«EL VENDEDOR DE SUEÑOS», RELATO DE CARMEN DE SILVA, AMBIENTADO EN SALAMANCA. PINTURAS DE MIGUEL ELÍAS

 

 

 

1 Salamanca

  Salamanca

Crear en Salamanca tiene el placer de publicar el este relato escrito por Carmen de Silva  (Madrid, 1938). Licenciada en periodismo por la UCM, Diplomada en Arte Dramático por la Escuela Superior del Conservatorio de Murcia. Estudió doblaje en la Escuela de Cinematografía y Técnicas de Documentación en la Sociedad Española de Sistemas Generales. Profesora de declamación en la Escuela de Música Tomás Luis de Vitoria (1974-1975), guionista en radio Peninsular  durante 7 años y al micrófono en radio Intercontinental. Cofundadora y presidenta del Grupo Literario Troquel, cuya revista dirige. Ha publicado 3 discos, 8 novelas y 5 poemarios. El Ayuntamiento de Boadilla del Monte, donde reside, ha creado un premio de poesía con su nombre

 

 

 

2 La escritora Carmen de Silva

  La escritora Carmen de Silva

 

el vendedor de sueños

 

 

–¡Sueños, vendo sueños! Para los aburridos, para los tímidos, para los que nunca tuvieron nada, para los pobres, para los ricos, para los pragmáticos, los incrédulos, los ambiciosos. ¡Sueños de todas clases!, azules, rosa, amarillos, –torcía maliciosamente la boca y añadía– y verdes, también vendo sueños verdes, eróticos, sádicos y pecaminosos.

 

Mauricio Puerto se acercó tímidamente al vendedor y con voz casi inaudible preguntó:

 

¿De verdad vendes sueños, señor? Antes de continuar hablando miró temeroso el extraño comercio. El frontispicio estaba decorado con bocas de cartón sonriendo, pájaros de colores, fotografías antiguas en sepia, posters de cantantes de moda y estrellas de papel de aluminio. Era un puesto grande que se levantaba en solitario en el centro de la plaza.  En sus estantes no había quincalla, ni fulares, ni caretas de cuero, ni cds piratas para vender. Allí no había nada. Tenía las paredes de lona y el mostrador de madera arqueada con unos agujeros sin fondo pintados de diferentes colores. Pero dentro, en el tenderete, nada; tan sólo anaqueles vacíos y un hombre fornido de pelo hirsuto, limpio, pero mal trajeado, que de vez en cuando hacía sonar una trompetilla y pregonaba con grandes voces.

 

–¡Sueños, vendo sueños! Para los aburridos, para los tímidos…

 

Mauricio Puerto no recordaba bien quién había dirigido sus pasos hasta aquella deslumbrante y bellísima plaza, pero estaba allí. La persona que le aconsejó que fuera, le aseguró que si llegaba hasta aquel lugar, su vida dejaría de ser pura monotonía. A Mauricio le gustaba  bastante empinar el codo, era la única fórmula que conocía para vencer su timidez, por eso llevaba pegado al cinturón del pantalón vaquero una mal disimulada cantimplora con el fermento de las uvas, de la que bebió dos sorbos antes de atreverse a preguntar arriesgándose a parecer un loco o un imbécil.

 

Durante largo rato había observado desde los pórticos que rodean la plaza el trasiego de gentes que se acercaban al extraño personaje. Los veía hablar, pero no alcanzaba a distinguir las palabras; en algunos casos el hombre de pelo enmarañado metía el brazo por uno de los orificios del mostrador y sacaba pompas como las que se hacen con espuma de jabón, las soplaba con fuerza y las dejaba elevarse hasta perderlas de vista. Los clientes observaban el recorrido con embeleso mirando al cielo.

 

 

3

 

 

Cuando terminó el pregón, se dirigió a Mauricio que aguardaba intranquilo su turno.  Después de lanzar su pregunta se sentía acobardado por la osadía.

El vendedor le puso sus manos sobre los hombros para infundirle sosiego, le miró a los ojos y se dirigió a él con un interrogante que alentaba sus esperanzas.

 

–¿Nunca has soñado, verdad?

–Nunca –respondió, dándole a su respuesta el tono asustado del que confiesa una culpa secreta.

–Pero al menos, cuando deseas que te venda un sueño, ¿sabrás lo que es la irrealidad?

–Mauricio titubeó–. Bueno, sí. Yo quiero cambiar mi vida, claro que anhelo un sueño. Pero sólo si no es muy caro y puedo pagarlo –con un susurro avergonzado añadió–. Quiero un sueño de amor. Nunca me han amado ni yo he amado jamás, y eso es duro.

