CELEBRACIÓN DE ANÍBAL NÚÑEZ, TREINTA AÑOS DESPUÉS. UNA MUESTRA DE SU POESÍA SALMANTINA

 

 

1 Retrato de Aníbal Núñez, por Miguel Elías

 Retrato de Aníbal Núñez, por Miguel Elías

Crear en Salamanca no puede (ni quiere) olvidar la personalidad y la inmensa poesía de Aníbal Núñez (Salamanca, 1944-1987), máxime un día como hoy, 13 de marzo, cuando memoramos las primeras tres décadas de su fallecimiento. Para ello publicamos unas fotografías proporcionadas por la familia, además de otras imágenes de la ciudad, tomadas por el poeta José Amador Martín, amigo personal de Aníbal. La selección de textos ha sido hecha por el poeta Alfredo Pérez Alencart, tomándolos de la primera edición del poemario ‘Alzado de la ruina’ (Hiperión, Madrid, 1983), ejemplar que Aníbal Núñez regalara al maestro Alfonso Ortega Carmona, entonces catedrático de Filología Griega de la Universidad Pontificia de Salamanca. A principios de los años 80, Ortega amparó a Aníbal como secretario de la Cátedra de Poética Fray Luis de León, cargo que Alencart ocuparía de 1992 a 1998.

 

El retrato que preside este homenaje es una obra inédita del reconocido pintor Miguel Elías, profesor de la Universidad de Salamanca y amigo personal de Aníbal, con quien intercambió obra gráfica.

 

Tómese esta muestra como un recuerdo-homenaje que se le tributa a Aníbal Núñez en su propia ciudad, la capital del Tormes, donde nació, escribió -una no perecedera obra- y murió.

 

 

 

2 Ejemplar obsequiado a Alfonso Ortega Carmona

Ejemplar obsequiado a Alfonso Ortega Carmona

 

 

VISTA GENERAL DE LA CIUDAD,

POR DAVID ROBERTS;  1838

 

Si se puede decir de un paisaje, el escorzo

es lo que magnifica la ciudad

y cómo las colinas aparentan

más estabilidad que las altivas

torres explica el punto que elegiste

para ver en un plano aparte y casi próximo

a los atareados segadores.

Dos ríos y sus puentes: rizado por el céfiro

y los hocicos de las reses,

es flanqueado el menor, el tributario

por paisanos curiosos que ven aproximarse

la interminable, abanderada tropa

que sobrepasa el puente mayor y ya se acerca

a la rústica fábrica del otro, que compone

la otra esquina inferior.

Despoblada —aunque fuese por ficción de distancia—

al fondo, la ciudad, tras el tajante cauce,

hermosa como vista —y recordada luego—

para decirle adiós.

 

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TESO DE SAN CRISTOBAL

 

 

En lo que fuera atrio y ahora atraviesa un can,

motivo inexcusable en una ruina sórdida,

el mediodía dibuja entre fulgentes

desperdicios y malvas las muecas del bestiario,

las fauces de las grietas:

alrededor de esta imagen única,

cima de una colina sobre un río atrapado,

recientes moradores te ignoran, absorbida

toda su fantasía por espacios más fáciles,

siendo tú —santuario de los que sufren cerco—

para ellos un escollo, un peligroso signo

de lo que no se entiende porque no se repite.

 

 

 

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SOBRE EL ANTIGUO TEMA DE DEJAR LA CIUDAD

 

Sobre un amor que impone

fidelidad fatal al que por él se pierde:

amor que ahora desvelan las palabras,

el diálogo desnuda bajo la luna plena

y el fragor del solsticio.

 

Cayó la tarde y, a su fin, el ágape,

las pócimas, los filtros,

el necesario azar de impares tazas

y de la lejanía a colación: los barcos,

mares y valles comparados,

relatos ilustrando escuetos métodos

de cómodo vadear remotos ríos: regreso

a un hogar sin condena,

infancias reinventadas —nadie diga

que por un lujo léxico— más bellas,

más decididas y más libres,

esta noche en que hacemos proyectos de viaje.

