jorge y sus hijos, Emiliano y Alma, nietos míos, a la pequeña población de San Diego de los Altos, en  el estado Miranda. Allí paso días con ellos compartiendo la cotidianidad del cariño, la fiesta íntima de  la comida y los vinos, la música y la poesía que son los alimentos del espíritu, los condimentos del alma cuando ésta quiere ir más allá de los límites  de lo físico.

 

Una de esas tardes tomé a mi nieto Emiliano de la mano y me fui con él a dar un paseo por San Diego, un pueblito de montaña de tres o cuatro calles, con una iglesia y una plaza,  unas cuantas casas de familia y comercios, bodegas y mercaditos regentados por inmigrantes portugueses, que se emplazaron allí desde el siglo XIX a cultivar las tierras que producen hermosas legumbres, frutos y hortalizas, los cuales se expenden en dichos establecimientos. El pueblo es conocido sobre todo por ser la tierra natal de Cecilio Acosta, uno de nuestros primeros humanistas. Se trata de un agreste paisaje de montaña, de frío y neblina poblado de senderos y casitas, en una de las cuales nació Cecilio Acosta en el año de 1818. Nos detenemos mi nieto Emiliano y yo al borde la alta carretera y miramos hacia el valle, coronado de nieblas, y entonces él me pregunta:

 

–¿Qué miras abuelo, qué buscas?

–Miro a lo lejos, hijo, a ver si veo una casita blanca.

–¿Una casita blanca?

–Sí, una casita parecida a aquélla donde nació Cecilio Acosta.

–¿Y quién es él, abuelo?

–El fue un gran escritor, que nació aquí hace mucho tiempo, y escribió un poema muy bonito sobre una casita blanca.

–¿Y por qué abuelo?

–Bueno, pues, porque en ella se sentía muy feliz…

–¿Y cómo era él abuelo? –pregunta Emiliano.

–Bueno, él era un señor muy tranquilo que leía mucho, estudiaba y escribía cosas muy buenas para el país, para todos nosotros.

Nos damos vuelta y ahora miramos hacia la calle principal de San Diego, hacia dónde está la plaza, y yo le digo:

–Y ahora nosotros iremos a visitar aquella casa de allá, donde guardan las cosas que él tenía, e hicieron con ellas un museo. Vamos, Emiliano.

–Sí, abuelo.

 

Atravesamos la calle, compramos unos bocadillos de guayaba y nos dirigimos al Museo de Don Cecilio Acosta, que está muy cerca. En una de las viejas paredes de la casa han realizado un gigantesco dibujo del rostro del escritor, una obra impresionante, quien nos conmueve por su excelente realización plástica, dentro del espíritu de lo moderno. Es una casa colonial de fachada muy cuidada, situada frente a la Plaza Bolívar del pueblo. Al otro extremo está la iglesia donde fue bautizado Cecilio Acosta, en cuya fachada vemos una placa que dice “En este pueblo de San Diego de los Altos nació Cecilio Acosta el 1ª de febrero de 1818 y el 3 fue bautizado en este santo templo”. Emiliano sale corriendo hacia el centro de la plaza donde está una estatua; tiene apenas cinco años y sabe ya leer, reconoce a esa corta edad que se trata de la estatua de Bolívar.

 

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Tomo unas fotos. Una mujer está sentada en una de las barandas de la casa dando pecho a un niño, mientras habla con un joven. Emiliano se desliza por la otra baranda como si fuera un tobogán. Lo espero abajo, lo levanto en brazos y luego lo llevo al piso para que entremos a la casa. Subimos unos pocos escalones. Allá adentro quedamos impresionados con el ambiente: un espacio lleno de muebles y objetos de lustrosa madera: sillas, mesas, escritorios, estanterías, cuadros, butacas. Emiliano se sienta en una butaca antigua y le hago una foto. Me quedo en el ambiente del gran salón: allí está un retrato de Don Cecilio y al lado de éste uno del doctor Miguel Antonio Caro, escritor colombiano y académico de la lengua muy amigo de Don Cecilio. Hay algunas vitrinas con manuscritos de Acosta y de otros escritores contemporáneos suyos, al lado de libros antiguos, diplomas, pergaminos, alfombras en el piso: decorado típico de la Colonia nuestra. No se trata de la casa natal del escritor, sino una construcción del mismo siglo XIX cedida por la Casa Parroquial de la entidad para albergar allí la memoria de Acosta, con los buenos oficios de sus familiares y amigos.