 

–Pobrecito –comentó el propietario de la caseta, le tendió la mano y sentenció. –Bienvenido seas al mundo de las ilusiones. Me llamo Leiro.

–Qué nombre tan raro –respondió Mauricio apretando la diestra tendida.

–Si no te gusta puedes llamarme como quieras. Leiro me lo puso un cliente que quería ser cirujano de nombres. A él cuando nació le pusieron Glebo, y claro, creció con ese nombre pegado a las burlas y a las irremediables asonancias con los huevos. Por eso cuando se hizo  mayor se dedicó a extirpar todos los apelativos que le parecían poco aceptables para su gusto. El mío entre ellos.

 

 

–¿Pero tú no tienes un nombre real, como todo el mundo?

–Sí, claro que lo tengo, pero así de entrada, a los aprendices, a los que jamás habéis forjado irrealidades no puedo entregaros en el primer paquete todos los entresijos de mi negocio.

–¿Entonces es verdad que vendes sueños? –dijo entre bobalicón y esperanzado.

El hombre sonrió–. Cierto.

Como buen ahorrador, casi tacaño, Mauricio insistió en el precio–. ¿Cuánto me va a costar ser tu cliente?

 

–Lo que quieras darme –Leiro aparentó desinterés y siguió hablando–. En otra situación, en otros tiempos lejanos no te cobraría nada, pero ahora no tengo más remedio que hacerlo para poder subsistir. Mi patrimonio está todo invertido y vivo al día, porque tengo grandes proyectos. Quiero instalarme en otros lugares, montar exposiciones, apadrinar artistas, y para eso hace falta dinero, así que ni puedo ni debo vender mis acciones, sobre todo ahora que  está bajando el IBEX 35.

 

–¿El IBEX qué? –preguntó Mauricio sin entender una sola palabra.

–El IBEX 35, el indicador de los valores  más importante que cotizan en la  bolsa española.

–¿Y eso qué tiene que ver con los sueños?

 

Leiro sonrió maliciosamente y continuó–. Antes, las cosas eran más fáciles, se podían repartir sueños sin tener dinero porque no eran necesarios tantos trámites ni tanta burocracia para venderlos. Podías ofrecerlos indiscriminadamente a los paseantes, a los que miraban al cielo, a los que compraban quincalla y la convertían en oro, a los que se sentaban en un banco o en una piedra para contemplar las estrellas. Pero ahora  con la crisis, es distinto, todo está mercantilizado.

 

Mauricio preguntó intrigado. ¿Qué tiempo hace de eso?, porque tú eres joven, tendrás como mucho…, cuarenta años.

Leiro se atragantó con su propia risa.

 

–Se ve claro que no sabes soñar, que no me reconoces. Tengo dos siglos y medio y desde entonces ejerzo aquí, con puesto o sin él, mi profesión de forjador de ilusiones.

–No te tires pegotes –respondió Mauricio a punto de desistir de su propósito sintiéndose engañado. Nadie vive dos siglos. Y si así fuera estarías registrado en el libro Guiness, te entrevistarían  en todas las cadenas de televisión y serías portada en periódicos y semanales de los cinco continentes. Y, sin embargo nadie te conoce.

 

–Me conoce el mundo entero –respondió indignado.

 

Una mujer bajita con kilos sobrantes sobre las caderas y los glúteos se acercó al puesto y cortó la conversación besando con ternura al propietario del tenderete.

–Gracias, Leiro. Anoche fue muy bello mi sueño. Amé tanto que mis amantes me dieron dádivas para ti –le entregó un paquete–. Luego metió el brazo en el agujero rosa y las pompas se posaron sobre su cuerpo–. Gracias, Leiro –dijo otra vez y se marchó rodeada de espuma.

 

–¿Vendrás a la reunión? –le gritó el vendedor.

–Desde luego –contestó la mujer mientras se alejaba.

–Se creía fea y no había amado jamás, lo mismo que tú –comentó el vendedor de sueños cuando ya estaba lejos.

–Es fea –contestó Mauricio.

–Sí –respondió Leiro, pero ahora sabe soñar.

 

4

 

 

Entonces comenzaron a pasear alrededor del puesto unos señores trajeados al estilo de varios siglos atrás, del XVIII del XIX y también del XX. Llevaban sombreros de fieltro y algunos se cubrían con jipijapas. En la mano sostenían  bastones de ébano con empuñaduras de plata y vestían levitas. Entre ellos había varios militares con uniformes  ingleses de casacas rojas y otros con estandartes del rey Fernando VII que se tocaban la cabeza con  un ros o un bicornio y calzaban polainas sobre las alpargatas o calzón de montar, botas altas y chupas con hombreras de flecos, según la graduación que ostentaran. Una vendedora de fruta que apoyaba la cesta en la cadera la dejó sobre el suelo, se acercó a un señor de los de la levita y le tendió un puñado de cerezas.