 

Y como aquí preside la impotencia en especie difusa

—iluminada estatua por los últimos rayos

como oscilante lámpara que mece la tibieza

de julio— desistimos (ah, el placer de vencerse)

y nos hacemos desistir:

no sólo de viajes a la desesperada,

también del cabotaje por las riberas íntimas

que la memoria a cada cual aporta:

se llega, en el fingido delirio que atempera

la nitidez del cielo,

hasta aducir como imposible

—con voz que no disuena del ruido de las tazas:

familiar y brillante— salir de la ciudad

que, así, se erige

en planeta ella misma, en orbe aislado,

incapaz ciertamente de ser imaginada

a orillas de otros nombres, sustraída a recintos

de parecidas leyes.

 

Anibal 10

 

Dícese en un escrito, meditado

ante otro ardor, que para sus asiduos

acaba convirtiéndose

una ciudad no en una costumbre sino en una

virtud. En este caso,

camino de agotarse los temas, duro el poso

¿cómo virtud hacer de esta impotencia

vuelta a nombrar, cómo elevar a emblema

la imagen circular de cuatro esquinas?

 

Porque ahora no vamos a creer

en letras en declive de otros náufragos

que sin duda buscaron a su mensaje playas

empavesadas de connotaciones…

No, aquí nada es disperso: aquí callamos

todos alrededor de un mármol nada mítico

pensando en los viajes que no haremos,

mostrando gestos desapasionados;

aunque, ocultos por la conversación,

se oirían los corazones si un silencio se hiciera,

si un ángel de glaciales vestiduras pasara.

 

Señalado momento para que uno cualquiera

de los sedentes al olvido invoque

y rumie o haga algo que equivalga a decir:

«Que la palabra deje de mencionarse, el mito

no pida entrar en este breve islote»,

o, mejor, se levante y sin excusas

se dé una vuelta por el ágora

yendo a poner imaginariamente

en un templo cercano los símbolos que de otro

cayeran.

 

Anibal 41

 

Pero, como alguien lo dijo, somos

tan sólo tristes empleados

de la conciencia: nadie se levante

y aquel que lo iba a hacer en un silencio mire

a la acuosa mirada de un interlocutor

esperando anuencia para volver a entrar en el coloquio.

 

Asentimiento acaso insuficiente

por no creído pedir por el que lo otorgara…

Aunque el periplo es largo,

lejanas las regiones nombradas, convocadas,

y habrá necesidad de hacer vivaques,

ocasiones de canje y de fondeo

y aprovisionamiento: tantas que

haya un punto en que miras hoy dispares

resplandecerán juntas; tribulación menor

hoy nos halla reunidos: procedencias

confusas en la red que teje el tema,

una de cuyas partes son los ecos

de lo natal y de la soterrada

genealogía de cada uno,

que cada uno representa

en la ciudad en la que sin remedio

caemos atrapados por su mera mención

siendo tan necesarios para que se mantenga

al nombrarla terrible, trivial, tal es ahora;

y tan inoportuno pronunciarse

en mitad de tan viva

conversación sobre visiones

personales: ¿Qué queda —se pregunta

uno de los presentes—

de esas palomas irisadas

que ayer se encaramaban sobre los balaustres

que doraba el poniente?

Mas su belleza fue de ayer y tanta

—acaba concluyendo para sí—

que no se presta a ser símbolo válido

ni tema alternativo, dada la cabalgada

común y, desde luego,

la incomunicabilidad de un fenómeno óptico,

aunque cuando decae el entusiasmo de la charla

hay de nuevo lugar para la anécdota.

 

De tal manera ya el tibio discurso,

irrumpido por brillos, desviado

por la visión de islas feraces

y hospitalarias naves,

deja paso al relato de delirios privados

—con sus bellas imágenes— de que desconfiamos

por unanimidad que, así, remite

al motivo que, casi hecho cenizas,

reclama una humareda final y constructiva.

