10 CASOS PUNTUALES DE LA CRÍTICA LITERARIA CONTEMPORÁNEA EN VENEZUELA. ENSAYO DE JOSÉ CARLOS DE NÓBREGA

 

 

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Crear en Salamanca se complace en publicar este  ensayo escrito por José Carlos De Nóbrega (Caracas, Venezuela, 1964), ensayista y narrador, licenciado en educación, mención lengua y literatura, por la Universidad de Carabobo (UC). Ha publicado los libros de ensayo ‘Textos de la prisa’ y ‘Sucre, una lectura posible’, ambos en 1996, y ‘Derivando a Valencia a la deriva’ (2006) o, ya en narrativa, ‘El dragón Lusitano y otros relatos’ (2012). Fue director de la revista La Tuna de Oro, editada por la UC. Forma parte de la redacción de la revista Poesía, auspiciada por la misma casa de estudios. En 2007 su blog ‘Salmos compulsivos’ obtuvo el Premio Nacional del Libro a la mejor página web. Este texto fue leído en el marco del Seminario “La Mirada Crítica”, auspiciado por la 13ra. edición de la Feria Internacional del Libro de Venezuela (Filven), el pasado 10 de noviembre de 2017.

 

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1.-  JESÚS SEMPRUM

(San Carlos, Zulia, 1882 – Caracas, 1931)

 

Jesús Semprum es el primer crítico literario del país. Su discurso que concilia lo profesional y el ensayo libre, abunda sobre una poética rigurosa e independiente de la captación y la interpretación como real y auténtica perspectiva crítica. Ausculta con curiosidad y sabiduría clínica el cuerpo de la literatura y el habla, para hallar la episteme, la paradoja, la contingencia y la contradicción, recreándolas al punto en una prosa muy bien ejecutada. Esto es pasar del diagnóstico al oficio quirúrgico de altura: “Ciertos lectores somos como esos pacientes víctimas de enfermedades secretas, que buscan a sus cofrades de dolencia para contarse mutuamente sus cuitas” (Semprum, 2004, p. 101). El conocimiento del texto literario del Otro se apoya en el mismísimo Yo autoral: la crítica se desenvuelve con vitalidad en la conversación de sobremesa del ensayismo de raza [que en su casova de la redacción juvenil de la revista “Ariel” a la más adulta de la paradigmática “El Cojo Ilustrado”]. El buen decir de la lengua en la gramática americana de Andrés Bello, no desentona con una inclusión bien pensada y hablada de vocablos populares que enriquecen el estilo y la argumentación: el guirigay diabólico o la sintaxis gabacha de la jerigonza médica que también afecta al estamento crítico. El picante tropical deldecir crítico, no fracasa ni en la amarga frustración creadora [pues la crítica es la culminación del arte] ni en el acomodo con cogollos intelectuales [de los que tomaba distancia], por el contrario, aliña una Palabra dura que desmonta aproximaciones ilusorias en lo estético y lo ideológico respecto a la literatura y el arte de Venezuela y América Latina.

 

Por ejemplo, Semprum vislumbró la muerte del Modernismo y no la inhumación de la obra de Rubén Darío, por la torpe y afectada mano homicida de sus pésimos imitadores. Ello al punto de poner las cosas en su justo lugar, sin importar el llorar y el crujir de dientes de sus coetáneos: “Darío nunca fue un poeta revolucionario, sino un restaurador, un reaccionario. Era católico, conservador en política y probablemente monárquico; y todas sus audacias verbales, examinadas fríamente, resultan empeño regresivo hacia las formas verdaderamente tradicionales de la literatura española” (Semprum, 2004, p. 121). Nuestro escritor y médico cultivó diversos sub-géneros como el prólogo, la reseña, el ensayo y el diálogo para construir paulatinamente su poética personal de la crítica literaria y artística.“Notas críticas” publicadas en “El Constitucional” el año 1905, significa un texto neurálgico y bien trabado que considera el devenir de la crítica y la literatura en la Venezuela de entonces. El prefacio a “Tienda de Muñecos” de Julio Garmendia coquetea la perfección, porque completa una evaluación integral del libro que parte de una glosa entusiasta al cuento “El Alma” con su diablejo criollo, enternecedor y malvado que la escritura humaniza a golpe de la ironía más inaudita. El largo ensayo “La pintura en Venezuela” es memorable no sólo por el magma argumental, sino en especial por su juicio descriptivo muy plástico [véase cuando se refiere a Pentesilea y El Purgatorio], como si fuera imaginería al óleo en segunda instancia: El contraste vital y estilístico entre Arturo Michelena y Cristóbal Rojas se desarrolla en una curaduría cuidadosa y amorosa de una notable muestra colectiva del arte venezolano del siglo XIX. Hasta su presunto último trabajo valorativo, “El crítico sufrido. Bibliografía de un libro que no se ha escrito”, más que coda pesimista de su oficio, se nos antoja un cierre meta-poético a contracorriente que destila un amargo sentido del humor cervantino [y por ende poligráfico]: El duelo proverbial y tragicómico entre el crítico y el texto, nos conduce a una reivindicación sutil y solidaria del escrutador de almas y libros que se despide despachando desde un consultorio en El Valle.  

 

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Rafael Castillo Zapata

 

2.- ANDRÉS MARIÑO PALACIO

(Maracaibo, 1927 – Caracas, 1966),

LUIS BRUZUAL

(Caracas, 1954)

Y  RAFAEL CASTILLO ZAPATA

 (Caracas, 1958)

 