 

–Hoy están en sazón, don Miguel, ¿quiere probarlas?

El aludido se mesó la barba casi blanca y aceptó el ofrecimiento.

–¿Quiénes son estos señores?– preguntó Mauricio al vendedor.

–Ése, el de las cerezas, es un gran escritor, y ella una vendedora del antiguo mercado, son muy amigos.

 

Leiro señaló después a un militar –Ese es el Charro, Julián Sánchez, y vive aquí desde principios del siglo XIX, fue muy valiente, peleó contra los franceses en la guerra de la Independencia y llegó de simple soldado, más que soldado guerrillero, al grado de coronel. Le apodaban el Charro porque vestía al estilo salmantino y montaba como un vaquero hasta que se unió  a lord Wellington para combatir en la batalla de los Arapiles. Entonces comenzó a utilizar uniformes reglados y montura inglesa.

 

–¿Y ese otro es el lord inglés? –Mauricio señaló un elegante oficial.

–El mismo.

–¿Y también vive aquí?

 

–Diríamos mejor que está de paso. Que le gusta pasar temporadas en todas y cada una de sus muchas victorias. Aquí lo hemos perpetuado en un medallón.

Leiro indicó con el dedo la enjusta de dos arcos y le mostró la efigie del duque inglés.

Mauricio se quedó asombrado. Había un medallón en cada separación de arco, calculó mentalmente y pensó, que por lo menos había cien.

 

–Ochenta y nueve, uno más que arcos –contestó Leiro adivinando sus pensamientos, pero todos no están tallados, sólo cincuenta y siete tienen personaje.

¿Y… Todos bajan a pasear por la plaza? –inquirió Mauricio asombrado.

 

–Todos están aquí. Son el espíritu, el alma, mis colaboradores en la venta de sueños, el referente de vuestras ilusiones. Personas importantes que hicieron algo digno de mención o recuerdo.

 

Mauricio se entristeció de repente. –¿Entonces, los que pasamos por la vida sin ser extraordinarios no tenemos derecho a soñar?

 

5 Plaza Mayor de Salamanca

Plaza Mayor de Salamanca

 

–Claro que sí, vosotros sois precisamente los destinatarios de sus hazañas. Aquí, en el aire, en el nuevo empedrado y en el antiguo, en los balcones y en los arcos hay versos de Santa Teresa, de Fray Luis, de Cervantes, de Unamuno, música de Bretón. Y sueños de las guerras napoleónicas. Pero también aquí, dejaron su huella gentes humildes, como La Solana, una mesonera más antigua que la plaza, que continuó con su negocio en ella cuando se convirtió en mercado y después, mucho después. Mesón La  Solana –repitió con veneración–. Allí vivió Lázaro, el pícaro que nació en el Tormes. No todos los de los medallones nacieron aquí. Don Miguel, por ejemplo, al que la frutera le ha ofrecido cerezas –aclaró–, era de Bilbao,  pero amaba tanto esta tierra, donde ejerció de catedrático, que la dejó sembrada de versos que hoy reparten sueños a diestra y siniestra.

 

–Yo quisiera un sueño de amor –insistió Mauricio–. Ya te he dicho que no he amado nunca –bajó la voz y confesó su culpa de nuevo–. En el barrio donde vivo, una vez me besó una chica, se llamaba Felisa. Pero no me gustó, me pidió dos billetes por aquel beso y se los di. Después quería seguir y que le pagara más por acariciarme, pero Felisa no me amaba, ni yo tampoco la amaba a ella, por eso he venido aquí, porque alguien me dijo que en este lugar el pensamiento vuela muy alto.

 