 

Anibal 5

 

Aún hay asentimiento en otros iris

cuando ya un servidor barre cristales

y risas esparcidas, risas como

de ver que la figura de uno en el espejo

piensa de otra manera, mientras vuelve el vacante

espacio de la duda y muecas fingen

una supuesta solidaridad:

(Estamos bajo el cielo convencional de estío,

haciendo planes de viaje, aquello de senderos,

atavíos y costumbres,

siendo, como se dice, tan distintos.)

 

Deseosos de volver, desesperadamente

agarrados a su halda, a la rutina

con sus tácitas convocatorias

—en la nona columna—, a la tertulia:

mañana, sin los dioses en contra, aún el calor, la luna casi entera

serán los que convoquen, los que animen

secretamente al viaje, al gesto

que, a escondidas y casi como quien

una causa traiciona, hay que tramar

para poder salir de estas murallas cálidas.

 

 

RUINAS DEL FUERTE DE LA CONCEPCIÓN

 

 

Milord mandó volar, para inutilizarlo

en su discreta retirada, el fuerte:

sobreviven, dejando

asolada constancia de su magnificencia,

muros y rampas, bóvedas y aljibes;

y una disposición delicadísima

de fosos y de patios,

mientras campea el conejo silvestre por ocultos

pasadizos y alguien

cultiva champiñón en el cuerpo de guardia.

 

Los pendones —dijiste— erosionados

bajo el reloj vacío: la batalla

del matorral respeta la inesperada orden

cumplida: nadie tema

cruentas contiendas si la traza impuso

a este fuerte la forma de una estrella sin par.

 

 

 

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NOTICIA DE LA HIDRA EN LA CIUDAD DORADA

 

Altas, desatendidas celosías,

miradores vacantes, patria apenas

de palomas huidizas cuyo mensaje, roto,

quién percibe lector de ajenas rúbricas

de tinta desvaída sobre legajos secos:

os hundís, la madera se echa a volar, cornisas

agrietadas cobijan a malezas:

y no en un día señalado —en que un ciclón convoque

el polvo, los fragmentos— sino a todas

las horas van cayendo de la altura

las materias de un canto ya perdido

hasta la calle, hasta los sumideros,

no doblegando nada, no imponiendo una flora

sino accidentalmente y resbalando

en la testa dorada y renovable

de la hidra que, abajo, habita, mantenida

eficaz, limpia, consolidadora,

entre la luz cambiante de los sótanos.

 

Y no sólo sucede, fugaz y tenazmente,

esa tumultuosa caída imperceptible

desde los viejos ámbitos del ojo: mil silencios

se producen allí, germinan, tensan

vigas y pavimentos; hasta reducen vuelos:

en las grietas anidan de campanas.

 

Aleteos y silencios, habitantes volátiles

de los insomnes corredores pueblan

el pasado, la ruina celeste: si otras bestias

perviven de la vida que hubo, acaso sean

invisibles reptiles de no sabido nombre,

monstruos que representan pecados y aficiones

con la fidelidad de figuras heráldicas:

pero la Reina —presumiblemente—

Desolación expulsa con su manto

todo lo vivo: sólo deja que la acompañen.

la candidez de un ave que es espíritu,

la negrura de otra que es presagio

de la que ya, funesto, abajo bulle.

 

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Risueños servidores proveen a los cubiles,

trabajan la caída de las altas

criaturas irreales de piedra, cuyos gestos

de indolencia el sol dora dando luz a los pámpanos,

resaltando versiones de guirnaldas: aromas

y volutas cubriendo un horror más antiguo.

 

Como al final de estío el viento del oeste,

de rara aparición y reputado

como sentimental, las balaustradas

y las cúpulas barre haciendo que el vacío

respire azur en una tregua santa

de los extremos, se engalane

de una luz imposible que subsiste

apenas unas horas y su nostalgia tanto:

inútil talismán, helado arcángel derrotado.