 

En otro salón más pequeño del lado opuesto está una biblioteca repleta de enciclopedias y volúmenes históricos y un gran mesón brillante, donde uno puede sentarse a leer, escribir o conversar. Hablo con la encargada del museo, quien me dice que éste se encuentra adscrito a la Dirección de Cultura del Estado Miranda. Ahí llevan a cabo actividades culturales para los niños durante las vacaciones, días feriados y fines de semana. Hojeo algunos de los volúmenes de la biblioteca y acompaño luego a Emiliano al patio trasero de la casa, donde hay un amplio corredor y un busto en piedra blanca de Cecilio Acosta, y muy cerca una habitación que sirve para alojar oficinas administrativas del museo.

 

En el fondo, estoy conmocionado por el hecho de estar aquí, es como si hubiera atravesado el tiempo, y de un momento a otro fuese a aparecer la figura del gran humanista, hombre lleno de virtudes, ser humilde que casi siempre vivió en medio de limitaciones materiales y económicas aunque hubiese cumplido con altos cargos públicos, con obligaciones cívicas exigentes; o escrito importantes tratados, ensayos, estudios literarios, filosóficos o jurídicos, además de poseer una singular sensibilidad para la poesía, cuyo fruto único como autor fue la pieza lírica La casita blanca, donde evoca su infancia y hace una alabanza de las cosas llanas y de la caricia maravillosa de la naturaleza, en este poema de tintes románticos con reminiscencias neoclásicas. Cecilio realiza ahí un reconocimiento de su origen aldeano y la vida sencilla, pero también del solaz que le brindó el campo para guiarse con rectitud ética por su propia vida, aún aceptando la condición material precaria de su existencia. No salió nunca Cecilio Acosta de Venezuela. Se mantuvo con honor en su patria sirviéndole en cuanto podía, como defensor de las leyes que le convenían al país en aquellos tiempos aciagos.

 

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Mi profesor Oscar Sambrano Urdaneta en un libro de su autoría que alguna vez me obsequiara ( “A Gabriel Jiménez Emán con el afecto de su compañero y admirador Oscar Sambrano Urdaneta, 30 de enero de 1986”) Cecilio Acosta, vida y obra (1979), distingue tres vertientes en su espíritu: la vertiente religiosa que explica su inscripción en el Seminario; su inclinación a los estudios canónicos y teológicos; la vertiente republicana que lo lleva a emprender estudios de derecho civil y ciencias económicas y sociales, y la vertiente literaria que lo conduce al aprendizaje de idiomas clásicos y modernos, a la lectura y meditación de grandes escritores, hasta alcanzar una respetable formación humanística.

 

Todo esto lo condiciona a un concepto ético de la vida, a su modestia, al apartamiento de la cosa pública y a su devoción por el bien de la patria. Enumeraré aquí sus principales obras: Caridad, o frutos de la cooperación de todos, al bien de todos (1855), Cosas sabidas y por saberse (1856), Discurso al terminar el certamen literario de la Academia de Ciencias Sociales (1869), Estudios de Derecho Internacional (1870), Influencia del elemento histórico-político en la literatura dramática y en la novela (1887), Reseña histórica y prospecto de Código de Derecho Penal (1865) y el poema La casita blanca (1872).

 

Cecilio Acosta siempre abogó por una fe republicana, inspirado en la obra de Bolívar y los Libertadores, donde imperase el patriotismo, la justicia social, el servicio público sin intereses personales, la acción en beneficio de todos, el respeto por la ley y las instituciones liberales, por el noble ejercicio del criterio público, por la búsqueda de la virtud, y por que a través de ellos pudiéramos forjar un mejor país.