Andrés Mariño Palacio es un escritor de transición en su doble vertiente: la del singular narrador y la que corresponde a su trabajo de crítica literaria. Así lo atestiguan las aproximaciones valorativas de Orlando Araujo, Miguel Ángel Campos y, especialmente, los libros de Luis Bruzual [“Significación de la revista Contrapunto (1948-1950)”, La Casa de Bello, 1988] y Rafael Castillo Zapata [“El legislador intempestivo. Andrés Mariño Palacio: el artista y el gobierno moral de la ciudad”, Celarg, 2006]. Este diálogo entre los tres críticos referidos en el segundo subtítulo, resulta muy enriquecedor puesto que establece una interesante coordenada del género en Venezuela, al igual que la polémica gustosa y respetuosa entre Ludovico Silva y José Manuel Briceño Guerrero en torno al Laberinto de los Tres Minotauros propuesto por el polígrafo de Palmarito. Si revisamos los “Ensayos” (Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes, 1967) de Mariño Palacio, se observa una preocupación juvenil y rebelde por la literatura de la segunda posguerra, tanto la de los europeos Hesse, Mann, Gide, Joyce y Lawrence, como la de los latinoamericanos Mallea, Huidobro, Pocaterra, Gallegos, Uslar Pietri, Meneses y Márquez Salas. La vinculación del país con el mundo literario y político de inicios de la Guerra Fría, le llevarían a exponer sus argumentos respetuosos y díscolos en la configuración de su propia poética narrativa [“El cuento dentro de la ficción, es como el soneto dentro de la poesía” (Mariño Palacio, 1967, p. 74)] y su posición generacional que oscila entre la consideración filial y la explosión parricida [“¿Que pidamos y reclamemos una crítica exigente y no esa innoble labor de perdonavidas que vienen haciendo algunos torpes escritores de notas bibliográficas y secciones de crítica?” (Mariño Palacio, 1967, p. 69)]. “La Historia Universal de la Demagogia”, constituye un texto crítico que roza la fusión de géneros para solazarse en apóstata visión del país y el continente: el periodismo, la poesía y la novela han legitimado muchas veces a la demagogia como sustento ideológico y estético del Poder, desde el gomecismo apuntalado por modernistas y positivistas, hasta la tensión de populistas y militares de academia que derrocaron a Medina Angarita a la fecha [teniendo al Rey Petróleo tras bastidores]. Tanto la narrativa como el ensayo crítico de Andrés Mariño Palacio, ejercicio de escritura iniciático e intensocortado abruptamente por la enfermedad psiquiátrica, no sólo evidencian su rotundo talento sino también nos dejan un mapa fragmentado pero luminoso por completar.

 

     Luis Bruzual, desde la consideración del colectivo editor de la revista Contrapunto, nos presenta un inventario comentado de los textos de cada quien y cada cual. Respecto a Mariño Palacio, se observa que más que poligrafía priva la escritura como río caudaloso alimentado por afluentes variados. No sorprende que el cuento “Abigail Pulgar” prefigure la novela “Los alegres desahuciados” en la que el personaje ficticio se topa con el mismísimo autor, pero sí que las galeradas de la revista o los textos enviados a los periódicos sean efluvios que van del mundo caraqueño real al de la ficción. La lectura y la hechura discursiva son las caras de una enigmática moneda escondida en el mar. El apostolado lúcido del crítico y el novelista, sin embargo, no le escurre el bulto a la coyuntura política y social: Hilvanando apuntes sobre Rómulo Gallegos, Mariño Palacio “Concluye luego al declararse comprometido –junto con la revista- con cualquier signo de progreso y enriquecimiento nacional y ajeno a toda componenda de baja política” (Bruzual, Luis, 1988, p. 62). La responsabilidad del escritor respecto a su siglo, no es manifestación apolínea y purificada, sino la realización existencialista de la lucidez sin concesiones ni mediaciones que obstruyan la libertad de adentro y de afuera.

 

     Por su parte, Rafael Castillo Zapata se refiere a Andrés Mariño Palacio como si fuese un profeta aguafiestas o contralor incómodo de la sociedad de su tiempo. En este caso, también el tiovivo se desplaza del campo de la crítica al de la ficción en un espíritu de irreverencia y desconfianza respecto al contexto histórico crucial: “Un manifiesto [Razón de Contrapunto] que recuerda las arengas de Abigaíl o de Lombardo y las palabras finales del narrador sentencioso en Los alegres desahuciados, o las palabras iniciales del narrador intempestivo en Batalla hacia la aurora” (Castillo Zapata, 2006). Ello con su mesianismo acechante, las empresas revitalizadoras de la República y el látigo insomne y sobreexcitado de sus invectivas artísticas e ideológicas. Revisita de otros momentos estelares de la iconoclastia trocada en el moralismo literario universal y local de Petronio, Catulo, Quevedo, Gracián, Pío Gil, Pocaterra, Vargas Vila o Rufino Blanco Fombona. Las disputas no sólo arremetían contra los figurones del momento político a través de sus libros y artículos en publicaciones periódicas, incluso el teatro de guerra tocaba al interior del Grupo Contrapunto [releamos por ejemplo la crítica poco favorable que Héctor Mujica dispensó aLos alegres desahuciados de Mariño Palacio, la cual tasajeaba el nihilismo de la novela]. Sin sospecharlo, el mismo Andrés Mariño Palacio sería la indirecta víctima propiciatoria de una generación perdida e incorruptible, por el instrumental multiuso, esterilizante y represivo del Estado que forjó a la hipertrofiada República del Petróleo. 

 

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3.- DOMINGO MILIANI

(Boconó, 1934 – Caracas, 2002)

 

“Prueba de Fuego. Narrativa venezolana-Ensayos” (1973) de Domingo Miliani comparte con “Narrativa venezolana contemporánea” (1972) de Orlando Araujo y “Proceso a la narrativa venezolana” (1975) de Julio Miranda, el tríptico aproximativo más notable de nuestra narrativa teniendo como fecha de cierre los mediados de la década de los setenta. Este arqueo significativo de la novelística y la cuentística en Venezuela, comprende seis instantes: el período 1960-1970, la tipología galleguiana –tanto de su discurso como la relativa a sus personajes arquetípicos-, Julio Garmendia, “La Galera de Tiberio” de Enrique Bernardo Núñez, “Las lanzas coloradas” de Arturo Uslar Pietri como fotografía de la sociedad venezolana y una consideración crítica inusual al cuento “Adolescencia” de Guillermo Meneses. Si bien cinco de los seis ensayos ya estaban publicados, Miliani no se equivoca en la mera recopilación biblio y hemerográfica de sus propios trabajos, sino que los somete al implacable lector asumiendo un riesgo calculado: la evidencia de la costura crítica contingente y diversa de textos dispersos sin que medien la sistematicidad, el prestigio y el egocentrismo del que valora textos narrativos fundamentales en el devenir literario nacional más reciente. La selección aparentemente azarosa de los autores y las obras, representa un magnífico pretexto para demostrar la legión disímil de nuestros novelistas y cuentistas: La novela regional y reformista de Gallegos inmersa en el positivismo de laboratorio; el caos temporal e historiográfico de las novelas históricas de Enrique Bernardo Núñez; el aire lúdico y vanguardista auténtico de las colecciones de cuentos “La tienda de muñecos” y “La tuna de oro” de Julio Garmendia; y el estadio de transición escritural que supuso ese cuento de iniciación o formación que es “Adolescencia” de Meneses. Por lo que el instrumental crítico es ecléctico y no monológico, a la usanza de Andrés Bello no obstante la disciplina y la coherencia metodológica. El quehacer valorativo apela con un depurado sentido de pertinencia y oportunidad, diversos enfoques que van de lo socio-crítico al análisis semántico del texto literario. Por supuesto, en la construcción impecable, dialógica y seductora del comentario estimulante y revelador del texto compartido con el universo lector.