 

 

 

Anibal 14

 

 

CASA LYS

 

 

Colgante llamarada oblicua hacia poniente,

a qué tanto derroche de joya que claudica

como si más belleza, belleza más terrible

buscase en la caída lo que fue demasiado

para la sordidez de habitación y sueños

de los profanadores, de los que te entregaron

al abandono, hierro en flor, tibio cadáver, templo

donde liba el reptil y la palmera,

como irónico emblema de la supervivencia,

no cede ante el embate de las humillaciones.

 

Ruina pródiga, plantos o alabanzas

a ti son vapor leve que se condensa en vidrio,

lacre en los corazones en que se extingue y crece

la pavorosa imagen —revelada

por soles, lunas, por eclipses—

de la desolación, huerto de luz

esmerilada, sede de la tristeza, esfinge

que se apostó para morir pues dulce

es el ocaso: ya las antefijas,

ovas, lacinias, azulejos, plintos,

los pormenores de tu antiguo lujo,

aunque volaron —la rapiña, el viento—

frutos, genios alados de fundición, asidos

a una copa de llamas, tú los creas, los agregas

a tu espectro de herrumbre,

decoras su estupor: espuma, escamas

de tu oleaje de belleza,

revuelo de inventados pájaros y ornamentos,

arpía, trampa, dueña de simulacros

no visibles jamás sobre el magnolio;

oculta en las exedras que escaló la glicina

la gruta de rocalla, los truncos balaustres

remiten a los ojos incendiados

al desasistimiento que, en los límites

de la ciudad caduca, altos muros leprosos

representan, talud de piedra enferma

que el salitre de plata llena de seda, altos

jarrones donde habitan sucesores del agave,

caracoles que riega el agua de las gárgolas,

lluvia que alguien transmuta tras el portón de hierro

en agua que desciende aún en el blanco agosto

por el musgo que cubre las pisadas

que, en el rubor, un día, de las celebraciones

portaron parasoles, miradas, candelabros,

cintas de llaves, rosas blancas y rosas rojas:

por las escalinatas que se reencuentran donde

se verían bogando esquifes en el río.

 

Anibal 26

 

 

Imán, jaula del sueño, cruce de arquitecturas

y de historias: escenas, inventarios

caen desde ti mientras se perlan de oro

las cristaleras rotas, estrelladas

sugerencias, estampas, jirones que requiere

tu imposible retrato vagoroso en los años

como oriflama que congrega, dulce,

a los que exalta el desmoronamiento

acaso más que tu esplendor, difícil

de reconstituir, casi imposible

de imaginar sino como un pedazo

luminoso y cortante, de las vidrieras sépalo

añil, estela incierta de búcaros que aroma

el fin de los pasillos cuando bambúes y nácar

serían materia de sorpresa, eran,

bajo el peso solemne de la torre de azufre

de la que viene —águila— a beber la paloma

capitular al cinc de las cornisas:

algún detalle gótico que exime al agotado

surtidor y a la ruina de la taxonomía.  

  

Un ángel de ceniza se mezcló en tus cimientos,

hurtó su hálito negro tras las irisaciones

de aceros y plumajes, qué error en el hisopo

se desleyó: envenenan raíces y volutas

el pozo: de un regalo a la ciudad prohijada

hicieron un fantasma volante, rara cifra

translúcida y remota detrás del aligustre

que hace silvestre la elegante traza

y la dificultad de los niveles

juego de las espadas de los lirios.

 

Lectura para nubes lo que ocurrió en el patio:

intento del estuco por abrazar la hiedra,

globos de acetileno alumbraron el cónclave:

el que taló, calzó la impar palanca,

despierte y diga: «…quiso el aire

arrebatar los planos», vence el teodolito

a la fontana: el vuelo de la corneja curva

signa el febril palacio de las suposiciones,

planea en la descripción, se oyeron pasos.

