DOS TEXTOS DE LA ESCRITORA PUERTORRIQUEÑA LOURDES VÁZQUEZ

 

 

La escritora puertorriqueña Lourdes Vázquez

 

Crear en Salamanca se complace en publicar estos textos de Lourdes Vázquez, una de las escritoras más destacadas de Puerto Rico. Entre sus premios se incluye el Juan Rulfo de Cuentos (Francia); la Mención de Honor del Paz Prize for Poetry (USA) por Un enigma esas muñecas y la Mención de Honor a su antología de poesía Bestiary: Selected Poems 1986-1997 (USA). Una selección de su poesía ha sido publicada en italiano: Appunti dalla Terra Frammentata, así como su crónica The Tango Files. Adagio con fugas y ciertos afectos es su último libro de cuentos. Ha sido compiladora de la antología Cuando narradoras latinoamericanas narran en Estados Unidos, publicada en Argentina.

 

 

 Foto de José Amador Martín

 

HACE TIEMPO NO TENEMOS UNA BUENA NOTICIA

 

                                                           Todos los huracanes que

han azotado esta isla…

 

  1. La montaña va cayendo y sus cadáveres con esta. Unos encima de otros, detrás de otros. Como el neón alumbra las ciudades, en la noche brillan en su descomposición los músculos, las venas, los órganos, los huesitos de donde brota un musgo de sabor dulce, dulce. Días llevan de alimento de insectos, serpientes y ratas. Días —a veces veloces, otros lentísimos— en donde solo se escucha el torrente de los ríos y el gemido de las lápidas. Ay, Ay Ay a oscuras. ¿Se habrá roto la tumba de María Sandiego y sus huesitos desparramados y descubiertos a su tristeza? ¿Y qué de las tumbitas de sus hijitos? muertitos por la epidemia. ¿Se habrá goteado su llanto de la cavidad, para tener que llorarlos nuevamente? ¿Se habrán echado a andar sus almitas en medio de tanta lluvia? ¿Y qué de Francisca Sánchez? ¿Ya se fue a recoger sus partes en la carretera?

 

El cerebro apunta a la masa deshecha, a todos los ángeles abrumados por el rigor de tanta muerte. A las almitas colgadas de los árboles y peñascos A las cabezas decoradas con frutas y flores de Marcela Figueroa y de Simona Jordán.

 

Así los días fluyen como corrientes de arena. La mesa es servida con las sobras que quedan por ahí. Con el ron de siempre. Con la entereza de siempre. La de la piedra caliza. La de la espada.

 

  1. Puedo decir que es posible ver a las almitas que se apresuran a llegar a la Iglesia de San Patricio de Loíza. Le hablo a esos seres y también a las paredes, a sus sonánbulos, a la polilla, al voto de silencio de los caballitos de mar, a su río soñado —sanado, regenerado— al minotauro encerrado en la capilla, a su trono encantado, al violeta imperial. Al oro dulce le hablo y cultivado por los presos: criando puercos —los presos— sembrando plátanos y yautía —esos presos. La espuma de la mar los va arrojando con todos sus dedos largos y uñas tan brillantes que son capaces de reconocerse en la plena oscuridad del océano. Son tantos como tantas hojas de palma existen en el litoral. Algunos quedan atrapados en la arena y las aves de rapiña terminan con su sombra. No queda ni el graffiti de los marineros. Y si esto no fuera suficiente le toca al recolector de excrementos (le llaman pocero) desaparecer lo que queda.

           

He visto un trapiche ambulante nutrir a los sonánbulos, aquellos de la iglesia. También a las cabezas atrapadas en el tronco de aquel árbol, junto a otros árboles. Brokenwood—Brokenforest. Saturada de visiones amanezco. Es la máquina del tiempo (las visiones). Nothing else matters! Es el radio de un círculo —el planeta. Es un punto (.) imperceptible—la isla. Un tesoro vivo, mas enfermo. Su mayor riqueza es la endogamia que se insiste.

 

  1. Cada vez que se suelta esa mar a trazar pautas con todos los ruidos imaginados, con toda la fuerza de su dominio, se abren de par en par las arenas y los barros para descubrir un marco de madera bendecido por algún cura, un bozal de esclavo, un par de cadenas, restos de vasijas, monedas, un dujo de piedra, un escapulario. Es la historia de algún antepasado acurrucado en la orilla.

 

Tal cual la salamandra en su suelo, de su piedra, con la flecha y sus trampas, con la semilla mascullada que agarro para enterrarla en otra tierra más líquida, menos perfumada. Observo que nadie me denuncia. Observo que nadie me rescata. Preferiría el rescate a esta humanidad lastimosa; mas insisto en mis afirmaciones, porque atraen la tierra ligera, el tierno olor de una librería de viejos, la quimera de un almacén de varitas mágicas y el inmenso Finisterre.

 

 

Foto de José Amador Martín

 

TELÓN DE FONDO

 

 

Una criatura ha tocado la puerta. Con su aura arropada de desgarros me habla de la desgracia de la cosecha de papas de su tierra. De los roedores parecidos a hurones allá en el norte, de las estaciones de trenes de Estocolmo y Moscú con relieves de azulejos azul añil e iluminadas por enormes candelabros. Con un cinismo lleno de afectos mencionó a aquella chica que dejó abandonada y con niño, de frente al retrato de Lenin. 

 

Las tejas de los techos recién lavadas por la lluvia resplandecían y en el justo momento en que esa criatura tocó la puerta, mi gata atrapó una rata y dos perros ensangrentados y ojos turbios recorrieron la calle.

 

Es el espacio de la violencia, te digo. La furia desbocada de esta porfía. Tus desgarros, tus nostalgias es el cordel del alambrista. Es el fin te digo, andas rodeado de todos ellos y sin ayuda. Te envilecen, te digo. Y recibes la muerte a cada momento dentro de una huesera de madera bellamente tallada, como un hecho arqueológico. Y lloras como una viuda enloquecida y sin tradiciones.

 

 

 

 

 

 

 

Aún no hay ningún comentario.

Deja un comentario