 

A estas nobles ideas contrastaba los falsos juicios de los conservadores y explotadores del pueblo, de los comerciantes y hacendados poderosos que negocian el país en el exterior, y los explotadores feudales de las haciendas, y de los caudillos. Por ello se ganó la enemistad de Antonio Leocadio Guzmán, que le atacó públicamente y ante quien Don Cecilio se defendió de modo virulento. Seguiría ejerciendo el periodismo en diarios como El Federal y El Centinela de la patria, en los años 1846 y 1847, convirtiéndose en un asiduo colaborador de periódicos a través de los seudónimos “Tulius” y “Niemand”. De los cargos públicos que desempeñó están Secretario de la Facultad de Humanidades de la Universidad Central (1848), Catedrático de la Clase de Legislación Universal, en lo Criminal y Económico de esa Universidad (1853). Antonio Guzmán Blanco lo nombra en 1872 Miembro de la Comisión Codificadora de Venezuela; es decir, de la que se encargaba de redactar los Códigos Civil, Penal y Mercantil. Aparte de estos cargos, se mantuvo impartiendo sus clases en la Universidad y ejerciendo como abogado, alejado de la burocracia, para poder tener el tiempo suficiente para dedicarlo a su obra escrita.

5 Gabriel Jiménez Emán en la casa de Cecilio Acosta

Gabriel Jiménez Emán en la casa de Cecilio Acosta

 

Ha habido diferencias en el momento de precisar con quien se identificaría en su momento político. Si fue conservador o liberal. A juzgar por su diatriba contra Antonio Leocadio Guzmán será mejor tenerlo como liberal, aunque tuviese simpatías hacia el entonces caudillo José Antonio Páez. Y ello no es nada raro, pues hasta el feroz Ezequiel Zamora admiraba a Páez, aunque lo adversó toda su vida por los viciados manejos que hizo éste mientras era Jefe del ejército, mientras manipulaba a su antojo a los presidentes Carlos Soublette y Julián Castro. Acosta estaba convencido de que “No es preciso herir para convencer, ni maltratar para discutir”, por lo cual siempre mantuvo su sensatez y equilibrio en el momento de emitir sus juicios, al punto de ser considerado un meditador sereno, –como bien le llama mi recordado profesor Sambrano Urdaneta– aunque siempre tendiendo más hacia lo liberal.

 

En algún momento dice: “No venga nadie a echarme en cara sus ideas: yo siempre he defendido las más liberales en política, en administración, en instrucción, en imprenta, en industria, y estoy delantero como el que más”. En sus trabajos campea la claridad de conceptos y de escritura; no se va por las ramas, no le interesan los virtuosismos lingüísticos ni los lujos verbales, sino la serenidad de pensamiento, la ponderación en el juicio y sobre todo la argumentación bien diseñada y fundamentada. Se aprecia en Acosta la buena asimilación de la filosofía europea y de los clásicos grecolatinos: todo encaminado hacia unas ideas políticas donde priva la comunidad, la unión de esfuerzos, y una dignidad patriótica que casi nunca tiende al nacionalismo exacerbado.

 

Otra conocida posición de Acosta es la de pacifista. Se opone a todo tipo de violencia y de guerras que puedan segar vidas, en aras de una transformación o revolución social, y en esto han querido calificarlo de conservador. Él considera que cualquier gobierno que nazca de un campo de batalla es necesariamente personalista, pues se integra alrededor de un caudillo. Otra desventaja: si la causa triunfa en un gobierno así hay que darles trabajo a las personas que protagonizan la lucha, pero esas personas no tienen la capacidad para ejercer esos cargos, lo cual va en desmedro de un gobierno puramente militarista, o de gente iletrada que se ve obligada a improvisar, creándose numerosas deficiencias. En todo caso, Acosta parece apuntar contra la demagogia, la ignorancia política, la incultura general y la carencia de educación como principales males que preparan el terreno a la burocracia y a la corrupción.