 

 

 

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DE UN PALACIO CERRADO ORIENTADO HACIA EL ESTE

 

 

Muro almenado: la visión se atiene

a la escueta ranura a la llave dejada

—¿a la llave perdida?—. Junto a una pilastra,

un espejo dorado en un montón de arena:

alegoría a la intemperie:

la .mirada termina en las zapatas, donde

las lluvias continúan sin apresuramientos

la mutación de un torso en hojarasca,

de la arenisca al polvo: mas ¿no era

este alto palacio monumento a lo estable?

 

Al misterio dejemos las puertas de servicio,

los muros al jardín inexpugnable

a ver qué dice la fachada: entra

sol por los artesones, un rayo no previsto,

símbolo movedizo de entendimiento fácil:

tautología vil del deterioro.

Pero, al este, la clara traza de los tres cuerpos,

la torre que corónalos conmueven

no al corazón, perdido bajo las evidencias

de que todo es caduco: a la razón,

aislada en la pesquisa de sentidos perennes,

alumbrada —aunque sea tarde— por la sonrisa

de los dos angelotes que el escudo sostienen.

 

Tentación encendida entre las dos aladas

criaturas —nada ostenta

(a bandas de metal campos de esmalte)

el blasón de narrable— de llenar el vacío,

que casi estalla dentro, con la imaginación.

 

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Y, así, siguiendo el gesto de la puerta cerrada,

la sugestión de sus herrajes (clavos

de estrella), resistimos:

suponer un zaguán aquí es pecado.

Que lo espectral habite lo invisible,

nos asista la luz de lo que alienta

en el vacío solemne, clausurado, sin ecos.

 

¿O acaso son guardianes que previeron los planos

los ángeles, guardianes del destino

último de un espacio de ceniza dispersa?

No. Si al alba la puerta se dispuso

fue para que por ella entrara el sol, la vida

abriera los balcones, animara la logia.

 

Esperanzada y firme, la mirada —es rotunda

la clausura— se enfrenta con el número

justo para crear esta armonía imponente

que, como tal, indefinida burla

la pretensión del que la ve y no puede

saber su nombre y que, en los vanos,

en su alterno remate de curvas y de rectas,

ve el Orden de la duda, siendo precipitado

a donde le condujo la Belleza presunta:

en plena calle, bajo la hora llena.

 

 

 

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A D. V. Y M., HISTORIADOR DE LA CIUDAD,

SUICIDA TRAS  HABERLE  SIDO  REFUTADO UN DATO

Se cuenta que la cena

se enfrió. Declinaban los oros del otoño.

  1. V. y M., hombre de regulares

costumbres, estudioso, cordial, infatigable,

salió al atardecer y no volvió:

de madrugada

un pescador descubrió su cadáver varado sobre un banco de arena, cubierta la cabeza luego ilustre (el aterciopelado de su chistera hacía juegos de luces), en el río.

 

Esta es la historia (la hora exacta

—y si hubo últimas palabras tras las de despedida

a la sirvienta— nunca se sabrá)

de la muerte de un hombre prócer pero sencillo,

soltero, de familia burguesa: según la versión culta

o más documentada.

 

La versión popular es más concreta,

no entra tanto en detalles: atribuye

la desaparición de una figura

lejana para ellos a suicidio también (no se mencionan

indicios de enemigos personales);

pero otras son las circunstancias:

el caballero del sombrero de copa

se arrojó a la corriente desde el puente de piedra

 

(que a la ciudad a la que el muerto hizo

la historia representa en el escudo).

 

El mismo río, dos versiones.

Acaso la primera —señalando

como lugar del hecho

un remanso apartado de aguas limpias, río arriba—  

adolezca de ser inconsciente reflejo

de sus detentadores.

