DIÁLOGO ENTRE FE Y CULTURA. ENSAYO DE PABLO MARTÍNEZ VILA

 

 

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 Pablo Martínez Vila en el Colegio Mayor Fonseca de la Universidad de Salamanca

Crear en Salamanca tiene la satisfacción de publicar este ensayo del catatán Pablo Martínez Vilas, psiquiatra, escritor y conferenciante reconocido. El mismo es una adaptación –realizada por el propio autor- de la conferencia ofrecida con motivo del acto de presentación de la Fundación RZ: Fe y Cultura en Madrid, el 17 de septiembre del 2015. Se publicó previamente en el número 9 de la Revista Sembradoras, dirigida  desde Salamanca por Jacqueline Alencar, de cuya autoría son las fotografías del reportaje, tomadas en el Colegio Mayor Fonseca de la Universidad de Salamanca.

Pablo Martínez Vila recibirá el reconocimiento de “Personalidad del Año” concedida por la Alianza de Escritores y Comunicadores Evangélicos de España (Adece). Será este sábado 24 de septiembre y en el Salón de Actos del Colegio Mayor Fonseca de la Universidad de Santiago de Compostela; dentro de los actos de su VIII Encuentro Anual. Tras el reconocimiento ofrecerá una conferencia titulada “La fuerza de las palabras y la Palabra en una sociedad metalizada”. Martínez Vila se licenció en Medicina por la Universidad de Barcelona en 1978 y cursó la especialidad de Psiquiatría en el Hospital Clínico Universitario de la misma ciudad. Amplió estudios bajo la tutoría del profesor M. Barker de Bristol, Inglaterra. Fue presidente de los Grupos Bíblicos Universitarios (GBU) de España (1979-1987), siendo en la actualidad su Presidente Honorario. Fue también presidente de la Alianza Evangélica Española (1999-2009). En la actualidad preside la “Fundación RZ para el diálogo entre fe y cultura” en España. Autor de varios libros relevantes, así como numerosos artículos y ensayos en revistas españolas y europeas, el conjunto su obra literaria está publicada en 16 idiomas.

 

 

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1A Claustro del Colegio Mayor Fonseca de la Universidad de Salamanca (foto de José Amador Martín)

 

Hay una forma de relación con el mundo que es buena y necesaria por cuanto nos permite tender puentes con el prójimo y con la sociedad. El mismo Pablo lo expresa de forma inequívoca: “A todos me he hecho todo, para que de todos modos salve a algunos. Y esto hago por causa del Evangelio” (1 Cor. 9:22-23). Es una relación que busca conocer y comprender cómo piensa, siente y crea el hombre de hoy, en una palabra, intenta entender su cultura. Esta tarea no está reservada a los teólogos. Ciertamente la teología cristiana debe estudiar siempre la cultura de su tiempo, pero también todo creyente debería hacer suyas las palabras del escritor latino Terencio: “Nada humano me es ajeno” (nihil humanum mihi alienum est).

 

 

LA “DOBLE ESCUCHA”

 

John Stott, predicador y teólogo inglés, describe esta misma necesidad con el concepto de la doble escucha. En su libro “El Cristiano contemporáneo” dice: “Somos llamados a la difícil e incluso dolorosa tarea de la doble escucha. Es decir, hemos de escuchar con cuidado (aunque por supuesto con grados distintos de respeto) tanto a la antigua Palabra como al mundo moderno. (…). Es mi convicción firme que solo en la medida en que sepamos desarrollar esta doble escucha podremos evitar los errores contrapuestos de la falta de fidelidad a la Palabra o la irrelevancia”.

 

El diálogo es una capacidad profundamente humana. De hecho es el rasgo distintivo que diferencia al ser humano de los animales en la comunicación. Un animal puede oír, pero no escuchar; puede comunicarse a través de sonidos más o menos elaborados, pero no puede usar la palabra. Por ello el diálogo nos hace humanos, genuinamente humanos, porque potencia lo más singular en la comunicación entre las personas.

 

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Martínez Vila, entre el público asistente al Encuentro Cristiano de Literatura de 2013

 

¿QUÉ ES DIALOGAR?

 

Ahora bien, ¿qué es dialogar? El diálogo no es un campo de batalla donde uno gana a su oponente. Decía el pensador francés Foucalt que hay demasiados debates donde los protagonistas ven al contrario como un enemigo al que hay que derrotar. El diálogo no es un campo de batalla, sino un campo de cultivo; es el terreno fértil donde se siembra y se siega para cosechar fruto. Tenemos hoy en Europa demasiadas personas que se equivocan de metáfora y entienden el diálogo como un campo de batalla. Sobran estos y nos faltan campos de labor donde no se busca vencer sino convencer, porque de nada sirve lo primero, recordando a Unamuno en su célebre frase, “vencer sin convencer”.

 

El campo del diálogo para que sea fértil precisa de dos “abonos”. Son las condiciones mínimas para que sea fructífero el escuchar y la disposición a aprender.