 

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4.- ALBERTO RODRÍGUEZ CARUCCI

(Valencia, 1948)

 

Alberto Rodríguez Carucci ha desarrollado un valiosísimo trabajo crítico, académico y de divulgación literaria en Venezuela y América Latina. Su obra está dispersa no sólo en publicaciones literarias dentro y fuera del país, sino también en las entradas y artículos que ha redactado para diccionarios enciclopédicos de literatura venezolana y latinoamericana. “Sueños originarios. Memoria y mitos en la literatura venezolana” (2011) constituye un libro canónico, flexible y abierto de nuestra crítica literaria, el cual se inscribe en una de las líneas de indagación de su autor, ésta es la reconstrucción histórica y literaria del pasado pre-hispánico. Parte de la problemática de la captación y la subsecuente interpretación diversa, transdisciplinaria y polifónica del mito de Amalivacá: desde el eurocentrismo cristiano del jesuita Filippo Salvatore Gilij, deteniéndose en el afán científico y nacionalista de Arístides Rojas, hasta el liberador marxista de César Rengifo incrustado en el Mural de la Plaza Diego Ibarra, Caracas. También Rodríguez Carucci realiza una consideración crítica y sopesada de las aproximaciones científicas y etnográficas de Alexander von Humboldt, la de José Martí colindante con la liberación política y cultural del continente, e incluso la muy peculiar puesta en escena de Oscar Guaramato en el género de la dramaturgia infantil. La primera parte de este bien ponderado volumen, realiza una exposición inmediata y mejor pensada de la metamorfosis simbólica, ideológica y estética del mito tamanaco patente en sus múltiples traducciones y reelaboraciones literarias y artísticas. El fluir dialógico del discurso crítico propende con seguridad y convicción al buen Decir ensayístico que acompaña el rigor metodológico. La gentileza, la transparencia y el tenor respetuoso de la prosa, no descarta la contrariedad ni la controversia en el tratamiento de los temas. El segundo panel de este tríptico, se refiere a otra de sus líneas de investigación tendiente a la literatura nacional como problemática ideológica, tipológica y discursiva: Comentacon imaginación inquisitiva el entramado de la producción literaria colonial, ocupación muy poco usual en nuestro medio, que se manifiesta específicamente en las Crónicas de Indias, teniendo la carta colombina a los Reyes Católicos que reseña el tercer viaje además de configurar la Tierra de Gracia, como mito fundacional político-imperial y literario. El intervalo oscurantista inducido de este período escritural, se inició en el criterio reduccionista del mantuanaje y su proyecto republicano independentista. No se reparó en mucho tiempo que la literatura colonial marginalizada encarnaba una paradójica, mestiza e interesante proposición de escritura continental. Cierra el tríptico un ensayo muy revelador que homenajea la obra narrativa étnica en lengua wayuu de Miguel Ángel Jusayú. No se trata entonces de textos hilvanados tan sólo por el vigor cientificista de la crítica, sino también de un objeto apetitoso que insta a una lectura placentera y refrescante sobre aristas puntuales de nuestro devenir como pueblo, eso sí, a contracorriente de las plantillas esterilizantes y opresivas con que nos resecan los Poderes fácticos transnacionales. 

 

 

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5.- VÍCTOR BRAVO

(Santa Bárbara del Zulia, 1949)

 

“Magias y maravillas en el continente literario” (Ediciones La Casa de Bello, 1988 y reimpreso en 1995) de Víctor Bravo se nos antoja una polémica y completa aproximación crítica de los conceptos de “realismo mágico” y “lo real maravilloso”, teniendo en consideración la obra de Miguel Ángel Asturias y Alejo Carpentier respectivamente. Hallamos un dominio disciplinado del campo bibliográfico en el marco de una posición exegética profesional en apariencia, pues sublima una apuesta política e ideológica favorable a la consideración técnica de los textos narrativos a expensas de la preocupación social de sus autores. Ello se desarrolla desde el inicio del volumen. Por ejemplo, sin contrariar la calidad literaria de Carpentier, el tono polémico y picante de este ejercicio crítico, asimilable a una lectura ágil del post-modernismo, se ocupa en cuestionar el prólogo del autor a “El Reino de este mundo” (1949) como si se tratara de un programa o manifiesto literario, político y estético. También arremete contra uno de sus estudiosos, el docente y crítico Alexis Márquez Rodríguez. Sugiere, entre otras cosas, que Asturias y Carpentier saben contradecirse, en su condición de víctimas y victimarios del sistema de trampas ideológicas y estéticas que habían forjado ellos mismos. Por supuesto, no respaldamos una lectura piadosa ni apologética de nuestros autores, porque implicaría falsear y envilecer sus propuestas escriturales. Dadas las coordenadas serias de nuestra coyuntura, todavía –pese a nuestra inclinación por la distopía, la picaresca y el humor cruento y cínico- nos ubicamos en el campo de una utopía preventiva que construya una República justa y digna por constituirse en la absoluta ausencia del efecto banal y envilecido de los discursos politiqueros y academicistas.