                                Posible la coartada,

tanto como la otra, olvidadiza

de que bajo los ojos del puente se vertían

todas las inmundicias de toda la ciudad.

 

Recordemos, no obstante, lo trágico del caso,

la profesionalidad y la intachable

conducta del difunto,

vivo en la historia que dejó inconclusa:

entre dos aguas y dos luces,

en lugar no acordado.

 

 

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SEMBLANZA DE ANÍBAL NÚÑEZ SAN FRANCISCO

 

Poeta, pintor, grabador, escultor y traductor español, nació el 1 de noviembre de 1944 en Salamanca. Falleció prematuramente el 13 de marzo de 1987, antes de cumplir los 43 años, sin que su obra poética -“la más compleja e inquietante que cabe encontrar en el panorama de las letras españolas del siglo XX”, en opinión de Fernando R. de la Flor- gozara del merecido reconocimiento. Pertenece por edad a la generación de los 70 (llamada también del 68), con cuyos miembros comparte, como indica Vicente Vives Pérez, “los presupuestos generacionales de una poética posmoderna que reprueba la dependencia de la poesía de los estereotipos creados en el lenguaje común, apuntando a su sagaz deconstrucción”.
Hijo del reconocido fotógrafo, impresor y librero José Núñez Larraz y de Ángela San Francisco, el ambiente cultural familiar resultó decisivo para su temprana iniciación en las artes plásticas y en el cultivo de la poesía. Compaginó los estudios  en la universidad de su ciudad natal, por la que se licenció en Filología Moderna (Sección Francés), con los de Dibujo en la Escuela de Nobles y Bellas Artes de San Eloy, a cuyo Taller de Grabado permaneció vinculado hasta el final de su vida. Sus conocimientos de arte y su dedicación a la pintura dejarán una profunda huella en su poesía. 
Tras acabar sus estudios,  desde 1969 ejerció de profesor de bachillerato en varios institutos de enseñanza media hasta que en 1972 fue apartado por motivos ideológicos.  A partir de entonces y salvo un breve paréntesis en que regresa a la enseñanza, vivirá totalmente dedicado al arte: escribe poesía y crítica literaria, pinta, realiza ilustraciones para revistas y portadas de libros, además de traducir a clásicos latinos (Catulo y Propercio) y simbolistas franceses (Rimbaud). 
En los años sesenta comienza a desplegar una gran actividad en diversos ámbitos culturales salmantinos (programas radiofónicos, recitales poéticos, actividades teatrales, colaboración en la revista Álamo…) y edita 29 poemas (1967), en colaboración con el canario Ángel Sánchez. A comienzos de los 70 alcanzó cierta notoriedad en el panorama literario español por la publicación de dos cartas en la revista Triunfo (en ellas  defiende la poesía social y critica la imposición mediática de una nueva estética,  la del grupo de   novísimos auspiciada por Castellet con su antología  Nueve novísimos poetas españoles), y por la aparición de Fábulas domésticas (1972) en la prestigiosa editorial Ocnos (donde publicaron casi todos los novísimos), gracias al empeño de Manuel Vázquez Montalbán. Sin embargo, a partir de entonces publicó escasamente  o lo hizo al margen de los canales comerciales, pues su apuesta estética resultaba difícil de encasillar por no acomodarse  a los caprichos del mercado y quedó oscurecida por el éxito fulgurante del esteticismo de los novísimos. 

 

 