 

6 Martí, por Pedro Ramón López - copia

Martí, por Pedro Ramón López

 

De los textos literarios que recomiendo de Acosta se encuentran los ya mencionados Las letras lo son todo, un discurso sobre la necesidad del estudio de las letras;  Cosas sabidas y por saberse  y el ya citado estudio sobre El elemento histórico-literario en la dramaturgia y la novela; por supuesto, La casita blanca, el hermoso y extenso poema dedicado a su madre. Uno de sus cuartetos dice: “Palomas bajen a picar tu suelo / Que al lado esté de tu casita blanca / Y a poco veas que su vuelo arranca / La turba inquieta hacia el azul del cielo…”

 

Cosas sabidas y por saberse está escrito en forma de carta genérica, dirigida a algún amigo habitante del campo venezolano, y en ella aborda de manera precisa los temas de la tolerancia política, la instrucción elemental pública, la federación grancolombiana y la cuestión holandesa, tópicos candentes por entonces, donde se expresa de modo muy elocuente la sensibilidad social de Acosta y su esperanza en el pueblo, a la par de mostrar sus ideas pedagógicas en momentos en que nuestra enseñanza se encontraba mediatizada, a lo cual propone extender lo más posible la educación primaria, defendiendo la enseñanza “de abajo para arriba y no al revés, como se usa entre nosotros, porque no llega a su fin, que es la difusión de las luces. La luz que mas aprovecha a una nación no es la que se concentra sino la que se difunde”, dice. Coincide además con Simón Rodríguez en que hay que defender las artes manuales y artesanales, e incita a hacerse a los talleres.

 

Creo que Cecilio Acosta es, más que nadie, nuestro primer gran filósofo, el más reposado, el más certero en sus juicios; el más ponderado y el más osado al mismo tiempo, quien posee una visión más universal de todos los nuestros pensadores. Léase su ensayo sobre Los partidos políticos: ahí se advierte su ironía, su capacidad crítica y solidez conceptual, aparte del soberbio domino del idioma que ostenta en tantos escritos suyos, pues su obra no requiere de copiosos volúmenes ni de farragosos tratados para argumentar su pensamiento. Personalmente lo prefiero a él por encima de otros pensadores liberales de su tiempo, incluso mejor que Juan Vicente González. Pero tampoco es un pacato o un soso moralista. En defensa propia es uno de los alegatos más sarcásticos de la literatura venezolana, donde hace mofa ácida de los malos políticos, y está hoy más vigente que nunca.

 

 

7 José Martí y Carmen Miyares con las bailarinas españolas, de Pedro Ramón Gómez - copia

José Martí y Carmen Miyares con las bailarinas españolas, de Pedro Ramón Gómez

Uno de los capítulos más hermosos en la vida de Cecilio Acosta es el encuentro con José Martí. En efecto el escritor cubano, de tanta influencia en el pensamiento hispanoamericano, supo de la inteligencia y de la rectitud espiritual de Acosta y vino a visitarle a Venezuela dedicándole unas hermosas páginas, que se divulgan pronto por todo el mundo hispanoamericano. En uno de los párrafos de este trabajo de Martí se lee:

 

“(…) quien se da a los hombres es devorado por ellos, y él se dio entero; pero es ley maravillosa de la naturaleza que sólo esté completo el que se da; y no se empieza a poseer la vida hasta que no vaciamos sin reparo y sin tasa, en bien de los demás, la nuestra. Negó muchas veces su defensa a los poderosos; no a los tristes. A sus ojos, el más débil era el más amable. Y el necesitado, era su dueño. Cuando tenía que dar lo daba todo, y cuando nada ya tenía, daba amor y libros. ¡Cuánta memoria famosa de altos cuerpos del Estado pasa como de otro y es memoria suya! ¡Cuánta carta elegante, en latín fresco, al Pontífice de Roma, y son sus cartas! ¡Cuánto menudo artículo, regalo de los ojos, pan de mente, que aparecen como de manos de estudiantes, en los periódicos que éstos dan al viento, y son de aquél varón sufrido, que se los dictaba sonriendo, sin violencia ni cansancio, ocultándose para hacer el bien, y el mayor de los bienes, en la sombra! ¡Qué entendimiento de coloso! ¡Qué pluma de oro y seda!”