 

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6.- ENRIQUE ARENAS

(Coro, 1944 –Maracaibo, 2015)

 

Enrique Arenas Capiello es uno de nuestros más gigantescos críticos literarios. A pesar de que sólo ha publicado dos libros [“Miguel Ángel Asturias y la concepción demoníaca del mundo” (1967) y el emblemático “El azogue ubicuo. Esbozos y ejercicios críticos” (2008, Universidad del Zulia)], si le sumamos a tal díptico su producción ensayística dispersa en diversas publicaciones especializadas, tenemos ante nosotros un gran referente crítico que integra el intervalo que arranca Jesús Semprum, consolidan Mariano Picón Salas, Arturo Uslar Pietri y Mario Briceño Iragorry, y diversifican Domingo Miliani, Carmen Virginia Carrillo, Mirla Alcibíades, Víctor Bravo, Carmen Mannarino, Mariana Libertad Suárez, Alberto Rodríguez Carucci, Laura Antillano y Douglas Bohórquez, entre otros. Su muy apreciada voz inquisitiva, empalma con su labor docente universitaria y de promoción cultural en las comunidades. El discurso argumentativo de Arenas, por fortuna y para nuestro contentamiento, es vía a contracorriente de la refracción unidimensional de la crítica que desnaturaliza el texto literario con fines inconfesables.

 

     No nos ha dejado de complacer la calidad conceptual y escritural de “El azogue ubicuo”, ello en una lectura tardía y accidental pero por demás reveladora. Se nos antoja, parafraseando a Canetti, un Minarete que habla en múltiples registros. Especialmente, cuando la complejidad interpretativa se fusiona con una transparencia formal afín al lenguaje poético. La prosa de Enrique Arenas, no obstante su respiración y tenor barroco de altísima factura, no se asimila al despropósito político y propagandístico del academicismo. Por el contrario, la captación del texto literario y el discurso ensayístico acompañan a la Poesía como un camino válido y paradójico del conocimiento. Valgan sus propias palabras ante tan comprometida asociación lúdica: “Ambas instancias se hallan, se inter-inventan en la incertidumbre, en la paradoja, y a veces, ¿por qué no, hasta en el absurdo?”

 

     Enrique Arenas, además de formar nuevas generaciones de investigadores y creadores, edificó un entramado crítico y literario que incluso llama de vez en cuando a la oralidad popular, en tanto respiración que suaviza el texto argumentativo [sobre todo en las locuciones “lo cual quiere decir en cristiano” o el “Dios nos libre” matriarcal]. La calidad intelectual, muy suya, no contradice su participación en las comunidades y los barrios bajos a través del Movimiento Poderes Creadores del Pueblo Aquiles Nazoa. Su indagación personal y excepcional de la poesía venezolana, no lo sustrajo del quehacer comunitario sino que se lo reforzó con intensidad solidaria y amorosa.

 

     Este incunable de la cultura venezolana, contiene ensayos inolvidables sobre la poesía venezolana clásica y contemporánea. Desde una visión reivindicadora y refrescante de Andrés Bello como poeta y gramático de la emancipación americana; deleitando a la comunidad lectora de profesionales y ciudadanos de a pie, en el brillante ensayo dedicado a Elías David Curiel que nos lo rescata del olvido y, sobre todo, de la mera y sosa curiosidad o rareza literaria; ponderando la indudable calidad poética e inmediatez de la obra siempre viva de los carabobeños Ida Gramcko y Vicente Gerbasi; haciendo un justo reconocimiento a una de nuestras más queridas poetas, Lydda Franco Farías, en dos estimulantes visitas; hasta ese diálogo que ubica en la terraza de un mismo hostal a Curiel, Juan Liscano y Rafael Cadenas para conversar enredados en su diversidad discursiva, espacial y lírica. También nos encuentran otras aproximaciones dinámicas, en su clave poética personal, a vecinos y amigos como el ecuatoriano César Dávila Andrade, venezolano por vínculo inmediato y continental, amén de los mexicanos José Gorostiza y Xavier Villaurrutia.

 

     Enrique Arenas seduce al universo de sus lectores en el acometimiento de una libre interpretación personal del texto poético, sin trastabillar con las muletas de las voces autorizadas. El santo y luciferino ejercicio de la palabra se vale, por el contrario, del espíritu dialógico que problematiza el texto y el contexto a raíz de la lectura atenta y comprensiva de las propuestas críticas del siglo XX: estructuralismo, marxismo, sociocrítica, psicocrítica, fenomenología y hermenéutica. Siguiendo a SusanSontag, Arenas no desmonta el texto o su recepción en un código del escándalo, sino con un instrumento del conocimiento [la crítica] que celebra a otro [la Poesía] y, al mismo tiempo, apuesta por la liberación del hombre en sociedad. No se trata, pues, de legitimar el mercado del arte literario ni los poderes fácticos escondiéndose en un castillo que distancia al crítico o académico de los suburbios y villorrios. Es preferible arriesgarse entre el rigor y el vuelo poético, sin importar que nos tilden de eclécticos, que entumecer la mirada en la confortabilidad de las escuelas muy solicitadas por los detentores del Poder aguas arriba.

 

     Los juicios de este coriano impenitente y entrañable, no concitan el entusiasmo de un entorno socio-cultural mustio y burocratizado, pues son intrépidos y punzantes como los diagnósticos del Doctor Gregory House en una televisión hiperrealista y alienante. La página se abraza a la parrafada como tanteo auténtico, dialéctico y corajudo del texto poético, eso sí, sin descuidar la maravillosa y honesta fragilidad de la palabra. El largo y perfecto ensayo sobre Elías David Curiel, no en balde las frenéticas enumeraciones y las repeticiones de índole musical que enriquecen el argumento, arroja tesis puntuales que nos instan a bucear en la atmósfera extraña, contradictoria y doliente de este poeta judío hermanado en la lectura. He aquí una muestra magnífica de tan vinculante reconvención: “La poesía dice sus graves, terribles conflictos o límites con un tono pobre o anodino que es un excelente registro de vacuidad para el texto. Decir con la pobre palabra, la riqueza de un extraordinario poema”.  

 

     La lumbre poderosa de la escritura de Arenas, no sólo descansa en el caudaloso río que alimentan diversos afluentes [la encrucijada o hipertexto que reúne a la poesía, la crítica y el ensayo], sino también en el uso inteligente y creativo de técnicas como la paráfrasis, las citas y los recursos literarios. Fiel a la respiración física y poética de su región, no es difícil relacionarlo con el barroco maracucho de César Chirinos o los giros idiomáticos y líricos de los que se aprovecha Elías David Curiel para contrarrestar la elegante musicalidad de Darío y, en consecuencia, recrear así el gótico de resolana hastiada de adentro y afuera. El dinamismo de la enumeración es la ilación crítica y contingente propia de una ensayística concupiscente, bellamente trabada al punto de abrevar en la Poesía misma. No hay lugar para el fariseísmo de la mirada, cuando se trata de glosar enamorado la poética de Ida Gramcko: “Difícil es lo que se hace, lo que al construirlo se le ve por dentro sus venas, sus nervios, sus huesos más recónditos, su manera de articularse, su aparente facilidad”.     