La plaza  comenzó a llenarse de nuevo de hombres y mujeres que se alineaban en dos círculos concéntricos, –más que círculos cuadriláteros porque la plaza es cuadrada– y caminaban bajo sus pórticos. Lo hacían en sentido inverso, los unos frente a los otros. Fuera paseaban los hombres. Dentro las mujeres resguardándose pudorosas. Algunas vestían  camalets,  camisas y enaguas de lienzo grueso sobre sayas de lana o algodón; completaban su indumentaria con el pañuelo y el delantal de trabajo. Otras vestían faldas estrechas hasta los tobillos con pequeños vuelos bajeros que permitían un paso corto que descubría los botines de cordones con pequeño tacón. En la cabeza llevaban sombreros con flores sobre sus copas o sus pequeñas alas, de donde partían  cintas que anudaban al cuello.  Pero las más, vestían faldas tobilleras, cancanes almidonados y zapatos de tacón de aguja, como se vestía en los años cincuenta del cercanísimo siglo XX. Tímidamente, con el pudor que produce desechar el fácil acceso a la libertad, se fueron incorporando a la fila jóvenes de hoy con vaqueros y deportivas.  Entre ellos había una chica muy bella con minifalda sujeta en la cadera y un piercing decorando el ombligo. Antes de comenzar la ronda de continuos paseos detuvo la vista en Mauricio. Al aspirante a soñador aquella mirada le impidió centrar la atención en el círculo de los hombres que desfilaban ante él donde también abundaban los tunos de mediados del siglo pasado, petimetres del XIX, toreros sin fama del XVIII, mercaderes, vendedores vestidos con reminiscencias moriscas: la camisa, el calzón, y como tocado, una montera, una rodina o sombreros calañeses, y faja, todos llevaban faja, hasta los  que vestían de charros con sus camisas bordadas, sus pantalones ajustados con botonadura de plata y las chaquetillas cortas con relumbrones de oro y pedrería más o menos fina según el potencial económico del dueño del traje. Mauricio se unió a la fila de jóvenes que caminaban bordeando la plaza bajo los arcos. Delante de él un tratante de ganado con blusa de rayas y olor a jamelgo cimbreaba su vara alcanzando con ella a los que caminaban varios puestos delante. Detrás, un tuno de la universidad más antigua de España.

 

 

6

 

 

Don Miguel desde su puesto de observación lanzó un mensaje para la historia

–Palencia nos adelantó en el tiempo, aunque ahora sí ostentemos la mayor antigüedad.

Cada 180 grados los ojos de la chica se posaban en él.

–Me gustas –le dijo cuando se cruzaron en una de las vueltas.

–Te amo –pronunció después de varios giros. Él no contestó, tenía la garganta seca y los ojos acuosos.

La voz de Leiro  repetía la cantinela del pregón.

–Para los incrédulos, para los pragmáticos…, sueños, regalo sueños: de triunfo, de gloria, de amor… –miraba a Mauricio y le guiñaba un ojo.

 

Don Miguel se acercó al muchacho y caminó a su lado.

–Ya sé que vivirás tu amor sin necesidad de consejos. Pero si has llegado hasta este lugar  y has concebido un sueño quiero que recuerdes lo que un día me dijo Guerra Junqueiro, un gran poeta y amigo mío: Feliz usted que vive en una ciudad en la que por muchas de sus calles puede ir soñando sin temor a que le rompan a uno el sueño.

–No me lo romperán jamás –aseveró el enamorado.

–Azules, rosa, amarillos. Para los pobres, para los ricos, para los que no amaron nunca –se escuchaba el pregón cada vez con menor resonancia.

 

La noche se cerró y se disiparon las sombras: Don Miguel, El Charro, los vendedores de frutas, pescados, telas o quincalla, la mesonera de La Solana, los embajadores presentando credenciales, lord  Wellington, los caballos de los ejércitos vencedores de varias guerras y la música de Bretón se refugiaron en las estrellas que techan el cuadrilátero.

 

–Leiro, ¿dónde estás? ¿Cuánto te debo por el sueño? –Mauricio Puerto sujetaba por la cintura a su amada.

 

–¡Aquí!, ¡aquí!, ¡aquí! Todos los puntos de la plaza respondieron a la llamada con distintas voces y tonos. El puesto había desaparecido, pero el embrujo seguía repartiendo ilusiones a todos los visitantes. Lo llevaba haciendo doscientos cincuenta años asumiendo identidades distintas: mercado, coso taurino, romería, carpa de arte y exposiciones, auditorio del concierto para Miguel Ríos…

 

–Sueños, regalo sueños: de gloria, de triunfo, de amores…

 

 

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2 comentarios
  • Ramón L. Fernández y Suárez
    mayo 31, 2016

    Realmente un verdadero alarde de imaginación y de síntesis cultural e histórica. Rico, riquísimo, en vocabulario que desempolva la olvidada riqueza de la lengua de Cervantes. Todo un esfuerzo que hay que divulgar entre tanto escritor contemporáneo que solo aspira a publicar «best sellers» carentes de originalidad y de auténticos conocimientos literarios. !Enhorabuena», escritora de sueños. No dejes reposar durante mucho tiempo el cálamo.

  • Carmen Silva
    junio 1, 2016

    Muchas gracias por tu elogioso comentario. Procura compartir el enlace con todo el que puedas. Un beso Carmen Silva

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