 

Martí llega a Caracas en busca de apoyo para sus proyectos de libertar a su país, Cuba. Se le recibe aquí con entusiasmo. Entre los escritores que le acompañan están Arístides Rojas, Eduardo Blanco, Lisandro Alvarado, Gonzalo Picón Febres y José Gil Fortoul. Asiste a recepciones, imparte conferencias y lecturas a estudiantes. Funda aquí la Revista Venezolana, de la que se editan dos números. Aquí escribe El Ismaelillo. Visita Martí a Cecilio Acosta en su humilde casa de San Diego, justamente cuando Don Cecilio está viviendo sus últimos años de vida, enfrentado también a Antonio Guzmán Blanco, de quien difiere radicalmente en cuanto a ideas políticas y económicas; Guzmán Blanco acababa de llegar de Francia a ocupar la presidencia provisional del país, después de la muerte del general Francisco Linares Alcántara.

 

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Cecilio Acosta está entonces muy enfermo y muy pobre. Lo visitan en su casa unos pocos amigos. Fallece finalmente de atrofia muscular y de parálisis cerebral un 8 de julio de 1881 en Caracas, rodeado de pocos amigos, entre los cuales encontraba el sabio larense Lisandro Alvarado. Al día siguiente fue enterrado en el Cementerio General del Sur. Ahí estaba su hermano Pablo Acosta y el presbítero José León Aguilar, quien hizo alusiones contra Guzmán, lo cual le costó caro al padre Aguilar, pues debido a ello fue encarcelado, torturado y obligado a irse del país durante siete años. Poco después José Martí publica en la Revista Venezolana el famoso elogio a Cecilio Acosta –que se convertiría en un clásico–  para luego marchar a los pocos días a Nueva York, agradecido de los buenos tratos de que había sido objeto en Venezuela (“Deme Venezuela en qué servirla; ella tiene en mí un hijo”, dice), pero también temiendo las represalias de Guzmán Blanco. Veamos algunas otras palabras de Martí sobre Acosta:

 

“Cecilio volvía el libro al amigo y se quedaba con él dentro de sí; y lo hojeaba luego diestramente, con seguridad y memoria prodigiosas. Ni pergaminos, ni elzevires, ni incunables, ni ediciones esmeradas, ni ediciones príncipes veíanse en su torno, ni se veían ni las tenía. Allá en un rincón de alcoba húmeda se enseñaban, como auxiliadores de memoria, voluminosos diccionarios; mas todo estaba en él. Era su mente como ordenada y vasta librería donde estuvieran por clases los asuntos, y en anaquel fijo los libros, y a la mano la página precisa; por lo que podía decir su hermano, el fiel Don Pablo, que, no bien se le preguntaba de algo grave, se detenía un instante, como si pasease por los departamentos y galerías de su cerebro y recogiese de ellos lo que hacía al sujeto, y  luego, a modo de caudaloso río de ciencia, vertiese con asombro del concurso límpidas e inexhaustas enseñanzas(…) Era muy elevado su entendimiento para que se lo ofuscara el detalle nimio, y muy profundo para que se eximiera de un minucioso análisis…”.

 

Vuelvo al tiempo presente, al lado de mi nieto Emiliano, que anda correteando ahora por los salones del Museo Cecilio Acosta en San Diego de los Altos. Le hago unas fotos. Su rostro es claro, su mirada candorosa e inocente me llena de ternura. Emiliano me pregunta si Cecilio también escribía poesía. “Sí”, le digo, y le leo unos pocos versos de La casita blanca: “Haya manto de verde y de rocío / En el momento que los campos dora / La pura luz de la rosada aurora / Y en calle de naranjos que va al río…”

 

Después nos despedimos de la señora que tiene a su cargo la casa, en la puerta, Emiliano se vuelve a deslizar por la baranda, muy contento, y  luego caminamos calle abajo, ya hacia nuestra casa donde nos aguardan Claudia y Alma para almorzar. Emiliano va adelante. Así debe ser. Ese niño contiene mi futuro.

 

 

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Un comentario
  • avatar
    Manuel
    mayo 24, 2017

    Nunca en sentido localista siempre haciéndonos eco de los aspectos más universales de la Cultura, excelente visión del hombre culto y amplio de apertura humanística.

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