 

     El uso de las citas, sin importunar ruidosamente la nomenclatura académica, se desarrolla en esta entrega como una novedosa y personalísima técnica de ensamblaje textual. Como se sabe, es un difícil arte que se debilita hoy en la decadencia y fenecimiento de nuestras escuelas de letras de pre y postgrado. Walter Benjamin, insistimos de nuevo en ello, observa que el ensayista de raza delata su personalidad en la selección y montaje de las citas que apuntalan su misma búsqueda. Enrique Arenas, nadando placenteramente contra la corriente y embebido de poesía dura, desarma el poema, lo reconfigura y lo traduce para comentar con un poema propio la voz del Otro. Sin duda, se trata de un “pastiche crítico” muy válido a la usanza de los “pastiches criollos”, poéticos y paródicos de Luis Enrique Mármol, pues suponen [en ambos casos] el conocimiento y la aproximación pertinente del discurso o la locura del otro.

 

     Este libro delicioso y especular que juega a la palabra incandescente, comenta con suma fortuna y se envuelve en la voz poética de la legión considerada respetuosa y cálidamente, nos impele a ocuparnos de la esterilidad académica y política que ha ganado terreno en nuestras universidades. Nos hacen falta las voces críticas, compulsivas y lúdicas de una imprescindible SusanSontag, de ese bárbaro entre la belleza que fue Murena y, sin lugar a dudas, de nuestro gran maestro Enrique Arenas. He allí sus escritos, susceptibles de la lectura cómplice y solidaria que nos conduzcan a majaderas empresas libertarias por venir y vivir sin cortapisas. Por último, sugerimos recoger, compilar y publicar en uno o más tomos la obra ensayística y literaria de Enrique Arenas para beneplácito de un nuevo país que se escuche y se lea con una vital pasión ciudadana sin par.

 

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7.- JULIO MIRANDA

(La Habana, 1945 – Mérida, 1998)

 

Tomaremos, en la redacción de esta glosa breve, como referencia vinculante el “Retrato del artista encarcelado” (Universidad Cecilio Acosta, 1999) de uno de nuestros grandes amigos, el crítico y escritor cubano Julio Miranda. Este brillante ensayo, partiendo de la auténtica categoría existencial que es la vivencia carcelaria, nos pinta los retratos de Oscar Wilde, Alfredo Arvelo Larriva y José Martí. Miranda se vale de la tipología biográfica y psicológica, para trizar la filiación a inútiles y confortables arquetipos que cosifiquen el presidio: Wilde encarna al derrotado en el sufrimiento extremo; Arvelo Larriva asume el espíritu del resistente que se refugia en el erotismo; mientras que Martí es el combatiente que convive con la muerte inminente. Desdiciendo la propaganda victoriana que aún aturde desde Inglaterra y Estados Unidos, coincide con José Emilio Pacheco en su captación enriquecedora de Wilde, pues detrás del dandy disimulado se esconde tras la cortina el aguijón crítico y libertario que escribió la comedia “La importancia de llamarse Ernesto”, la novela “El Retrato de Dorian Gray”, el ensayo “El alma del hombre bajo el socialismo” y los textos presidiarios “Balada de la Cárcel de Reading” y la “Epístola” dirigida a su caprichoso amante Lord Alfred Douglas. Su intervalo creativo comprendió el desmontaje lúdico del conservadurismo victoriano, el terrorismo ético y existencial en la escisión de la personalidad de Dorian Gray, la subversión política y la paradójica “mística del sufrimiento” que lo reduce a la derrota y el desprestigio social [¿Acaso Wilde sobrestimó su ingenio y talento discursivo, subestimando al punto el corazón predatorio de la sociedad conservadora británica? ¿El juicio en su contra no puede extrapolarse al proceso traumático de tutelaje colonial y represivo de su Irlanda, con el Ejército Republicano Irlandés crecido a expensas del Domingo Sangriento de U2?] Como canta Palmieri y la Perfecta al otro lado del Atlántico, “yo no quiero morir encadenado”. Oscar Wilde apuesta todavía por la inteligencia rebelde que se revela amorosa: “Cuando el hombre haya comprendido el individualismo, comprenderá igualmente la simpatía hacia el prójimo y la ejercerá libre y espontáneamente”.

 

     El poeta Alfredo Arvelo Larriva desarrolla una obra poética en prisión que apuntala el erotismo, por supuesto, como manifestación compulsiva por la vida. En “Sones y Canciones” (1909), parafrasea a Santa Teresa de Ávila mientras su imaginación sensual besa y muerde las pulpas de la mujer: “Ay, Dios mío ¡Yo que muero sin vivir, / yo que muero cuando no quiero morir!” El orgasmo estético modernista además de metaforizar el cuerpo femenino componiendo bodegones frutales del trópico por devorar, nos retrotrae el cautiverio de San Juan de la Cruz y Fray Luis de León, sólo que en un desafío abierto y rebelde al Cabito y luego al Bagre. Instado por su compañero de generación, Rufino Blanco Fombona, Arvelo purgaba pena por matar a un posadero que irrespetó su honor. En “Diarios de mi Vida (1904-1905)”, Blanco Fombona describe el encierro compartido con él en la Cárcel Pública de Ciudad Bolívar. Recordemos que además de los Diarios, Don Rufino escribió “Cantos de la Prisión” y su novela terrorista por excelencia “El hombre de hierro” [epitafio de la cautividad ciudadana y el despropósito político de su tiempo]. Generación egotista, duelista y libertina que incluyó también a Vargas Vila y la militancia y el martirologio anti-colonialista de José Martí. En el caso de Martí, el encarcelamiento adolescente se prorrogó en el exilio y el deterioro físico, sobre todo manifiestos en las crónicas de New York, el ensayo sobre “El presidio en Cuba” de 1871, el epistolario y la poesía: Nos encontramos con el Job revisitado, reivindicado y revitalizado hoy [“Quisieron tasajearme, pero no era preciso: yo me dejaba para poder seguir andando”]. Más allá de la rigurosidad metodológica y estilística del discurso crítico de Julio Miranda, este ensayo notable honra con pertinencia e imaginación poética la literatura en cana, territorio sórdido donde se incuba la libertad y la proscripción.

