‘ANTONIO COLINAS, PREMIO REINA SOFÍA DE POESÍA IBEROAMERICANA’. ARTÍCULO DE OMAR CASTILLO

 

 

 

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Antonio Colinas leyendo en el XVIII Encuentro de Poetas Iberoamericanos

(Salamanca, 2015, foto de José Amador Martín)

Crear en Salamanca se complace en publicar el artículo que sobre Antonio Colinas acaba de escribir el colombiano Omar Castillo (Medellín, 1958), poeta, ensayista y narrador. Algunos de sus libros publicados son: Obra poética 2011-1980, Ediciones Pedal Fantasma (2011), Huella estampida, obra poética 2012-1980, el cual se abre con el inédito Imposible poema posible, y se adentra sobre los otros libros publicados por Omar Castillo en sus más de 30 años de creación poética, Ambrosía Editores (2012), el libro de ensayos: En la escritura de otros, ensayos sobre poesía hispanoamericana, Editorial Pi (2014) y el libro de narraciones cortas Relatos instantáneos, Ediciones otras palabras (2010). De 1984 a 1988 dirigió la revista de poesía, cuento y ensayo Otras palabras, de la que se publicaron 12 números. Y de 1991 a 2010, dirigió la revista de poesía Interregno, de la que se publicaron 20 números. En 1985 fundó y dirigió, hasta 2010, Ediciones otras palabras. Ha sido incluido en antologías de poesía colombiana e hispanoamericana. Poemas, ensayos, narraciones y artículos suyos son publicados en revistas y periódicos de Colombia y de otros países.

 

 

 

2

 

 

I

 

El premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana otorgado en mayo de 2016 al poeta, narrador, ensayista y traductor Antonio Colinas, nacido en La Bañeza, León, en 1946, es un reconocimiento a su obra poética, a los logros que la caracterizan y la hacen necesaria en el contexto literario de nuestra lengua. En libros como Truenos y flautas en un templo (1971), Sepulcro en Tarquinia (1975) y Astrolabio (1979) es evidente la búsqueda del poeta por conseguir que la poesía escrita en España mudara su expresión del lugar común y la artificiosa retórica, a la nitidez de las palabras necesarias para aprehender los imaginarios de su tiempo y los acuciantes abstractos que en cada época reclaman ser esclarecidos hasta hacerlos partícipes de la cotidiana realidad y de la otredad donde se fundan la existencia humana y la vida.

 

La obra de Antonio Colinas nos entrega poemas tuquios de silencios y de voces donde la vida prende y se expresa en versos elaborados en un decir que busca arropar lo inédito de la vida, el súbito donde la realidad fluye, donde el instante coloquial y el misterio que lo acecha son atrapados con palabras que consiguen imágenes y ritmos para desvelar la interioridad donde se agita la disconformidad humana con los eslóganes impuestos por unas tramas lejanas de sus deseos íntimos y comunes. Los suyos son poemas labrados en lo arduo del acontecer humano y en lo fugas de los interrogantes que lo consumen entre la vida y la muerte, siempre al filo de las palabras, de sus significados y de sus oquedades.

 

 

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 ntonio Colinas y José Hierro en Salamanca, 2001 (foto de A. P. Alencart)

En varios de sus primeros poemas el poeta se abre a la recreación del mundo cultural greco-latino, haciendo de la suya una experiencia lírica donde participan la referencia cultural y la vivencia personal, por ello resulta evidente cómo el relato de un acontecimiento histórico termina siendo intervenido por los tenues hilos de la autobiografía. Tal como se puede leer en este fragmento tomado de su poema “Castra Petavonium”:

 

cielo arrasado

con heces de naranjas

y láminas de plata ennegrecida,

el poco sol de invierno está en tu ojo, hermano,

arde, arde, nos coronan las piedras y las águilas,

castro áureo: campamento de sueños rojos,

y pasaban rebaños al ocaso

(miel de jara en mis labios, humo bravo, leche violenta)

Petavonium: los caballos dentro de la cerca

miran un anochecer con pus y luna llena,

el músculo se afana con el cuero,

horno bullente de oro, rameras, el estiércol,

hoy qué arcaica la noche, qué risa el siglo XX

(adobe con escarcha y vísceras de perros)

no pasa el tiempo pues que ayer sacó

la reja del arado un gran brazo de bronce,

bien mío es este sueño destrozado”

 

Ea la palabra alerta, penetrada de realidad y de otredad, sabedora de que el poeta siempre será un invasor invadido. En los poemas más recientes de Antonio Colinas el destello de su dibujo resulta diáfano, mostrando el sosiego palpitante de un poeta que aprendió a distinguir la levedad de la vida y lo abrupto donde se amparan sus realidades, el caos donde se organiza y se consume toda experiencia.