Anibal 8
En 1976 regresa a la enseñanza por motivos económicos, pero en 1978 renuncia voluntariamente. Por estos años debió de producirse un cambio en su rumbo vital: un alejamiento de los ambientes culturales salmantinos y un progresivo acercamiento a los  de la marginalidad, así como su adicción a las drogas, causa de la enfermedad que provocó su muerte.
Vicente Vives distingue tres tramos en la producción poética de Aníbal Núñez. El primero, que denomina “poesía crítica”, abarca el periodo comprendido entre 1961 y 1974. Incluye, además de sus poemas juveniles, los siguientes libros: 29 poemasFábulas domésticas -ya mencionados-, Naturaleza no recuperable (1972-1974, editado en 1991), Estampas de ultramar (1974, editado en 1986), Definición de savia (1974, editado en 1991) y Casa sin terminar (1974, editado en 1991). En ellos renueva la poesía social con una crítica mordaz a la dictadura, el consumismo y la cultura de los medios de comunicación de masas.
La siguiente etapa, la de la metapoesía, incluye las obras escritas  entre 1975 y 1979: Figura en un paisaje  (1974, se publica en 1993), Taller del hechicero (1974-1975, se edita en 1979), Alzado de la ruina (1974-1981, publicado en 1983) y Cuarzo(1974-1979, publicado en 1981 y 1988). En ellos reflexiona sobre la construcción del poema, la inutilidad de la poesía y la insuficiencia del lenguaje, de la palabra, para representar la realidad.
El último tramo, el de la poesía contemplativa (1980-1987), comprende Trino en el estanque (1981, publicado como plaquette), Clave de los tres reinos (1974-1985, se publica en 1986), Primavera soluble (1978-1985, publicado en 1992) y Cristal de Lorena (1987, editado póstumamente ese mismo año como plaquette). Poesía elegíaca que expresa la emocionada melancolía de quien, como ha escrito Vives, “ha sabido ver y comprender la belleza del mundo”. 
Respecto al primer poema, perteneciente a una obra de transición entre la primera y la segunda etapa, Rosamna Pradellas Velay escribe  que en él la belleza “adquiere una dimensión estrictamente material que niega su sentido simbólico. La percepción material de la belleza implica un firme rechazo de cualquier otra finalidad (ser para algo) que no sea su entrega gratuita”.

 

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En el segundo, homenajea  mediante la cita del título a su admirado Rimbaud. Este en Une saison en Enfir (Una temporada en el Infierno) incluye el poema “Mauvais sang”, en el que el yo poético atribuye todos sus vicios a la herencia de los galos. Para Pradellas Velay, el poema es “una muestra de la deserción de los grandes mitos nacionalistas”, pues la admiración expresada hacia los vacceos no se debe a sus grandes hazañas sino a sus ansias de libertad y a la emoción ante el paisaje. 
   Y añade que las dos partes del poema expresan una contradicción del propio sujeto. La primera presenta una característica positiva: el ansia de libertad y la apertura de las posibilidades estéticas. Dado que el yo poético se incluye en un contexto natural, es posible “identificar la búsqueda de esta Belleza con un intento de aprehender la sencillez del mundo natural. El conocimiento de la naturaleza excluye hasta ese momento la existencia del lenguaje, el cual exige compromisos convencionales que limitan al individuo. Este prescinde de todo convencionalismo y consigue llegar a la esencia, a la belleza, y, por ello, también al conocimiento de sí mismo”. No obstante, como aspecto negativo, “el sujeto también claudica ante leyes y modos de vida extraños, alejados de ese mundo de lo bello, de la misma forma que lo hacían sus antepasados. […] Sin embargo, el sujeto sabe que posee un instrumento, el lenguaje, que debería alejarlo de los formulismos sociales, pero que no le sirve sino para alejarse de lo natural, porque está siendo pervertido una y otra vez”, de ahí el final irónico de la composición que sugiere que el lenguaje ya no sirve como medio de conocimiento ni la poesía como revelación, todo está perdido porque el lenguaje se ha embrutecido y ha perdido su función primigenia.

 

(Tomado del blog El Hacedor de sueños)

 

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2 comentarios
  • avatar
    Doretta Fantini
    marzo 14, 2017

    Magnífico poeta, caro Alfredo.

  • avatar
    Ángel Sánchez
    marzo 14, 2017

    JAMÁS PODRÉ OLVIDAR A MI HERMANO ANÍBAL. LO SIENTO SIEMPRE CERCA.

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