 

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8.- ALEJANDRO BRUZUAL

(Caracas, 1957)

 

Alejandro Bruzual, investigador literario adscrito al Celarg, ha venido realizando un trabajo crítico que empalma la reconstrucción histórica y discursiva del texto con su valoración técnica y estética. En él confluyen, pues, el arqueólogo, el antropólogo, el sociólogo y el crítico literario. El estudio y la edición crítico-genética de “Cubagua” (2014) de Enrique Bernardo Núñez es un libro por partida dupla: Un clásico de la literatura rehecho y celebrado por un escritor e investigador entusiasta. Trascendiendo su rigor metodológico y técnico, la curaduría, el cuidado editorial y el comentario crítico y ensayístico delatan una pasión investigativa [lectora] que rescata y restituye en la memoria este título fundamental de las letras venezolanas y el continente. El afán cuasi arqueológico que reconstruye el itinerario textual de la novela, facilita paradójica y afortunadamente un diálogo abierto con los lectores. Respecto al juicio crítico y la trascendencia que nos merece la obra bien curada, además de destacar al igual que Seymour Menton su condición de novela histórica y vanguardista, recalca su concepción no convencional del género y la Historia en virtud de su estructura cíclica que vincula a la Colonia con la República Petrolera. La introducción novedosa del tema petrolero, a la par del reportaje coral y novelado de “Mene” de Ramón Díaz Sánchez y la “Tetralogía del Petróleo” de César Rengifo, involucra un decidido cuestionamiento al Neocolonialismo instituido por la sociedad cómplice entre Juan Vicente Gómez y las transnacionales petroleras, el cual tendría su continuidad en las gestiones gubernamentales que la sucedieron no en balde sus muchas idas y pocas vueltas. Específicamente, Bruzual destaca y contraviene la envilecida política de concesiones petroleras y, por ende, la imposición del rentismo petrolero. Apareja una crítica integral al extractivismo compulsivo [“Es la continuidad de la lógica colonial de extracción intensiva, que provocó la ruina de Cubagua, y que anuncia el fracaso ineludible de la embestida neocolonial” (Núñez, 2014, p. XXX)], que va del Rey Petróleo de Domingo Alberto Rangel al “Fantasma de la Gran Venezuela”, en tanto equívoco desarrollista y capitalista de Estado, de Emiliano Terán Montivani. Esta versión de “Cubagua” está redondeada por su diagramación y presentación gráfica que concilia lo clásico con lo contemporáneo: Tenemos en nuestras manos un libro gigantesco y un bello objeto cultural que nos cuenta y reencuentra con el país. Aprovechamos la ocasión para recomendar otras incursiones críticas muy notables de Alejandro Bruzual, las cuales comprenden la panorámica histórica, anecdótica y valorativa del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos en “Utopías en Movimiento” (Celarg, 2011 y 2014); el muy sentido y digitado ensayo biográfico y guitarrístico dedicado a Manuel Enrique Pérez Díaz (2001); y el estupendo ensayo “Aires de Tempestad. Narrativas contaminadas en Latinoamérica” (2012), una aproximación crítica a la tríada novelística no canonizada El tungsteno de César Vallejo, Parque Industrial de Patrícia Galvâo y Cubagua de Enrique Bernardo Núñez. 

 

 

10 Pedro Téllez. Foto de Yuri Valecillo

Pedro Téllez. Foto de Yuri Valecillo

9.- Crítica y Ensayo [Diálogo entre

OSCAR RODRÍGUEZ ORTIZ (Caracas, 1944)

y PEDRO TÉLLEZ (Valencia, 1966)].

 

En “La última cena del ensayo: Trece comensales”, Pedro Téllez seduce a los lectores especialistas y legos con una poética del género ensayístico que colinda con la blasfemia y el retrato coral a lo Luis Buñuel en “Viridiana” [sustituir a Da Vinci por una pordiosera que toma la fotografía alzando la falda]: La cena sagrada se somete a un acto de comunión estética que se atreve a pontificar sobre una escritura escurridiza. Los comensales se van presentando en igual número de aforismos simpáticos pero desconcertantes. El séptimo reza: “El ensayo y la crítica, el agua y el aceite. El travesti se disfraza de mujer, no de mona. Es un contrasentido el ensayo ‘crítico’, no así la crítica sobre el ensayo” (Téllez, 2005, p. 71).Contrapone la resbaladiza consistencia del ensayo y el discurso especializado y para-científico de la crítica literaria.Más adelante, en el “Mapa Temporal del Ensayo en la Venezuela del Siglo XX” del libro Elogio en Cursiva del Libro de Bolsillo (2014), insiste en tal dilema con el noveno capítulo titulado “LA OBSESIÓN Y EL OBSTÁCULO: ENSAYO SOBRE EL ENSAYO”. Convoca al inicio la coda relativa a la oposición aparente “ensayo y crítica” en Paisaje del ensayo venezolano (1999) de Oscar Rodríguez Ortiz, quien discierne ambos géneros de manera tajante. Para Téllez, no sólo ha de considerarse la dicotomía en función de las obsesiones de cada cual [la ambigüedad temática del ensayo versus la especialización de la crítica], sino de sus peculiares y muy diferenciados obstáculos: los referidos a la metodología en tanto captación e interpretación resultante. La imprecisión aparente del ensayo se opone a la delimitación y el categorial estrictos de la crítica. He aquí una metáfora con que Téllez hace sentir la tensión entre ambas escriturasdesde el torreón de Montaigne: “El ensayo es el mismo laberinto, y como tal tiene una salida, pero también la posibilidad de perderse” (Téllez, 2014, p. 60). ¿Acaso la crítica es el mapa que propone una salida argumental y hermenéutica mucho más segura en relación al texto literario? ¿O, si seguimos a Semprum, ambas modalidades son variantes trascendentales de la escritura?