 

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Antonio Colinas, por Miguel Elías

 

II

 

Este premio otorgado a Antonio Colinas es también un llamado para volver sobre la obra de los poetas de la generación del 68 en España de la que él hace parte. De esta muchos de sus integrantes fueron dados a conocer a través de antologías como Nueve novísimos poetas españoles (1970), de José María Castellet, Nueva poesía española (1970), de Enrique Martín Pardo y Espejo del amor y de la muerte (1971), de Antonio Prieto. Y señalados en sus inicios por la crítica con denominaciones como “generación del lenguaje”, “venecianismo”, “generación de la marginación” entre otras.

En la introducción para su libro Antología de la poesía española 1960-1975 (1997), dice Juan José Lanz: “Creo que a la generación española que nos ocupa le conviene el nombre de generación del 68, ya que esa fecha histórica tuvo una enorme importancia en su formación y la vincula al resto de generaciones occidentales que en ese momento empiezan a tomar conciencia de sí mismas”.

 

Sí, esta es una generación de magníficos poetas como Antonio Martínez Sarrión, Félix de Azúa, José-Miguel Ullán, Pere Gimferrer, Jenaro Talens, Guillermo Carnero, Luis Alberto de Cuenca, Jaime Siles y Luis Antonio de Villena entre otros. Un signo que los distingue es el del “culturalismo”, que los inclina al acervo cultural como sustento inspirador para sus creaciones, lo que en ningún momento los separa de las realidades de su tiempo, es más, este “culturalismo” les permite ampliar el dibujo estructural, rítmico y de contenido de sus poemas.

 

En casi todos los primeros libros de estos poetas el poema es presentado a través del correlato de un hecho o de un personaje histórico con el cual enmascarar la realidad actual, propiciando la creación de otra impersonal. Así, la intimidad y las facciones de una época son puestas tras una máscara que en su representación dice develar en los ecos que la configuran, la fugacidad y los misterios de la vida y de la muerte. El otro histórico vuelto el yo donde el poema se recoge y expresa, territorio donde participan múltiples voces, y entre estas la del poeta como anotador en un monólogo dramático que crece con la distancia. En sus posteriores libros estas experiencias mudaron hacia otras expresiones, ampliando la voz poética de cada uno de ellos con características que los confirman y hacen inconfundibles.

 

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Colinas y la poeta israelí Margalit Matitiahu, en el XVII Encuentro de Poetas Iberoamericanos

(Foto de Ángel Almeida)

 

Los encuentros, silencios y diálogos que estos poetas establecen con las obras de sus antecesores en España, en Hispanoamérica y de otras tradiciones, les permitió asumirse y confrontarse ante las poéticas de su tiempo. Con la generación del 27 comparten algunos de sus idearios humanos, si bien ante su estética asumen otras vías que los llevan en sus inicios al ensimismamiento cultural. Parco pero crucial es el encuentro con las obras de poetas de Hispanoamérica como Vicente Huidobro, César Vallejo, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda y Octavio Paz por mencionar solo algunos. Encuentros y desencuentros que permitieron a cada uno crear una obra concisa al tiempo que amplia en sus hallazgos y en sus resonancias, una obra abierta hacia las extensiones donde cunden las realidades de un mundo al que siguen contribuyendo con sus búsquedas.

 

La relación establecida por la generación del 68 con las obras de la generación del 50, de la que hacen parte poetas como Claudio Rodríguez, Carlos Bousoño, Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente y José Hierro entre otros, los lleva a propiciar un quiebre que les permitió aprehender para sus poemas versos de apariencia y contenido no lineal, en un decir casi fragmentario, versos en imágenes y analogías muy próximas a lo onírico, intencionalmente distintos de la tendencia narrativa y descriptiva dada en los poemas de la generación del 50. Acto de renovación cognoscitiva para la escritura y la lectura del poema, es decir, para el poeta y el lector. Para una comprensión más coherente de las fundaciones y rupturas en la poesía escrita en España durante el siglo XX, es necesario no olvidar las condiciones en las que vivieron y crearon los poetas y los artistas durante el régimen franquista. Tal contexto es clave para entender el desarrollo vital y creativo de todos ellos.

 

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 César Antonio Molina, Antonio Colinas y Alfredo Pérez Alencart Alencart

(Salamanca, 2005, foto de Daniel Mordzinski)

Las empatías, forcejeos y rupturas que estos poetas vivencian en el ir y venir de sus corrientes generacionales, hacen parte del cuerpo plural y canónico de la tradición poética de España. Tales relaciones son inevitables y necesarias, pues permiten a cada generación no olvidar el derecho y la responsabilidad que tienen para construir los escenarios donde realizar el imaginario de sus ilusiones y quimeras, el mismo donde consumir sus desencantos y fatigas.

 

Cabe anotar que extraña el poco diálogo y conocimiento entre los poetas de Hispanoamérica y los de España. Tal conocimiento sería muy oportuno e higiénico, pues permitiría nutrir y fortalecer nuestro idioma común desde los matices y las diferencias de expresión presentes en cada uno de los países donde se habla y se escribe en español. Las actuales políticas que quieren regir el mundo son demasiado perversas como para contribuir con ellas ignorándonos, desconociéndonos.   

 

 

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 Lectura de Antonio Colinas en la Cumbre Poética Iberoamericana, Salamamca 2005

(foto de J. Alencar)

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