 

 

 

ESCUCHAR

 

Escuchar es entrar, entrar en la otra persona, auscultar y descubrir qué hay en su mente y en su mundo interior. Escuchar es como un viaje apasionante al mundo del otro. Esta disposición a entender, ese interés genuino por el “tú” produce uno de los frutos más valiosos en el campo de cultivo del diálogo: el encuentro de dos personas. Cuando dos seres humanos se escuchan de verdad, se encuentran. Este encuentro nos cambia, nos remodela, nos transforma. ¡Cuántos diálogos se convierten en meros “duólogos” porque solo hay dos que hablan y ninguno que escucha! De ahí surge la necesidad del otro ingrediente: la disposición a aprender.

 

 

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Pablo Martínez con el pintor Miguel Elías, profesor de la Usal

 

DISPOSICIÓN A APRENDER

 

 

 

El diálogo implica pensar que siempre podemos aprender del otro. En palabras del prestigioso historiador británico Theodore Zeldin, “cada vez que conozco a alguien, aprendo algo”. Ello supone acercarse con humildad, pensando que el otro puede tener su parte de razón. En una sociedad donde abundan el narcisismo y la auto-suficiencia, cuánto necesitamos este diálogo fecundo que lleva al encuentro entre personas e instituciones.

 

En España, país tan poco acostumbrado al dialogo auténtico, nuestro hábito ancestral nos lleva más a vencer que a convencer, a “discutir” en el sentido visceral, no en el sentido anglosajón de debatir e intentar ponerse de acuerdo en el desacuerdo. Por ello, toda iniciativa que promueva el diálogo respetuoso debe ser bienvenida, porque enriquece.

 

En una época de fundamentalismos e intolerancia sangrante este diálogo entre fe y cultura no es un lujo, es una necesidad vital para la convivencia. El panorama convulso y confuso que predomina en Europa hoy en día nos confirma de forma dramática esta necesidad de encuentro entre la fe y la cultura.

 

 

PABLO EN EL AREÓPAGO, UN MODELO A SEGUIR

 

Un ejemplo bíblico nos ayuda a enmarcar el tema donde más nos importa como creyentes: en la Palabra de Dios. La predicación del apóstol Pablo en el Areópago de Atenas (Hch. 17:16-34) constituye un ejemplo formidable de diálogo entre fe y cultura, y reafirma la importancia y validez de lo expuesto hasta aquí. Pablo nos marca el camino a seguir en la práctica de la “doble escucha”.

 

            No debe ser casualidad que el Espíritu Santo le diera al apóstol la oportunidad de predicar en el corazón cultural de Atenas, capital de la sabiduría humana de su época. Un análisis cuidadoso del discurso en el ágora nos muestra cómo Pablo habla el lenguaje de sus filósofos, vence sus prejuicios, atrae su atención y tiende puentes de diálogo para encontrar un terreno común. Pablo estaba capacitado para hacerlo porque era un profundo conocedor de los valores, las creencias, la historia, la literatura, en una palabra, la cultura de los atenienses. Sabía cómo pensaban y sentían, entendía su “forma de ser”. Tal conocimiento le permitía evitar la dimensión negativa de la identificación, como es el “conformarse”, “amoldarse” (Rm. 12:2) o, en palabras de Jesús, el “hacerse como ellos” (Mt. 6: 8); pero a la vez le permitía tender puentes con aquel auditorio tan intelectual como pagano, imposible de alcanzar a menos que uno lo conociese bien.

 

 

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 Pablo Martínez Vila, acompañado de los demás participantes en el V Encuentro Cristiano de Literatura, celebrado el Colegio Fonseca de la Usal (Foto de Jacqueline Alencar)

 

 

 

EJEMPLOS EN LA HISTORIA

 

También la Historia nos muestra ejemplos inspiradores. La obra de Blaise Pascal, científico eminente, pensador lúcido y profundo creyente es un formidable ejemplo de cómo la integración de fe, cultura y, en este caso, ciencia puede ser un vergel fecundo. Pascal, con su influyente obra, nos enseña que la fe es mucho más que creencia. Asimismo, pintores como Rembrant y Durero, músicos como Bach, Händel y Mendelssohn constituyen otros tantos modelos de esta sinergia poderosa que tan fructífera se ha mostrado a lo largo de la Historia. Todos ellos nos muestran cómo la fe es una forma de vida, determina una cosmovisión y, eventualmente, llega a forjar una cultura. Sí, la relación entre fe y cultura es tan natural como inextricable. No olvidemos que algunos de los valores éticos más valiosos de la Europa moderna —valores que constituyen la espina dorsal de nuestra convivencia y de nuestro progreso— son el legado, por lo menos en parte, del rico patrimonio ético de una fe: el judeocristianismo.

 

Cuando fe y cultura se abren al diálogo, se potencian entre sí y enriquecen a la sociedad. Por ello es crucial fomentar el encuentro entre ambas. Apoyar este campo de labor me parece una de las mejores formas de invertir en “salud social”, es decir en convivencia y paz. El diálogo nos lleva a conocer; al conocer, comprendemos; y al comprender, convivimos. Ahí está una de las siegas más preciadas del diálogo entre fe y cultura.

 

 

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Cubierta de la Revista Sembradoras 9, dirigida por Jacqueline Alencar

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