 

Rodríguez Ortiz, desde la misma plataforma ensayística, propone una reconstrucción valorativa e histórica de tal disyuntiva en el país: Cargada de Amor y Repulsión, “su historia más contemporánea narraría que en un momento se separaron como hermanos peleados; con el tiempo han vuelto a reconciliarse y hasta han sido vistos en público pegados como siameses” (Rodríguez Ortiz, 1999, p. 93). A tal punto, nos cita casos muy interesantes como Julio Miranda, Juan Liscano, Orlando Araujo, Guillermo Sucre, María Fernanda Palacios, José Manuel Briceño Guerrero, Alejandro Oliveros y Francisco Rivera. Destaca no sólo los trabajos amparados en la Academia Universitaria, sino los producidos por el periodismo cultural. El auge ensayístico y crítico de los últimos treinta años, se ha visto interrumpido e incluso entorpecido por la banalización academicista y mediática, la polarización política que pica y se extiende por doquier, la crisis editorial provocada por los altos costos de producción bibliográfica, además del cierre de espacios de discusión en universidades y medios de comunicación. No se consiente la separación de las aguas en canales de escritura chavista y anti-chavista, como lo propuso el crítico Carlos Sandoval en unas desafortunadas declaraciones concedidas al diario Correo del Orinoco. ¿Por qué no retomar el diálogo y la polémica jugando por bandas y de carambola? Unas cátedras libres de literatura, por ejemplo, nos permitirían recobrar más y mejores instancias de discusión y elaboración cultural.

 

11 María Narea

María Narea

10.- Crítica escrita por mujeres

[MARÍA NAREA (Caracas, 1953),

LUZ MARINA RIVAS (Bogotá, 1958)

y SHERLINE CHIRINOS LOAIZA (San Felipe, 1966)]

 

 

El discurso ensayístico de María Narea se hace aterciopelado, no obstante la trascendencia y la organicidad de los temas que toca en su segunda entrega: “Hemisferio Imposible” (2006). La transparencia del libro justifica la gratificación de su lectura. Definitivamente, la María docente no se divorcia de la excelente y cuidadosa escritora que es por fortuna. La lúdica asunción de la Academia va a la par del placer por el arte, profesión de vida y fe en el mundo que se hace palabra sentida y no se entrampa o atasca en pomposas y distantes categorías de entenebrecidas escuelas de la Crítica Literaria.

 

Subyace en “Hemisferio Imposible” una preocupación por la literatura latinoamericana, en especial la venezolana, encontrándose esta última desatendida –salvo notables excepciones- y a la deriva por la irresponsabilidad y displicencia de nuestro estamento crítico y/o profesoral. Este conjunto de diez ensayos, muy bien estructurado por cierto, supone precisamente una apuesta denodada por la divulgación y promoción de nuestras letras, ello en tanto instancia necesaria de encuentro y discusión pertinentes a nivel continental. Es continuación de un esfuerzo crítico de notable valía iniciado con su primer libro, “Pedro Emilio Coll, un excéntrico del Hamlet Club”(1999). Sin temor alguno, realiza interesantes lecturas del mal llamado Boom de la Narrativa Latinoamericana, centrando su atención en libros paradigmáticos como Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez y La Ciudad y los Perros de Mario Vargas Llosa. Obviando las diferencias ideológicas y personales de ambos autores, destila respeto por ambas propuestas novelísticas. En el primer caso, haciendo eco interpretativo de dos ensayos de Carlos Fuentes, destaca la configuración de Macondo como búsqueda épica de la Utopía, reconstrucción de la historia de América Latina a contracorriente de la historiografía oficial y sus más conspicuos y embusteros publicistas. Ello se desenvuelve en el magma del lenguaje, ambiguo y fragmentario, provisto de superstición, morbo y vísceras: es el cloccloc de los huesos en el talego-almohada que abraza una Rebeca en su insomne alucinación, o el perturbado transcurrir del tiempo histórico ficcionalizado en la labor de Sísifo que acomete Aureliano como orfebre y verdugo de sus veinticinco pescaditos de oro. En el otro caso, el Colegio Militar engulle en su atmósfera totalitaria a los oficiales y cadetes por igual, para luego vomitarlos al inhóspito espacio de la ciudad de Lima. Sin importar la locación, las instituciones militares, escolares y penitenciarias constituyen el teatro de operaciones por las cuales el estatus quo se enseñorea de los seres humanos en la ausencia de la libertad y la confraternidad. La literatura y el arte, como bien lo resalta nuestra autora en la pericia y fluidez de su espíritu conversacional -pues el discurso ensayístico implica diálogo en libertad-, son la sufrida alternativa al acoso mortal del cautiverio al que nos quiere reducir el orden político, económico y social de turno.

 

El quinto ensayo de “Hemisferio Imposible”nos regocijó tremendamente. Tantas veces Bryce es una pieza ingeniosa e inteligente en la complicidad de nuestro gusto común por este estupendo autor y personaje. No sabemos, finalmente, quién es quién: Alfredo Bryce Echenique se deja confundir en una múltiple nomenclatura, el Manolo de su primer libro de cuentos Huerto Cerrado, el Pedro Balbuena de Tantas veces Pedro, o el aturdido bufón de sí mismo que es Martín Romaña. La humanidad de este héroe, en su accidentado y resbaloso periplo hacia una Ítaca que es a la vez varios lugares –la nostálgica Lima de la infancia y la adolescencia,  París “ciudad luz a la que se le fueron los plomos”, la campiña italiana, por ejemplo-, se tiende febril y embriagada de vida en el Sillón Voltaire de la parodia. Bien nos lo revela nuestra María Narea: “La Epopeya es Imaginación”, este Buda Gautama limeño va en pos del festivo Nirvana, no en balde los desencuentros amorosos y el apoyo financiero de un padre sumido en la decepción.

 

Otro de nuestros ensayos preferidos del libro es el que trata la paradójica figura del Generalísimo Francisco de Miranda. Se apoya en diversas referencias literarias e historiográficas para recuperar la profunda humanidad del personaje, detenido en nuestro imaginario gracias al cuadro de Arturo Michelena Miranda en La Carraca. El abordaje del personaje histórico y ficcionalizado se ocupa –como pregonaba Gracián en El Confesionario– de leer en el libro vivo que es Francisco de Miranda, no de entronizarlo en el santoral patriotero y chauvinista que, lejos de enaltecerle, le reduce a la unidimensionalidad. Nuestra mirada ha de proyectarse más allá de su nombre inscrito en el Arco del Triunfo de París. Pues, si de virtudes se trata, Miranda auscultó atentamente su época histórica, diagnóstico que le condujo a la vanguardia política e intelectual del momento. Por supuesto, ello en las irregularidades y situaciones extremas típicas de los procesos revolucionarios. El dilatado periplo geográfico e intelectual de nuestro personaje recobrado, apuntó con obstinación al ejercicio de la libertad, ensayando incluso variados y paradójicos medios o artificios.

 

El resto de la obra ratifica la transparente prosa de María Narea, amén del atinado enfoque de los temas que la embargan, centrados en la tensión habida entre el discurso literario y el historiográfico. Los ensayos se balancean triunfalmente del rigor intelectual a la sorprendente y asombrada austeridad del estilo, próximo más bien a una conversación de sobremesa. El lector se explayará en la holgura y el solaz de la butaca, dadas las honestas y graciosas coordenadas del pensamiento de nuestra amiga. Es para nosotros una delicia dejarnos llevar por la tierna personalidad de María Narea inmanente en este “Hemisferio Imposible”, ello justifica estas líneas consentidas y acariciadas por su privilegiada y atenta lectura.

 

     Luz Marina Rivas nos presenta “La novela intrahistórica: Tres miradas Femeninas de la Historia Venezolana” (2000), título que desarrolla un bien hilvanado discurso académico sobre tres de nuestras más representativas narradoras: Laura Antillano, Milagros Mata Gil y Ana Teresa Torres. Por supuesto, en el marco de la novela histórica, tema laborado también por Seymour Menton, Luis Britto García y Alejandro Bruzual en el campo de la crítica literaria. En este caso, Rivas propone que la novela histórica escrita por mujeres tiende a deconstruir la historiografía oficial, eurocéntrica y machista desde la intimidad y la actuación de personajes subalternos. La mujer, sin importar su condición socio-económica, educativa y cultural, se va forjando un discurso histórico [y ficticio] reñido con los convencionalismos sociales, estéticos e ideológicos que apuntalan un orden de cosas injusto, explotador y excluyente. Esta trascendental empresa crítica, configura la poética de la novela intrahistórica como ficción literaria que recrea un discurso histórico distinto y diverso: La metahistoria o conciencia histórica cabal y díscola; la fusión de lo culto y lo popular como plataforma del mestizaje cultural; la escritura del mundo íntimo como contrapropuesta discursiva en cartas, diarios y crónicas; y la construcción de personajes ficticios subalternos que facilitan una nueva apropiación de lo histórico. Recomendamos, pues, el ser copartícipes del diálogo multifactorial y sugerente entre Laura Antillano [Perfume de Gardenia y Solitaria solidaria], Milagros Mata Gil [La casa en llamas], Ana Teresa Torres [El exilio en el tiempo y Malena de cinco mundos] yla atenta comentarista que es Luz Marina Rivas, en tanto gratificante consolidación de la escritura femenina en Venezuela y América Latina. 

 

12 Shirley chirinos

Shirley Chirinos

 

Sherline Chirinos ha incursionado en la poesía y el ensayo literario y académico. Su poemario “Tentación de Vacío” fue publicado en 1998 por la Gobernación del estado Carabobo. En 2011 obtuvo el premio de ensayo de la Bienal Ramón Palomares con “Gustavo Pereira, la construcción poética de nuestra identidad en tiempos globalizadores” (2013, Casa de las Letras Andrés Bello) y en 2015 fue acreedora del premio de ensayo de la Bienal Rafael Zárraga con “La Canción, esa camarada de Lucha”. Nos referiremos a estos dos textos ensayísticos brevemente. El discurso ensayístico de Sherline Chirinos juega de manera transparente y fluida entre el ámbito académico y el literario, pues el rigor epistemológico establece un puente válido y sentido con la libertad expresiva y creativa. Su lectura de la poesía de Pereira parte primero de una apropiación personal del discurso lírico hasta el extremo de tatuárselo en la piel canela, experiencia individual que no desdice el cariz colectivo y dialógico de la recepción del texto poético ni la integración de la Poesía al resto de las artes y, por supuesto, mucho menos la reconfiguración política, militante y estética del mundo que ella postula. En este caso, el tema de la identidad latinoamericana enclavado en el mestizaje multifactorial y las particularidades de su proceso histórico, constituye una acertada retícula de coordenadas que no banaliza la aproximación a la obra de Pereira sino que la inscribe de manera pertinente en una propuesta liberadora y emergente. La metodología no es problema si el análisis o el discurso argumentativo no se hallan mediatizados por las trampas ideológicas, esteticistas y mediáticas que sustentan a los poderes fácticos del centro y la periferia. Asimismo, la Canción Necesaria de América Latina no puede considerarse un mero ni maniqueo instrumento ideológico y propagandístico de izquierdas, pues implica la confluencia o mestizaje de la poesía, la cultura política insurgente y la música popular que asumen su rol profético de denuncia en contra de las estructuras que nos han oprimido desde el siglo XIX. El inventario o cancionero rebelde excede los límites del género y el mercadeo musical, pues comprende el folclore, la fusión de lo tradicional y lo innovador, amén de ritmos como el rock, el reggae y el ska. Sherline se vale no sólo de una reconstrucción minuciosa del contexto histórico latinoamericano y mundial en el que se ha desarrollado este fenómeno musical, sino también de abrevar en la lectura transdisciplinaria e incluso transgenérica del cancionero latinoamericano como tal. Más que evadir los compartimientos estancos del academicismo afectado negativamente por la Globalización y el mercado, hasta el punto de borrar del mapa las carreras humanísticas a expensas de la fragmentación malsana del conocimiento, nuestra ensayista reivindica los vasos comunicantes y vinculantes entre el arte culto y popular con las ciencias sociales. El círculo interpretativo no fracasa en una actitud arrogante ni onanista, sino se reconvierte en un espacio libre y libertario de diálogo, discusión y producción intelectual que involucre a la comunidad de artistas y estudiosos con las comunidades de trabajadores, estudiantes y ciudadanos de a pie.

 

 

13 Mujer vegetal, de Mario Abreu (1954)

Mujer vegetal, de Mario Abreu (1954)

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

 

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Rodríguez Carucci, Alberto (2011). Sueños originarios. Memoria y mitos en la literatura venezolana. Caracas: Fundación Editorial el perro y la rana – Mucuglifo.

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